Unas funciones más
Lukas
Hannah fue la primera persona a la que le dije que tenía miedo sin esperar a que me preguntara.
Había venido a casa el jueves. Esta vez no la recibí con una excusa sobre dormir mal. Le mostré los resultados y le expliqué lo que sabía.
Me escuchó hasta el final.
—¿Desde cuándo estás pasando por esto solo? —preguntó.
—Clara ya lo sabe.
—No era exactamente la pregunta.
Bajé la vista.
Hannah se acercó, pero esperó antes de abrazarme. Asentí y la rodeé con los brazos. No me dijo que seguro que todo iría bien. Me preguntó cuándo era la siguiente cita y si quería que me acompañara.
Le dije que todavía no lo sabía.
Lo aceptó.
Después hablamos del trabajo. Le conté el interés por la pieza y la oferta de Berlín para Clara. No le di detalles que no me correspondían.
—¿Y ella qué quiere? —preguntó.
—Dejar de bailar.
Hannah se quedó pensativa.
—Eso tiene que ser difícil para los dos.
—Podría hacer unas funciones más.
Mi hermana me miró.
—¿Podría o quiere?
No respondí.
Mi hermana fue a la cocina y volvió con agua. Dejó un vaso frente a mí y se sentó en la silla opuesta, no a mi lado.
—No quiero interrogarte —dijo—. Pero acabas de contarme que has pasado semanas ocultando algo porque temías que otros decidieran por ti.
—No es lo mismo.
—No. Clara sí te ha dicho lo que quiere.
La respuesta me molestó porque iba al centro de la contradicción antes de que yo pudiera rodearla con razones profesionales.
—La pieza puede tener continuidad. No se trata solo de mí.
—Entonces tendrá que tenerla con las personas que quieran continuar.
Me levanté y llevé mi vaso a la ventana. En el patio alguien sacudió un paño. El movimiento se veía con claridad aunque no oyera el golpe contra el alféizar.
—Trabajamos bien juntos —dije.
—Eso también puede ser verdad.
—No quiero perderlo todo al mismo tiempo.
Hannah no respondió enseguida. Cuando lo hizo, su voz había perdido el filo.
—Eso sí es una cosa que puedes decirle.
Me volví.
—No para que cambie de opinión —añadió—. Para que sepa de qué estás hablando en realidad.
Regresé a la mesa. Pensé en la noche que preparaba para el viernes, en la cena y el sofá y la esperanza de formular la petición cuando Clara estuviera cómoda. Había llamado a eso elegir un buen momento. Ahora veía cuánto se parecía a preparar el terreno para una respuesta.
—Voy a preguntarle una vez —dije.
—Y si dice que no, ¿qué harás?
No tenía una respuesta que me gustara.
—Tendré que aprender la pieza con otra persona.
—Eso es sobre el trabajo. ¿Y con ella?
Miré el vaso.
—No lo sé.
Hannah asintió. No intentó convertir aquella ignorancia en un desastre. Se quedó conmigo mientras yo doblaba las hojas de la consulta y las guardaba otra vez.
Antes de irse, me pidió que la próxima vez no esperara hasta poder explicarlo todo de forma impecable.
—Puedo intentar eso —dije.
—Me sirve.
Después de que Hannah se marchara, saqué el violín.
Habíamos hablado durante más de una hora y estaba cansado. Aun así, quería comprobar un pasaje. Me dije que serían cinco minutos.
La primera nota me pareció distinta. Ajusté la afinación, repetí y acerqué más la atención, como si concentrarme pudiera obligar al sonido a recuperar una forma anterior. En el tercer intento tenía el hombro rígido.
Bajé el arco.
La libreta de preguntas médicas estaba sobre el escritorio. Todavía no había creado la de los sentidos, pero recordé el ejercicio con Clara. Sin tocar, marqué el recorrido del arco y sentí dónde empezaba la tensión. Caminé el pulso del pasaje una vez. Luego volví al instrumento.
No había recuperado nada. Había cambiado la manera de abordar el problema.
Toqué el fragmento hasta el final y me detuve. La necesidad de repetir seguía allí. También la posibilidad de no obedecerla.
Guardé el violín antes de convertir la noche en un examen.
En la cocina vi el vaso que Hannah había usado. Pensé en llamarla para decir que había tocado bien, como si eso pudiera tranquilizarla y absolverme por haber callado. En vez de hacerlo, le envié un mensaje sencillo: gracias por venir.
Respondió con una fotografía de la parada y una queja sobre el frío. La conversación siguió sin pedir una conclusión sobre mi carrera.
Preparé la cena del viernes en mi cabeza. Cada detalle parecía ofrecer control. Podía cocinar algo que a Clara le gustara, crear una noche tranquila, elegir el momento exacto. No podía producir la respuesta.
Abrí el mensaje de Teresa sobre las posibles funciones. Lo leí despacio. No había urgencia esa tarde. El interés de una sala no imponía que Clara decidiera antes del estreno.
Aun así, quería preguntarle.
Me senté a escribir lo que en verdad temía: que la obra cambiara, que nuestra forma de trabajar terminara, que ella descubriera una vida en la que yo solo pertenecía a un mes intenso. Debajo escribí la petición profesional.
La segunda ocupaba dos líneas. El miedo ocupaba una página.
Doblé el papel sin llevármelo el viernes. No quería leerle una defensa preparada. Quería recordar qué conversación estaba intentando esconder dentro de otra.
El viernes preparé la cena antes de que Clara llegara.
Corté verduras con una atención excesiva. Había elegido una receta que podía terminarse antes de que ella llamara. Aun así, revisé dos veces la hora y limpié la encimera cuando ya estaba limpia.
No quería impresionar a Clara con una cena. Quería ofrecerle un lugar donde descansara. La diferencia se volvió menos clara cuando pensé que, después, iba a pedirle más trabajo.
Dejé el teléfono sobre la mesa. Teresa había enviado un mensaje sobre el interés de otra sala. No había fechas ni contrato, solo una conversación que podía avanzar. Yo lo había leído como si la oportunidad fuera a desaparecer esa noche.
Abrí la respuesta y escribí que necesitaba confirmar la disponibilidad de todos antes de comprometer nada. Era correcto. No mencioné a Clara como una posibilidad segura.
Después borré una frase en la que insinuaba que probablemente aceptaría.
La llamada al timbre me encontró con el delantal puesto. Me lo quité antes de abrir.
Clara sonrió al verme y levantó una pequeña bolsa de pan.
—No sabía qué traer.
—No tenías que traer nada.
—Ya lo sé. Quería pan.
La dejé pasar. Colocó la bolsa en la cocina sin preguntar dónde iba, porque conocía la mesa y no necesitaba demostrar que ya pertenecía a la casa.
La besé. Durante unos minutos me permití recibir la alegría de verla sin convertirla en evidencia de que aceptaría quedarse.
Quería una tarde buena. También quería hablar de las funciones y me había convencido de que ambas cosas podían coexistir sin que una sirviera de envoltorio para la otra.
Clara llegó cansada. Se quitó el abrigo y me besó antes de preguntar qué olía tan bien. Me gustó recibirla así, con una familiaridad que todavía parecía prestada.
Comimos. Me contó una conversación con su madre que había dejado sin terminar. Yo le hablé de Hannah y de la siguiente revisión. Clara me escuchó sin poner cara de alivio por haber dejado de ser la única persona que lo sabía.
Después nos sentamos en el sofá. Me apoyó la cabeza en el hombro y yo le acaricié el brazo por encima de la manga.
—¿Quieres hablar de Berlín? —pregunté.
—No quiero ir.
La respuesta fue inmediata.
—¿Por la compañía o por todo?
Clara se incorporó un poco.
—Por seguir bailando profesionalmente. No quiero empezar otra vez en otro sitio.
Asentí. Podía entenderlo y, al mismo tiempo, querer otra respuesta para nuestra pieza. Esa contradicción me pareció manejable mientras no la decía en voz alta.
—Lo nuestro sería distinto —empecé.
Clara retiró la cabeza de mi hombro.
—¿Qué parte de lo nuestro?
La precisión de su pregunta me hizo reconocer que había elegido mal las palabras.
—La obra. Unas funciones después del estreno. No una temporada entera.
Se quedó sentada a mi lado, pero la cercanía cambió.
—Ya te dije que no quería continuar.
—Lo sé. Quería preguntarte si considerarías algo pequeño.
—Lo pequeño sigue siendo continuar.
Me pasé una mano por la cara.
—No quiero presionarte.
—Entonces escucha la respuesta.
Callé. Durante unos segundos solo se oyó un ruido del edificio. Tenía tantas razones preparadas que el silencio me pareció una oportunidad perdida.
—No sé cómo hacerla con otra persona todavía —admití.
Clara me miró con tristeza.
—Eso puedo entenderlo.
Me aferré al reconocimiento demasiado rápido.
—Podríamos darnos tiempo. Hacer las primeras y después…
—Lukas.
Se levantó del sofá.
La seguí con la vista, sin moverme. No quería que levantarnos los dos convirtiera la conversación en una discusión más grande.
Clara se quedó junto a la mesa.
—Cada vez que intento terminar algo, alguien me pide un poco más. Una audición. Una temporada. Unas funciones. Siempre parece razonable por separado.
Me dolió estar dentro de aquella lista.
—Yo no soy tu familia.
Se volvió hacia mí.
—Lo sé. Por eso te lo estoy diciendo ahora.
La frase me dejó sin una defensa fácil.
Clara se quedó junto a la mesa y yo permanecí en el sofá.
La distancia era pequeña. Podía levantarme, acercarme, tomarle la mano. No lo hice porque sabía que una parte de mí quería usar el gesto para cambiar el tono antes de escuchar el contenido.
—¿Cuántas funciones te han dicho? —preguntó.
La pregunta me dio una esperanza que intenté contener.
—Todavía no hay un calendario cerrado.
Asintió.
—Entonces ni siquiera sabes qué me estás pidiendo.
Me dolió la precisión.
—Sé que podría ser una oportunidad para la pieza.
—Eso lo entiendo. Lo que no sé es dónde termina el poco más que me pides.
Pensé en las conversaciones con Teresa. Había posibilidades, no certezas. Yo había convertido esas posibilidades en una necesidad urgente porque me daba miedo que desaparecieran antes de estar preparado.
—No tengo una respuesta concreta —admití.
Clara se apoyó en el respaldo de una silla.
—Cuando mi madre me pide una temporada más, siempre hay una razón. Un director, una fecha, alguien que va a venir. Después aparece otra. Nunca llega el momento en que todo está lo bastante tranquilo para irse.
La escuché. No quería que me comparara con su madre, pero negarme a reconocer la semejanza no cambiaría lo que estaba haciendo.
—Yo no quiero que te quedes indefinidamente.
—Lo sé. Pero quiero que puedas escuchar un no antes de que se vuelva una emergencia.
Me pasé los dedos por la nuca. Había preparado argumentos sobre lo breve que sería, sobre el trabajo ya hecho, sobre lo bien que nos entendíamos. Cada uno parecía razonable y todos apuntaban al mismo lugar: que ella modificara una decisión para que yo no tuviera que atravesar el cambio.
No quería verme así.
Prefería pensar que estaba defendiendo una obra valiosa, una colaboración que merecía más tiempo. También era verdad. Lo difícil era aceptar que algo pudiera merecer continuidad sin que Clara tuviera obligación de darle su cuerpo.
—Me cuesta separar la pieza de nosotros —dije.
Clara bajó un poco los hombros.
—A mí también.
La respuesta me sorprendió.
—¿Entonces?
Se quedó mirándome.
—Entonces tengo que aprender a hacerlo. No seguir para evitarlo.
Me incliné hacia delante. Durante unos segundos no pensé en la audición ni en los contratos. Pensé en la primera vez que había entrado en mi casa, en la manera en que sostuvo una taza hasta dejar de buscar una tarea que la justificara. Me había gustado verla descansar conmigo.
Ahora estaba pidiéndole que volviera a rendir.
Clara se sentó, pero eligió la silla de la mesa, no el espacio a mi lado.
—No quiero que todo esto convierta los ensayos en algo que tengamos que sobrevivir hasta el estreno —dijo.
—Yo tampoco.
—Quiero seguir queriendo hacer esa función contigo.
Asentí.
La petición era más difícil que aceptar un horario. Me pedía dejar de tratar el final como un problema que debía corregir antes de que llegara.
Le pregunté si quería parar la conversación un rato.
—No para olvidarla —respondió.
—No para olvidarla.
Fuimos a la cocina a buscar agua. Nos movimos con cuidado alrededor del otro. Clara abrió un armario que ya conocía y después se detuvo para preguntarme si los vasos seguían allí. Me dolió esa duda nueva en un lugar donde había empezado a sentirse cómoda.
Le dije que sí.
Volvimos a la mesa. No había nada que resolver en cinco minutos. Podíamos, al menos, dejar de añadir presión mientras intentábamos entenderlo.
—¿Qué necesitas de mí hasta el estreno? —pregunté.
Clara pensó antes de contestar.
—Que no conviertas cada ensayo bueno en una razón para pedirme que siga. Que pueda decir que me gusta una parte sin que parezca que estoy retirando lo que te dije.
La miré.
—Voy a intentarlo.
—No quiero un esfuerzo perfecto. Quiero poder recordártelo sin que te enfades conmigo.
Asentí otra vez. Me costaba distinguir entre estar enfadado por lo que ocurría y estar enfadado con ella. Tendría que aprender a hacerlo antes de hablar.
Clara bebió un poco de agua. La observé sin buscar señales de que ya estaba menos firme en su decisión.
Fue la primera cosa útil que hice en aquella parte de la noche.
Quise pedirle que volviera a sentarse. No sabía si tenía derecho a pedir comodidad mientras ella estaba intentando sostener un límite.
—Necesito el trabajo —dije.
Clara cerró los ojos un instante.
—No quiero que dejes de hacerlo.
—Pero si tú no estás…
Me detuve. La continuación de la frase habría puesto en sus manos algo que no era solo suyo.
Ella lo había oído de todos modos.
—No puedo quedarme para que no tengas miedo —dijo.
La miré.
—No te estoy pidiendo eso.
—Quizá no con esas palabras.
Sentí vergüenza y enfado. El enfado era más fácil de sostener, pero no quería usarlo contra ella.
—Me asusta tener que empezar con alguien que no conoce cómo trabajamos —admití.
Clara se acercó un paso, sin volver al sofá.
—Puedes enseñárselo. Y esa persona puede traer otras cosas.
—No será igual.
—No.
No intentó suavizar la respuesta. Me di cuenta de que estaba pidiéndole que negara una pérdida real para que yo pudiera aceptar su decisión.
Nos quedamos callados.
Más tarde recogimos la cena. Fue una actividad triste porque seguíamos sabiendo movernos alrededor del otro. Clara lavó un plato y yo lo sequé. Le pedí perdón por haber convertido la noche en una negociación.
Me creyó lo suficiente para besarme al despedirse. No lo suficiente para quedarse.
—Necesito que lo que te dije siga siendo verdad después de que hayamos pasado una noche buena —dijo en el recibidor.
Asentí.
Cuando se fue, dejé los platos terminados y me senté a la mesa. Abrí el mensaje sobre las funciones y lo cerré sin responder en nombre de los dos.