La última pieza que bailamos Sin partitura
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Sin partitura

Lukas

A las tres y media escondí la carpeta verde en un cajón.

Después volví a sacarla porque me pareció una manera absurda de cumplir una promesa. La dejé en el escritorio, cerrada. Clara había dicho que no quería una libreta durante la visita, no que tuviera que borrar cualquier indicio de mi trabajo.

Lavé dos vasos. Revisé la mesa. Quité una silla del lugar donde no estaba estorbando y la puse exactamente donde había estado.

Cuando sonó el timbre, aún no había decidido qué hacer con las manos.

Clara llegó con una bolsa de galletas.

—Las he comprado —dijo antes de entrar—. Para que no atribuyas la tarde a un esfuerzo que no he hecho.

—No pensaba examinarte.

—Me adelanto por costumbre.

La dejé pasar. Se quitó el abrigo en el recibidor y miró hacia el salón con una curiosidad discreta, sin recorrer cada cosa como si buscara una explicación sobre mí.

—La mesa —dijo al verla.

—La responsable de todo.

Apoyó la bolsa encima.

—Es más pequeña de lo que esperaba.

—Once años de decepciones.

Se rió. El piso dejó de parecer un lugar que yo había preparado para recibir una opinión.

Le ofrecí café o té. Eligió té. En la cocina, mientras calentaba agua, empezó a sacar las galletas y a buscar un plato con la mirada.

—Yo lo hago —dije.

—No me cuesta.

—Ya lo sé. Siéntate.

La frase salió más brusca de lo que quería. Clara dejó la bolsa.

—Perdona. No estaba intentando…

—No. Perdona tú. Quería decir que me apetece prepararlo. Puedes estar aquí sin ayudarme.

Me observó un instante y después se sentó. No parecía ofendida, pero sí algo desorientada, como si le hubiera quitado una tarea que hacía más sencilla la visita.

Puse el plato entre nosotros.

—¿Así? —pregunté.

—La presentación es aceptable.

—Gracias. He estudiado mucho.

Cogió una galleta. Yo dejé de ordenar cosas.

Hablamos primero de lo fácil.

Del café del viernes anterior, de una calle que Clara siempre confundía con otra, de lo raro que resultaba estar en casa de alguien después de haberlo conocido dentro de un horario.

Me preguntó cuánto tiempo llevaba en aquel piso.

Le contesté y le mostré dónde se atascaba una ventana en invierno, aunque todavía no hiciera frío suficiente para demostrarlo.

Clara se acercó a mirar los libros del salón. Se detuvo ante uno y leyó la contraportada.

—Puedes cogerlo —dije.

—Lo estoy cogiendo.

—Quiero decir llevártelo.

Lo volvió a poner.

—Todavía no sé si lo quiero.

Me reí de mí mismo. Estaba ofreciéndole cosas demasiado deprisa, como si una taza y un libro pudieran resolver el problema de no saber cómo invitarla a quedarse más tiempo.

Se sentó en el sofá. Yo ocupé el otro extremo. Había una distancia cómoda entre nosotros, suficiente para moverme sin tocarla. La respeté con una atención poco cómoda.

—¿Te cuesta no hacer nada? —pregunté.

Clara miró sus manos.

—Depende de quién lo esté viendo.

La respuesta me quitó las ganas de bromear.

—¿Y si no lo ve nadie?

—Yo lo veo.

No añadió nada enseguida. Por el patio llegaba un ruido de platos, alguien preparando una comida tardía. Me resultó más fácil atender a su voz en aquella habitación que en el café, y la gratitud que sentí por eso me recordó algo que prefería olvidar.

—El domingo estuve en casa de Nora —continuó—. Ella tenía trabajo. Me dijo que podía quedarme sin ayudar. No sabía qué hacer conmigo.

—¿Qué hiciste?

—Intenté leer. Fracasé bastante.

—Eso también puede ser una tarde.

Me miró de lado.

—¿Tú lo consigues?

Quise decir que sí. Tenía libros, un sofá, tardes sin conciertos. Pero incluso aquel día había abierto la partitura varias veces mientras esperaba la hora.

—No siempre.

Clara asintió. Parecía preferir esa respuesta.

Me contó que de niña le gustaba dibujar casas desde arriba, con habitaciones imposibles y puertas que no llevaban a ninguna parte. No dibujaba personas. Solo lugares donde podían estar.

—¿Por qué dejaste de hacerlo?

Se encogió de hombros.

—Había otras cosas más importantes.

Miré el escritorio, la carpeta cerrada.

—Podrías volver.

—Podría. Pero ahora mismo no quiero convertirlo en otro proyecto.

Tenía razón. Yo había respondido a un recuerdo ofreciéndole trabajo.

—Entonces no vuelvas —dije—. Puedes contarme cómo eran.

Clara apoyó la espalda en el sofá. Describió una cocina con dos salidas porque no quería tener que cruzar el salón cuando había visitas. Una habitación redonda que no sabía amueblar. Un balcón tan grande que su madre le preguntó por qué no dibujaba directamente otra casa.

La escuché reírse de sus propias decisiones. Me resultaba difícil relacionarla con la mujer que había pedido repetir un giro hasta quedarse sin paciencia consigo misma. Las dos estaban allí. No quería quedarme solo con la más fácil.

Cuando se inclinó para coger la taza, su rodilla quedó cerca de la mía. Ninguno se apartó de inmediato.

No la toqué.

La posibilidad empezó a ocupar más espacio que la distancia.

Clara me preguntó si podía mirar la carpeta.

La había dejado cerrada en el escritorio y había pasado buena parte de la tarde evitando dirigir los ojos hacia ella. Su pregunta me sorprendió.

—Pensé que estaba prohibida.

—He dicho mirar. No ensayar.

Se levantó y esperó junto al escritorio. Yo fui a su lado y abrí la carpeta por una página que no contenía la pieza. Era un borrador anterior, algo que había dejado a medias porque no sabía dónde colocarlo.

Clara observó las anotaciones sin fingir que podía entenderlas todas.

—¿Esto también cambia mucho?

—Ahora no. Lleva bastante tiempo sin que lo toque.

—¿Porque no te gusta?

Pensé en la respuesta.

—Porque me gusta una parte y no sé qué hacer con lo demás.

Se quedó mirando el papel. Había una mancha de café antigua en una esquina, fuera de las notas. Me avergonzó que la viera, una torpeza doméstica dentro de algo que yo trataba con tanta seriedad.

Clara señaló un espacio en blanco.

—¿Y si no necesita lo demás?

—Podría ser.

No lo había pensado de esa manera durante meses. La pregunta no resolvía la composición, pero cambiaba la tarea que me estaba imponiendo. Podía probarla como una pieza breve en vez de seguir ampliándola para justificar el tiempo que ya había gastado.

Clara se apartó.

—No tienes que responder ahora. No era una petición de trabajo.

Cerré la carpeta.

—Gracias.

Regresamos al sofá. Ella se sentó con una pierna recogida y me preguntó si aquello me molestaba. Le dije que no. Después me di cuenta de que yo mismo estaba sentado demasiado erguido, como si el salón se hubiera convertido en una sala de espera.

Me acomodé.

Clara lo vio y se rió.

—No hace falta que recibas una inspección.

—Es mi primer día sin libreta.

—No está yendo tan mal.

Me gustaba que pudiera bromear sin comprobar enseguida si debía retirar la frase. Me pregunté si yo estaba haciendo algo para permitirlo o si, simplemente, ella había decidido arriesgar un poco más.

Hablamos de las casas donde habíamos vivido. Clara seguía llamando casa a la de sus padres, pero lo hacía con una precisión que me llamó la atención. No dijo que fuera temporal ni que quisiera irse. Yo no llené esos silencios con preguntas sobre dinero.

Le conté el primer cuarto que alquilé al llegar a Viena.

No tenía nada especial que lo volviera digno de nostalgia.

Era pequeño, barato para lo que podía pagar entonces y compartía una cocina donde nunca sabía de quién era cada cosa.

Lo que recordaba era la emoción de decidir a qué hora cenar sin dar explicaciones.

Clara se quedó mirando su taza.

—Eso suena bastante bien.

—También comí muy mal durante una temporada.

—No puedes quitarle valor enseguida.

La miré.

Tenía razón. Yo había ofrecido un recuerdo y me había apresurado a convertirlo en una broma antes de que pareciera demasiado importante.

—Fue bueno —dije—. Aunque no supiera organizarme.

Clara asintió y bebió el último sorbo de té.

La conversación se volvió más lenta. No incómoda.

Había momentos en que uno pensaba antes de responder y el otro no intentaba ayudarlo a terminar.

Yo llevaba mucho tiempo haciendo eso con la música: ocupar cada espacio para no escuchar una incertidumbre.

Con ella empezaba a notar cuánto podía ofrecer una pausa que no fuera un examen.

Le pregunté si quería más té.

—Después.

Miré el reloj y me sorprendió cuánto había pasado. No había preparado una lista de cosas para hacer; la tarde estaba ocurriendo igual.

Clara me contó una historia sobre Nora que no la dejaba como una amiga perfecta.

Habían discutido una vez porque Clara llegaba siempre tarde a los planes después de añadir trabajo al final de un ensayo.

Ella había dado por hecho que Nora entendería que la danza era importante.

Nora le preguntó si su tiempo valía menos por no ocurrir en un escenario.

—Me enfadé —admitió Clara—. Luego entendí que tenía razón.

—¿Cambiaste?

Me miró con una honestidad que me hizo querer acercarme.

—A veces. Otras volví a hacerlo.

No era una confesión que buscara absolución. Me estaba enseñando una parte de sí que no podía arreglar en la misma frase.

—Yo prometo llamar después de ensayar y me pongo a corregir —dije—. A veces pienso que voy a tardar diez minutos y pasa una hora.

—¿Y la otra persona tiene que adivinarlo?

Negué con la cabeza.

La pregunta no sonó acusatoria. Nos estaba sirviendo a los dos.

Me di cuenta de que empezaba a importarme cómo podría estar con ella una tarde dentro de varios meses, cuando ya no tuviera el cuidado extraordinario de una primera invitación. Quería seguir prestándole atención entonces. No sabía si quererlo sería suficiente.

Pero podía empezar por no mirar el teléfono cada vez que se quedara callada.

Lo dejé sobre el escritorio, boca abajo. Clara observó el gesto y guardó el suyo dentro del bolso sin hacer un comentario.

Durante unos minutos nos quedamos sentados, escuchando la casa y mirando la luz del patio. No ocurrió nada que pudiera contar como un avance si hubiera estado haciendo una lista.

Cuando Clara volvió a hablar, ya estaba un poco más cerca en el sofá.

El té se enfrió. Comimos más galletas de las que habíamos previsto.