Desde el error
Clara
El viernes llegué con una secuencia que había ensayado sola y que dejé de recordar en cuanto Lukas me pidió que se la mostrara.
No la había olvidado de verdad. Podía describirla. Sabía dónde empezaba el giro y qué brazo cambiaba primero. Pero al intentar hacerla delante de él se volvió una sucesión de órdenes que no conseguía cumplir con naturalidad.
Me detuve.
—Otra vez.
Lukas bajó el arco. Llevábamos menos de media hora.
—¿Quieres que quite la música mientras la pruebas?
Negué con la cabeza. La había preparado para ella. Quitarla me parecía admitir que no estaba lista.
Lo intenté de nuevo y me equivoqué antes. Un pie encontró un apoyo distinto y me obligó a continuar hacia un lugar que no había previsto. Alcancé a recuperar el equilibrio, pero levanté la mano para detenerlo.
Lukas terminó la nota antes de bajar el instrumento.
—¿Qué pasaba si seguías?
—Que estaba mal.
—Eso lo has decidido tú. Yo no conozco la secuencia.
Me molestó que pudiera decirlo con tanta calma. Había dedicado parte de la mañana a repetirla y llegaba con la necesidad de demostrar que había servido de algo.
—No quiero perder tiempo.
—Estamos probando.
Me apoyé las manos en la cintura. El aire entraba demasiado deprisa para el poco movimiento que había hecho.
Al día siguiente iría a su casa. Había pensado en eso mientras elegía la camiseta y mientras hacía el moño. Ahora me avergonzaba que pudiera mirarme fuera de la sala después de verme fracasar en algo que se suponía que sabía hacer.
Pedí cinco minutos y fui al camerino. Cerré la puerta sin echar el pestillo. No quería desaparecer; solo necesitaba un lugar donde mi cara no tuviera que significar nada para nadie.
Me senté en el banco y apoyé las manos sobre las rodillas. La derecha conservaba la línea clara de la cicatriz de una caída que ya no recordaba bien. Aquella marca nunca había necesitado una explicación para quedarse. En cambio, yo trataba cada error reciente como una prueba que debía refutar.
Había dormido poco. Mamá había dejado sobre la mesa un folleto de una audición sin decir que era para mí, y yo había pasado el desayuno fingiendo no verlo. Después llegué a la sala decidida a demostrar que el cansancio no afectaba nada. El cuerpo había contestado antes que yo.
Abrí el grifo, mojé una toalla de papel y me la apoyé en la nuca. Podía volver y repetir hasta que la secuencia saliera. Era lo que hacía siempre. También podía admitir que, en ese momento, insistir solo iba a volverme más rígida.
La segunda opción me parecía una falta de profesionalidad aunque sabía que no lo era.
Cuando regresé, Lukas estaba sentado en una de las primeras filas. Había guardado el arco y esperaba con las manos vacías. No estaba revisando la parte que yo había fallado.
—Puedo intentarlo otra vez —dije.
—¿Quieres intentarlo otra vez?
La pregunta me irritó porque no podía responderla con la frase preparada.
—Quiero que salga bien.
—No es lo mismo.
Me quedé de pie junto al borde del suelo. Esperé que añadiera una solución, pero me dejó el tiempo suficiente para encontrar la mía.
—Quiero probarlo de otra manera —dije al fin—. Sin volver al principio.
Lukas asintió.
Elegimos los cuatro movimientos anteriores al error.
Él no tocó todavía. Marcó con la mano derecha el recorrido del arco mientras yo busqué el cambio de peso en silencio.
La primera vez me detuve. La segunda llegué tarde y seguí hasta el final, con el brazo en una posición que no habría conservado delante de un público.
—Ahí —dijo Lukas.
—Ha quedado mal.
—Has seguido.
Lo miré. No estaba felicitándome por hacer algo básico. Señalaba la elección que habíamos querido construir desde el inicio: no borrar la incertidumbre antes de entrar en ella.
La tercera vez tocó. El pasaje no fue limpio, pero dejó de parecer una pared.
—Quiero quedarme con esa —dije.
Lukas escribió una nota en la partitura.
—Yo también.
Regresé al centro con el pulso todavía alto. No había reparado mi orgullo, ni convertido el fallo en un descubrimiento maravilloso. Solo había permitido que una tarde difícil produjera algo que no fuera castigo.
—Dame un minuto —pedí.
Lukas asintió.
Fui por agua. Bebí mirando la pared para no tener que interpretar su expresión. Cuando volví, él había dejado el violín en el estuche y estaba revisando las páginas.
—Podemos hacer otra parte —dijo.
Lo consideré. Era una salida razonable, y precisamente por eso reconocí el alivio peligroso de escapar antes de que algo pudiera cambiar.
—Quiero probar sin parar —respondí—. Aunque me equivoque.
Lukas dejó la carpeta.
—¿Toda la secuencia?
—Lo que salga de ella. Pero no la corrijas todavía.
—Tú tampoco.
Lo miré.
—Eso va a costarme más.
—Ya lo sé.
Se arrepintió de la frase antes de que yo pudiera responder. Lo mostró en un gesto pequeño de la boca.
—Quiero decir que puedo esperar.
Aquello me hizo reír, apenas. No porque fuera gracioso, sino porque él también podía necesitar arreglar una frase.
Regresé al centro. Lukas preparó el instrumento y esperó mi entrada.
La primera parte salió como la había pensado.
Después el pie volvió a encontrar el apoyo equivocado. Mi cuerpo quiso detenerse; tuve que dejar que el peso me llevara un poco más allá de lo previsto. El brazo siguió tarde y me obligó a girar hacia el otro lado.
Lukas continuó.
No podía recuperar la secuencia original sin romper lo que acababa de ocurrir. Seguí aquella otra dirección. Había algo torpe en el enlace, algo demasiado largo. Lo atravesé sin intentar hacerlo bonito.
La frase musical cambió ligeramente para acompañar el espacio que había abierto. Miré a Lukas y encontré su atención sobre mí, no sobre la página. Seguía tocando mientras esperaba qué haría después.
Me dio risa. Perdí un paso por eso y tuve que hacer otro para no quedarme quieta.
Él se rió también, sin dejar caer la frase.
La música terminó poco después. Yo quedé de pie con el brazo a media altura y la sensación de haber llegado a una habitación que no esperaba encontrar.
Lukas bajó el arco.
—Eso no estaba en tus planes.
—Casi nada.
—El giro hacia atrás…
—No sé cómo lo he hecho.
—No quería pedirte que lo repitieras ya.
Bajé el brazo. Me temblaban un poco las piernas, pero no por agotamiento. Había hecho algo que no sabía evaluar enseguida y, aun así, quería volver a hacerlo.
—Me ha gustado —dije.
Lukas me miró con una atención que volvió más difícil sostener la frase.
—A mí también.
Fui hasta la primera fila y me senté. Necesitaba un momento para aceptar lo ocurrido sin convertirlo de inmediato en una obligación de repetirlo mejor.
Él guardó el instrumento y se sentó dos sillas más allá. Esa distancia me permitió hablar.
—Hacía tiempo que no me reía mientras bailaba.
No preguntó cuánto.
Apoyé los antebrazos sobre las piernas.
—Me río en los ensayos. A veces. Pero no así.
—¿Cómo?
Busqué la palabra.
—Sin pensar si estaba quedando mal.
Lukas mantuvo las manos quietas sobre las rodillas.
—No me ha parecido que quedaras mal.
—Ya lo sé. Lo raro es que durante un momento no me ha importado.
Al decirlo descubrí cuánto necesitaba que entendiera la diferencia. No quería un elogio que me devolviera al mismo lugar. Quería conservar la posibilidad de que algo hubiera valido la pena antes de saber si era bueno.
Lukas asintió despacio.
—Podemos dejarlo sin decidir hoy.
Miré hacia el centro de la sala.
—¿Sin escribirlo?
—Podemos escribir que no queremos olvidarlo. No es lo mismo que fijarlo.
Me gustó esa respuesta. También me gustó que no se acercara a felicitarme ni intentara repetir el momento como si acabáramos de descubrir una receta.
Permanecimos sentados. Él miraba el espacio y yo su perfil. Tenía una tensión leve en la mandíbula que se aflojó cuando volvió hacia mí.
—¿Qué? —preguntó.
Aparté la mirada demasiado tarde.
—Nada.
Me dio vergüenza. Después decidí no corregirme.
Lukas no abrió enseguida la carpeta.
—¿Quieres contarme qué habías preparado? —preguntó.
Miré el lugar donde me había equivocado.
—Ahora me da vergüenza enseñártelo.
—¿Por qué?
—Porque lo otro ha salido sin que lo preparara tanto.
Se inclinó hacia delante, con los antebrazos sobre las piernas.
—No ha salido de la nada. Has podido seguir porque sabes moverte.
La frase me hizo sentir un alivio incómodo. Una parte de mí todavía necesitaba justificar que el trabajo anterior no había sido inútil.
—Ya —dije—. Pero si mañana intento repetirlo, puede que no vuelva a salir.
—Entonces mañana veremos qué tenemos.
Me parecía una manera peligrosa de vivir. También sabía que él pasaba horas corrigiendo notas, de modo que no podía atribuir su respuesta a una facilidad que le hubiera tocado por suerte.
—¿Cómo sabes cuándo dejar de cambiar algo? —pregunté.
Lukas miró sus manos.
—A veces no lo sé.
Esperé. Había aprendido que algunas de sus respuestas breves necesitaban tiempo para completarse.
—Puedo cambiarlo porque aún no funciona o porque me da miedo entregarlo —continuó—. Desde dentro se parecen bastante.
Lo miré con más atención.
Me resultaba fácil imaginarlo seguro de lo que quería, irritado solo porque yo no conseguía entenderlo. La confesión colocaba una duda suya junto a la mía. No tenía que gustarme cada cambio para reconocer que él también estaba intentando decidir qué conservar.
—Yo repito por las dos cosas —dije.
—Lo suponía.
Esta vez no lo interpreté como una crítica. Me levanté y fui hasta el centro de la sala para mostrarle la secuencia original, sin música. La hice despacio, con interrupciones cuando necesitaba explicar qué había querido conseguir. Lukas me observó desde su silla.
No intenté fingir que estaba bailando una versión terminada. Estaba enseñándole una idea. La diferencia me permitió respirar.
Cuando acabé, señaló un momento del recorrido.
—Ese cambio me gusta. No estaba en la improvisación.
Lo repetí.
—Aquí quería volver hacia atrás sin que pareciera una retirada.
—¿Y por qué no podía parecerlo?
La pregunta me detuvo.
No había una razón artística clara. Había algo mío dentro de esa resistencia a retroceder, una costumbre de hacer que incluso una salida pareciera avance. No quería explicárselo todavía, pero sí podía dejar de tratarla como una ley de la coreografía.
—Puede parecerlo —respondí.
Lo probé de nuevo sin corregir el peso para hacerlo más elegante. El movimiento se volvió más directo, quizá menos bonito. Me gustó la sensación de no esconder el esfuerzo necesario para cambiar de dirección.
Lukas se levantó.
—Voy a tocar solo el fragmento que venía ahí. Después vemos si necesita cambiar.
Lo escuché desde el centro. Sin moverme. Por primera vez en varios ensayos no empecé a preparar la respuesta antes de que terminara.
La frase tenía un espacio que yo había llenado por miedo. Cuando volvió a tocarla, dejé que el retroceso ocupara ese lugar. No fue una revelación espectacular. Fue un ajuste pequeño y útil.
Al acabar, nos miramos con la satisfacción sobria de haber encontrado algo que podíamos explicar.
Me gustó tanto como la risa de antes.
Tal vez disfrutar no tenía que llegar siempre en forma de libertad absoluta.
Podía estar también en una conversación donde una pregunta no fuera una trampa, en el tiempo que alguien me daba para mostrar una idea incompleta.
Esa posibilidad me pareció menos frágil que el instante de improvisación.
Podía volver a buscarla aunque mañana el giro saliera distinto.
Durante el descanso saqué la libreta, pero no escribí una lista de fallos. Anoté lo que quería conservar: el retroceso, la espera y la decisión de seguir cuando algo se apartara de lo previsto.
Lukas pasó cerca para recoger agua. No leyó por encima de mi hombro.
Le mostré la página porque quise.
—Esto es lo que quiero probar otra vez —dije.
Él la miró y asintió.
—Entonces empezamos por eso.
Guardé la libreta. No había escrito nada sobre hacerme merecedora del tiempo que acabábamos de emplear. Nadie me lo había pedido.
Volvimos a trabajar, con menos prisa por cerrar cada cosa.
Recuperamos parte del giro inesperado. Otras partes no funcionaron y las dejamos fuera. Me sorprendió que el disfrute no desapareciera cuando teníamos que descartar algo. Quizá porque esta vez no estaba intentando demostrar que todo lo que hacía merecía quedarse.
Lukas pidió un descanso antes de que yo lo necesitara. Se frotó la frente y dijo que quería revisar una indicación. Su tono me hizo pensar que estaba ocultando cansancio, pero no pregunté. Todavía no sabía qué derecho tenía a hacerlo.
Durante la pausa recogí una hoja caída junto a su silla. Se la ofrecí y él la recibió con un gracias distraído.
Nuestras manos estuvieron cerca. Recordé el patrón en su palma y tuve que ocupar la mía cerrando la botella.
Había una invitación para el día siguiente que ninguno mencionaba. Estaba en cada silencio que duraba un poco más de lo práctico.
Al terminar, fui a cambiarme. Me demoré soltando el moño y haciendo la trenza. No quería salir con la misma urgencia con que había llegado.
Lukas estaba en el vestíbulo. Teresa no había vuelto de la oficina y la puerta del patio seguía cerrada. Nos quedaban unos minutos dentro del horario reservado.
—¿Tienes que irte? —pregunté.
Él miró el reloj y luego a mí.
—No todavía.
Me senté en el banco. Lukas dejó el estuche a un lado y se apoyó en la pared de enfrente.
No hablamos de la pieza. Le pregunté qué había comido y él confesó que algo que no justificaba una descripción.
Me contó una discusión doméstica con su hermana sobre un libro que supuestamente no tenía que devolver.
Yo le dije que mi madre podía convertir una bufanda olvidada en una prueba de que necesitaba supervisión.
Nos reímos. Después hubo un silencio en el que ya no busqué el teléfono.
—Lo de mañana —empecé.
Lukas se incorporó un poco.
—¿Sí?
—¿Llevo algo?
—Si te apetece. No tienes que llevar nada.
—Eso es una respuesta muy poco útil.
—Estoy intentando no convertir la tarde en una tarea.
Lo miré. No pude saber si estaba hablando de mí, de él o de los dos.
—Entonces llevaré algo porque me apetezca —dije.
—Me parece bien.
Llegó la hora de salir. Nos levantamos sin prisa y fuimos hacia el patio. Antes de cruzar la puerta, Lukas se apartó para dejarme pasar. Había espacio suficiente para hacerlo sin rozarnos.
Lo hice de todos modos, apenas con el dorso de la mano sobre su manga.
Podría haber fingido que fue un accidente. No lo miré para comprobar si lo había creído.
—Hasta mañana —dije.
Su respuesta llegó un poco más baja.
—Hasta mañana, Clara.