La última pieza que bailamos Lo que puedo pedir
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Lo que puedo pedir

Lukas

La mano de Clara no estaba allí, pero la mía seguía recordándola.

Me descubrí repitiendo el patrón sobre la mesa de la cocina mientras esperaba que el café terminara de hacerse. Era miércoles. No teníamos ensayo. Podía trabajar solo, corregir lo pendiente y dejar de pensar en lo ocurrido el día anterior.

Volví a marcarlo.

La secuencia era sencilla. Lo que me interesaba no era la información nueva, sino la manera en que se había ordenado al recibirla en la palma. Había dejado de discutir con una cuenta para reconocer dónde esperaba Clara.

Abrí el portátil y anoté el cambio. No escribí nada sobre sus dedos.

Después preparé el violín. Toqué primero un pasaje que no pertenecía a la pieza, algo conocido que no me exigiera decidir nada. Lo elegí por eso y me molestó reconocerlo: quería comprobar una certeza antes de trabajar.

La frase salió. Podía tocarla. Sin embargo, la sensación de falta de claridad apareció otra vez en una parte del registro. Me detuve y miré el instrumento con una irritación injusta.

Probé más despacio. Después dejé de hacerlo.

No quería pasar la mañana examinándome con una prueba que yo mismo estaba inventando.

Bajé el arco, apoyé el violín y me quedé sentado en el sofá.

El salón conservaba los sonidos normales de la casa: las tuberías, una puerta en el edificio, el roce de mi ropa cuando cambiaba de posición. Nada se había apagado.

La idea de perder audición me pareció excesiva. La palabra apareció de todas formas y me dejó inmóvil.

Tenía treinta años. Una pieza a medio escribir y una bailarina que esperaba mi entrada antes de moverse. Había organizado las próximas semanas alrededor de poder hacer precisamente aquello.

Me levanté y fui a beber agua.

No busqué nada en internet. No llamé a nadie. Preparé las clases de mis alumnos y envié un correo sobre un pago pendiente. Las tareas pequeñas respondían cuando las hacía; por eso me quedé con ellas hasta que llegó Hannah.

Mi hermana traía un libro que nuestra madre le había pedido que me entregara.

—Dice que este sí puedes quedártelo —anunció al entrar.

—¿Hay condiciones?

—Que dejes de decir que todos los libros de su casa están prestados.

Se quitó el abrigo y lo dejó en el recibidor. Yo puse el libro sobre la mesa sin abrirlo.

Hannah me observó un momento.

—¿He venido mal?

—No.

—Tu cara dice que quizá.

—Estoy trabajando.

Miró el violín guardado y el portátil abierto en una pantalla de correos.

—Puedo irme.

Me pasé una mano por el pelo. No tenía derecho a convertir su visita en otra cosa que gestionar.

—Quédate. Pongo café.

—Agua me sirve.

La acompañé a la cocina. Se sentó en la silla de enfrente y hojeó el libro mientras llenaba dos vasos.

No preguntó enseguida por la pieza. Me contó que en el trabajo habían cambiado un procedimiento y que llevaba dos días corrigiendo una costumbre de las manos antes de acordarse de que ya no tenía que hacerlo así.

La escuché con una atención que me resultó dolorosa por el esfuerzo que estaba poniendo en comprobarla. Entendía cada palabra. Eso debería haberme tranquilizado.

—¿Y tú? —preguntó.

—Ensayando.

—Eso ya lo sé.

—Estamos encontrando el principio.

—¿De una pieza que se estrena en noviembre?

Su tono era de curiosidad, pero yo oí una objeción.

—No significa que no haya nada escrito.

Hannah levantó la mirada.

—No he dicho eso.

Me apoyé contra el borde de la encimera.

—Ya.

Pasaron unos segundos. Ella cerró el libro.

—Lukas, si no tienes ganas de hablar, dímelo. Pero no voy a adivinar qué palabras no puedo usar hoy.

Me quedé mirando el vaso. Había hecho aquello mismo con Clara: buscar una crítica dentro de una pregunta corriente.

—Perdona. He dormido mal.

Era verdad y también una manera de salir de la conversación.

Hannah aceptó la disculpa sin fingir que la explicación la satisfacía del todo.

—¿La bailarina te está dando problemas?

—No.

Respondí tan rápido que levantó las cejas.

—Bueno.

—Clara trabaja muy bien.

—No había pedido una referencia profesional.

Me senté. Hannah me miraba con la paciencia de alguien que llevaba demasiados años conociéndome para creer que mi interés podía resumirse en un rendimiento adecuado.

—Ayer probamos un ejercicio —dije—. Caminamos el pulso antes de tocar.

—¿Tú también?

—Yo también sé caminar.

—En general.

Me reí por primera vez desde la mañana. Hannah sonrió y bebió agua.

Le hablé del cambio en la pieza sin describir el contacto. Me parecía demasiado íntimo contarlo, aunque no hubiera ocurrido nada que necesitara guardar. Clara me había tocado la mano para marcar un ritmo; yo había pedido que lo repitiera. Lo demás estaba todavía dentro de mí.

—Parece que te gusta trabajar con ella —dijo Hannah.

—Sí.

—¿Y hablar con ella?

Miré el libro que había traído.

—También.

No me pidió más. Agradecí que no convirtiera aquella admisión en una broma.

Antes de irse me preguntó si quería cenar algún día de la semana siguiente. Le dije que miraría el calendario. Hannah se puso el abrigo y se detuvo junto a la puerta.

—No tiene que haber una noche perfecta. Puede ser una en la que estés cansado y no hayas terminado todo.

Asentí.

Me abrazó brevemente. Yo tardé un segundo en devolverle el gesto porque estaba a punto de decirle algo que no sabía cómo empezar.

Podría haber sido tan sencillo como pedirle que se quedara cinco minutos más.

La dejé ir.

Después de que Hannah se fuera, abrí el libro.

Había una nota de mi madre en la primera página. Dos líneas sobre una historia que le había recordado una conversación nuestra, nada relacionado con la música. La leí varias veces porque me resultó extraño que alguien hubiera pensado en mí por un motivo distinto.

No recordaba aquella conversación. Debía de haber ocurrido durante una visita a Graz, quizá en la cocina, mientras mi padre arreglaba algo que no necesitaba reparación inmediata.

Me vi allí sin el violín, opinando sobre una cosa cualquiera.

La imagen no me tranquilizó del todo. Una vida tenía más partes que un trabajo, pero yo llevaba años dejando que casi todas las demás se acomodaran alrededor de él.

Me senté en el sofá con el libro abierto.

No avancé mucho. Cada ruido del edificio me llamaba la atención de una manera que lo volvía inútil para cualquier otra cosa.

Si lo distinguía, me tranquilizaba unos segundos.

Si no sabía de dónde venía, empezaba a buscar una razón.

Terminé cerrando la ventana porque quería dejar de someter la mañana a preguntas que no podía responder por mi cuenta.

En el calendario tenía una clase al día siguiente. Pensé en cancelarla. No porque supiera que no podía darla, sino porque temía descubrirlo delante de alguien.

La idea me enfadó.

Mis alumnos no estaban allí para confirmar mi valor como músico.

Habían reservado un tiempo para aprender y yo podía prepararlo.

Abrí el material de la clase y separé lo que requería escuchar de lo que podía explicar mirando una posición, leyendo una frase o preguntando qué estaba intentando la otra persona.

Había hecho esas cosas siempre. Aquel día me parecieron pruebas de que mi trabajo tenía más formas de las que estaba permitiéndome recordar.

No quería usar ese pensamiento para negar lo que me ocurría.

Tampoco quería convertir una duda en una prohibición antes de pedir ayuda.

Escribí una nota para mí: buscar una consulta si seguía pasando. Me detuve sobre el condicional. Llevaba varios días diciendo algo parecido con palabras distintas.

No llamé todavía.

Fui a la cocina y preparé comida. Corté más de lo necesario y guardé una parte para el día siguiente.

Mientras esperaba, pensé en Clara sentada al otro lado de mi mesa, preguntándome por una tarde que no tuviera ensayos dentro.

Me gustaba imaginarla allí y me avergonzaba el impulso de ofrecerle una versión de mí que nunca tuviera que pedir repetir nada.

¿Qué ocurriría si no entendía una frase suya durante una cita?

La respuesta práctica era pedirle que la repitiera.

Era tan sencilla que me hizo apoyar el cuchillo y reírme sin alegría.

Había construido alrededor de esa posibilidad una historia entera: su preocupación, mi vergüenza, la duda de Teresa, un proyecto perdido.

Ninguna de esas cosas había ocurrido. La fuerza con que las imaginaba no las volvía hechos.

Comí despacio.

Después volví a la mesa donde había marcado el ritmo.

Apoyé la palma izquierda sobre la madera y la giré.

No intenté reconstruir la temperatura de sus dedos; apareció sola.

Recordé que me había preguntado si lo estaba haciendo bien y que yo había podido responder con algo concreto.

Esa clase de intercambio no requería parecer invulnerable. Requería atención.

Quería aprender a estar con ella de la misma manera fuera del ensayo.

Antes de volver al salón, recogí el vaso que Hannah había usado.

Había dejado una marca de agua en la mesa.

La limpié y pensé en llamarla para disculparme otra vez por la irritabilidad.

No necesitaba una segunda disculpa que le pidiera convencerme de que todo estaba bien.

Necesitaba tratarla mejor la próxima vez.

Le escribí para confirmar una cena la semana siguiente.

Ella respondió con una hora y una pregunta sobre comida. Le contesté. Era posible hacer un plan sin haber resuelto antes el resto de mi vida.

Dejé el teléfono junto al libro de mi madre y abrí la carpeta. Esta vez iba a intentar algo concreto antes de juzgar si todo mi futuro cabía dentro de aquella tarde.

Por la tarde guardé el portátil y volví al instrumento con un propósito distinto.

No iba a comprobar qué me pasaba. Quería trabajar la frase como habíamos hecho con el movimiento. La caminé sin tocar, despacio, atendiendo al lugar de la espera. Después marqué el pulso en mi propia palma y probé una entrada del arco sin empezar la pieza entera.

Conocía esas sensaciones desde hacía años. El peso del brazo, el contacto, la presión que sobraba cuando intentaba asegurar demasiado una nota. Nunca habían sido ajenas al sonido. Lo nuevo era prestarles atención sin tratarlas como simples medios para llegar a otra cosa.

No arreglaron la falta de claridad.

Me ayudaron a tocar el pasaje sin detenerme cada dos compases para juzgarlo. Esa diferencia importaba, aunque no fuera la respuesta que quería.

Hice una pausa antes de agotarme. Dejé la partitura abierta y escribí al lado qué había funcionado. No puse que necesitaba sentir algo con la mano porque estaba empezando a desconfiar de lo que oía. Todavía me parecía que escribirlo le daría un peso que no tenía por qué merecer.

El teléfono estaba en la mesa de la cocina. Lo cogí y abrí la conversación con Clara.

Había enviado la versión del martes y ella había respondido con una anotación. Todo estaba en orden. Podía dejarlo ahí.

Escribí una pregunta sobre el enlace. La borré antes de terminarla.

He probado lo de caminar antes de tocar. Me ha servido.

Lo envié y dejé el teléfono boca abajo. Enseguida lo volví a girar.

Clara tardó unos minutos.

¿Has chocado con algún mueble?

Miré la mesa.

He elegido un recorrido compatible con mis habilidades.

Bien. No quiero tener que explicar a Teresa que lesioné al compositor enseñándole a caminar.

Me quedé sonriendo a la pantalla. Era fácil responder con otra broma y terminar ahí. Podríamos mantener durante semanas una conversación que pareciera cercana sin decir nada que nos expusiera.

No era eso lo que quería.

Me gustó estar contigo ayer , escribí.

Lo releí. La frase podía pasar por una valoración del ensayo, pero menos que las anteriores. Añadí:

También después de terminar.

Envié ambos mensajes antes de empezar a corregirlos.

La espera me devolvió al cuerpo de una forma distinta. Me levanté, fui al fregadero y lavé un vaso que ya estaba limpio. Me parecía imposible que una respuesta de pocas palabras pudiera cambiar tanto el tamaño de una cocina.

Cuando el teléfono vibró, sequé las manos antes de cogerlo.

A mí también me gustó.

No había explicación detrás. Ni referencia al pasaje. Solo aquello.

Me senté.

Quise preguntarle si estaba pensando en el contacto. Me pareció injusto obligarla a nombrarlo cuando yo no me había atrevido a hacerlo. En cambio, le pregunté si tenía planes el sábado.

Todavía no , respondió.

Le propuse pasar la tarde juntos, sin ensayo. No añadí un programa para volver la invitación más fácil de aceptar.

Su respuesta tardó menos.

Sí. Pero si hay libreta, me voy.

La escondo.

Eso cuenta como intención.

Me reí solo. Después escribí que al día siguiente podíamos decidir la hora.

Dejé el teléfono junto a la partitura y me di cuenta de que acababa de pedir algo que no sabía garantizar. Una tarde agradable. Una conversación sin pausas extrañas. La capacidad de estar con ella sin vigilarme todo el tiempo.

La idea no anuló la alegría. La acompañó hasta que me acosté.

El jueves, Clara entró en la sala y me miró de una manera nueva.

No dijo nada distinto. Saludó, dejó las cosas y fue a cambiarse. Yo había llegado antes para organizar el material y llevaba diez minutos moviendo una carpeta que ya estaba en su sitio.

Cuando volvió, preguntó por la frase del martes. La tocamos y encontramos el pulso con más facilidad. No repetimos el ejercicio de las manos. Me sorprendió echarlo de menos mientras agradecía no tener que decidir cómo pedirlo.

Trabajamos bien durante un rato.

Después me perdí una pregunta suya. Estaba de espaldas al atril, recogiendo una hoja que se había caído. Escuché su voz, pero no distinguí lo que decía.

—Un momento —respondí.

Terminé de colocar el papel con un cuidado innecesario y me volví.

—¿Qué querías cambiar?

Clara frunció apenas el ceño.

—Te preguntaba si el sábado te viene bien a las cuatro.

Me quedé mirándola.

—Sí. A las cuatro.

Bajó la vista hacia su botella. El silencio que siguió me hizo temer que mi distracción hubiera sonado a falta de interés.

—Me apetece —añadí.

Clara volvió a levantar la cabeza.

—A mí también.

Podría haberle dicho que no había entendido la pregunta. Habría sido una explicación pequeña, corriente. Pero el recuerdo de la mañana anterior me convirtió ese gesto en el primero de una cadena que no quería empezar.

Pedí probar el enlace.

Clara regresó a su lugar. La seguí con el arco preparado y una frustración que no tenía nada que ver con ella. Estaba haciendo exactamente lo que me había prometido no hacer: utilizar el trabajo para dejar fuera una conversación necesaria.

Cuando acabamos, le di la dirección de mi piso. No la acompañé de instrucciones excesivas ni de una excusa sobre lo que podíamos revisar allí.

—A las cuatro —repitió.

—Te espero.

Se guardó el teléfono. Yo mantuve la carpeta cerrada hasta que se fue.

Todavía podía elegir cómo recibirla. No quería que el miedo llegara antes que ella a cada lugar donde íbamos a estar juntos.