La mano abierta
Clara
Lukas había escrito tres cuentas distintas sobre el mismo pasaje.
Las descubrí cuando me acerqué al atril. Había números encima de las notas y otros tachados en el margen. Durante un momento pensé que se había equivocado de copia.
—¿Cuál seguimos?
Se inclinó para mirar.
—La de abajo.
—Tiene un cuatro encima de un tres.
—Porque el tres ya no sirve.
—Podrías haberlo borrado.
Levantó la cabeza. Yo también. La conversación estaba peligrosamente cerca de otra que habíamos tenido la semana anterior.
—Voy a hacerlo —dijo.
Me aparté para darle espacio. Era martes y llegaba con ganas de trabajar, algo que no esperaba después de haber pasado el fin de semana pensando en una conversación de café. No quería estropearlo en los primeros diez minutos.
Lukas borró los números y escribió de nuevo. La goma dejó un pequeño rastro que retiró con la mano.
—Ahora.
Leí la indicación. La entendía, pero no explicaba lo que necesitaba hacer con el cuerpo.
—Puedo contarlo así —dije—. Lo que no consigo es llegar sin frenar.
—La frase necesita ese espacio.
—Yo necesito llegar a él.
Me miró en silencio. Estábamos diciendo cosas compatibles como si una excluyera la otra.
Regresé al centro de la sala y probamos. Él tocó; yo conté. El resultado fue correcto y rígido. Al terminar, había llegado al sitio previsto con la sensación de haber cruzado una habitación llena de muebles que no se veían.
—Otra —dije.
Lukas bajó el arco.
—¿Qué quieres cambiar?
Buena pregunta. Me molestó no tener respuesta.
Moví los dedos de los pies dentro de los calcetines. No estaba cansada todavía. Era una dificultad distinta, más cercana a llevar una palabra en la boca sin encontrar cómo pronunciarla.
—No quiero ir contando cada paso.
—No hace falta que cada paso coincida con un tiempo.
—Ya lo sé.
Nos miramos. Dejé salir el aire antes de añadir:
—Lo sé aquí. Al moverme hago otra cosa.
Me toqué la frente. Lukas apoyó el instrumento junto al cuerpo.
—Podemos quitar parte de la música.
—No quiero quitarla solo porque aún no me sale.
—Yo tampoco quiero conservarla solo porque la escribí.
Esa respuesta me desarmó lo suficiente para dejar de discutir con una crítica que él no había hecho.
Me acerqué a la primera fila y me senté. No para terminar: necesitaba cambiar el lugar desde el que estaba intentando entenderlo. Lukas permaneció junto al atril.
—En clase a veces caminábamos un ritmo antes de bailarlo —dije—. Para no meter todos los movimientos de golpe.
—Podemos probar.
Miré el violín.
—Los dos.
Lukas siguió mi mirada y luego volvió a mí.
—¿Quieres que baile?
—Quiero que camines. Si sale otra cosa, la cobramos aparte.
Se quedó serio un instante y después soltó una risa baja. La había escuchado en el café. En la sala, rodeada de trabajo, me gustó más de lo que esperaba.
Guardó el instrumento con cuidado. Yo me levanté y esperé a que dejara también el arco. No quería que pensara que tenía prisa por sacarlo de aquello que sabía hacer.
Cuando vino al centro, la sala cambió. Había pasado varios ensayos mirando hacia su lugar junto al atril; tenerlo allí, a mi lado, me obligaba a reorganizar la distancia.
—¿Qué hago?
—Camina conmigo.
Di un paso. Él lo dio al mismo tiempo, demasiado atento a copiarme. A los tres pasos nos detuvimos.
—Así voy a pisarte —dijo.
—Puedes ir un poco más lejos.
—Pensé que había que seguirte.
Recordé su mensaje del jueves. Me distrajo lo suficiente para dar un paso en falso antes de empezar.
—Seguir el ritmo —aclaré.
No añadió nada. Se apartó un poco y esperó.
Probamos sin contar en voz alta.
Yo llevaba la frase en la cabeza y caminaba su pulso. Lukas también, pero no teníamos la misma versión. Al llegar al lugar que nos preocupaba, él se adelantó.
—Ahí —dije.
Se detuvo.
—¿Demasiado pronto?
—Para mí, sí.
Miró el suelo entre sus pies.
—Estoy haciendo lo que había escrito al principio.
No parecía contento al reconocerlo. Quise explicarle que era normal, pero me habría molestado que alguien me respondiera así sin escuchar primero.
—Enséñame —pedí.
Esta vez lo seguí yo. Su manera de marcar el pulso era más contenida, casi un cambio de apoyo dentro del mismo espacio. Lo observé repetirlo y empecé a comprender por qué no coincidíamos: yo prolongaba el movimiento antes de llegar; él reservaba el tiempo después.
—Estamos esperando en sitios distintos —dije.
Lukas alzó la vista.
Probamos otra vez, desplazando esa espera. Sin el resto de la coreografía pude reconocer dónde cedía el peso y dónde quería empezar lo siguiente.
Me resultó tan sencillo entonces que me enfadé un poco por no haberlo encontrado antes.
—Eso —dije.
Lukas no respondió enseguida. Miraba sus propias manos.
—Quiero probar una cosa.
Esperé.
Levantó la izquierda, con la palma hacia arriba.
—¿Puedes marcar aquí lo que acabas de hacer? El pulso, no cada paso.
Miré su mano abierta. Con el instrumento entre nosotros había sido fácil hablar de contacto, de peso y de espera. Ahora me costó recordar la cuenta.
—Sí.
—¿Te incomoda?
La pregunta me hizo mirarlo a la cara.
—No.
Acercó un poco la mano y la mantuvo quieta. Yo apoyé dos dedos en el centro de su palma, sin presionar. Tenía la piel más cálida que la mía.
Marqué una vez. Después otra.
Lukas bajó la vista hacia el contacto. Yo también, aunque ya sabía perfectamente dónde estaban mis dedos. Hice el patrón completo y me detuve en el lugar de la espera.
—Otra —pidió.
No sonó como las repeticiones anteriores.
Repetí el pulso, esta vez con un apoyo un poco más firme. La base de su pulgar se movió apenas. Cerca de las yemas había durezas del instrumento; el centro de la mano cedía bajo mis dedos. Nunca había prestado tanta atención a una superficie tan pequeña.
Me obligué a contar por dentro. Era un ejercicio. Un ejercicio que yo había propuesto antes de que ninguno de los dos supiera que terminaría allí.
—¿Así? —pregunté.
Lukas asintió.
—Ahora entiendo dónde lo estás dejando.
Levantó la cara. Yo no retiré la mano a tiempo para fingir que solo estaba esperando su respuesta.
Permanecimos cerca durante un segundo innecesario. Su palma seguía abierta y mis dedos descansaban sobre ella, inmóviles. Podía levantar la mano. No había ninguna razón práctica para seguir tocándolo.
Lo hice despacio.
Lukas cerró los dedos una vez y volvió a abrirlos.
—¿Puedo mostrarte el mío?
Asentí antes de pensar en cómo sonaría mi voz.
Le ofrecí la mano derecha. Él marcó el pulso con dos dedos de la otra mano, cuidando la presión.
Era distinto cuando lo recibía: menos abstracto, más fácil de seguir sin convertirlo en números.
Sentí el intervalo después del tercer apoyo y comprendí la forma de la frase que estaba intentando escribir.
—Lo esperas después —dije.
—Sí.
—Yo lo estaba gastando antes.
—Podemos repartirlo.
Lo probó. Yo seguí la secuencia y asentí. Su atención estaba concentrada en mi mano; el resto de su cuerpo permanecía quieto, como si no quisiera alterar lo que estaba comprobando.
Me fijé en la pequeña cicatriz del dorso de su mano derecha. No pregunté por ella. Habría sido una pregunta de otra clase, y todavía estaba tratando de mantenerme dentro de la que nos había llevado hasta allí.
Cuando terminó, retiró los dedos y dejó que yo bajara la mano primero.
—Creo que ya lo tengo —dijo.
Yo no estaba segura de qué tenía. El patrón, sí. También una conciencia demasiado precisa del lugar donde me había tocado.
Volvimos a nuestros sitios.
Lukas sacó el violín. Yo repetí el recorrido sin música y encontré el cambio de peso con menos esfuerzo. No era perfecto ni tenía por qué serlo todavía. El cuerpo sabía algo que unos minutos antes intentaba resolver desde fuera.
Él levantó el arco.
—Cuando quieras.
Lo miré antes de empezar.
La primera entrada salió bien. En el pasaje nuevo conservé una parte de la espera y dejé que la otra apareciera después. La música me acompañó de una forma que no había conseguido con los números.
No pensé en su mano hasta que terminamos.
Entonces sí.
Me quedé frente a las gradas mientras él anotaba el cambio. Necesitaba beber agua, pero la botella estaba cerca de su lado de la sala y me resultó ridículo calcular si acercarme parecería una excusa.
Fui por ella de todos modos.
—Ha funcionado —dije.
—Ha cambiado.
—Hoy es lo mismo.
Lukas dejó el lápiz.
—Tienes razón.
Bebí y cerré la botella. Podría haberme quedado allí, hablando del pasaje. Preferí regresar al centro antes de que la conversación se volviera demasiado fácil.
Durante el resto del ensayo hubo momentos normales. Él preguntó por un brazo, yo pedí repetir un enlace, ambos discutimos una pausa sin herirnos. Me aferré a esa normalidad con una gratitud extraña. No quería que el contacto hubiera estropeado la posibilidad de trabajar.
Tampoco quería olvidarlo.
En una de las repeticiones, Lukas se quedó mirando la partitura más tiempo del necesario. Yo lo esperé. Cuando alzó la cabeza, parecía molesto consigo mismo.
—¿Otra vez? —pregunté.
—Solo el final.
No añadió una razón. Podría haber insistido en el acuerdo de explicar los cambios. Sin embargo, tenía la cara tensa y me pareció que una pregunta lo obligaría a defender algo que todavía no quería decir.
Hicimos el final. Él asintió, aunque no parecía satisfecho.
—¿Quieres parar? —dije.
—No. Estoy bien.
Su rapidez me hizo callar.
Guardé la observación para mí. Me resultaba demasiado familiar la necesidad de que nadie interpretara una dificultad como una incapacidad. Tal vez solo estuviera cansado. Tal vez yo estuviera empezando a prestarle una atención que me hacía ver problemas donde antes habría visto trabajo.
Al terminar, recuperé los pendientes del bolsillo cerrado del bolso. Me los puse frente al espejo del camerino, pequeño y suficiente para aquello. La cara que me devolvió tenía el color del esfuerzo y algo más que no quise examinar.
Me lavé las manos antes de vestirme.
El jabón no borró el recuerdo del contacto. Me avergonzó haber esperado que lo hiciera.
Lukas estaba cerrando el estuche cuando salí.
—¿Te mando el cambio? —preguntó.
—Sí. Pero no borres las otras versiones todavía.
Me miró con sorpresa.
—El viernes querías que borrara los números.
—Los números. No toda tu historia editorial.
Se apoyó un momento en la silla.
—Voy a necesitar carpetas más grandes.
No pude evitar reírme. La sensación me dejó menos protegida que el contacto de antes.
Lukas se colocó el estuche al hombro. Yo me quedé junto al banco para ponerme el abrigo. Me temblaron un poco los dedos al encontrar el primer botón y tuve que intentarlo dos veces. Por suerte estaba mirando sus propias cosas.
En el patio, ya cerca de la salida, se detuvo.
—Gracias por lo de hoy.
—También lo has propuesto tú.
—Lo de caminar fue tuyo.
Lo miré. Había querido responder con una broma, algo que nos devolviera a la facilidad del café. No la encontré.
—Me ha gustado —dije.
La frase podía referirse al ensayo. Me mantuve dentro de esa posibilidad mientras él me observaba.
—A mí también.
Una persona entró desde la calle y nos apartamos para dejarla pasar.
Lukas movió el estuche hacia su cuerpo; yo di un paso al lado.
No hubo roce accidental ni una oportunidad inesperada de repetir el contacto.
Solo la decisión de quedarnos un instante más después de que el paso volviera a estar libre.
—Hasta el jueves —dije al fin.
—Hasta el jueves.
Caminé con las manos dentro de los bolsillos. En uno encontré las llaves y las sujeté por el aro. El metal estaba frío. Lo giré entre los dedos mientras reconstruía el ritmo que habíamos compartido.
Al llegar a la esquina dejé de contar.
Lo recordaba igual.
Me detuve delante de un escaparate sin prestar atención a lo que vendía. Saqué el teléfono y abrí nuestra conversación. El último mensaje seguía siendo una pregunta de trabajo. Podía añadir otra, pedirle una aclaración sobre el pasaje, mantener abierto aquel lugar que acabábamos de dejar.
No quería una aclaración.
Guardé el teléfono. Aquello también era una decisión, aunque no se pareciera a las que anotaba en la libreta. Si quería hablar con Lukas después de ensayar tendría que encontrar una forma de hacerlo que no convirtiera la pieza en una excusa permanente.
Seguí caminando. Me sorprendía lo poco que sabía de él y la facilidad con que mi atención empezaba a organizarse alrededor de esos huecos.
Sabía dónde vivía, que su madre le prestaba libros y que podía pasar demasiado tiempo cambiando un final.
No sabía qué le hacía enfadarse fuera del trabajo ni cómo era una mañana suya sin plazos.
Tampoco sabía si él había pensado en mí al salir del café.
Quizá estaba dando demasiada importancia a una mano abierta.
Pero Lukas había preguntado si me incomodaba. Había esperado mi respuesta antes de acercarse, y cuando le mostré algo que no entendía, lo repitió sin fingir que lo sabía desde el principio. Esa combinación me había dejado sin varias de mis defensas habituales.
Podía admirar a un hombre que parecía seguro de todo. Había conocido a algunos. Lo que no esperaba era sentir aquella curiosidad por alguien que acababa de pedirme ayuda para comprender una espera.
Al cruzar una calle, encontré un reflejo de mi abrigo en el cristal de un coche estacionado. Caminaba deprisa, como si tuviera que llegar a algún sitio antes de que se acabara una oportunidad. Reduje el paso.
No había una actuación esa noche. No había ensayo al día siguiente. Tenía tiempo para averiguar si quería escribirle.
En casa dejé el bolso sobre la cama y saqué la libreta. La hoja del enlace que Lukas había escrito la semana anterior seguía dentro. La alisé y la guardé con las páginas de trabajo, lejos de la fecha que había marcado como última actuación.
No quería que una cosa borrara la otra. Tampoco sabía todavía cómo conservarlas juntas.