La última pieza que bailamos Después del ensayo #2
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Después del ensayo #2

Yo también tenía algo que habría podido decir. Que últimamente repetía música conocida para comprobar detalles que antes no me detenían. Que me molestaba la facilidad con que encontraba excusas. Que no sabía cuánto de aquella inquietud era cansancio y cuánto era algo que debía mirar de frente.

En cambio, pregunté si quería otro café.

—No, gracias. Si tomo otro, voy a reorganizar el mundo a las dos de la mañana.

—¿Empezarías por los horarios?

—Por la gente que los cambia.

Alzó la taza vacía, como si brindara por aquella amenaza. Me reí y ella también. La pregunta que no había hecho quedó debajo de ese momento agradable.

No desapareció.

Clara miró hacia la barra, donde la mujer colocaba platos limpios.

—Cuando viajo por trabajo, me gusta entrar en sitios donde no hay nadie de la compañía —dijo.

—¿Para estar sola?

—Para no tener que hablar de lo que acabamos de hacer. A veces acabamos una función y seguimos interpretándola durante la cena.

—¿Tú también?

—Yo sobre todo.

Se acomodó en la silla. Parecía decidir cuánto quería contarme.

—Una vez me perdí buscando un café y llegué tarde a cenar. Había caminado tanto que me dolían los pies. Me lo pasé mejor que si hubiera encontrado el sitio a la primera.

—¿Dónde fue?

—No importa. Ni siquiera recuerdo bien la calle. Recuerdo que compré un helado aunque hacía frío y que nadie me preguntó por la actuación.

Me gustó aquella imagen de ella, perdida y comiendo algo que no había tenido tiempo de planificar. Quise conocer la ciudad para imaginármela mejor, pero no insistí. Tal vez lo importante fuera precisamente que aquel recuerdo no necesitara convertirse en un itinerario que yo pudiera seguir.

—Podrías hacerlo aquí —dije.

—Perderme en Viena tiene menos mérito.

—Yo todavía lo consigo.

—Llevas once años.

—La mesa no me orienta cuando salgo de casa.

Clara se tapó la boca con la mano al reírse. Yo miré el plato vacío para no quedarme observándola de una manera demasiado evidente.

—El problema —dijo después— es que aquí siempre hay alguien que podría reconocerme.

—Yo no te habría reconocido antes del lunes.

Me arrepentí en cuanto lo dije. Sonaba como si estuviera rebajando algo que quizá le importara.

Pero Clara me miró con interés.

—¿No habías visto los videos?

—Vi el que mandaste para la pieza. Antes de eso, no.

—Bien.

Su respuesta fue tan clara que no intenté arreglar la mía. Había imaginado que querría hablar de su carrera, y ella parecía agradecerme no haberla traído entera hasta nuestra mesa.

Me preguntó qué hacía cuando no tocaba. Le hablé de pasear sin auriculares y de leer a ratos. No mencioné que, últimamente, incluso durante esos paseos buscaba sonidos conocidos para convencerme de que todo seguía igual.

Cuando pedimos la cuenta, Clara buscó dinero antes de que yo pudiera decir nada.

—Te he invitado —recordé.

—A venir. No has especificado financiación.

—Es verdad. Mala planificación.

Dividimos la cuenta. Me gustó que no tuviéramos que convertirlo en una discusión larga. Guardó el cambio y se puso de pie; yo recogí el estuche antes de apartar la silla.

Afuera empezaba a refrescar. La calle conservaba un poco de luz y había gente pasando hacia otros locales. Clara se cerró el abrigo hasta la mitad.

No quería despedirme todavía.

—¿Por dónde vas?

Señaló una dirección.

—Yo por allí —dije.

Era la contraria. Durante un segundo consideré inventar un recado. Me dio vergüenza la facilidad con que apareció la idea.

Nos quedamos junto al portal del café. Clara ajustó la correa del bolso y miró mi estuche.

—¿Vas a seguir trabajando?

—Quizá revise unas cosas.

—Hoy no tenías que dejar nada perfecto.

La frase retomaba la del jueves. No sonó a consejo. Había algo de curiosidad, como si quisiera saber si yo cumplía las condiciones que proponía para los demás.

—Intentaré no hacerlo.

—No parece una promesa muy firme.

—Es la que puedo hacer.

Asintió.

Pasó una pareja entre nosotros y tuvimos que apartarnos. Clara quedó más cerca de la pared; yo di un paso hacia la calle. Cuando volvimos a mirarnos, la distancia era mayor, y me sorprendió echar de menos los centímetros que habíamos perdido.

—Me ha gustado venir —dije.

La expresión de Clara cambió antes de que respondiera. Durante un instante parecía haber olvidado la respuesta prudente.

—A mí también.

Me sostuvo la mirada. Tenía los iris marrones con un tono más cálido bajo la luz del local. Quise quedarme allí hasta que alguno dijera algo que justificara seguir juntos. No había ninguna razón urgente para hacerlo, salvo que me apetecía.

Clara bajó la vista primero, pero no se movió.

—Podemos volver —dijo—. Algún día que no tengamos que hablar del enlace.

—No hemos hablado del enlace.

—Entonces la idea ha funcionado.

—Podemos repetirla.

Sonrió y se despidió con la mano. La seguí con la vista unos pasos, hasta que comprendí que me estaba quedando quieto con el estuche en medio de la acera.

Caminé a casa sin decidir qué iba a revisar.

Subí la escalera, dejé el abrigo y guardé el violín. El portátil estaba donde lo había dejado. Bastaba abrirlo para recuperar la pregunta que había evitado toda la tarde.

Me senté a la mesa de la cocina. La silla de enfrente estaba vacía, pero ya tenía una conversación que podía imaginar allí.

Cabían dos platos. Lo comprobé con la mirada, como si hubiera cambiado de tamaño desde la mañana.

Saqué el teléfono para escribirle a Clara que había llegado. Me detuve. No habíamos quedado en avisarnos; quizá fuera un gesto demasiado familiar para un primer café.

Mientras dudaba, apareció un mensaje suyo.

La próxima vez elegimos otra tarta. Para que no parezca un ensayo.

Respondí antes de buscar una frase mejor.

De acuerdo. Sin libreta.

Dejé el teléfono sobre la mesa. No abrí el portátil aquella noche.