La última pieza que bailamos Después del ensayo
12%

Después del ensayo

Lukas

Le pregunté si quería tomar un café cuando ya se había puesto el abrigo.

Clara miró el teléfono antes de contestar. Yo deseé haber esperado hasta otro día. Era viernes, habíamos terminado tres horas de trabajo y no tenía derecho a interpretar sus planes como una respuesta sobre mí.

—Puedo quedarme un rato —dijo.

—Hay un sitio cerca.

—¿Para hablar del enlace?

Podría haber dicho que sí. El enlace seguía necesitando trabajo y habría sido una explicación cómoda.

—Para tomar un café.

Guardó el teléfono.

—Entonces sí.

Caminamos hasta el Linde con el estuche colgado de mi hombro.

Clara llevaba la trenza sobre el abrigo azul; de vez en cuando se la apartaba cuando quedaba atrapada bajo la correa del bolso.

Me fijé en ese gesto más de lo razonable.

En la sala sabía qué hacer con las manos, dónde dejar las cosas y qué preguntar si se quedaba callada.

En la calle, cada decisión parecía nueva.

Tomamos una de las calles estrechas de Spittelberg. Las fachadas antiguas guardaban la luz del final de la tarde y las mesas exteriores empezaban a vaciarse con el fresco. Una bicicleta nos obligó a caminar más cerca de la pared durante unos metros.

—Siempre olvido qué calle lleva a cuál —dijo Clara.

—Todas terminan llevándote a otra cafetería.

—Eso no sirve como indicación.

—Sirve como consuelo.

Se rió. En la sala ya había escuchado esa risa, breve y contenida. Allí duró un poco más.

Al llegar a una esquina, Clara se detuvo para mirar una vitrina. Había cuadernos, láminas y una maqueta de cartón de una casa.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Me gusta ver dónde ponen las puertas.

La respuesta me intrigó, pero Clara ya había reanudado el paso. La conversación no tenía que entregar una explicación completa para justificar el café.

Un grupo salió de un local y ocupó casi toda la acera. Clara esperó a que pasaran. Yo moví el estuche hacia el lado contrario para no golpear a nadie. Cuando retomamos el paso, ella señaló el gesto.

—Siempre sabes dónde está el violín.

—Casi siempre.

La respuesta me dejó incómodo por razones que Clara no podía conocer. Pensé en los sonidos que había empezado a vigilar, en la atención que se dividía incluso durante una caminata agradable.

Ella miró hacia delante.

—Yo siempre sé dónde están las salidas.

—¿Por trabajo?

—Por costumbre.

No supe si era una broma. Su expresión decía que solo en parte.

El letrero del Linde apareció unos metros después. Sostuve la puerta para dejarla pasar y Clara me agradeció el gesto sin convertirlo en una ceremonia. Entramos desde el aire fresco a un espacio de luz cálida y conversaciones superpuestas.

La puerta del café dejó pasar el ruido de las tazas antes que el olor. Había sitio delante, cerca de la barra, y una mesa pequeña al fondo. Elegí la segunda.

—¿Aquí? —pregunté.

Clara asintió. Dejó el bolso en el suelo y empezó a desabrocharse el abrigo. Yo apoyé el estuche junto a mi silla, fuera del paso, y me quité el mío.

Una mujer vino a preguntarnos qué queríamos. Clara pidió café con leche. Yo pedí uno solo y agua. La mujer dijo algo más mientras giraba hacia la barra; respondí que no, gracias, aunque solo había distinguido el final.

Clara la llamó antes de que se alejara.

—¿Qué tartas tienen?

Había sido eso. Miré el estuche como si necesitara comprobar que estaba seguro.

La lista llegó clara cuando la mujer volvió a situarse frente a nosotros. Clara eligió una porción de manzana y me preguntó si quería compartirla.

—Sí.

—Esta vez has contestado muy rápido.

—Para algunas cosas no necesito revisar tres versiones.

Se quitó el abrigo y lo colocó en el respaldo. Al mirar la mesa se le suavizó la expresión; yo aproveché para respirar con algo menos de cuidado.

Tenía hambre. Llevaba demasiadas horas trabajando y el café estaba lleno de conversaciones. No había nada extraño en perder una pregunta cuando quien la hacía se marchaba antes de terminarla.

La explicación me duró hasta que la mujer volvió con el agua.

Atendí a su boca sin querer. Enseguida aparté la vista.

—¿Vienes mucho? —preguntó Clara.

—A veces. Vivo en el barrio.

—Es tranquilo al fondo.

—Por eso me gusta.

Era verdad. Me molestó que también sirviera para ocultar algo que todavía no quería nombrar.

Clara sacó la libreta cuando llegaron los cafés.

—No hace falta —dije.

Se quedó con ella a medio camino.

—He pensado una cosa para el final.

—Puedes contarla sin escribirla.

La apoyó sobre la mesa. No llegó a abrirla.

—¿Y si se me olvida?

—Te la recuerdo el martes.

—El martes no sabrás qué quería decir.

—Entonces habrá sido una mala idea.

Me miró sin reírse. Tardé demasiado en comprender que acababa de usar precisamente la clase de broma que no le resultaría útil.

—No. Perdona. Quería decir que hoy podemos hablar de otra cosa.

Clara dejó la libreta dentro del bolso.

—Puedes decirlo así desde el principio.

—Lo estoy aprendiendo.

La mujer trajo la tarta con dos tenedores. Clara desplazó el plato hasta el centro exacto de la mesa. Yo lo acerqué un poco hacia ella.

—La has elegido tú.

—Has aceptado muy rápido.

—Eso también es verdad.

Partió una esquina. Mientras masticaba, miró hacia la ventana que daba al patio. Había una maceta al otro lado del cristal; no supe si la estaba observando o si necesitaba descansar de mi conversación.

Quise preguntarle por la danza y me contuve. Acababa de pedirle que habláramos de algo distinto. Había llegado hasta allí sin preparar una alternativa.

—¿Siempre has vivido en Viena?

—Sí. He trabajado fuera por temporadas. Pero vuelvo.

—¿Porque te gusta?

Se demoró con el tenedor.

—Porque aquí están mis cosas.

—Entiendo.

—No era una respuesta muy interesante.

—No estoy haciendo una entrevista.

Se recostó un poco. El gesto cambió la distancia entre nosotros apenas unos centímetros, pero me permitió mirarla sin sentir que estaba esperando una evaluación.

—¿Tú viniste por la música?

—A los diecinueve.

—¿Y te quedaste por la música?

—Al principio. Después compré una mesa que no quería volver a mover.

Clara miró mis manos y luego la puerta.

—Podrías haber contratado a alguien.

—No se me ocurrió. Llevo once años aquí por un problema logístico.

Se rió con el tenedor todavía en la mano. Me gustó que no se disculpara por el sonido. Era una risa breve que le cambiaba la expresión entera antes de que volviera a componerla.

—Debe de ser una mesa enorme.

—Caben dos platos si no insistes en poner también la olla.

—Una razón sólida para organizar tu vida.

Tomó otro trozo de tarta. Yo me olvidé durante un momento de escuchar con atención excesiva. La conversación llegaba sin que tuviera que vigilarla.

Le conté que mi madre trabajaba en una biblioteca y que durante años había dado por hecho que todas las casas tenían libros con etiquetas en el lomo. Clara quiso saber si conservaba alguno. Le dije que los míos no llevaban etiquetas, salvo los que aún no había devuelto.

—¿A tu madre?

—A mi madre no se le olvida ninguno.

—La mía también lleva una contabilidad muy precisa de ciertas cosas.

Lo dijo con una sonrisa que no terminó de quedarse. La vi bajar el tenedor y apoyar los dedos junto al plato.

No pregunté qué cosas. Tal vez debería haberlo hecho. No sabía todavía cómo distinguir una invitación de una puerta que acababa de cerrarse.

Clara bebió café.

—¿Componías de niño?

—Escribía cosas que mi profesora tenía la paciencia de llamar piezas.

—¿Eran malas?

—Una tenía un final distinto cada semana porque nunca sabía cómo terminarla.

—Veo cierta continuidad.

Levanté una ceja. Ella se quedó inmóvil un segundo y luego hizo una pequeña mueca.

—¿Eso ha estado mal?

—No. Eso ha estado bastante bien.

Su alivio me resultó visible. Me pregunté cuántas veces tendría que descubrir que una frase desafortunada no invalidaba todas las siguientes.

No se lo dije. Estaba empezando a comprender que pensar algo acertado sobre alguien no me daba permiso para explicárselo.

La tarta se acabó antes que el café.

Clara dejó la última porción en mi lado y yo la dividí con el tenedor. El reparto era absurdo; apenas quedaba un bocado. Lo hicimos sin hablar y aquello me produjo una satisfacción discreta, doméstica, que me pareció prematura.

—¿Te gusta enseñar? —preguntó.

—A veces mucho.

—¿Y las otras?

—También, cuando he terminado.

Quiso saber quiénes eran mis alumnos. Le hablé de adultos que habían decidido empezar o volver a un instrumento después de años.

Una de las cosas que más me gustaban era que, de vez en cuando, alguien lograba una frase sencilla y se quedaba contento con ella sin necesitar convertirla enseguida en algo más difícil.

Clara giró la taza entre los dedos.

—Debe de ser raro.

—¿Qué?

—Hacer algo solo porque te gusta cómo sale.

La observé. Esta vez ella no apartó la mirada.

Había esperado una broma y encontré una pregunta verdadera. Me dieron ganas de acercar la mano a la suya, que descansaba a un lado de la taza. No la moví. Acabábamos de compartir una merienda después de un ensayo y yo ya estaba imaginando gestos para los que no tenía permiso.

—Supongo que se aprende —respondí.

Clara asintió muy despacio.

En una mesa cercana alguien arrastró una silla. El ruido me hizo perder el comienzo de su frase siguiente. Esperé a que continuara y pude reconstruirla: preguntaba si tenía pensado seguir con las clases cuando llegaran las actuaciones.

Respondí que sí.

—No podría vivir solo de una función.

—Claro.

Su cara cambió. Había hecho que sonara como una corrección.

—Perdona. Lo decía por mí. A veces organizo el futuro como si una buena semana fuera a durar siempre.

—Yo hago listas.

—Las he visto.

—Listas de cosas que todavía no puedo decidir.

Miró la libreta dentro del bolso abierto.

Me habló de horarios, de tener trabajo suficiente y de no aceptar cualquier cosa por miedo a que no llegara otra.

No dijo nada extraordinario; conocía a mucha gente que vivía de esa manera.

Sin embargo, en su voz había un cansancio que no se parecía al de una tarde de ensayo.