La última pieza que bailamos Hasta hacerlo bien
9%

Hasta hacerlo bien

Clara

La tercera vez que repetimos el giro, Lukas cambió el final.

Lo supe demasiado tarde. Había preparado el peso para caer dentro de una pausa y encontré una nota donde esperaba silencio. Me quedé con el brazo extendido, en una posición que no pertenecía ni a lo que habíamos hecho ni a lo que acababa de pasar.

—Perdona —dijo él—. Quería probar otra cosa.

Bajé el brazo.

—Avísame antes.

—Sí.

Volví al principio. Era viernes y todavía me dolían los músculos de una manera corriente, manejable. Podía trabajar. Quería que lo supiera sin tener que decírselo.

Esta vez llegué preparada a la nota nueva. No me gustó. Me obligaba a prolongar algo que ya había terminado con el cuerpo.

—¿Podemos volver a la anterior?

Lukas sostuvo el arco sobre las cuerdas.

—Un momento.

Miró la página. Cambió una anotación y tocó solo el final. Después otra vez, con una diferencia que no supe nombrar.

Esperé. La camiseta empezaba a enfriarse entre mis hombros. Me moví para no quedarme rígida, aunque hubiera preferido sentarme.

—¿Desde el giro? —pregunté.

Él bajó el violín.

—Sí. Perdona.

—Al final voy a tener que aprender también tu parte.

Lo dije con intención de aligerar el ensayo. La frase quedó en la sala sin encontrar respuesta.

Lukas se volvió hacia el atril.

—No hace falta.

—Era porque la cambias mucho.

—Ya.

Aquello había salido peor. Regresé a mi lugar y esperé la entrada, deseando que tocar resolviera la conversación por nosotros.

Trabajamos varios minutos. La música estaba bien y yo también, si alguien hubiera entrado para mirar. Pero Lukas dejó de proponer alternativas. Tocaba lo que estaba escrito y preguntaba si quería repetir. Yo decía que sí demasiado deprisa.

A la cuarta repetición perdí el equilibrio al terminar. No llegué a caer. Bastó un paso extra para corregirlo, un paso pequeño que me enfadó más de lo que merecía.

—Otra.

—Podemos descansar —dijo él.

—La tengo.

—Clara.

Me quedé frente a él.

—Sé hacerlo.

—No he dicho que no.

El arco apuntaba al suelo. Me avergonzó comprender que llevaba un rato hablándole como si fuera a quitarme el trabajo.

Busqué la botella junto a la puerta. Tenía sed desde antes, pero me molestaba que la pausa hubiera llegado después de un error. Si parábamos entonces, el error parecía explicar todo lo demás.

Lukas guardó el instrumento. Yo bebí demasiado deprisa y tuve que apartar la botella para tragar.

—No me ha gustado lo que dijiste —habló al fin.

Me quedé con el tapón entre los dedos.

—¿Lo de tu parte?

—Sí.

Podría haber repetido que era una broma. Lo tenía preparado. También que estaba cansada, que no había querido decir nada malo y que siempre hablaba así cuando ensayaba.

Ninguna de esas cosas cambiaba lo que él acababa de decirme.

—Sonó como si pensara que no sabes lo que haces.

—Así me llegó.

—No pienso eso.

Me habría resultado más fácil que discutiera. Su voz era baja y precisa; me obligaba a escuchar cada palabra sin buscar un tono injusto contra el que defenderme.

—Me cuesta trabajar cuando cambian las cosas sin avisarme —añadí—. Pero podía habértelo dicho sin hacer ese comentario. Perdona.

Lukas miró un momento hacia el estuche.

—Yo debería haberte avisado.

—Eso también.

Volvió a mirarme. Por fin había algo menos rígido en su cara.

—Podemos repartir la culpa con bastante exactitud.

—Tengo una libreta.

La comisura de su boca se movió. No necesitaba más que aquello, aunque una parte de mí habría seguido disculpándose hasta obtener una confirmación por escrito de que todo estaba bien.

Me senté en el suelo, lejos de la botella. Lukas permaneció junto a su silla.

—¿Quieres que cierre la versión antes del próximo ensayo? —preguntó.

La respuesta fácil era sí. Me imaginé el archivo terminado, un lugar fijo para cada paso, algo que pudiera practicar sin depender del pensamiento de otra persona.

Luego recordé que me había gustado que anotara mi idea el primer día.

—No del todo —dije—. Si voy a pedirte cambios, no puedo prohibirte los tuyos.

—Entonces te digo antes qué voy a probar.

—Y si no sé cómo hacerlo, necesito un momento.

Me costó pronunciar esa última parte. Lukas asintió como si hubiera pedido que subiéramos un poco la luz.

Permanecimos callados. Desde el patio llegaba una conversación amortiguada, demasiado lejos para distinguir palabras. Miré sus manos apoyadas en el respaldo de la silla. No sujetaban nada y, sin embargo, una de ellas mantenía una tensión que me hizo pensar en preguntarle si estaba cansado.

No lo hice. Acabábamos de encontrar una forma de hablar y no quería convertirla enseguida en un examen.

—¿Empezamos desde antes? —propuse.

—Desde antes. Con el final antiguo.

Me levanté sin prisa. Esa vez la pausa no pareció algo que tuviera que recuperar trabajando más.

Nora estaba intentando abrir un frasco cuando llegué el domingo.

—Si vas a decirme que lo golpee contra la mesa, puedes irte —dijo desde la cocina.

Dejé el bolso en una silla.

—Pensaba ofrecerte ayuda, pero veo que hay condiciones.

Me entregó el frasco. Probé con las dos manos y se lo devolví.

—Mi ayuda tiene limitaciones.

Nora lo puso junto al fregadero.

—Eso es nuevo en ti.

Había preparado pasta. No era una invitación especial; me había escrito para preguntarme si quería comer mientras ella revisaba unas pruebas de imprenta. Acepté porque no quería pasar otra tarde contestando preguntas sobre una obra de la que aún no podía mostrar nada.

La cocina de Nora tenía cuatro sillas distintas en su desgaste, aunque fueran del mismo modelo. Una cojeaba un poco. Elegí otra y ella arrastró hacia mí un montón de papeles para despejar espacio.

—No los ordenes —advirtió.

Ya estaba juntando los bordes.

Retiré las manos.

Nora sirvió la comida. Tenía el cabello recogido sin haber conseguido atrapar todos los rizos. Uno le caía sobre la frente y se lo apartaba con el antebrazo cada vez que manejaba la olla.

—¿Qué tal el músico?

—Se llama Lukas.

—Eso ya lo sé. Me mandaste un mensaje con su nombre cuando te dieron el encargo.

Me serví agua.

—Bien. Estamos empezando.

—¿Y tú?

—También estoy empezando.

—Clara.

Clavé el tenedor en la pasta. Nora no preguntó otra vez. Habíamos llegado a conocernos lo suficiente para que su silencio resultara más insistente que una segunda pregunta.

—Hice un comentario que le molestó.

—¿Te lo dijo?

—Sí.

—Bien.

Levanté la cara.

—¿Bien?

—Prefiero a la gente que lo dice. Así no tienes que adivinarlo durante cuatro meses.

Le conté lo ocurrido. Intenté hacerlo sin presentarme como una persona horrible, pero me costó no añadir cada repetición, cada minuto de cansancio, todo lo que pudiera explicar por qué había abierto la boca.

Nora dejó el tenedor.

—Te disculpaste.

—Sí.

—¿Y él?

—Dijo que también tendría que haberme avisado.

—Parece una conversación bastante útil.

—Luego trabajamos mejor.

—Qué inconveniente. Vas a tener que repetirla alguna vez.

Me reí a pesar de mí. Nora aprovechó para empujarme el recipiente con el resto de la pasta.

Comimos un rato hablando de su trabajo. Había un libro retrasado por cambios de última hora y una persona que respondía a todos los correos excepto al que necesitaba respuesta.

La escuché explicar una discusión sobre el tamaño de una imagen con la misma seriedad con que yo podía hablar de dos compases.

Me gustaba que tuviera problemas en los que yo no era nadie.

Cuando se levantó para buscar un lápiz, quedó abierta la puerta del segundo dormitorio. Había una caja sobre la cama.

—¿Tu compañera ya está guardando cosas?

—Se muda en octubre. Ha empezado por los libros. Calcula que tardará una vida.

Miré la caja un poco más de lo necesario.

—¿Vas a buscar a alguien?

—Sí.

Nora siguió mi mirada.

—¿Lo estás pensando?

—Solo preguntaba.

Regresó a la mesa y se sentó. No me ofreció la habitación de inmediato. Se lo agradecí, aunque me diera miedo tener que pedirla.

—Si lo piensas de verdad, podemos hablar de dinero y fechas —dijo—. Pero necesito que me lo digas. No voy a dejar de buscar por una pregunta sobre una caja.

Asentí.

—Lo sé.

—Y no tienes que limpiar toda la cocina para que considere vivir contigo.

Yo había empezado a apilar los platos.

Los dejé.

Nora me miró con una ternura que a veces me irritaba porque llegaba a sitios donde no le había dado permiso para entrar.

—Puedes querer irte de casa —dijo.

—No es tan sencillo.

—No he dicho que sea sencillo.

El teléfono vibró dentro del bolso. Esperaba que fuera mi madre. Era Lukas.

He marcado los cambios en el archivo. Los dos finales siguen ahí para compararlos el martes.

Le contesté que lo había recibido. Me quedé mirando la pantalla unos segundos más.

—¿Él? —preguntó Nora.

—Trabajo.

—No he preguntado si era una declaración.

Guardé el teléfono.

No había nada en aquel mensaje que justificara la sensación de alivio que me produjo. Había cumplido lo que acordamos. Los cambios estaban señalados. El martes no tendría que descubrirlos a mitad de un giro.

Era poco. Me sorprendió cuánto me importaba.

Nora abrió las pruebas que había apartado para comer.

—Tengo que entregar esto mañana —dijo—. Puedes quedarte, pero voy a ser una compañía pésima durante una hora.

—Puedo ayudarte.

—Puedes leer algo mientras trabajo.

Me señaló una pila de libros en la esquina de la mesa. Elegí el primero sin fijarme en el título y lo abrí por la mitad. Nora volvió a sus páginas. El roce del lápiz acompañó mi intento de leer; tuve que regresar varias veces al mismo párrafo porque seguía pensando en la habitación.

No había ensayado aquella mañana. Podría haberlo hecho.

Había llevado la libreta en el bolso y tenía espacio entre la mesa y la puerta para repasar al menos los cambios de dirección.

Miré ese espacio y luego los pies de Nora, recogidos bajo la silla.

Hacerlo allí me habría parecido normal unos meses antes.

Ahora no quería levantarme.

La idea me produjo culpa antes que descanso.

Había trabajo pendiente, y yo estaba sentada en una cocina que no era la mía con un libro que no podía seguir.

Me pregunté qué haría una tarde entera si alguna vez dejaba de bailar.

Tal vez aquella incomodidad no desapareciera.

Tal vez me la llevara a otra habitación y siguiera buscando algo que demostrar.

—¿Te pasa algo? —preguntó Nora sin levantar la vista.

—No consigo leer.

—Puedes no leer.

Miré la página abierta.

—¿Y qué hago?

Nora dejó el lápiz y me sostuvo la mirada. No se rió.

—Ahora mismo, nada. Luego puedes poner agua para otro café.

Cerré el libro. Permanecí sentada mientras ella corregía dos páginas más. Cuando fui por el agua, no lo hice como pago por haber ocupado una silla. Quise creer que algún día podría distinguir esas cosas sin tener que explicármelas.

El martes, antes de empezar, Lukas me mostró las dos versiones.

Las escuché sentada en la primera fila. Sin bailar podía atender a lo que cambiaba y decidir qué quería hacer con ello. El final nuevo no me obligaba necesariamente a prolongar el movimiento. Podía detenerme antes y dejar que la música continuara.

Se lo dije.

Lukas apoyó el arco sobre las piernas.

—¿Aunque no terminemos juntos?

—Podemos acabar en momentos distintos.

Lo consideró. Me gustó que no respondiera enseguida.

—Vamos a probarlo.

Trabajamos por fragmentos. A veces la propuesta no servía. Otras quedaba algo que no habríamos encontrado si yo hubiera insistido en recuperar exactamente lo anterior.

No significaba que fuera fácil.

Al final de la tarde, uno de los enlaces seguía atascado. Lo había hecho bien una vez y no conseguía repetirlo. Quería recuperar aquella versión antes de irme, aunque ya no supiera qué había cambiado en mi cuerpo.

—Otra —pedí.

Lukas consultó la hora.

—Son las seis.

—Cinco minutos.

No dijo nada. Empezó a guardar las páginas.

Me quedé en el centro de la sala, con las manos en la cintura. Me molestó que recogiera mientras yo seguía dispuesta a trabajar.

—No puedo dejarlo así.

Él alzó la vista.

—Podemos retomarlo el jueves.

—Para entonces habré perdido lo que estoy intentando.

—Lo tienes anotado.

—No es lo mismo.

Cerró la carpeta y volvió a abrirla. Por un momento creí que iba a ceder. En cambio, buscó una hoja y escribió algo.

—Dime qué quieres recordar.

La pregunta me enfadó primero. Era demasiado práctica para la urgencia que yo sentía.

Miré el sitio desde el que empezaba el enlace.

—Que no levante el brazo hasta haber cambiado el peso. Y que no acelere para alcanzarte.

Lo anotó.

—Yo puedo esperar un poco más ahí.

—No cambies la música porque no me sale.

Lukas dejó el lápiz.

—No estoy premiándote ni castigándote. Estoy trabajando contigo.

Me quedé sin respuesta.

La sala se había enfriado. Tenía una marca húmeda de sudor en la espalda y los pies cansados dentro de los calcetines. Nada de aquello era extraordinario. Había ensayado con más cansancio, más dolor y menos paciencia alrededor. Esa comparación era la que siempre me permitía seguir.

Lukas me tendió la hoja.

—El jueves lo probamos como está. Si no funciona, decidimos.

La cogí. Nuestras manos no se tocaron.

—He estado difícil —dije.

—Hemos trabajado mucho.

No sabía si me estaba dando una salida o si realmente no necesitaba un juicio sobre toda mi persona al terminar cada ensayo.

Guardé la hoja con cuidado en la libreta.

—Gracias por señalar los cambios.

—Gracias por decirme que los necesitabas.

Fui al camerino. Allí me quité la camiseta, me sequé y me puse el jersey con movimientos más lentos de lo habitual. No tenía que salir corriendo para conseguir otra oportunidad de hacerlo bien.

Cuando regresé, Lukas esperaba en el vestíbulo con el estuche.

—¿Todo?

Comprobé el bolso.

—Todo.

Salimos. En el patio tuve el impulso de decirle que, si quería, podía volver temprano al día siguiente. La frase estuvo a punto de salir sola, una oferta hecha para reparar una deuda que él no me había reclamado.

Me despedí en su lugar.

Lukas levantó una mano y siguió hacia la calle. Yo esperé a que se alejara antes de sacar el teléfono y escribirle a Nora.

Quiero hablar de la habitación. Todavía no sé cuándo, pero quiero hablar en serio.