La última pieza que bailamos Una entrada distinta
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Una entrada distinta

Lukas

El martes cambié tres notas antes de desayunar y volví a poner las mismas cuando terminé el café.

Había dejado el portátil abierto en el escritorio, junto a la carpeta verde.

En la cocina, la tostadora seguía sujetando una rebanada que tendría que calentar otra vez.

La propuesta de Clara me había hecho revisar el comienzo entero.

Si ella entraba antes, la música no necesitaba anunciarla.

Podía aparecer cuando ya hubiera ocurrido algo que yo todavía no sabía escribir.

Me gustaba esa posibilidad. También me complicaba la mañana.

Tenía que preparar las clases de mis alumnos y responder a dos correos.

En el calendario había reservado las tardes de ensayo hasta noviembre.

Eran horas que no podía ofrecer para otro trabajo, pero por primera vez en meses estaba organizando la semana alrededor de una pieza propia que llegaría a un escenario.

Llevé el pan a la mesa de la cocina. Comí de pie, con la taza en la mano, mientras repasaba lo que quería preguntarle a Clara.

Ayer había respondido casi todo antes de que yo terminara de formularlo. Solo al hablar de la entrada se había quedado pensando. Había algo distinto en su expresión cuando dejó de buscar una respuesta correcta. Quería volver a verla así, aunque no podía llegar a la reunión y decirle aquello.

Anoté una pregunta sobre la duración de la espera. Parecía una alternativa aceptable.

Después abrí el estuche, preparé el arco y toqué el principio junto a la ventana del patio. El sonido llenó el salón con la familiaridad de algo que había repetido demasiadas veces. Aun así, uno de los pasajes quedó menos claro de lo que esperaba.

Lo hice de nuevo.

Desplacé ligeramente el punto de contacto del arco. La frase mejoró, o me pareció que mejoraba; ya estaba pendiente de encontrar el defecto. Aflojé el hombro y bajé el violín.

Había dormido poco. Llevaba varios días trabajando en fragmentos demasiado breves para saber si me gustaban. Guardé el instrumento antes de empezar a corregir algo que probablemente solo necesitaba una mañana distinta.

Antes de salir comprobé las hojas que llevaría. Dejé fuera dos versiones antiguas para no confundirla y volví a meter una: aún contenía un pasaje que quería conservar. Me pregunté cuánto material inacabado podía mostrarle sin que pensara que Teresa se había equivocado al reunirnos.

La tostada restante estaba fría.

Clara llegó el martes con su libreta y una lista de preguntas.

Nos sentamos en las primeras filas de la sala. Teresa tenía un rato antes de volver a la oficina, de modo que revisamos primero los horarios. Clara preguntó cuánto tiempo podríamos utilizar el espacio para trabajar por separado.

—Lo reservamos según lo que necesiten —dijo Teresa—. No puedo prometer todas las mañanas.

—Puedo venir temprano.

—También tenemos otros grupos temprano.

Clara tachó algo. Yo le propuse probar juntos antes de decidir cuánto trabajo adicional hacía falta. Aceptó, aunque mantuvo el bolígrafo entre los dedos.

Cuando Teresa se levantó, nos dejó una pregunta sobre el pase de octubre. Yo empecé a responder al mismo tiempo que Clara. Nos detuvimos, ella terminó su frase y Teresa contestó desde el pasillo mientras revisaba los papeles que llevaba.

Entendí lo de la duración. El resto se mezcló con la voz de Clara, que ya estaba preguntándome otra cosa.

—¿Puedes repetirlo? —dije.

Las dos lo hicieron a la vez.

Levanté una mano y esperé a que terminaran. Clara cerró la boca, con el bolígrafo todavía suspendido sobre la página.

—Primero Teresa.

La respuesta llegó clara esta vez. No teníamos que presentar dieciocho minutos acabados en octubre; bastaría un fragmento que permitiera entender la propuesta.

Era una conversación corriente. Tres personas hablando y una puerta abierta. Sin embargo, después de que Teresa se fuera seguí intentando reconstruir unas palabras que ya me habían repetido.

—¿Y mi pregunta? —dijo Clara.

—Ahora.

—¿Quieres que espere siempre lo mismo antes de que empiece la música?

Había preparado una respuesta en casa. La busqué en mis apuntes, aunque los tenía delante.

—Prefiero que lo probemos el jueves.

—¿Dos versiones?

—Las que necesitemos.

Hizo una marca junto a la pregunta. No levantó la vista hasta que terminó de escribir.

—Eso puede significar muchas.

—También dos.

Me miró con una reserva que no supe interpretar. Había intentado quitarle importancia al trabajo y quizá acababa de parecer poco dispuesto a hacerlo. Acerqué la carpeta.

—Empezamos con dos. Una con un tiempo fijo y otra en la que yo te siga. Después decidimos.

—Así sí.

La precisión de su respuesta me hizo acomodarme en la silla.

Terminamos intercambiando los números para enviarnos material. Le pregunté si prefería las anotaciones dentro del archivo o en un mensaje aparte.

—Dentro, si tienen que ver con un compás. Aparte, si necesitas que te conteste algo.

—¿Siempre lo tienes tan claro?

Miró la lista de preguntas que aún no habíamos resuelto.

—Hoy estoy dando esa impresión. Conviene aprovecharla.

Apoyé la carpeta sobre mis rodillas para ocultar que me había hecho gracia más de lo necesario. Ella cerró la libreta y me preguntó dónde podría cambiarse el jueves.

Le señalé el camerino. A partir de entonces ya no estaríamos decidiendo sobre una sala vacía.

El jueves, Clara empezó a calentar mientras yo colocaba la partitura.

Se había recogido el cabello en un moño. Llevaba camiseta color vino y mallas negras; sus zapatos habían quedado fuera del suelo de danza, junto a los míos. La botella de agua descansaba cerca de la puerta, donde nadie pudiera tropezar con ella.

Intenté no observarla demasiado.

Hasta entonces solo la había visto sentarse, escribir y caminar entre la oficina y la sala.

Ahora había una continuidad en sus movimientos que volvía difícil saber cuándo estaba probando algo y cuándo simplemente cambiaba de posición.

Me incliné para revisar una indicación en la página antes de que me descubriera siguiéndola con la mirada.

—Avísame cuando estés lista.

—Te aviso.

Preparé el instrumento sin tocar. Habíamos acordado hablar primero y escuchar después; no quería obligarla a levantar la voz por encima del violín.

Clara terminó de mover los tobillos y se acercó al punto desde el que pensaba entrar. Permaneció unos segundos allí, con los brazos sueltos.

—Para empezar, ocho tiempos —dijo.

—Bien.

Levanté el arco. Ella cruzó el espacio, se detuvo y esperó. Conté hasta ocho antes de empezar.

En cuanto sonó la primera frase llevó el peso hacia delante y giró. Yo continué, pendiente de no acelerar. No llegamos muy lejos. Clara se detuvo y levantó una mano.

Bajé el arco.

—He entrado tarde —dijo.

—Has entrado después de mí.

—Eso.

—Podría servir.

—Parecía que estaba esperando una orden.

Apoyó las manos en la cintura. Tenía razón, aunque tardé un momento en separar lo que había visto de lo que había planeado.

—Probemos la otra versión.

Regresó al inicio. Esta vez yo tenía que seguirla.

La miré entrar y detenerse. Esperé un cambio que pudiera reconocer como comienzo, pero cuando desplazó el peso ya estaba ocupado decidiendo si aquello era una preparación o parte de la frase. Ataqué la nota demasiado tarde.

Clara completó el giro. Después se quedó frente a mí.

—Ahora te he dado la orden yo.

—Sí. Y la he obedecido mal.

Se pasó una mano por la nuca. Por un instante pensé que iba a reírse; en cambio, regresó a su sitio para probar de nuevo.

—Puedo hacerlo más claro.

—Espera. He sido yo quien ha tardado.

—Si no se entiende, tengo que cambiarlo.

Lo dijo sin reproche. Eso me hizo dejar el violín a un lado del cuerpo, sujeto por el mástil, para que no pareciera que quería reiniciar cuanto antes.

—Dame un momento para aprender a verlo.

Clara se quedó quieta.

Aún no habíamos hecho nada difícil. Era una entrada. La clase de ajuste que podía resolverse con paciencia y repetición. Me irritó necesitar explicármelo de esa manera.

Le pedí que hiciera solo la preparación, sin el giro. Me mostró cómo el peso empezaba a cambiar antes de que el pie se separara del suelo. La segunda vez reconocí ese instante. Levanté el instrumento y lo probamos juntos.

La música llegó mientras ella salía de la quietud.

Continué varios compases. Clara los recorrió con un movimiento de brazos que no estaba en ninguna de mis páginas. Al llegar a una pausa, se detuvo.

—Esa —dijo.

Yo todavía tenía el arco levantado.

—Sí.

Señaló el suelo con un pie, como si pudiera guardar allí el lugar exacto. Luego me miró para comprobar que estábamos hablando de lo mismo.

Asentí antes de escribirlo. No quería que pensara que había necesitado una explicación más.

Durante un rato trabajamos con facilidad. Repetimos la entrada y añadimos un fragmento. La señal visual me permitía atender a la frase sin contar una espera ajena a ella. Me gustaba tener que levantar la vista. Cada vez que lo hacía, Clara estaba a punto de moverse.

Después, en el mismo pasaje que había revisado en casa, el sonido volvió a perder definición.

Mis dedos estaban donde debían. El arco también. La nota sonaba, pero había algo en ella que no conseguía distinguir bien, un detalle que buscaba y se me escapaba cuanto más lo perseguía.

Interrumpí la frase.

Clara frenó.

—¿Desde dónde?

Miré las cuerdas.

—Desde antes de la pausa.

Asintió y volvió al lugar correspondiente. Toqué el fragmento otra vez. Podía seguirlo. Lo conocía. Esa seguridad debería haber bastado, pero me quedé escuchando el final como si fuera una pregunta.

—¿Así? —dijo ella.

Había cambiado algo del movimiento. Yo no sabía qué.

—Perdona. Estaba pensando en la música.

—La repito.

—Hagamos una pausa primero.

Consultó la hora y fue por su botella. Yo mantuve el violín en la mano unos segundos más, con ganas de probar sin que nadie me mirara.

No lo hice.

Guardé el instrumento en el estuche y salimos al vestíbulo.

Clara se sentó en un extremo del banco. Yo permanecí de pie hasta que recogió la botella para dejar espacio a su lado.

—Puedes sentarte. No he reservado todo.

Me senté con una distancia entre nosotros que habría permitido colocar la carpeta. La había dejado en la sala, junto con cualquier asunto que pudiera servirme para empezar una conversación.

—¿El suelo está bien? —pregunté.

—Sí.

Bebió un poco de agua.

—¿Y tú? —añadió.

Me giré hacia ella.

—¿Yo qué?

—¿Estás cómodo donde te has puesto? Si necesitas mover el atril, podemos cambiar mi recorrido.

Pensé en el pasaje. En el salón había culpado al arco y aquí llevaba varios minutos preguntándome si la sala devolvía el sonido de otra manera. Podía proponer un cambio de sitio. Podía pasar toda la tarde moviendo cosas hasta encontrar una explicación que me gustara.

—Estoy bien ahí.

—Entonces lo dejo anotado.

Apoyó la botella entre los pies. Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, los pulgares inmóviles. Era la primera vez desde que habíamos empezado que no estaba preparando otra cosa.

—Lo de la entrada funciona —dije.

—Una vez.

—Más de una.

—Todavía no lo haría delante de nadie.

—Yo he estado delante.

Me miró de lado.

—Tú estás dentro.

No añadió nada, ocupada en cerrar bien la botella. Me quedé con la frase más tiempo del que requería su significado práctico.

Por supuesto que estaba dentro. Era mi pieza también. Aun así, me gustó que me incluyera con tanta facilidad en aquel espacio donde un error no contaba todavía como presentación pública.

Quise decirle que no tenía que arreglar cada intento antes del siguiente. Me detuve. Yo acababa de pedir repeticiones sin explicar qué buscaba y ni siquiera había podido atender a su cambio de movimiento.

—Si me quedo mirando la partitura, puedes pararme —le dije.

—Ya lo hago.

—Puedes insistir.

Esta vez dejó que la risa le saliera, breve y baja.

—No sé si has pensado bien esa autorización.

Regresamos a la sala antes de que yo encontrara una respuesta que no estropeara el momento.

Trabajamos hasta las seis con otra pausa entre fragmentos. Procuré levantar la vista en los lugares que habíamos acordado. Cuando necesitaba detenerme, decía dónde y para qué. El pasaje seguía sin convencerme, pero logré dejarlo pendiente y ocuparme de lo que estábamos haciendo juntos.

Al terminar, Clara pasó al camerino. Yo guardé el violín y reuní las páginas. Todavía tenía la sensación de que podría resolverlo con diez minutos a solas.

Pero la sala dejaba de ser nuestra a esa hora.

Cuando volvió, ya llevaba un jersey claro y el cabello en una trenza. Se detuvo en la puerta mientras yo cerraba la carpeta.

—¿Me mandas la versión de hoy?

—Esta noche.

—No hace falta que la dejes perfecta. Es para tener las mismas referencias.

—Lo sé.

Solo después de decirlo comprendí que había contestado demasiado rápido.

Ella ajustó el bolso sobre el hombro.

—Nos vemos mañana, Lukas.

Me gustó cómo dijo mi nombre. No encontré ninguna utilidad profesional a ese detalle.

En casa dejé el estuche cerrado en la estantería y encendí el portátil.

Revisé el comienzo. La entrada de Clara ya no era una idea al margen: me obligaba a esperar su movimiento antes de tocar. Cambié la indicación y abrí después el pasaje que me había detenido dos veces.

No modifiqué ninguna nota.

La posibilidad de que el problema no estuviera en la escritura me hizo apartar las manos del teclado.

Había notado algo parecido en dos lugares distintos.

También llevaba días durmiendo mal y prestando demasiada atención a lo mismo.

Me aferré a esa explicación porque me permitía saber qué hacer: cenar, descansar y volver al día siguiente.

No estaba dispuesto a convertir un ensayo irregular en una conversación sobre mi capacidad para terminar el encargo.

Menos aún con Clara. Quería que mañana volviera a mirarme antes de empezar, convencida de que yo estaría listo.

Preparé una copia del archivo y se la envié. Después escribí:

He dejado tu entrada antes de la música. ¿Quieres conservar la espera libre o fijamos una duración aproximada?

La respuesta llegó mientras recogía la taza de la cocina.

Libre por ahora. Si la contamos, voy a pasarme todo el tiempo intentando cumplirla.

Volví a sentarme.

Entonces te sigo , escribí.

Antes de enviarlo, miré otra vez el pasaje que no había cambiado. Podría haberle dicho que necesitaba revisarlo con calma, que esa tarde no había sabido si estaba oyendo lo que tocaba o lo que esperaba tocar.

Escribí una frase sobre lo cansado que estaba. Sonaba a una petición para que mañana esperara menos de mí. La eliminé.

Le envié solo la promesa de seguirla y dejé su respuesta junto a la partitura abierta.