La última pieza que bailamos La fecha de salida
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La última pieza que bailamos

La última pieza que bailamos

Por Simone Bellini

© inepub.com

La fecha de salida

Clara

Mi madre había encontrado una forma de corregirme incluso mientras untaba una tostada.

—Con ese cuchillo vas a romper el pan.

Cambié el ángulo de la mano. La corteza cedió de todos modos y una esquina cayó junto al plato. Mamá la recogió, extendió la mantequilla sobre el resto y me lo devolvió como si no hubiera ocurrido nada.

Frente a mí, su café seguía intacto. El mío estaba lo bastante frío para beberlo de un trago, pero lo dejé sobre la mesa. Había abierto en el teléfono el correo de Teresa Kern y llevaba varios minutos mirando la fecha de la actuación.

Siete de noviembre.

Después de ese sábado, mi calendario estaba vacío.

—¿A qué hora te esperan? —preguntó mi padre.

—A las tres.

—Tienes tiempo.

Mamá acercó el frasco de mermelada.

—Podrías hacer una clase antes. Te vendría bien llegar con el cuerpo preparado.

—Es una reunión. No voy a bailar.

—Nunca se sabe qué pueden pedirte.

Aparté el teléfono del borde del mantel. Había metido ropa de ensayo en el bolso la noche anterior y la había sacado esa mañana. Ahora tuve ganas de volver a guardarla.

—Teresa dijo que hablaríamos del encargo.

—Entonces hablarás del encargo. Llevar unas mallas tampoco pesa tanto.

Mi padre dobló una servilleta. Estaba sentado en el extremo de la mesa ovalada, desde donde podía mirarnos a las dos sin girarse demasiado. Yo conocía aquel pequeño movimiento de sus dedos. Enseguida preguntaría algo práctico.

—¿Ya te han dicho cuánto pagan?

Ahí estaba.

—Dos mil cuatrocientos. Brutos.

—Por dieciocho minutos —dijo mamá.

—Por prepararlos también.

Me salió más seco de lo que pretendía. Ella dejó la cucharilla en el plato.

—Lo sé, Clara. He trabajado en esto.

—Ya sé que lo sabes.

Durante un momento solo quedó el ruido de mi padre al servirse café. Tomé el pan que mamá había arreglado y le puse mermelada. Había un trozo de albaricoque cerca del borde; lo repartí con cuidado para no romperlo otra vez.

—La sala es pequeña —continuó ella—, pero puede venir alguien interesante. Deberías preguntar a quién van a invitar.

—Lo preguntaré.

Era una respuesta cómoda. Permitía seguir desayunando.

Mamá empezó a hablar de cómo convenía presentar el trabajo, de la importancia de no desaparecer entre contratos.

Yo asentí en los lugares adecuados. A los veintisiete años todavía podía hacerlo mientras calculaba cuánto costaría vivir en una habitación donde nadie confundiera una tarde libre con un descuido profesional.

Había tres mil doscientos euros en mi cuenta. No todo estaba disponible. Tenía gastos pendientes y necesitaba reservar una parte de cada pago. El encargo no bastaría para irme sin buscar otro ingreso, pero me permitiría empezar.

No había escrito eso en el correo de respuesta a Teresa.

Le había dicho que me interesaba la propuesta.

—¿Clari?

Levanté la cabeza.

—Te preguntaba si conoces al compositor.

—No. Lukas Berger.

Mi madre repitió el apellido, como si pudiera colocarlo dentro de alguna conversación antigua.

—Pregunta con quién ha trabajado.

—Supongo que podremos hablar de algo más.

—Por supuesto. Era una sugerencia.

Empujó el frasco hacia mí. Siempre resultaba más difícil enfadarme con ella cuando acababa de acercarme algo que me gustaba.

Antes de salir, abrí la libreta de tapas negras sobre el escritorio de mi habitación.

En una página había anotado el importe del encargo y debajo, con menos espacio entre líneas, varios gastos posibles. No escribí una cifra junto a la palabra habitación . Había mirado anuncios suficientes para saber que no podía elegir solo por las fotografías.

En la página siguiente puse la fecha del estreno.

7 de noviembre.

Apoyé la punta del bolígrafo debajo. Quise escribir última actuación . Permanecí así hasta que apareció un punto azul demasiado oscuro sobre el papel.

A los diecinueve años había intentado explicar que estaba cansada.

Recordaba la frase de mamá mejor que la audición que vino después: descansa cuando termine, ahora no puedes tirar todo esto.

Conseguí el puesto. Esa noche comimos pastel de manzana y mi padre dijo que el esfuerzo siempre encontraba su recompensa.

Nunca regresamos a la conversación anterior.

Desde entonces había habido otros contratos, viajes con la ropa apretada dentro de una bolsa y mañanas en las que me ponía de pie antes de decidir si quería hacerlo. También había habido actuaciones buenas. Algunas tan buenas que, al recordarlas, me parecía deshonesto querer terminar.

El problema era todo el tiempo que transcurría entre ellas.

Cerré la libreta sin añadir nada. Me puse el abrigo azul oscuro sobre el jersey gris y comprobé que tenía las llaves. En el recibidor, mamá esperaba con una bolsa de papel.

—Llévate esto. Has desayunado poco.

Dentro había dos rebanadas de pan.

—Gracias.

Se acercó y acomodó el cuello de mi abrigo. Sus dedos rozaron la trenza que me caía sobre el hombro.

—Con el pelo recogido se te ve mejor la cara.

Le di un beso antes de que pudiera proponerme un moño.

Aún faltaba más de una hora para la reunión. Preferí caminar.

En Neubau empezó a lloviznar. Guardé el teléfono después de comprobar la dirección y seguí buscando el número desde debajo de los aleros. El bajo del pantalón rozaba la parte húmeda de mis zapatos.

Había imaginado una entrada más visible. Encontré la placa de Sala Faden al otro lado de un portal, junto a una puerta que daba a un patio. Pasé de largo, regresé y volví a leerla. La discreción del lugar me produjo un alivio que no quise examinar.

Teresa abrió antes de que llamara por segunda vez.

—Clara. Pasa, todavía estamos preparando unas cosas.

Llevaba las gafas redondas bajas sobre la nariz. Se hizo a un lado y señaló la oficina, a la izquierda del vestíbulo. Olía a café recién hecho. Un banco de madera ocupaba parte de la pared; alguien había gastado el borde del asiento con años de esperas.

—Puedes dejar el abrigo aquí.

Lo colgué en el perchero de la oficina y me senté frente al escritorio. Teresa tenía dos juegos de papeles y un calendario abierto. Dejé el bolso junto a mis zapatos y mantuve las manos sobre las rodillas.

—Gracias por venir. Me gustó mucho el material que mandaste.

—Gracias a ti por verlo.

—Sobre todo que dejaras algunas transiciones enteras. A veces me envían videos donde nadie parece necesitar respirar entre un salto y el siguiente.

—Podría haber cortado más.

—Por eso te estoy diciendo que me gustó.

Retiré las manos de las rodillas y las puse sobre la mesa. Teresa me observó un instante antes de acercarme los papeles.

Repasamos las fechas. Una sesión para organizarnos al día siguiente, el primer ensayo físico el jueves. Martes, jueves y viernes por la tarde. En octubre habría un pase breve para profesionales, con la pieza todavía en proceso. La actuación pública sería el siete de noviembre.

—¿Y después? —pregunté.

—Después, nada acordado. Si surge interés, lo hablamos por separado.

Pasé el dedo por la línea donde figuraba la fecha. Me importaba que estuviera impresa.

—Bien.

—¿Tienes otro compromiso?

—No.

Teresa esperó. Yo también, aunque la respuesta que faltaba era mía.

—Prefiero saber qué estoy aceptando —añadí.

—Me parece razonable.

Señaló el anticipo de ochocientos euros. Lo tramitarían después de la firma; el resto, tras el estreno. Le pregunté por el pase de octubre y por el tiempo de preparación. Me respondió sin hacerme sentir mezquina por querer entender cuánto trabajo cabía dentro de aquella cantidad.

Cuando terminamos, dejó su bolígrafo sobre el escritorio.

—Antes de firmar, habla con Lukas. Tienen que querer hacer la misma pieza, al menos lo suficiente para empezar.

Desde la sala llegó el roce de una silla.

Me levanté demasiado deprisa y golpeé el bolso con el tobillo. La bolsa del pan crujió dentro.

—He traído provisiones —dije—. Por si la reunión incluye pruebas de resistencia.

Teresa frunció el ceño.

—Hoy no vamos a hacer ninguna prueba.

—Era una broma.

—Ah. Entonces puedes traerlas el jueves también.

Recogí el bolso. No estaba segura de si aquella segunda parte lo era.

Lukas Berger estaba junto a un atril, con una carpeta verde abierta y un lápiz entre los dedos. Sobre la silla a su lado descansaba un estuche negro cerrado.

Al entrar, busqué por costumbre el espejo. No había. Las ventanas altas mostraban una franja de la pared del patio; bajo ellas, el suelo de danza llegaba limpio hasta el centro de la sala. Las gradas recogían la poca luz de la tarde.

Lukas levantó la cabeza. Tenía los puños del jersey verde remangados y una barba corta que no disimulaba del todo la forma de su boca.

—Clara —dijo Teresa—. Lukas.

Él dejó el lápiz dentro de la carpeta antes de acercarse.

Nos dimos la mano. Sus dedos estaban tibios; la presión fue breve y desapareció antes de que tuviera que decidir cuándo soltarlo.

—Gracias por venir.

—Todavía no he hecho nada.

—Llegar cuenta. Teresa dice que este patio pone a prueba el interés de la gente.

—He pasado dos veces por delante.

—Entonces tienes el puesto —dijo ella.

Teresa nos dejó juntos mientras iba a buscar otro documento a la oficina. Lukas regresó al atril, pero lo giró ligeramente para que yo pudiera ver las páginas desde su lado.

Me quedé a una distancia prudente. El título estaba escrito arriba: Donde termina el gesto .

—¿Está acabada?

—Una parte.

Miré el grosor de la carpeta.

—Teresa me dijo dieciocho minutos.

—Es lo que calculamos. Todavía puede cambiar.

Se volvió hacia mí y apoyó una mano sobre el atril.

—¿Has trabajado antes con danza? —pregunté.

—Con piezas más cortas. Para esta necesito que tú decidas cosas desde el principio.

—¿Qué cosas?

—Cómo entras, por ejemplo.

Observé el suelo vacío. Podía calcular dónde empezaría a moverme, cuánto espacio tenía antes de alcanzar el atril, desde qué sitio me vería el público. Esas preguntas tenían respuestas. Las había respondido durante años.

—Depende de dónde quieras que esté cuando empieces a tocar.

—Eso podemos decidirlo después.

—Necesitaría escuchar la entrada.

—Puedes escucharla. Pero primero quería preguntarte cómo entrarías tú.

Crucé los brazos y los descrucé al instante. La tela del jersey se había arrugado sobre mi cintura.

—¿Sin música?

—Si quieres.

Volví a mirar las gradas. Setenta personas, había dicho Teresa. Me pareció posible distinguir cada cara desde allí.

—¿Quieres que lo pruebe ahora?

Lukas bajó la vista hacia mis zapatos y luego regresó a mi cara.

—No hace falta. Podemos hablar.

La facilidad con que lo dijo me dejó sin una tarea a la que agarrarme.

—Normalmente me dan algo más concreto.

—Podría darte una cuenta de ocho.

—Eso sí sé hacerlo.

Su boca se curvó apenas.

—Lo imaginaba.

Había algo agradable en su voz, una forma tranquila de terminar las frases sin apresurarse a llenar lo que venía después. Esperé una explicación más larga, quizá una descripción del tipo de mujer que debía representar. Él se quedó donde estaba.

—No sé cómo entraría —dije al fin.

Me molestó el calor que me subió al cuello. Acababa de presentarme a una reunión de trabajo para decir que no sabía hacer mi trabajo.

Lukas cogió el lápiz.

—Podemos empezar por ahí el jueves.

—No quería decir que no tenga ideas.

—Ya.

—Necesito saber qué estás buscando.

Apoyó otra vez el lápiz, sin escribir.

—Yo también. Tengo parte de la música, pero todavía no sé qué pasa cuando alguien se mueve con ella. Si lo supiera todo antes de conocerte, te quedaría poco que hacer.

La frase me hizo bajar la vista a la carpeta. En el margen había correcciones, zonas donde había borrado hasta dejar una sombra. No era una partitura que alguien hubiera puesto delante de mí para comprobar si podía estar a su altura.

Extendí la mano hacia el borde de la página.

—¿Puedo?

Él sostuvo la carpeta mientras yo la inclinaba. Nuestros dedos no llegaron a tocarse. A esa distancia, sus manos parecían demasiado grandes para la letra pequeña de las anotaciones.

—¿Y si entro antes de que toques? —pregunté.

Lukas dejó de mirar el papel.

—¿Cuánto antes?

—No sé. Lo suficiente para estar ahí sin tener que hacer algo enseguida.

Ahora sí escribía. El lápiz rozó el margen y se detuvo.

—¿Quieres que el público espere contigo?

Quise corregirlo. Explicar que podía llenar aquel tiempo con un movimiento, una dirección, cualquier cosa que demostrara intención. Sin embargo, la idea de llegar al escenario y no tener que ofrecer nada durante unos segundos me produjo un descanso tan inmediato que me quedé callada.

—Puede ser —respondí.

Lukas asintió.

—Probémoslo.

Al devolverle la carpeta, seguía mirando el sitio donde había escrito mi propuesta. Me gustaría haberlo leído con más claridad.

Teresa entró con la hoja que faltaba.

—¿Les he dado tiempo suficiente?

—Tenemos un comienzo —dijo Lukas.

—Una posibilidad —aclaré.

—Eso ya es más que esta mañana.

Apartó el lápiz para cerrar la carpeta. Me descubrí esperando otra pregunta suya y me incliné hacia el bolso para disimularlo.

Firmé en la oficina, en la silla que había ocupado antes. La tinta de mi bolígrafo dejó una pequeña marca al final del apellido.

Teresa separó mi copia y me explicó cuándo me enviaría la confirmación del anticipo. Asentí, guardé los papeles dentro de la libreta y fui a recoger el abrigo.

Lukas seguía en la sala. Desde la puerta abierta, levantó la mano cuando pasé.

—Nos vemos mañana.

—Mañana.

Podría habérselo dicho entonces. Solo habría necesitado regresar unos pasos y explicar que, después del estreno, quería dejar de bailar profesionalmente. No sabía si aquello cambiaría su disposición a trabajar conmigo. Precisamente por eso debía hacerlo.

Pero Teresa preguntó si llevaba paraguas y respondí que la lluvia era poca. Me puse el abrigo en el vestíbulo. La correa del bolso quedó atrapada debajo; tuve que quitármelo del hombro y volver a colocarla.

En el patio, saqué el teléfono. Había un mensaje de mamá.

¿Qué tal? ¿Hay posibilidades de hacer más funciones?

Escribí Ha ido bien y lo envié antes de añadir nada.

Después abrí la libreta. La copia del acuerdo sobresalía entre las páginas. Busqué la fecha y el punto azul que había dejado por la mañana.

Debajo escribí, esta vez sin detenerme:

Última actuación.

Esperé a que secara la tinta antes de cerrar.

Cuando llegué al portal, estaba pensando en cómo entrar al escenario antes de que Lukas empezara a tocar.