Sin partitura #2
Clara preguntó por mi familia y después por la primera pieza que había terminado sin cambiarle el final. Yo tuve que pensar. Me avergonzó no recordar la respuesta exacta a una pregunta que debería haber pertenecido a mi propia historia.
Le hablé de una composición pequeña, sin darle más importancia de la que había tenido. La había tocado delante de gente y después me había pasado la noche recordando un error que nadie mencionó.
—Quizá no lo notaron —dijo.
—Quizá.
—No te consuela.
—No mucho.
Asintió con una comprensión que no necesitaba explicaciones.
Me habría gustado decirle que últimamente ocurría algo distinto. Que a veces no estaba seguro de lo que había oído y esa duda resultaba peor que reconocer un error. Un error podía trabajarlo. Lo otro me dejaba sin saber qué estaba corrigiendo.
Clara me preguntó si había vuelto a tocar aquella composición.
Respondí que sí. Me quedé en el pasado, donde conocía las respuestas.
Después quiso saber por qué había elegido el violín. Le dije que no recordaba un momento único. Había empezado, había seguido y, en algún punto, la vida se había organizado alrededor de continuar.
—¿Nunca has querido dejarlo? —preguntó.
La pregunta coincidió demasiado bien con lo que no le estaba contando.
—He querido dejar trabajos —respondí—. Personas. Salas. El violín, no.
Clara giró la taza entre las manos.
—Debe de ser bueno saberlo.
La frase tenía un peso que no correspondía a una charla casual. Me pregunté si estaba hablando de ella, pero no quise convertir la curiosidad en un interrogatorio.
—También asusta —dije—. Cuando una cosa ocupa tanto lugar, cualquier amenaza parece capaz de llevárselo todo.
Clara levantó la vista.
Podía haberle contado entonces lo que había empezado a notar. La dificultad todavía era incierta, sin nombre. Hablar de ella no me habría obligado a presentar un diagnóstico. Sin embargo, imaginé su expresión cambiando, la atención profesional con que observaría cada entrada después.
—¿Qué amenaza? —preguntó.
—Que deje de haber trabajo. Que no sea suficiente.
No era mentira. Era una verdad situada delante de otra para ocultarla.
Clara asintió como si entendiera demasiado bien.
—Yo pienso eso incluso cuando hay trabajo.
Nos quedamos callados. El piso produjo uno de sus ruidos habituales en las tuberías. Esperé a comprobar si ella lo había oído y me odié un poco por usar su cara como medida.
—¿Quieres que te muestre algo? —pregunté.
Fui al escritorio y traje unas páginas de una composición inacabada que no pertenecía al encargo. No saqué el violín. Le expliqué que había dejado aquella música porque no encontraba una forma de continuarla sin repetir el principio.
Clara leyó sin fingir que entendía cada signo.
—¿Por qué tienes que terminarla?
—Porque la empecé.
—Eso no es una razón.
Me reí. Ella señaló la última página escrita.
—Tal vez termina aquí.
—Es muy corta.
—Sigue sin ser una razón.
Guardé las hojas. Su idea me irritaba y me aliviaba. Nunca había pensado que una obra pudiera estar completa antes de cumplir la forma imaginada.
No sabía aún que Clara estaba intentando concederse exactamente eso.
—¿Nunca pensaste en otra cosa?
—Sí. Pero siempre después de un mal ensayo.
La broma no la hizo reír.
—¿Y si lo pensaras después de uno bueno?
Me quedé mirándola.
—No lo sé.
Clara bajó la taza. Había una pregunta detrás de aquella otra y yo no supe si debía pedirla.
—¿Tú lo has pensado? —dije.
Se pasó el pulgar por el asa.
—A veces pienso demasiado.
No insistí. Me pareció que estaba haciendo lo mismo que yo: decidiendo qué parte de sí podía traer a esa tarde sin romperla.
Nos levantamos para preparar algo de comer. No fue una gran cena. Busqué lo que tenía y acordamos hacerlo sencillo. Clara cortó pan porque quiso, no porque yo se lo pidiera. Cuando empezó a recoger mientras aún comíamos, le pregunté si tenía prisa.
Dejó el plato.
—No.
—Yo tampoco.
Se quedó.
Ya había oscurecido cuando Clara miró el teléfono.
—Debería avisar de que voy tarde.
—¿Te esperan?
—No habíamos quedado en nada. Precisamente por eso.
Escribió un mensaje y guardó el móvil sin esperar respuesta.
Yo recogí dos platos. Clara llevó los vasos a la cocina. Al volver coincidimos en el paso estrecho entre la mesa y la pared. Me aparté para dejarla pasar, pero ella se detuvo también.
Quedamos frente a frente.
Podía haber dicho algo sobre el espacio, la mesa o los once años que llevaba negándome a moverla. No encontré la broma.
Clara miró mi boca y volvió a mis ojos tan deprisa que podría haberme convencido de que lo había imaginado.
No lo hice.
—Me está gustando esta tarde —dije.
—A mí también.
La respuesta fue suave, sin la protección de una explicación.
Le habría bastado acercarse un poco. A mí también. En cambio, me moví hacia la cocina y ella volvió al sofá. No sentí rechazo. Sentí que ambos habíamos reconocido algo y aún no sabíamos cómo entrar en ello.
Cuando se puso el abrigo, la acompañé al recibidor.
—¿Quieres que el martes salgamos después del ensayo? —pregunté.
—¿Otra vez al café?
—Puede ser.
—¿Con la misma prohibición de libreta?
—Esta vez quiero que sea una cita.
Me sorprendió lo sencillo que resultó decirlo después de haberlo evitado durante horas.
Clara mantuvo la mano sobre el botón del abrigo.
—Sí —respondió.
No pregunté si estaba segura. Habría sido pedirle que me tranquilizara en lugar de aceptar lo que acababa de ofrecer.
Nos despedimos sin un beso. Cuando cerré la puerta, seguí allí un momento, con la mano en el picaporte.
La tarde no había necesitado que yo tocara una sola nota.