La última nota de la muerte (Misterios acogedores de Lottie Reamer 1) ​[ ​6​ ]​
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La oficina del detective Marcus Reynolds era exactamente lo que Lottie había esperado: práctica y metódica, igual que el propio hombre. Ninguna foto familiar adornaba su escritorio, ningún toque personal suavizaba la austera funcionalidad del espacio. El único elemento decorativo era una condecoración enmarcada en la pared, colocada donde los visitantes no podían evitar verla.

—Así que —dijo Reynolds, acomodándose en su silla frente a Lottie y Jillian—, hablemos de sus pinitos como detective.

Lottie abrió la boca para responder, pero Jillian se le adelantó.

—Hemos investigado de manera informal los antecedentes de Harriet Pembroke, detective. Como ciudadanas preocupadas.

—Ciudadanas preocupadas —repitió Reynolds con tono inexpresivo— que casualmente andan interrogando a todos mis principales sospechosos.

—¿Son sospechosos? —preguntó Lottie con aire inocente—. ¿Victor, Sophia, Penelope y Edgar? ¿Ya ha detenido a alguien?

Reynolds entornó los ojos.

—No recuerdo haber mencionado esos nombres, señorita Reamer.

Lottie se maldijo por el desliz.

—Bueno, todos estaban en el funeral —dijo con rapidez—. No fue difícil deducir quiénes podrían tener motivos.

—¿Y qué motivos ha descubierto con su... investigación? —Reynolds se reclinó ligeramente, observándolas a ambas.

Lottie y Jillian intercambiaron una mirada, sopesando en silencio cuánto revelar. Finalmente, Lottie se decidió por una verdad a medias.

—Sabemos lo de la hermana de Sophia, Elena, que se suicidó después de que Harriet la criticara públicamente —comenzó—. Sabemos que Victor tiene deudas de juego y que dependía económicamente de su tía. Sabemos que Penelope y Harriet se enemistaron por derechos de propiedad intelectual hace décadas.

—Todo información de dominio público —señaló Reynolds—. Nada que justifique interferir en una investigación de asesinato en curso.

—¿Y qué hay de la composición perdida de James Carver? —preguntó Jillian, atenta a su reacción—. ¿El «Nocturno en las sombras»?

La expresión del detective no cambió, pero un músculo le tembló en la mandíbula: sutil, pero Lottie lo captó.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—La tenía Harriet —dijo Lottie—. La partitura que sostenía cuando murió era parte de la legendaria obra final perdida de Carver. Una composición que vale millones para el coleccionista adecuado.

—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Reynolds, con la voz cuidadosamente controlada.

—Por varias fuentes —respondió Jillian con vaguedad.

—Incluido un envío de la Galería Wright —añadió Lottie, tocándose el colgante plateado que llevaba al cuello—. Esto llegó a mi apartamento la noche siguiente a la muerte de Harriet. Es parte de una colección limitada: cinco piezas, cada una basada en el Nocturno. Penelope tiene una, Sophia tiene una, Harriet tenía dos y la quinta pertenece a Alexandra Carver.

Al oír el nombre de Alexandra, la compostura de Reynolds se resquebrajó por un instante. Se inclinó hacia delante y entornó los ojos.

—¿Ha hablado con Alexandra Carver?

—Todavía no —admitió Lottie—. Pero pensamos encontrarla. Es la nieta de James Carver y lleva tiempo preguntando por la composición final de su abuelo. La misma composición por la que mataron a Harriet.

Reynolds se levantó de golpe y se acercó a la ventana. Les habló de espaldas.

—Tienen que dejar esta investigación de inmediato. Están interfiriendo en el trabajo policial y poniéndose en peligro.

—Entonces sí sabe lo del Nocturno —dijo Jillian.

Reynolds se volvió con expresión sombría.

—Lo que sé es que Harriet Pembroke fue asesinada con un veneno vegetal poco común: extracto de belladona mezclado con digital, una combinación que provoca un paro cardíaco fulminante. Habría parecido un infarto natural si usted no hubiera descubierto el cuerpo tan pronto.

Clavó en Lottie una mirada intensa.

—O si no hubiera estado allí en absoluto.

—¿Sigue insinuando que tuve algo que ver? —preguntó Lottie, indignada.

—Sugiero que fue conveniente —respondió Reynolds de forma críptica—. La persona adecuada en el lugar adecuado en el momento equivocado.

—¿Qué quiere decir con eso?

Pero Reynolds ya había pasado a otra cosa.

—Señorita Reamer, ese colgante que lleva: ¿de dónde salió exactamente?

—Como le dije, me lo enviaron de la Galería Wright a mi apartamento. Sin nota, solo el colgante.

—¿Y no se le ocurrió entregarlo como prueba?

—¿Debería haberlo hecho? —contraatacó Lottie—. En ese momento no sabía lo que era.

Reynolds volvió a sentarse y anotó algo en el pequeño cuaderno de cuero que siempre llevaba encima.

—Voy a tener que requisar ese colgante como prueba.

—No —dijo Lottie, sorprendida de su propia firmeza—. Es mi única pista para encontrar a Alexandra Carver. Alguien me lo envió por algún motivo.

—Precisamente por eso es una prueba —insistió Reynolds.

—Si se lo doy, ¿me contará lo que sabe del Nocturno? —negoció Lottie—. ¿Y la conexión de Alexandra Carver con todo esto?

La expresión de Reynolds se endureció.

—Esto no es una negociación, señorita Reamer. Es una investigación de asesinato.

—Entonces acúseme de cómplice o déjeme marchar —respondió Lottie, aparentando una seguridad que no sentía del todo—. Pero no pienso entregar el colgante a menos que me dé algo a cambio.

Durante un momento tenso, se sostuvieron la mirada por encima del escritorio. Entonces, inesperadamente, los labios de Reynolds se curvaron en lo que podría haber sido el amago de una sonrisa.

—Tiene más agallas de lo que pensaba —dijo—. Está bien. Un intercambio limitado de información. Usted me cuenta todo lo que ha descubierto, yo relleno algunas lagunas, y después se mantiene al margen de mi investigación. ¿Trato hecho?

—Trato —aceptó Lottie, ignorando la mirada de advertencia de Jillian.

Durante la siguiente media hora, expusieron todo lo que habían descubierto: la historia del Nocturno, las sesiones de Carver, las conexiones entre los sospechosos y las extrañas advertencias que habían recibido de que la música estaba «maldita».

Reynolds escuchó sin interrumpir y tomó notas de vez en cuando. Cuando terminaron, cerró su libreta y las observó con atención.

—Han estado ocupadas —reconoció—. Pero hay cosas que no saben. James Carver no murió accidentalmente en ese incendio. Fue un incendio provocado a propósito para encubrir su asesinato.

—¿Asesinato? —repitió Jillian, sorprendida.

—Envenenado, igual que Harriet Pembroke —confirmó Reynolds—. El caso nunca se resolvió, pero había sospechas sobre una joven asistente de estudio que trabajó codo con codo con él en sus últimas grabaciones.

—Harriet —murmuró Lottie.

—Posiblemente. O Penelope. Ambas estaban en Bluenote Studios en esa época. —Reynolds tamborileó con el bolígrafo sobre el escritorio—. La investigación se estancó por falta de pruebas y el caso quedó archivado. Hasta ahora.

—Entonces, ¿cree que quien mató a Carver también mató a Harriet? —preguntó Jillian—. ¿Después de tantos años?

—O alguien que descubrió la conexión —dijo Reynolds—. Alexandra Carver vino a Melody Grove hace tres años a hacer preguntas sobre la muerte de su abuelo y su composición perdida. Poco después, Harriet Pembroke contactó con mi departamento alegando que la acosaban y hostigaban.

—¿Por Alexandra? —preguntó Lottie.

—Nunca la nombró directamente, pero la coincidencia era sospechosa. —Reynolds frunció el ceño—. Luego Alexandra desapareció. Sin dejar rastro, sin dejar señas. Hasta la semana pasada, cuando la vieron de nuevo en el pueblo, justo antes del asesinato de Harriet.

—Así que es su principal sospechosa —concluyó Jillian.

—Es una persona de interés —corrigió Reynolds—. Al igual que usted, señorita Reamer. El colgante, lo oportuno de que encontrara el cuerpo, sus posteriores investigaciones de detective aficionada... todo eso plantea interrogantes.

—¿Cree que estoy compinchada con Alexandra? —preguntó Lottie con incredulidad—. ¡Si ni siquiera la conozco!

—Eso dice usted. —Reynolds extendió la mano—. El colgante, por favor.

A regañadientes, Lottie se desabrochó la nota musical de plata y la depositó en la palma de Reynolds.

—¿Y ahora qué?

—Ahora se va a casa y me deja hacer mi trabajo —dijo Reynolds con firmeza—. Nada de interrogar a sospechosos, nada de hurgar en lo del Nocturno, y bajo ningún concepto contacte con Alexandra Carver si da con ella.

—¿Y si la vemos? —preguntó Jillian.

—Me llaman inmediatamente. —Reynolds les entregó una tarjeta a cada una—. De día o de noche.

Cuando se levantaron para irse, Lottie tenía una última pregunta.

—Detective, la partitura que Harriet tenía en la mano cuando murió... ¿qué fue de ella?

La expresión de Reynolds no delató nada.

—Se catalogó como prueba, junto con todo lo demás que se recogió en la escena.

—¿Está seguro? —insistió Lottie—. Porque vi la escena del crimen justo después de que se fueran, y ya no estaba.

—Su memoria le debe de estar jugando una mala pasada —dijo Reynolds con suavidad—. El estrés y el trauma pueden provocar esas cosas.

Lottie quiso replicar, pero supo que sería inútil. Cuando llegaron a la puerta, Reynolds las llamó.

—¿Señorita Reamer? Tenga cuidado con quién confía. Hasta las mejores amigas pueden guardar secretos.

Con esa advertencia críptica, volvió a sus archivos y dejó que Lottie y Jillian salieran solas.

—Está ocultando algo —declaró Lottie al salir de la comisaría—. La partitura no estaba entre las pruebas. Sé lo que vi.

—O lo que no viste —señaló Jillian—. ¿Y qué quiso decir con eso de «hasta las mejores amigas pueden guardar secretos»? ¿Intentaba que sospecháramos la una de la otra?

—La clásica táctica de divide y vencerás —coincidió Lottie—. Pero con nosotras no va a funcionar.

—Jamás —afirmó Jillian, enlazando su brazo con el de Lottie—. Entonces, ¿qué hacemos ahora? Reynolds tiene el colgante y se supone que debemos mantenernos al margen de la investigación.

—¿Desde cuándo me ha frenado que me digan lo que tengo que hacer? —dijo Lottie con una sonrisa—. Tenemos que encontrar a Alexandra Carver antes que Reynolds.

—¿Y cómo lo hacemos sin el colgante como pista?