La última noche que te vi Capítulo 34
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Capítulo 34

La verdad que se demuestra

El juicio empezó un año y siete meses después de la noche del embalse.

Para entonces el hombro de Nicolás había dejado de dolerle casi siempre. Teresa había vuelto al mercado los domingos. Lucía llevaba el pelo más corto y discutía con su madre sobre cosas que ya no tenían relación con hombres escondidos en casas ajenas.

Yo seguía trabajando en el mismo local.

Había semanas enteras en que no hablábamos del caso. Después llegaba una carta y el cuerpo recordaba antes de que yo abriera el sobre.

El primer día me puse una camisa blanca y un abrigo que no había llevado a ninguna de las citas anteriores. Necesitaba no vestirme con todos mis miedos a la vez.

Nicolás me esperaba en la puerta.

No vivíamos juntos. Pasábamos noches en una casa o en la otra, y algunas noches cada uno en la suya. Al principio aquello había parecido una decisión provisional. Después descubrimos que también podía ser una forma de estar bien.

—¿Quieres que vayamos con Julia? —preguntó.

—Ella nos espera allí.

Asintió.

En el coche no pusimos música. Al llegar, Nicolás me cogió la mano antes de bajar. La apretó una vez, sin retenerme.

Yo declaré lo que había vivido.

La llamada del coche. El mensaje. La caja. Las conversaciones con Mateo. La visita de Valdés, el taller forzado, la fotografía desaparecida. Distinguí lo que vi desde el muro de lo que supe después. Hubo preguntas que me hicieron regresar varias veces a una misma tarde.

No lo recordaba todo.

Lo dije.

Una de las preguntas se refería a Nicolás: cuándo lo conocí, qué relación teníamos, si mi decepción con Mateo podía haber influido en la manera de interpretar sus palabras.

Miré a quien la había formulado.

—No necesitaba interpretar que me dijera que dejó a Daniel allí. Lo dijo.

Me pidieron que me limitara a responder.

Asentí y lo hice.

También hubo preguntas que me ayudaron a precisar. Que una conversación estuviera grabada no significaba que cada gesto mío fuera evidente. Tuve que explicar por qué me levanté en la cafetería. Por qué no respondí al primer mensaje. Por qué conservaba fotos de un lugar al que casi no iba.

Nadie me preguntó por qué había tardado tanto en dejar de querer a mi marido.

Aquello no estaba en ningún documento que sirviera al caso.

Al salir encontré a Julia con dos cafés y una bolsa de galletas.

—No sabía cuál querías —dijo.

—¿De los cafés o de las galletas?

—De nada.

La abracé.

Nicolás declaró otro día. Me contó después que había hablado de los mensajes y de su hermano sin intentar convertir la forma en que se acercó a mí en algo mejor.

Había entregado su teléfono y reconocido sus amenazas antiguas a Mateo.

No se guardó lo que podía dejarlo mal para que lo demás sonara más limpio.

Lo escuché sentada en la cama, mientras él se quitaba los zapatos.

—He pensado que ibas a odiarme otra vez al oírlo —dijo.

Lo miré.

—Ya lo he oído. No me tienes que hacer pasar por la sorpresa de nuevo.

Asintió despacio.

Me acerqué y le besé la boca. Él me rodeó la cintura y apoyó la frente contra mi vientre mientras yo permanecía de pie frente a la cama.

Le acaricié el pelo.

No habíamos olvidado. Habíamos seguido viviendo sin exigirle al recuerdo que tuviera el mismo tamaño todos los días.

Pude asistir a parte de las sesiones posteriores por mi condición en el procedimiento. Otras cosas las supe a través de mi abogada. No vi todo ni quise convertirlo en una obligación.

Escuché a Esteban responder sin esconderse detrás de que cumplía órdenes. Le preguntaron por el dinero, por el tiempo transcurrido, por la decisión de marcharse con su familia cuando debía declarar. Hubo respuestas que no lo favorecían. Las dio igualmente.

Vi a Eva con una chaqueta azul, las manos quietas sobre las rodillas. Cuando le preguntaron por sus firmas no dijo que no sabía nada de contabilidad. Explicó lo que sabía, lo que sospechaba y lo que había aceptado no comprobar.

Al salir, me pidió que le dijera a Nicolás que lamentaba no haber podido evitarlo.

—Puedes decírselo tú —respondí.

Lo hizo en el pasillo, frente a una máquina de agua.

Nicolás la escuchó sin apartarse. No la perdonó en nombre de Daniel ni le entregó una absolución que ella no había pedido. Le dijo que gracias por declarar.

Después me cogió la mano y salimos a la calle.

Valdés habló mucho.

Yo había pensado que, ante pruebas que podían contrastarse, se quedaría sin aquella voz serena.

No ocurrió. Distinguió sociedades, responsabilidades, órdenes que decía no haber dado.

Intentó separar los papeles de las personas que los habían firmado y a las personas de lo que había ocurrido en la casa.

Las fotografías de unas obras no probaron todo el fraude. Ayudaron a desmentir fechas y destinos. Los documentos contables no demostraron por sí solos quién mató a Daniel. Se unieron a otras pruebas, a las declaraciones, al examen del coche y a las comunicaciones.

La verdad que podía demostrarse era más trabajosa que la que yo había imaginado en las noches sin dormir.

Mateo declaró sin mirarme.

Reconoció haber participado en gestiones fraudulentas y haber intentado negociar con la documentación.

Hubo cosas que siguió explicando como errores.

Su abogado hizo su trabajo. Yo no sentí la necesidad de convencer a nadie de que un hombre podía llorar de verdad y seguir siendo responsable de lo que había hecho.

La sentencia llegó semanas después.

No la leí sola.

Mi abogada me explicó las condenas, las responsabilidades y las cuestiones que todavía podían recurrirse.

Valdés y Rubén fueron condenados por su participación en la muerte de Daniel y por los delitos que se acreditaron en la trama.

La intervención de Esteban no quedó borrada por haber declarado.

Mateo tampoco salió de aquello convertido en el hombre que solo había tenido miedo.

No hubo una pena que me devolviera los tres años.

Ni una frase capaz de devolverle un hijo a Teresa.

Había, al menos, un relato que ya no dependía de lo que cada uno quisiera hacerme creer a solas.

Esa tarde Nicolás y yo fuimos al río.

No al embalse.

Caminamos por la senda donde yo había encontrado a su madre con el carro. Había hierba nueva en los bordes y un grupo de niños aprendía a remar al otro lado del puente.

Nicolás se detuvo junto al banco.

—A veces me enfada estar mejor —dijo.

Lo miré.

—¿Por Daniel?

Asintió.

Nos sentamos.

—Hoy me he reído de una tontería con un cliente —continuó—. Y después he pensado que mi hermano no va a volver a oírme reír.

Le cogí la mano.

—Tu madre me contó que hacía reír a la gente cuando no debía.

Nicolás bajó la cabeza. Su sonrisa llegó despacio, mezclada con algo que no se fue.

—Sí.

Miramos a los niños durante un rato. Uno remaba demasiado fuerte de un lado y la barca giraba sin avanzar. El monitor le hablaba desde el embarcadero, paciente.

Volvimos a mi casa al anochecer.

Nicolás me besó antes de que pudiera encender la luz de la cocina.

Yo dejé las llaves sobre la mesa y lo acerqué por la chaqueta.

Me besó con una urgencia que me hizo aferrarme a sus hombros.

Se apartó un instante para mirarme y yo lo acerqué de nuevo, riéndome contra su boca.

Me levantó la mano hasta sus labios y después la dejó sobre su pecho.

Le desabroché el abrigo con los dedos torpes por el frío.

No hablamos de lo que habíamos ganado ni de lo que seguía faltando.

Subimos despacio, besándonos a mitad de la escalera como dos personas que podían permitirse llegar tarde a su propia habitación.

A la mañana siguiente hice café mientras él buscaba los calcetines debajo de la cama.

La sentencia seguía en una carpeta sobre la mesa.

El pan se quemó un poco.

Abrí la ventana para que saliera el humo.