Capítulo 33
Lo que fuimos capaces de decir
Vi a Mateo una última vez antes de que el caso llegara al juicio.
No fue una despedida organizada por él. Pedí la cita después de hablar con mi abogada y saber qué cosas podía preguntarle sin convertir la visita en otro intento de obtener pruebas. No necesitaba llevarme una confesión. Necesitaba decirle algo sin que él pudiera colgar.
Habían pasado diez semanas desde la noche del embalse.
Mateo estaba en prisión provisional por las decisiones judiciales adoptadas después de lo ocurrido en la casa.
Yo había dejado de preguntar cada día por su situación.
Mi abogada me informaba cuando había algo que yo debía saber y yo estaba aprendiendo a no convertir cada novedad en el centro de una jornada entera.
Lo vi al otro lado de una mesa, sin su chaqueta, sin un coche esperando ni una salida que pudiera escoger en mitad de la conversación. Parecía cansado. La cicatriz junto a su boca se había oscurecido.
—Gracias por venir —dijo.
Asentí y me senté.
Durante unos segundos miró mis manos. Ya no llevaba la alianza. Me la había quitado años atrás, pero aquel día pareció advertir la ausencia por primera vez.
—¿Cómo estás?
—Estoy trabajando. Duermo mejor. Hay días malos.
La respuesta lo dejó sin el acceso que buscaba.
—Clara…
—No he venido a hablar de Nicolás.
Cerró la boca.
Me sorprendió descubrir cuánto de su reacción seguía pudiendo prever. Conocer a alguien no significaba haberlo conocido todo.
—Quiero saber una cosa —dije—. Cuando llegaste a la estación, ¿querías verme o querías saber dónde estaban los papeles?
Mateo se frotó el borde de una uña.
—Las dos cosas.
Lo miré.
No supe si me había dado una verdad completa. Me bastó con que no intentara ofrecerme una mejor.
—¿Y el mensaje de la caja?
Bajó la cabeza.
—Sabía que si entraban allí podían encontrar la llave. Y el dinero. Pensé que aún había una manera de recuperarlo antes de que todo saliera.
—¿Por qué no te la llevaste antes de marcharte?
—La escondí después de guardar las copias y la grabación en el depósito. Creía que volvería por ella. Después de lo de Daniel no me atreví a entrar en casa. Pensé que podían estar vigilándote.
—Podías habérmelo dicho.
Mateo apretó los labios.
—Si abrías la caja ibas a preguntar. Por el dinero. Por Eva. Cada día era más difícil explicarlo.
No era una respuesta que lo protegiera. Al menos, esta vez tampoco intentó protegerla él.
Sentí una tristeza tan cansada que casi no se parecía al dolor.
—Doce mil euros.
—No era solo eso.
—No. Claro que no.
Mateo levantó la vista.
—Había empezado intentando ayudar a Eva.
—Te creo.
Pareció sorprendido.
—También creo que después quisiste cobrar por hacerlo. He oído tu voz. No necesito que una de las dos cosas borre la otra.
Se quedó mirándome.
Le pregunté por las fotografías. Me dijo que, después de mandar reparar la cámara de Augusto, se la había prestado a Daniel.
Le gustaba hacer copias para que Lucía pudiera llevárselas cuando se marchara de la casa.
Daniel le devolvió la cámara antes de aquella última noche.
Mateo había recogido las copias en el laboratorio y metido el sobre en la caja.
No reparó en el trozo de hoja de contactos adherido a una de ellas.
Creía tener las pruebas importantes en el depósito.
—Daniel me dijo que había hecho fotografías de un cuaderno —añadió—. Yo ya tenía copias de contratos. Pensé que con todo eso podía negociar.
—Él quería irse de aquel trabajo.
Mateo asintió.
—Y yo también.
No discutí qué había querido cada uno. Las decisiones posteriores ya habían dejado bastante claro lo que estaban dispuestos a pagar.
—¿Por qué fuiste a la casa aquella noche? —pregunté—. La última vez.
Mateo se pasó una mano por la cara.
—Rubén quería dinero para irse. Dijo que podía demostrar que Valdés lo había ordenado. Yo pensé que si conseguía esa prueba…
Se interrumpió.
—¿Te ayudaría en tu caso?
Asintió.
—También podía dejar claro lo que pasó con Daniel.
Lo miré. Otra vez las dos cosas. Había empezado a decirlas juntas, como si por fin entendiera que yo podía escucharlas sin confundirlas.
—¿Llevabas dinero?
—Lo que pude reunir. No era suficiente. Leonor no quiso darme más.
Respiró hondo.
—Le dije a Rubén que podía recuperar unas copias que no habían encontrado. No era verdad. Quería que viniera. No sabía que también había hablado con Valdés.
Me quedé callada.
—Valdés llegó después. Se dio cuenta de que Rubén estaba dispuesto a venderlo y lo golpeó.
Me quitó el teléfono que usaba normalmente.
Pero llevaba también el viejo: le había puesto otra tarjeta esos días.
Conseguí marcarte con ese y dejarlo oculto entre el asiento y el respaldo de una silla. Valdés no lo vio.
Recordé la tela junto al micrófono, las voces que no pude entender.
—El mensaje a Nicolás…
Mateo negó.
—No lo envié yo. Valdés me obligó a darle el código del teléfono que me había quitado. Lo escribió desde allí, delante de mí. Quería traer a Nicolás. Sabía que si lo tenía en la casa podía obligarte a ir con lo que creyera que aún guardabas.
Apoyé las manos sobre mis piernas.
—¿Qué más quería hacer?
Mateo miró hacia un punto detrás de mí.
—No sé qué parte era un plan y qué parte eran amenazas. Se le estaba yendo todo. Rubén gritaba. Yo intenté salir. Después llegó la policía.
Vi de nuevo las figuras que habían corrido hacia el agua.
—¿Por qué lo seguiste?
Su mirada volvió hacia mí.
No respondió enseguida.
—Tenía una bolsa. Dinero, supongo. Documentación. No quería que se lo llevara todo otra vez.
Aquella respuesta me quitó las últimas ganas de buscar una versión más noble.
Él debió de notarlo.
—No pensé en la pasarela. Él llegó al apoyo de piedra por un lado. Yo pisé la parte de madera que iba detrás y cedió. Solo lo había visto correr con la bolsa.
Asentí.
El silencio duró bastante. Por primera vez ninguno de los dos pareció necesitar romperlo para ganar algo.
—¿Puedes perdonarme? —preguntó al fin.
Miré su cara. La había amado cuando aún no tenía canas. La había buscado durante años en todos los hombres que se giraban al oír mi voz.
—No lo sé.
Mateo bajó la cabeza.
—Pero no voy a volver —añadí.
Levantó los ojos. Esa era la respuesta que había estado esperando debajo de todas las demás.
Me levanté antes de que pudiera pedirme una explicación que me obligara a hacerla más cruel.
Al despedirme no lo abracé. Le deseé que dijera la verdad cuando le correspondiera hacerlo. No por mí ni para obtener algo de mí. Porque ya había demasiada gente sosteniendo las consecuencias de sus silencios.
Salí al exterior y llamé a mi hermana.
—Ya está —dije.
No quería decir que todo hubiera terminado. Julia lo entendió.
—Estoy en el coche.
La encontré en el aparcamiento, comiendo una mandarina. Tenía las cáscaras en un pañuelo sobre la rodilla.
Me dio la mitad sin preguntar nada.
La comí antes de ponerme el cinturón.
Durante las semanas siguientes fui conociendo lo que se podía demostrar de aquella historia.
No de una vez ni a través de una persona que me contara un final ordenado.
Hubo notificaciones, declaraciones, documentos que mi abogada me explicó y mañanas en que tuve que cerrar el taller para acudir a una cita.
Los mensajes anónimos a Nicolás se vincularon a otra cuenta que utilizaba Mateo.
Él había admitido enviarlos; la comprobación de los dispositivos permitió contrastarlo.
También se confirmó el acceso al calendario que habíamos compartido.
Cambié las contraseñas, cerré aquellas sesiones y saqué de la agenda las citas que ya no quería compartir con nadie.
La casa de Augusto había servido de apoyo a una cuadrilla mucho antes de alojar a Eva y a Lucía.
Los partes de trabajo y los pagos situaban aquellas reformas en la época de mis fotografías de junio.
La cortina y la caja de cereales no probaban que Mateo tuviera otra familia allí.
Eran detalles de un lugar que él utilizaba más de lo que me había dicho.
En paralelo empezamos los trámites para terminar el matrimonio. No esperé a la sentencia para pedir el divorcio. Lo que pudiera probarse sobre los delitos y mi decisión de no volver con Mateo eran asuntos distintos.
La hoja de contactos no resolvió el crimen por sí sola. Mostraba páginas del cuaderno de pagos que Daniel había fotografiado. Los negativos, conservados entre encargos sin recoger, permitieron recuperar imágenes completas. Las anotaciones se contrastaron con movimientos bancarios y contratos.
Entre los nombres estaba Esteban Llorente.
Declaró que había conducido el coche hasta la rampa y que sabía que el hombre de dentro no respondía. No pudo seguir llamándolo un traslado ni un encargo. Había visto cómo Rubén colocaba a Daniel al volante y cómo, entre órdenes y miedo, empujaban el vehículo hasta dejarlo caer.
No había ido al taller para convertirse en inocente. Había ido porque ya no soportaba llevarse la fotografía de su hija dentro de la misma chaqueta que aquel recuerdo.
Rubén terminó hablando de la muerte.
Lo supe por los cauces que correspondían, con mi abogada delante. Daniel no murió al caer. Hubo otro golpe después. No necesité que me describieran más de lo que la prueba debía aclarar.
Nicolás recibió la información con su madre y su hermana. Yo no estuve allí. Había cosas en las que podía acompañarlo después sin reclamar un sitio dentro.
La autorización falsa del colegio y los contactos con Eva se vincularon a Rubén.
Antes del hallazgo del coche, Valdés ya estaba preocupado por reclamaciones sobre varias obras y por las copias que podían haber quedado fuera de las empresas.
El hombre había utilizado el nombre de Mateo porque todavía abría algunas puertas sin necesidad de una firma.
También recuperaron la fotografía de mi taller.
La encontraron entre otros objetos en un vehículo utilizado por Rubén. Solo la copia, doblada. Había buscado documentos y querido que yo supiera que podía entrar. Se llevó la imagen al reconocer la casa. Lo contó como si no hubiera significado nada.
Al recuperarla, la dejé entre dos hojas limpias. Podía quitarle la marca. Decidí esperar.