Capítulo 32
Después del agua
En urgencias nos dieron ropa de un armario que olía a detergente industrial.
Nicolás salió con un pantalón gris demasiado corto y una camiseta blanca que no le pertenecía. Llevaba el brazo inmovilizado. Había una bolsa de plástico con su ropa mojada a sus pies.
Al verlo, me llevé una mano a la boca.
Él me miró, alarmado.
—¿Qué?
Negué, riéndome y llorando al mismo tiempo.
—El pantalón.
Miró sus tobillos.
—No pienso aceptar opiniones de nadie que casi se metió en el mar descalza en noviembre.
Lo abracé con cuidado por el lado sano.
El médico había hablado de una luxación y de las revisiones que necesitaría. Me aprendí las instrucciones con una atención que no conseguía dedicar a ninguna otra cosa. Hielo envuelto, medicación según pauta, descanso, volver si ocurría esto o lo otro. Cosas que tenían límites y verbos claros.
Julia llegó antes de que nos dieran el alta. Traía una bolsa con ropa para mí, aunque yo no me había mojado.
—No sabía qué coger —dijo.
La abracé en mitad del pasillo.
Mi hermana me apretó tan fuerte que por primera vez desde el ruido del agua sentí todo el cuerpo dentro de su tamaño.
Después miró a Nicolás.
—Tú me vas a explicar qué hacías bajando a ninguna parte.
Él asintió, agotado.
—Cuando pueda mover un poco más el brazo.
Julia lo observó unos segundos y se acercó para besarle la mejilla sana.
—Vale. Pero no lo olvides.
Nos fuimos a casa de Teresa. No porque alguien decidiera que allí debíamos estar, sino porque Nicolás pidió verla antes de dormir. Su hermana había recibido noticias por teléfono y nos esperaba en el portal.
Teresa no lloró al verlo entrar. Le puso una mano sobre la cara, miró el cabestrillo y después le pidió que se sentara.
Le llevó una manta seca.
Yo conocía ya aquella manera de no deshacerse mientras quedara algo que hacer.
Dormí unas horas en el sofá, con los zapatos puestos. Al despertar, Nicolás estaba en el otro extremo, mirando el techo.
—¿Te duele?
Giró la cabeza.
—Un poco.
Le pregunté si necesitaba la siguiente dosis. Dijo que aún no. Comprobé la hora de todos modos.
Por la ventana empezaba a entrar una claridad gris.
—Lo vi —dijo.
Me incorporé.
—A Mateo. En el agua.
No respondí.
Nicolás miró su mano libre.
—Durante un segundo pensé en Daniel. No como una idea. Lo vi. Mi hermano ahí abajo, esperando a que alguien se agachara.
Se le tensó la garganta.
—No sabía si iba a llegar. Y cuando lo cogí, Mateo me agarró tan fuerte que pensé que nos iba a tirar a los dos.
Le puse la mano sobre la rodilla.
—No tenías que demostrar nada.
Me miró.
—No lo hice para demostrar nada.
Asentí. Me alegré de que me corrigiera.
Nos quedamos un rato escuchando el frigorífico de la cocina.
—Tengo miedo de que ahora todo se convierta en que él me debe la vida —añadió.
Lo miré con más atención.
—No tienes que hacer nada con eso.
Nicolás respiró despacio.
—Ya.
Apoyé la cabeza junto a su hombro sano. Él me rodeó como pudo.
A las ocho llamó Inés.
Quería saber cómo estaba y acordar la declaración de lo que había visto y oído. No ese mismo minuto. Cuando hubiera descansado lo suficiente para distinguirlo.
Le pregunté por los tres hombres.
Rubén seguía ingresado. Mateo también, vigilado. Valdés había pasado la noche detenido. Había más comprobaciones en marcha. La inspectora no utilizó la palabra terminado.
Yo tampoco la necesitaba aún.
Por la tarde supe que Eva y Lucía estaban juntas y seguras. Me lo dijo la propia Eva desde un número que no guardé sin preguntarle antes. Esteban estaba declarando con asistencia letrada. Su hija había vuelto a ver al perro de la fotografía.
Nada de eso borraba el miedo de la noche anterior.
Me permitía acostarme sin inventar otra desaparición para cada persona que dejaba de responder durante una hora.
Mateo me escribió dos días después.
El mensaje llegó a través de su abogado. Quería verme si yo aceptaba. No me pedía que fuera sola a una estación ni me daba una orden. Por primera vez la petición incluía la posibilidad de un no.
No respondí enseguida.
Pasé la tarde en el taller, comprobando que el local seguía allí. Habían cambiado el cierre trasero y colocado un sistema nuevo en el cuarto de contadores. La librera había despejado el pasillo y dejado una planta de verdad sobre mi mesa.
En la tarjeta decía: «Esta sí necesita agua».
Llamé a Julia para contárselo. Se rio tanto que tuve que apartar el teléfono.
Aquella noche cené con Nicolás en mi casa. Corté su comida antes de servirla y él protestó porque no tenía seis años.
Le dejé el cuchillo al lado del plato.
Tardó tres minutos en pedirme ayuda.
No me reí hasta que él lo hizo.
Después se quedó dormido en el sofá mientras yo terminaba una factura. Lo miré desde la mesa. El brazo inmovilizado, la cabeza ladeada, el pelo aún húmedo de la ducha en la que había tenido que ayudarlo a lavarse sin forzar el hombro.
Me acerqué y le besé la frente.
Abrió los ojos.
—¿Qué hora es?
—La de ir a la cama.
Sonrió despacio.
Lo ayudé a levantarse. Subimos sin prisa.
Dejé la luz del pasillo encendida porque a mí también me venía bien.