La última noche que te vi Capítulo 31
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Capítulo 31

El hombre que volvió

No corrí hacia la casa.

El impulso fue tan fuerte que todavía recuerdo la presión del cinturón contra mi mano, aunque ya lo había soltado. Me quedé junto al coche porque no sabía dónde estaba Nicolás y porque salir corriendo no iba a convertirme en alguien capaz de encontrarlo en la oscuridad.

Un agente apareció en el camino.

—Necesito que se aparte de aquí. Va a entrar una ambulancia.

Me indicó una zona junto al muro del acceso. Lo seguí, con el teléfono apretado contra el pecho.

Desde allí se veía parte del embarcadero entre dos árboles.

Había luces sobre el agua. Gente moviéndose a distintas alturas. Un hombre estaba de rodillas en la orilla, sujetado por un agente. Reconocí el pelo gris antes que el rostro de Valdés.

No vi a Mateo.

—¿Quién ha caído? —pregunté.

El agente no me respondió. Me pidió que siguiera detrás del muro.

Oí a alguien decir cuerda.

Después la voz de Nicolás.

—Por ahí no. Hay una escalera de mantenimiento al otro lado del apoyo.

Me aferré al borde de piedra.

Estaba abajo, junto a un agente, señalando hacia una parte del muelle que yo no distinguía. No llevaba abrigo. Una luz le cruzó la cara y vi que miraba el agua, no a Valdés.

Más tarde me contó que había reparado unas tablas del embarcadero años atrás. Lo suficiente para saber dónde seguía el armazón de metal por debajo de la madera. Aquella noche yo solo vi que alguien lo escuchaba y corría hacia donde señalaba.

Uno de los focos encontró una mano.

Era apenas una forma pálida que desapareció y volvió a salir junto al poste.

—Ahí —dije, aunque estaba demasiado lejos para que me oyeran.

Nicolás se agachó. El agente le sujetó algo alrededor de la cintura y comprobó un nudo. Otro hombre bajó por el lateral con una linterna.

La madera seguía crujiendo. Había una sección entera inclinada hacia el agua, golpeando despacio contra el soporte.

Me di cuenta de que estaba diciendo no sin voz. No a Nicolás, no al agua, no al movimiento de su cuerpo acercándose al borde.

No me oyó.

Bajó los primeros peldaños de metal y se quedó a poca distancia de la superficie. El agente sostenía la cuerda desde arriba. La linterna del otro lado buscó de nuevo la mano.

Mateo apareció un instante, con la cara fuera del agua y la boca abierta.

Lo reconocí con una violencia que me dobló por dentro.

Se agarró al borde de una tabla. La tabla cedió.

Nicolás alargó un brazo.

No llegó.

Oí al agente darle una orden. Nicolás se detuvo, cambió un pie de sitio y volvió a agacharse. La cuerda se tensó.

Desde donde yo estaba, los dos cuerpos se confundían con las sombras de los postes. Solo veía una manga clara, el movimiento del agua, una mano que buscaba otra.

Mateo se hundió hasta la barbilla.

Nicolás lo alcanzó.

El tirón lo hizo golpearse contra la escalera. Oí un sonido seco y me llevé la mano a la boca. El agente de arriba afianzó los pies. El otro bajó un tramo más.

Nadie se movió durante un segundo larguísimo.

Después vi a Mateo pegarse a la escalera, agarrado a Nicolás con una fuerza que parecía capaz de arrastrarlos a los dos.

—Suéltale el cuello —gritó alguien—. La escalera. Agárrese a la escalera.

Yo conocía aquellas manos. Las había visto sostener una copa, firmar una hipoteca, apartar mi pelo de una cremallera. Ahora se cerraban sobre la ropa de otro hombre porque no querían morir.

Nicolás no lo soltó.

El agente de abajo consiguió sujetar a Mateo por el brazo. Los tres se movieron despacio, de una forma torpe y agotadora que no se parecía a ningún rescate que yo hubiera imaginado. La chaqueta mojada pesaba demasiado. Un pie no encontraba el peldaño. La cuerda se enganchó un momento.

Volví a respirar cuando sacaron a Mateo sobre la parte firme.

Lo tumbaron y alguien se arrodilló junto a él.

Nicolás seguía en la escalera.

Me incorporé tanto que el agente que estaba a mi lado levantó una mano.

—Espere.

No pude apartar los ojos hasta verlo subir.

Lo hizo con ayuda. Al llegar arriba se quedó sentado, con las piernas separadas y un brazo apretado contra el cuerpo. Un sanitario se acercó a él con una manta.

Entonces lloré.

No había llorado al oír el agua ni al reconocer la cara de Mateo. Lloré al ver a Nicolás envuelto en una manta demasiado corta, sentado donde ya no podía caerse.

La casa se llenó de voces. Sacaron a Rubén en una camilla. Tenía una venda en la cabeza y los ojos abiertos. Me miró al pasar sin reconocerme, o sin que le importara hacerlo.

Valdés cruzó el patio esposado.

No había perdido toda su compostura. Seguía hablando a un agente, bajo, con el tono de quien espera llegar a una persona más razonable si insiste en explicarse. El barro le cubría una rodilla. Una de las lentes de las gafas estaba rota.

Me vio junto al muro.

Dejó de hablar.

Yo sostuve su mirada hasta que el agente le hizo seguir.

Inés se acercó unos minutos después. Tenía la chaqueta mojada y una marca de barro en la mejilla.

—Están vivos —dijo.

Asentí varias veces, incapaz de responder.

—Nicolás está siendo atendido. Parece que tiene una lesión en el hombro. Van a llevarlo a comprobarlo.

Me pasé una mano por la cara.

—¿Puedo verlo?

Lo consultó con alguien por la radio. Después me indicó por dónde ir, sin acercarme a la casa.

Caminé hasta la ambulancia con las piernas extrañas.

Nicolás estaba sentado en el borde, con la manta sobre los hombros. Tenía los labios casi blancos y la mano derecha temblando. Al verme intentó levantarse.

El sanitario lo detuvo con un gesto.

—Quieto.

Yo me acerqué despacio.

—No te muevas.

Nicolás se quedó mirándome. De cerca vi el arañazo junto a su oreja y el agua que seguía cayéndole del pelo.

No lo abracé. Tenía miedo de hacerle daño.

Le cogí la mano que tenía libre.

—Has parado —dije.

Frunció el ceño.

—Cuando te llamé. Has parado.

Entendió. Bajó la vista hacia nuestras manos.

—Me has dicho que no entrara.

Asentí. Me eché a llorar otra vez, enfadada por no poder hablar sin hacerlo.

Él me acarició los dedos.

—Estoy aquí.

No me dijo que no había pasado nada. Estaba empapado, tenía el hombro lesionado y casi no podía sostenerse sentado. Le agradecí que no me pidiera fingir lo contrario.

Detrás de mí movieron otra camilla.

Mateo estaba tumbado bajo una manta térmica, con una mascarilla sobre la cara. Tenía los ojos abiertos. Me vio junto a Nicolás.

Me quedé mirándolo.

No supe si intentó decir mi nombre. La mascarilla se movió y un sanitario se inclinó hacia él.

Nicolás también lo vio.

No soltó mi mano.

Cuando la camilla se alejó, bajó la cabeza. Permaneció así un buen rato.

Yo me senté a su lado.

No le pregunté por qué lo había salvado. Había visto lo que hizo cuando tuvo que elegir. La pregunta podía esperar a una vida en la que todavía estuviera allí para responderla.