Capítulo 30
La carretera de la presa
No vi la casa hasta que fue demasiado tarde para fingir que era solo una dirección.
La higuera estaba casi desnuda. Las contraventanas golpeaban con el viento y la luz de la cocina dibujaba un rectángulo amarillo sobre el patio. Más abajo, entre los árboles, el embalse parecía una superficie de metal.
Yo estaba dentro de un coche con Inés, aparcado antes del último desvío. Habíamos llegado allí siguiendo una llamada que no se había cortado del todo.
Mateo me llamó a las nueve menos diez desde un número que no conocía. Supe que era él en cuanto oí su voz.
Habían pasado unos veinte minutos desde su mensaje. Yo hablaba con Inés cuando entró la otra llamada. La inspectora envió una patrulla. Julia estaba a mi lado, con su propio teléfono.
Contesté a Mateo con el altavoz.
Al principio solo se oyó un roce y una respiración demasiado próxima al micrófono.
—Clara.
—¿Dónde estás?
No respondió enseguida.
—En la casa. La de mi padre.
Miré a Julia.
Ella ya estaba dando la dirección al otro teléfono.
—¿Estás solo?
Se oyó un golpe, no muy fuerte. Después una voz lejos.
—Rubén está herido.
Me apoyé en la pared.
—Llama a una ambulancia.
—No puedo…
La frase se cortó con un ruido de tela. Pensé que había perdido la llamada. Entonces oí a otro hombre, más claro.
Valdés.
No distinguí todas las palabras. Dinero. Copias. El nombre de Nicolás.
Yo repetí Mateo dos veces y dejé de hablar cuando Inés, ya al teléfono de Julia, me pidió que no revelara que seguía escuchando.
La patrulla llegó en pocos minutos. Un agente se quedó con Julia y conmigo mientras el equipo escuchaba la llamada. Inés preparó un punto de encuentro antes de la finca, separado del acceso por el que iban a entrar sus compañeros. Yo no iba a acercarme a la casa ni a hablar con nadie por mi cuenta.
Me explicaron dónde debía esperar, bajo vigilancia, y que si intentaban restablecer el contacto no debía improvisar ninguna conversación. Julia protestó, luego me apretó las manos.
—No te bajes donde no te digan.
Asentí.
Durante el trayecto escuchamos el coche, el auricular y los avisos breves por la radio. Nadie me contó un plan heroico. Lo que oí fueron personas preguntando por accesos, vehículos y un hombre que podía estar armado.
Ahora, junto al desvío, yo miraba la luz de la cocina y trataba de reconocer en ella la visita de años atrás.
Había otro coche cerca de la verja. No era el de Mateo. Ese seguía siendo una cosa sacada del agua que yo no había visto entera.
La llamada se interrumpió.
Me quedé mirando la pantalla apagada.
Inés me tocó el antebrazo.
—Vamos a intentar que vuelva a responder. Antes necesito que siga aquí.
Asentí.
En mi móvil apareció entonces un mensaje de Nicolás.
«Mateo dice que Rubén va a contar lo de Daniel. Estoy yendo a la casa de su padre. Te aviso antes de entrar».
Sentí que la sangre me abandonaba la cara.
Se lo enseñé a la inspectora.
Su expresión cambió. Cogió la radio y dio el nombre de Nicolás, la furgoneta, el acceso. Después me miró.
—Llámelo. Ahora.
Lo hice.
No contestó.
La segunda llamada sonó hasta el final.
Escribí: «No entres. Es una trampa. Estoy con la policía. Llámame».
El mensaje quedó enviado.
No entregado.
Miré hacia el camino. Más arriba, unos faros se movieron entre los árboles.
—Tiene que ser él —dije.
Inés abrió la puerta del coche sin dejar de hablar por la radio.
—No se mueva.
Me quedé con las manos sobre las rodillas, el teléfono abierto y las uñas clavadas en la funda.
Durante unos segundos no pasó nada que yo pudiera ver.
Después sonó mi móvil.
Nicolás.
Contesté tan deprisa que apenas encontré el icono.
—Para —dije—. Donde estés. No entres.
—Estoy en el camino de abajo. No tengo casi cobertura. ¿Qué ha pasado?
La voz se cortaba. Detrás se oía el motor de la furgoneta.
—Valdés está dentro. Hay alguien herido. La policía está llegando.
Un silencio.
—¿Tú dónde estás?
—Fuera. Con Inés. Estoy bien. No entres, Nicolás.
Oí el motor apagarse.
Fue el sonido más importante de aquella noche.
—Estoy parado —dijo.
Me tapé la boca con una mano.
Inés regresó junto al coche y le indiqué que tenía a Nicolás al teléfono. Le pasé el móvil sin colgar. La inspectora le preguntó qué veía, si podía retroceder y por dónde había llegado. Sus palabras eran cortas y concretas.
Él respondió. Yo no oí todo.
Un agente salió de la oscuridad junto a una verja y bajó por el camino. Unos segundos después vi otra luz, esta vez dirigida al suelo.
Nicolás no apareció en la casa.
Se había detenido.
Me quedé respirando esa certeza hasta que la radio cambió de tono.
Oí un grito que llegó desde el patio, no del teléfono.
Inés se volvió.
Una figura salió por detrás de la casa y se perdió hacia el agua.
Después otra.
Me levanté dentro del coche sin darme cuenta, golpeando las rodillas contra el asiento delantero. Inés alzó una mano, ordenándome que me quedara, y echó a correr hacia el acceso.
La puerta quedó abierta.
Desde donde estaba no podía ver el embarcadero. Solo las ramas, el borde de una pared, una luz que se movía demasiado deprisa.
Me agarré al marco de la puerta.
Alguien gritó que se detuvieran.
Entonces llegó un crujido largo, de madera partiéndose bajo un peso.
Y después el agua.