La última noche que te vi Capítulo 29
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Capítulo 29

Lo que falta

No contesté a Mateo hasta terminar de hablar con Inés.

La inspectora me pidió que le leyera el correo, aunque ya lo había recibido. Lo hice despacio. Tu marido sabe cómo encontrarme. Tengo lo que falta. Que no vuelva a hacer una estupidez.

—Si vuelve a llamar, puede escuchar —dijo—. No acuerde nada en nombre de nadie. Y si le propone una cita, me avisa antes de responder.

Miré la llamada perdida.

—¿Esteban?

Esta vez no tuvo que dejar la pregunta abierta.

—Lo hemos localizado. Está vivo. Se había desplazado con parte de su familia a casa de un allegado. No debió cortar el contacto, pero lo importante ahora es que está con nosotros.

Me senté.

El alivio me llegó como una debilidad en las manos.

—¿Va a hablar?

—Ya está hablando.

Me tapé la boca con los dedos. No sabía qué podía esperar de aquella declaración sin empezar a construir otra historia con demasiados huecos.

Mateo volvió a llamar diez minutos después.

Contesté, puse el altavoz y dejé el teléfono sobre la mesa. Había avisado. Ya no estaba sola dentro de cada conversación que él elegía empezar.

—He recibido un mensaje —dije.

—Lo sé.

Su rapidez me hizo enderezarme.

—¿Quién es?

—Rubén.

La cicatriz de la ceja apareció en mi memoria con una claridad desagradable.

—¿Por qué me escribe a mí?

Mateo respiró.

—Porque no le he contestado. Quiere dinero.

—¿A cambio de qué?

—De contar lo que hizo Valdés. Tiene cosas. Una libreta. Grabaciones. No sé cuánto es verdad.

Me quedé mirando el sobre de la ampliación de Esteban.

—Entonces que hable con la policía.

—Tiene miedo.

La frase, dicha por Mateo, casi me hizo reír.

—Yo también.

No respondió.

—No voy a hacer de intermediaria —añadí—. Ni a entregarte nada que creas que sigo teniendo.

—No te estoy pidiendo eso.

Esperé.

Al otro lado sonó un claxon. Mateo estaba en la calle o junto a una ventana.

—Valdés va a dejarlo solo —dijo—. Está moviendo dinero. Vendiendo cosas. Si Rubén consigue irse, quizá no vuelva a hablar nadie de lo que ocurrió.

—Ya hay gente hablando.

—¿Quién?

Su tono se tensó.

Me quedé inmóvil. Aquello no podía responderlo.

—La policía sabe más que nosotros —dije.

Mateo se calló. Cuando volvió a hablar tenía una voz distinta, más suave.

—No quiero volver a equivocarme.

Miré la pantalla.

Durante años había esperado oír una frase así. Ahora tenía que preguntarme qué quería conseguir con ella.

—Pues no lo hagas —respondí—. Dale a Inés lo que tengas. Habla con tu abogado. No vayas a buscar a nadie por tu cuenta.

—¿Y ya está?

Me quedé mirándolo sin poder verlo.

—No, Mateo. Ya está no. Quedan muchas cosas. Pero esa sí puedes hacerla hoy.

Colgó después de decir que lo pensaría.

Me quedé esperando a que la rabia llegara limpia. Llegó mezclada con pena. Había aprendido a hacerme sentir dura por pedirle lo mínimo.

Envié a Inés la conversación tal como me la había contado. La inspectora me llamó a mediodía. Habían conseguido hablar con la persona que se presentaba como Rubén. No había aceptado todavía acudir con un abogado ni formalizar una declaración. Estaban comprobando los datos del contacto.

—¿Mateo les ha llamado? —pregunté.

—Hemos hablado con él.

No me dijo más. Yo no insistí.

Por la tarde, el pueblo empezó a llenarse de coches que no solía ver.

No eran todos policías. Uno pertenecía a una periodista que entró en el bar de Celia y salió sin café y sin entrevista. Otro llevaba un remolque que venía a recoger una máquina del local de al lado. Descubrí cuánto miedo podía inventar una mirada cansada y tuve que obligarme a distinguirlos.

A las cinco vi a Ortega cruzar la plaza con una carpeta. No se acercó a mi taller.

Media hora después, una noticia local habló de registros en varias sociedades vinculadas a Tomás Valdés. La leí sin abrir los comentarios.

Llamé a Nicolás.

Él ya la había visto.

—No vayas allí —dije, antes de que pudiera preguntarme cómo estaba.

Hubo una pausa.

—No iba a ir.

Me llevé una mano a la frente.

—Perdona.

—No pasa nada. Entiendo por qué lo dices.

Me senté detrás del mostrador.

—No quiero convertirme en alguien que te vigila.

Nicolás respiró despacio.

—Pregúntame, entonces. No adivines.

Asentí aunque no pudiera verme.

—¿Dónde estás?

—En la nave. Estoy terminando una puerta. Después voy a casa de mi madre a llevarle unas cosas. Puedo llamarte al salir.

Lo escuché enumerar un día corriente con una paciencia que no me merecía más que cualquier otra persona.

—No hace falta que me informes de todo.

—Hoy no me cuesta.

Cerré los ojos.

—Te quiero —dije.

La frase salió antes de que yo decidiera si aquel era el mejor momento. No parecía una revelación. Parecía algo que llevaba mucho tiempo intentando pronunciar sin deberle nada a nadie.

Nicolás se quedó callado.

Oí un golpe suave, como si hubiera dejado una herramienta sobre la mesa.

—Yo también te quiero —respondió.

No añadió desde cuándo. Me alegré.

Nos quedamos unos segundos al teléfono, escuchando la respiración del otro.

Después le dije que terminara la puerta.

A las ocho y media cerré el taller. Julia me esperaba en la plaza. Íbamos a cenar en mi casa, una manera deliberada de sostener algo normal mientras los coches de fuera seguían pasando.

Al subir, encontré un mensaje de Leonor.

«Mateo no me contesta. Me ha pedido esta mañana que le ingresara dinero. Le he dicho que no. ¿Sabes dónde está?».

Me detuve con una mano sobre la barandilla.

La llamé. No contestó. Le escribí que avisara a la inspectora y que yo haría lo mismo.

Julia me miraba desde abajo.

—¿Qué pasa?

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.

Era de Mateo.

«Voy a arreglarlo. Esta vez sí».

Llamé a Inés sin entrar en casa.