Capítulo 28
La ausencia de otro hombre
El lunes, Esteban no acudió a ampliar la declaración que había prestado el viernes.
Lo supe al mediodía, cuando Inés me preguntó si había vuelto al taller o se había puesto en contacto conmigo. Dije que no.
—¿Ha pasado algo?
—Estamos localizándolo.
La frase me vació las manos.
Miré la ampliación que tenía preparada dentro de un sobre. La niña y el perro estaban más grandes, pero seguían pareciendo protegidos por el borde del papel.
—El viernes me dijo que estaban siguiendo a su hija.
—Lo sabemos. Se están comprobando las circunstancias de la familia.
No podía decirme más. No le pedí que lo hiciera.
Llamé a Julia y le conté solo que la policía buscaba a una persona que había venido a verme. Ella salió de trabajar antes y se sentó en el taller con su portátil.
—No hace falta que hagas guardia —dije.
—Estoy haciendo nóminas. Si me lo agradeces, voy a cobrarte.
La dejé quedarse.
A las cuatro llamó Eva.
No empezó preguntando cómo estaba.
—Han ido al colegio de Lucía.
Me levanté tan deprisa que golpeé la mesa con una rodilla.
—¿Quién?
—Un hombre. Llevaba una autorización impresa para recogerla. Decía que yo estaba en urgencias.
Julia dejó el ordenador.
—¿Está contigo?
—Sí. No se la han llevado. La profesora me ha llamado al ver que no estaba entre las personas autorizadas. Le han dicho que esperara y se ha ido.
Me apoyé en el mostrador.
Eva respiraba demasiado deprisa.
—He llamado a la inspectora. Me ha dicho que no vayamos a casa por ahora. Nos va a recoger alguien.
—Hazle caso.
La frase me salió seca. Intenté suavizarla.
—¿Quieres que me quede al teléfono?
Oí a Lucía preguntar algo desde lejos. Eva cubrió el micrófono un momento.
—Dice que si has terminado de mirar sus dibujos —respondió al volver.
Me quedé inmóvil.
La niña había fotografiado dos con el móvil de su madre para mandármelos después de la merienda. Yo le había dicho que podía enseñarle a escanearlos sin que se notaran los pliegues.
—Dile que el del perro es mi favorito.
Eva soltó una risa rota.
—Gracias.
Hablamos hasta que llegó el coche que esperaba. Antes de colgar me pidió que no llamara a su prima para preguntar por ellas. Le dije que no lo haría.
Después me quedé de pie en medio del taller.
Julia se acercó y me rodeó con los brazos. No me preguntó si estaba temblando. Lo notó.
—¿Quieres cerrar?
Negué por costumbre.
Luego dije que sí.
Mi hermana bajó la persiana. Yo llamé a los clientes que tenían una entrega aquella tarde y les propuse otra hora. A uno le molestó. Me sorprendió lo poco que me importó.
La inspectora pasó a vernos a las seis.
Me pidió que no publicara nada sobre las dos situaciones y que anotara cualquier contacto, incluso si parecía absurdo. Tendría un número operativo para llamar si ocurría algo fuera de horario. También quería que le avisara si alguien preguntaba por las fotografías o las cajas de Mateo.
—¿Me están vigilando? —pregunté.
Inés me miró con franqueza.
—No podemos descartarlo. Y no voy a pedirle que lo adivine. Vamos a tomar medidas y usted no se va a poner a comprobar por su cuenta quién puede ser.
Asentí.
—¿Esteban está vivo?
La inspectora cerró los ojos un instante, muy breve.
—Todavía no tengo una respuesta que darle.
Me senté.
Nicolás llegó cuando ella ya estaba en la calle. Lo vi a través del cristal del portal de mi hermana. No entró hasta que Julia abrió.
—Mi madre se queda esta noche con mi hermana —dijo—. Yo puedo quedarme abajo, en el sofá, si os parece bien.
Miré a Julia. Ella levantó las cejas.
—El sofá es mío. Negociadlo vosotros.
Cenamos los tres. Nadie tenía hambre, pero Julia había hecho tortilla y no quería repetir el desastre de la primera noche. Salió bien. Lo celebramos con un entusiasmo desproporcionado que nos permitió reírnos un poco.
Más tarde me quedé con Nicolás en el balcón, detrás del cristal. La calle estaba casi vacía.
—No quiero que vengas solo porque alguien te haya dicho que me puede pasar algo —dije.
Él se volvió hacia mí.
—No me lo ha dicho nadie. Me has llamado tú.
Era verdad. Lo había hecho después de hablar con Eva, sin acordarme ahora de la llamada.
Apoyé la frente en su pecho.
Nicolás me rodeó sin apretarme demasiado.
—Si te da miedo que esto sea otra vez lo mismo, dímelo —murmuró.
—Ya te lo estoy diciendo.
Me besó el pelo.
Nos quedamos así hasta que Julia nos llamó porque había empezado una película que llevaba veinte minutos escogiendo.
El martes por la mañana, mi teléfono estaba lleno de avisos normales: publicidad, un recordatorio de una cita, la entrega de un paquete.
Entre ellos había un correo desde una cuenta nueva.
«Tu marido sabe cómo encontrarme. Tengo lo que falta. Que no vuelva a hacer una estupidez».
No había firma.
Leí la frase una sola vez antes de enviarla a Inés.
Después marqué el número de Inés. Antes de que contestara apareció una segunda llamada en la pantalla.
Era Mateo.