La última noche que te vi Capítulo 27
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Capítulo 27

El hombre del sobre blanco

El hombre que vino a verme el viernes llevaba una fotografía que no necesitaba arreglo.

Era una copia reciente, impresa en un kiosco. Una niña de unos doce años sonreía con un perro entre los brazos. El fondo estaba desenfocado de verdad, no por un defecto que yo pudiera corregir.

La puso sobre el mostrador y se quedó mirándola.

—¿Qué quiere que haga? —pregunté.

Él se frotó el labio superior.

Tendría cincuenta y pocos años. La chaqueta le quedaba corta en las muñecas y llevaba las manos tan limpias que parecían recién lavadas en algún sitio donde no había podido secarlas bien.

—Ampliarla.

—¿A qué tamaño?

Me miró como si no hubiera previsto una pregunta técnica.

Señalé las muestras.

El hombre eligió una al azar.

No le di precio.

—¿Cómo se llama?

—Esteban.

Esperé el apellido. No llegó.

En la calle sonaron unas risas. Él volvió la cabeza demasiado deprisa.

Me aparté un poco del mostrador, manteniendo el teléfono a la vista.

—Si necesita hablar de otra cosa, puede decirlo.

El hombre volvió hacia mí.

—Yo conducía para Valdés.

Sentí el cuerpo entero prepararse para algo sin saber qué.

No cerré la puerta. No me acerqué.

—¿Ha hablado con la inspectora?

—Vinieron ayer. Preguntaron por unos pagos. Tengo que ir el lunes.

Miró la fotografía.

—Mi abogado dice que diga lo que sé. Pero él no tiene una hija a la que lleven siguiendo tres días.

Cogí el teléfono.

—Voy a llamar a Inés.

El hombre levantó una mano.

—Espere.

No guardé el móvil.

Esteban se quedó mirándolo.

—No he venido a hacerle daño.

—No he dicho que lo haya hecho.

Su mano cayó despacio.

—Yo vi el coche —dijo.

No pregunté cuál. Había demasiados coches posibles en aquella historia, pero supe a cuál se refería por la forma en que miró la puerta del taller.

—Espere aquí —respondí—. Voy a llamar para que venga alguien que pueda escucharlo como corresponde.

Marqué delante de él. Inés contestó enseguida. Le dije el nombre, el trabajo y las palabras exactas que acababa de oír. La inspectora me pidió que le pasara el teléfono si él aceptaba.

Esteban miró la imagen de la niña.

Luego lo cogió.

Se fue hacia una esquina sin que yo tuviera que indicárselo. Habló muy bajo. No traté de escuchar.

Al devolverme el móvil, parecía más viejo.

—Van a venir —dijo.

Asentí.

Le ofrecí agua. La aceptó. Sus dedos dejaron una marca húmeda sobre el vaso de papel.

Esperamos en silencio.

Yo tenía una foto abierta en la pantalla. Una pareja en una feria, tomada antes de que existieran las imágenes perfectas. El hombre sujetaba una bolsa de churros. La mujer miraba hacia otro lado. Esteban la observó durante unos segundos.

—Mi mujer no sabe nada —dijo.

No contesté.

—Piensa que trabajo demasiado porque quiero pagar la hipoteca antes.

Miró la fotografía de su hija.

—El primer dinero me lo dieron por llevar una furgoneta. No pregunté qué había dentro. Después me pidieron otros viajes. Siempre había una explicación. Que no querían molestar a los vecinos. Que una obra iba con retraso. Que los materiales tenían que salir antes de una inspección.

Mantuve las manos quietas.

—Eso debe contárselo a ellos.

Él asintió, pero siguió mirando la pantalla.

—Aquella noche me llamaron para ir a la casa de Rivas. Ya estaba en la cama.

Sentí el pulso en el cuello.

No hice ninguna pregunta.

—Vi su coche salir del acceso de atrás. Después Rubén me dijo que me pusiera al volante. Que solo tenía que llevarlo hasta la rampa.

Se interrumpió.

Oí los pasos de alguien en la calle. No eran los agentes. Una clienta se acercó al escaparate y yo le hice un gesto para que esperara. Me miró sorprendida y siguió andando.

Esteban tenía los ojos en el vaso.

—Había alguien dentro.

La frase me dejó sin postura.

Me apoyé en el respaldo de una silla. No quería sentarme porque temía que él se sintiera autorizado a seguir contándome cosas que yo no sabría sostener sin convertirlas en preguntas.

—Van a llegar enseguida —dije.

Asintió.

No volvió a hablar hasta que entraron Ortega y una compañera.

Los recibió de pie. Al principio pareció que iba a cambiar de idea.

Ortega no lo tocó. Se presentó y le explicó que recogerían su primera declaración con su abogado, sin esperar al lunes.

Después revisarían los documentos que se había comprometido a aportar.

Le pidió que llevara el teléfono y lo que tuviera consigo.

Esteban recogió la fotografía de su hija.

Antes de salir se volvió hacia mí.

—¿Puede hacer la copia de todos modos?

Le dije que sí.

Me dejó el sobre blanco.

Cuando se marcharon, me senté en el suelo detrás del mostrador. No había planeado hacerlo. Las piernas se doblaron y encontré allí el único sitio donde no tenía que parecer una persona atendiendo un negocio.

Llamé a Nicolás.

No le conté lo que Esteban había dicho. Le dije que había venido un testigo, que estaba con la policía y que yo necesitaba escuchar su voz un minuto.

—Estoy saliendo —respondió.

—No hace falta que vengas.

Se quedó callado un momento.

—¿Quieres que vaya?

Miré el marco vacío que aún conservaba detrás de la impresora.

—Sí.

Llegó veinte minutos después. Cerré el taller, avisé a Inés de que podía localizarme y salimos a caminar por la plaza.

Nicolás no me preguntó qué sabía el hombre. Yo no tuve que decidir cuánto podía darle.

Nos sentamos junto a la fuente. Un grupo de adolescentes discutía al otro lado sobre una canción que ninguno quería quitar.

—Hoy ha pasado algo importante —dije.

Nicolás me cogió la mano.

—Entonces vamos a dejar que sea importante sin resolverlo nosotros esta noche.

Apoyé la cabeza en su hombro.

Volvimos a mi casa cuando empezó a llover. Hice sopa, demasiado líquida, y él no se atrevió a decirlo hasta que yo le pregunté si quería una pajita.

Cenamos riéndonos un poco.

Al despedirse, me besó junto a la escalera. Yo lo sujeté por la chaqueta.

—Puedes quedarte.

Miró hacia el piso de arriba y después a mí.

Entendí lo que estaba preguntando sin decirlo.

—La habitación ya es mía —respondí.

Nicolás me besó otra vez, despacio. Dejé que la puerta se cerrara detrás de él.

Aquella noche no hablamos del hombre del sobre blanco. Guardé su fotografía en un cajón del taller y la mía en un lugar donde podía descansar.