La última noche que te vi Capítulo 26
74%

Capítulo 26

El papel pegado

Andrés Arce me llamó el lunes siguiente para disculparse por segunda vez.

Yo estaba terminando una digitalización larga. Había puesto un temporizador para no olvidarme de levantarme y estirar la espalda. Sonó mientras hablábamos y tuve que explicarle que no era una alarma de nada importante.

—La policía ha recogido los encargos que conservábamos de Mateo —dijo—.

Y los de Daniel. Mi padre guardaba los negativos a algunos clientes para hacer copias después.

Daniel prefería dejarlos aquí antes que llevarlos en la furgoneta.

Algunos sobres no tenían nombre completo.

Mi padre tenía una manera muy suya de apuntar las cosas.

Miré hacia el montón de sobres que yo numeraba con tanto orgullo.

—Todos tenemos una.

Andrés se rio sin ganas.

—Mi madre quería que supieras que no intentaba encubrir a nadie. Mateo vino una vez a recoger unas copias con Eva. Dijo que eran familia. Después, cuando desapareció, ella lo reconoció en las noticias y ya no supo qué pensar.

Imaginé a la mujer detrás del mostrador, recordando una cara y eligiendo el silencio porque no sabía qué consecuencias podía tener decir que sí.

—Dile que lo entiendo —respondí.

No dije que me pareciera bien. Andrés tampoco lo pidió.

—Hay una cosa que quizá tú sepas —añadió—. Una de las copias que nos enseñaron tiene papel de otra tanda pegado detrás. No hemos podido identificarla por el sello porque está cortado.

Me incorporé.

—¿Pegado cómo?

—Por humedad, parece. No quieren separarlo sin saber qué es. He dado el nombre del laboratorio que usábamos entonces.

Asentí antes de recordar que él no podía verme.

—Eso es lo correcto.

Colgamos. Un minuto después llamé a Inés, no para pedir que me llevara las fotografías, sino para decirle qué tipo de papel utilizaba aquel laboratorio.

Había trabajado con él durante años. Algunas hojas de contactos salían en un material más fino que las copias normales.

Si se almacenaban húmedas, se adherían por la capa brillante.

La inspectora me pidió que le enviara por escrito lo que sabía. Lo hice. No toqué ningún original.

Dos días después me enseñó una imagen digital del reverso parcialmente separado.

—Solo quiero saber si ese formato le resulta familiar —dijo.

Estábamos en la misma sala donde había escuchado la voz de Mateo. La mesa me pareció más pequeña.

La imagen mostraba dos fotogramas y parte de un tercero. No eran escenas familiares. Eran hojas escritas, fotografiadas desde arriba. En un borde había un dedo y la esquina de una herramienta metálica.

Miré el marco negro, los números y la separación entre las imágenes.

—Es una hoja de contactos de película de treinta y cinco milímetros. Está recortada. Lo que hay aquí es una reproducción en papel de una parte del carrete.

—¿La copia visible por delante podría haber salido de la misma película?

Señalé el borde.

—Si conservan la tira original podrán verlo. Por este trozo no puedo asegurarlo.

Inés asintió. No me pidió que leyera lo que no se distinguía.

Me mostró la cara de delante.

Eva estaba sentada en la mesa, con la mano levantada para evitar la foto. La misma imagen de la caja.

Pensé en la cámara de Augusto. En los sobres que no contenían a Eva. En los encargos de Daniel que su familia no había recogido.

—¿La hizo Daniel? —pregunté.

—Estamos relacionando los negativos con el encargo. Las anotaciones del laboratorio pueden ayudar.

Había algo en la foto que no había visto cuando solo podía mirar a la mujer.

Detrás de Eva, sobre la mesa, se distinguía un cuaderno abierto. Al dejar de mirar únicamente su cara, pude reconocer la misma disposición de columnas que aparecía en la hoja de contactos.

—Esto no es una ampliación —dije—. Es parte de lo que ya había en la imagen. Si el negativo está bien conservado tendrán más información que en esta copia.

—Lo estamos examinando.

Me recosté en la silla.

No iba a ser yo quien encontrara un nombre secreto ampliando un punto de luz. Mi trabajo servía para decir dónde mirar y dónde dejar de inventar. Me bastó.

Antes de marcharme pregunté por la fotografía que habían robado del taller.

Inés juntó las manos.

—No la hemos recuperado. Pero las imágenes que entregó de aquella tarde nos han permitido contrastar unas facturas. La obra de la casa no constaba como obra de la casa.

La miré.

—Constaba en otro lugar.

La inspectora no respondió de inmediato. Yo supe que había llegado a lo que podía decirme.

—No voy a preguntarle más —añadí.

Ella casi sonrió.

En el aparcamiento llamé a Nicolás.

No contestó. Unos minutos después llegó un mensaje: «Estoy montando una encimera. Si contesto ahora, se nos cae. Te llamo al acabar».

Volví al taller.

Tenía una entrega esperando: un sobre de Andrés con copias de las fotografías antiguas de la familia Rivas que yo había solicitado para ordenar los archivos de Augusto. No contenía pruebas nuevas. Era un encargo normal, hecho después de que la policía retirara lo que necesitaba.

Al revisar las imágenes encontré a Mateo de adolescente, con el pelo sobre los ojos y una risa que todavía no había aprendido a utilizar para evitar preguntas.

Me senté.

No lo había conocido entonces. Tampoco podía asegurar que hubiera conocido bien al hombre con quien me casé. Entre ambas cosas había un espacio que no iba a rellenar con una explicación fácil.

Guardé las fotografías en un sobre y escribí el nombre de Leonor.

Se las llevaría cuando pudiera mirarla sin esperar que defendiera a su hermano.

A las siete volvió a llamar Nicolás.

—La encimera está viva —dijo.

—Me alegro.

—Yo también. ¿Cómo ha ido?

Le conté lo que podía, y después hablé de un cliente que quería borrar una antena de una imagen de 1920. Nicolás me preguntó si la antena era de 1920. Le dije que era un arañazo.

Se rio.

Me quedé escuchándolo un segundo más.

Había empezado a recuperar cosas que no necesitaban esperar al final de la investigación.