Capítulo 25
Las cuentas de los demás
La llamada de madrugada era de Mateo.
Lo supe cuando repitió el intento dos días después, a una hora en que la gente podía hablar sin convertir el timbre en una amenaza. Contesté en el taller, con el altavoz activado y la puerta abierta. Había avisado a Inés de que volvería a intentarlo si aparecía el mismo número.
—¿Por qué llamaste a las cinco de la mañana? —pregunté.
—No podía dormir.
Miré los sobres de los clientes.
—Yo sí.
Mateo se quedó callado.
—Quería saber cómo estabas.
—¿Eso era lo que te urgía?
No respondió enseguida.
En la plaza alguien arrastró una mesa. Me agarré a ese ruido para no empezar a mirar alrededor del local como si él pudiera verme desde alguna ventana.
—Han encontrado documentos de mi padre en un sitio donde no deberían estar —dijo al fin—. Necesito saber qué guardaste tú.
—Lo que he encontrado lo he entregado.
—No todo es de la empresa. Hay papeles personales. Cosas de familia.
Me apoyé contra la mesa.
—Si necesitas algo, pídelo por medio de tu abogado.
—No tienes que hablarme así.
Apreté los dedos contra el canto de madera.
—¿Cómo quieres que te hable?
Mateo respiró de aquella manera que había llegado a odiar, por la nariz, como si la conversación lo estuviera decepcionando.
—No todo lo que hice fue contra ti.
Me quedé quieta.
Había tenido razón en algunas cosas. Ayudó a abrir el taller. Cuidó a mi padre una noche en que yo no podía. Supo hacerme reír cuando estaba tan triste que me dolía comer. No necesitaba borrar nada para decirle que aquello había terminado.
—Lo que hiciste por mí no te daba derecho a decidir qué podía saber.
Al otro lado se oyó una puerta.
—¿Estás con Nicolás?
Me alejé del teléfono como si pudiera sentir su mano.
No respondí.
—Clara.
—Esta conversación se acaba aquí.
Colgué.
No esperé a ver si volvía a llamar. Envié a Inés la hora y un resumen. Después me lavé las manos aunque no había tocado nada sucio.
Al salir del baño tenía un correo de mi gestor pidiéndome dos facturas. Las busqué, se las envié y corregí el nombre de una carpeta. Agradecí que el dinero pudiera ser también una tarea aburrida y no una amenaza.
Por la tarde, Eva me llamó para preguntar si podía recomendarle alguien que revisara sus documentos laborales. La ayudé a encontrar un contacto que me dio mi gestor. No le pedí que me explicara lo que había declarado.
Ella habló de todos modos de una parte que no era secreta: de sí misma.
—Al principio eran errores —dijo—. Una obra facturada dos veces. Un pago que no encajaba. Pensé que si lo señalaba me agradecerían haberlo visto.
La escuché mientras cerraba sobres.
—Después me dijeron que no conocía todas las sociedades. Que no entendía cómo se distribuían los gastos. Había cosas legales, otras que parecían legales y otras que solo necesitaban mi firma para pasar al siguiente cajón.
—¿Firmaste?
—Sí.
Lo dijo sin protegerse.
—No todo. Pero sí algunas cosas. Necesitaba el sueldo. Lucía era pequeña. Su padre ya no estaba con nosotras y yo me había convencido de que preguntar era suficiente para demostrar que no quería hacer nada malo.
Puse el sobre sobre la mesa.
Me sorprendió no sentir el deseo de absolverla. Podía escucharla sin convertirla en inocente o culpable de todo.
—¿Cuándo cambió? —pregunté.
Eva tardó en responder.
—Vino una mujer mayor. Su casa aparecía como rehabilitada. Ella tenía una gotera encima de la cama y una carta reclamándole un pago que no entendía. Le habían dicho que firmara para que la obra fuera más rápida. Yo tenía su firma archivada.
Miré las fotografías de mis clientes: casas, bodas, hijos, lugares donde la gente había dejado entrar a otras personas porque parecían saber lo que hacían.
—La mujer se puso a llorar —continuó Eva—. No por el dinero. Porque no encontraba a quién preguntarle. Todo el mundo la mandaba a otra oficina. Yo era la siguiente.
Cerré los ojos.
—¿Qué hiciste?
—La senté. Le di agua. Y busqué su expediente cuando se marchó.
No hablamos durante unos segundos.
—No te lo cuento para que pienses que fui valiente —añadió—. Si hubiera sido valiente antes, quizá no habría llegado hasta allí.
—No sé si sirve de mucho repartir la valentía hacia atrás.
Eva soltó una risa breve.
—A mí no me está funcionando.
Al colgar, me quedé mirando la plaza.
Había pasado semanas pensando en mi cuenta vacía como si aquella cifra resumiera el daño. Veintitrés mil seiscientos euros. Una cantidad con la que podíamos haber arreglado la casa o viajado o hecho cualquier cosa que decidiéramos los dos.
También había otra gente contando dinero delante de una gotera.
Abrí los archivos de la tarde del embalse. No para buscar una matrícula imposible ni una sombra que pudiera convertirse en un culpable. Quería revisar lo que había fotografiado sin el recorte que había elegido entonces.
Había una imagen de la cocina con una caja de cereales. Otra de la higuera. En una esquina, junto a la puerta del cobertizo, se veían sacos de obra con un logotipo azul.
La casa estaba vacía, había dicho Mateo.
Sin embargo, alguien la arreglaba.
Le envié a Inés el número de archivo, no una versión ampliada inventada. Le señalé los sacos y la fecha.
La respuesta llegó una hora después.
«¿Puede confirmar cuándo adquirió la cámara? Necesitaremos relacionar su fecha interna con otros archivos de ese periodo».
Busqué la factura. También encontré una foto del periódico de aquel día sobre la mesa de un bar. La había tomado al probar el enfoque. Se veía la fecha.
Lo envié todo y seguí trabajando, sin saber aún si serviría.