Capítulo 24
La luz del pasillo
El miércoles, antes de ir a cenar, supe que Mateo no estaba en prisión.
Inés me llamó por la tarde. Había prestado declaración, su situación seguía bajo investigación y tenía obligaciones que debía cumplir. No iba a desaparecer otra vez sin que aquello tuviera consecuencias distintas.
—¿Puede venir a mi casa? —pregunté.
La inspectora no me respondió con una garantía que no podía darme.
—Él sabe que usted no desea contacto sin acordarlo. Si aparece, no le abra y avise. Y si recibe una llamada, dígamelo.
Colgué con la sensación de que alguien había movido una silla detrás de mí.
Estuve a punto de cancelar la cena.
Me senté en el borde de la cama, vestida, con los pendientes sobre la colcha. No quería ir a casa de Nicolás para usar su cuerpo como una puerta que se cerrara delante de Mateo. Tampoco quería renunciar a ir por miedo a no entenderme lo bastante.
Lo llamé.
—Me han dicho que Mateo está fuera —dije.
Hubo una pausa.
—¿Quieres que vaya?
—No. Quiero ir yo. Pero necesitaba decírtelo antes.
Nicolás guardó silencio unos segundos.
—Te espero —respondió.
Su casa era un piso pequeño encima del taller, con una entrada independiente. Había dejado la luz del pasillo encendida. En la cocina olía a cebolla y a pan tostado.
La cena no estaba comprada.
—Me has mentido sobre tus capacidades —dije, mirando la cazuela.
Él levantó las manos.
—Eso es grave. Lo sé.
Me reí antes de que la broma pudiera doler.
Había puesto dos platos distintos. Uno tenía una muesca y el otro un dibujo de hojas. Sobre la mesa había una botella de agua y vino sin abrir.
—No sabía qué te apetecería.
—Agua, de momento.
Asintió y no preguntó nada sobre Mateo hasta que yo hablé de él.
Cenamos despacio. Le conté la llamada de Inés y lo que me había hecho sentir. Nicolás escuchó sin ofrecer su casa como una solución ni su enfado como un refugio.
—¿Tú estás bien con esto? —pregunté.
Dejó el tenedor.
—No. Hay días en que lo que más quiero es que alguien me diga exactamente quién le hizo qué a Daniel. Para dejar de ponerle cara a cada posibilidad.
Me miró.
—Pero no quiero que vengas aquí a defender a Mateo de lo que yo siento.
—No he venido a eso.
—Ya lo sé.
Seguí comiendo. La cebolla estaba muy dulce, el pan demasiado tostado. Me gustó el plato que tenía una muesca. Era más cómodo de sujetar.
Después lavamos juntos. Al pasar detrás de mí, Nicolás apoyó una mano en mi cintura para que supiera dónde estaba. Me quedé quieta.
Él también.
Cerré el grifo.
Me volví y lo besé, con las manos todavía mojadas. Su camiseta se enfrió bajo mis dedos. Nicolás dejó el paño a un lado y me acercó hasta que no quedó espacio entre los dos.
Había una prisa nueva, distinta de la del paseo. Yo sabía dónde tenía las manos, sabía que estaba en su casa y que podía marcharme. Querer quedarme me hizo temblar más que el miedo.
Él me besó junto a la mandíbula, volvió a mi boca y esperó cuando yo me aparté para respirar.
—Quiero estar aquí —dije.
Me miró a los ojos.
—Yo quiero que estés.
Me reí muy bajo porque las palabras parecían torpes al lado de lo que nos ocurría. Le cogí la mano y lo llevé fuera de la cocina.
En el pasillo se detuvo para besarme de nuevo. Yo apoyé la espalda en la pared y lo acerqué por la nuca. Su respiración me rozaba la piel y sentí que podía quedarme allí mucho tiempo, sin apresurar nada, sin ir a ninguna parte que no hubiera elegido.
Cuando llegamos al dormitorio, Nicolás buscó el interruptor.
Le sujeté la mano.
—Deja esa luz.
La lámpara del pasillo dibujaba una franja sobre el suelo. Él asintió.
Cerré la puerta hasta la mitad.
Más tarde nos quedamos despiertos, hablando muy bajo bajo la misma manta. La ventana dejaba entrar el ruido de algún camión que pasaba por la carretera. Yo tenía una pierna fuera porque la habitación estaba demasiado caliente.
Nicolás me apartó el pelo de la frente.
—¿Te arrepientes de algo? —preguntó.
Lo miré.
—Del pan. Estaba quemado.
Se rio y me besó el hombro.
No me pidió una promesa. Yo no le hice ninguna. Me dormí con una mano sobre su pecho, aprendiendo un ritmo que no tenía que justificarme.
A las seis y media me despertó el olor a café.
Durante un segundo no supe dónde estaba. Reconocí la puerta entornada, la silla con mi ropa, una marca de humedad sobre la ventana. El cuerpo no se me encogió al recordar.
Nicolás apareció con dos tazas.
—La tostada de hoy está vigilada —dijo.
Me incorporé.
En la mesilla estaba mi teléfono. Tenía una llamada perdida de un número desconocido, hecha a las cinco y trece.
Lo miré demasiado tiempo.
Nicolás dejó las tazas sobre la cómoda.
—¿Qué pasa?
Le enseñé la pantalla.
No apartó la vista ni fingió que no le importaba.
—Podemos desayunar antes de decidir nada —dijo.
Agradecí que utilizara el plural para la tostada, no para mi teléfono.
Le envié a Inés la captura. Después lo dejé boca abajo.
Desayuné sentada en la cama, con una taza caliente entre las manos y Nicolás a mi lado.
La llamada podía esperar veinte minutos.