Capítulo 23
La distancia hasta el agua
Nicolás llegó con dos cafés que se enfriaron antes de que termináramos de beberlos.
Se había puesto un jersey azul y una chaqueta demasiado fina para la playa. Al verme descalza miró mis pies y después la orilla.
—¿En serio?
—Ya he salido.
Me ofreció un vaso.
Nos sentamos sobre un muro bajo, con el mar delante y el aparcamiento detrás. No había nadie cerca. Más lejos, un hombre lanzaba una pelota a un perro que siempre regresaba por un sitio distinto.
Nicolás apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Mi madre ha dicho que te dé las gracias otra vez. Yo le he explicado que me has prohibido hacerlo.
—Puedes decirle que la prohibición solo te afecta a ti.
Sonrió.
El viento me metió pelo en la boca. Nicolás lo apartó con una mano y dejó los dedos un momento junto a mi oreja.
—¿Cómo ha ido con Eva?
Le conté la merienda, el dibujo y lo del perro. No repetí lo que Eva me había dicho en voz baja sobre la llamada. No porque se lo ocultara a él, sino porque empezaba a distinguir lo que me pertenecía de lo que otra persona me había confiado.
Nicolás escuchó mirando el agua.
—Daniel hablaba de una niña —dijo—. Decía que aprendía muy deprisa. Yo pensé que era hija de alguien de la empresa.
Se quedó callado.
—No le pregunté casi nada.
Conocía esa búsqueda. Si hubiera preguntado, si hubiera insistido, si hubiera sabido.
—No podías hacerle una declaración cada vez que tomabais café.
Asintió sin creérselo del todo.
El perro regresó con la pelota y se la dejó a su dueño un metro demasiado lejos. El hombre fue a buscarla. Era evidente que la discusión llevaba años.
—¿Siempre quisiste ser carpintero? —pregunté.
Nicolás me miró, sorprendido.
—No. Primero quería conducir excavadoras.
—Tiene sentido.
—Después autobuses, como mi padre. Luego trabajar en cualquier cosa que me permitiera no pedirle dinero a mi madre.
Bebió un sorbo de café e hizo una mueca.
—Empecé ayudando a un ebanista cuando terminé de estudiar. Me gustó que me dijera exactamente qué hacía mal.
Me reí.
—Qué raro debes de haberte sentido conmigo.
Él sonrió, pero no se quedó en la broma.
—Me ha costado entender que no puedo arreglar esto como un mueble. Cambiar una pieza y esperar que no se note.
Lo miré.
—Si no se nota, es peor.
Asintió.
Nos quedamos escuchando el mar.
Yo le conté cómo empecé con las fotografías.
Mi padre tenía una caja de diapositivas que nadie podía proyectar porque se había roto el aparato.
Al enfermar, me pidió verlas. Aprendí a digitalizarlas para él, con un escáner prestado y mucha torpeza.
Después descubrí que la gente pagaba por recuperar cosas a las que yo podía dedicar horas sin mirar el reloj.
—Mateo me ayudó a abrir el local —dije.
La frase quedó entre nosotros.
—Lo sé.
—No quiero borrar todo eso.
Nicolás se volvió hacia mí.
—No tienes que hacerlo.
Miré mis manos alrededor del vaso.
Había temido que amar a otro hombre me obligara a fingir que mi matrimonio no había contenido nada bueno. Como si el presente necesitara ganar una discusión contra cada día del pasado.
—Con él me acostumbré a preguntar después —dije—. Dónde íbamos. Qué habíamos firmado. Cuánto costaba algo que ya había decidido comprar. Y cuando pasó todo, pensé que si hubiera preguntado antes…
Dejé la frase sin terminar.
Nicolás bajó el café al suelo.
—¿Y conmigo?
Lo miré a los ojos.
—Contigo me acostumbré a descansar.
Su cara se cerró un poco. No de enfado. Había entendido lo que aquello hacía con la mentira.
—Lo siento.
—Lo sé.
Era la primera vez que podía decirlo sin que sonara a final de conversación.
Me cogió la mano despacio. La dejó abierta sobre la suya para que yo pudiera retirarla. Cerré los dedos.
—No sé si voy a volver a tener miedo por algo que ya me has contado —dije.
—Probablemente sí.
Me reí sin alegría.
—Vaya una manera de convencerme.
—No quiero convencerte.
Le acaricié el dorso de la mano con el pulgar.
Pasamos allí hasta que el sol bajó detrás del aparcamiento. Nicolás se quitó al fin la chaqueta y la puso sobre mis piernas. Protesté porque él tenía frío. Dijo que mis pies parecían de otra persona.
Me calzó las zapatillas sin convertirlo en un gesto solemne. Se equivocó de pie con la primera y yo casi le tiré el café encima de la risa.
Después fuimos a cenar a un bar del paseo.
Hablamos de la semana siguiente. Él tenía que instalar una cocina. Yo esperaba un encargo de fotografías de un colegio antiguo. Cosas con fechas pequeñas, que podían ponerse en una agenda sin pedir una vida entera a cambio.
Al volver a los coches, Nicolás me besó junto a la puerta.
Esta vez no hubo timidez al principio. Lo acerqué por la cintura y me apoyé en él, notando el frío de su nariz contra mi mejilla. Su mano me recorrió la espalda por encima del abrigo, despacio, hasta quedarse en mi nuca.
Cuando me aparté, ninguno de los dos tenía prisa por dar el siguiente paso hacia su coche.
—El miércoles puedo hacer cena —dijo.
Levanté una ceja.
—¿Tú?
—Puedo calentar cosas de una manera bastante convincente.
—Entonces sí.
No me preguntó si hablábamos de comer o de algo más. Me besó otra vez y me dejó ir.
Aquella noche dormí en mi casa.
Antes de apagar la luz vi el hueco entre el armario y el techo. La habitación ya no parecía estar esperando a que alguien regresara para terminar una discusión.
Me tumbé de lado y puse el teléfono a cargar sobre la mesilla.
Por primera vez en mucho tiempo, la llamada que esperaba no era la de mi marido.