La última noche que te vi Capítulo 22
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Capítulo 22

Lo que una niña recuerda

Eva me llamó el sábado.

Yo estaba en el supermercado con una cesta que pesaba demasiado para las pocas cosas que contenía. Había comprado detergente porque era fácil elegirlo. Llevaba diez minutos sin decidir qué quería cenar.

Me aparté del pasillo.

—¿Puedes hablar? —preguntó.

Su voz me hizo mirar hacia las cajas, como si alguien pudiera escucharla desde el teléfono.

Le dije que sí.

—Sé que han encontrado a Mateo.

—Está con la policía.

—Lo sé. No voy a preguntarte qué ha dicho. Quería saber si estás bien.

Miré una hilera de tarros de tomate.

—No lo sé todavía.

Eva soltó aire despacio.

—Yo tampoco sabía cómo estar después de verlo.

Me quedé inmóvil.

—¿Lo has visto?

—Esta mañana. Me han llamado para una diligencia. No he hablado con él.

Lo imaginé entrando en una sala donde cada persona a la que había contado algo distinto iba a devolverle sus palabras. No me produjo satisfacción. Me produjo cansancio.

Eva me propuso tomar un café en un sitio tranquilo, si yo quería. Acordamos una cafetería cerca de la tienda de su primo, al día siguiente. Avisé a Inés de la cita. No le pregunté si podía tener amigas; le dije con quién iba a hablar para no convertir otra conversación en una pieza escondida.

La inspectora me recordó que no comparáramos declaraciones ni intentáramos completar juntas lo que faltaba. Lo entendí. Aun así, al dejar el teléfono me enfadó que alguien nos hubiera quitado hasta la posibilidad de hablar sin consecuencias.

Eva llegó con Lucía.

No estaba previsto. Me llamó antes, desde el coche, para decir que la persona que iba a quedarse con ella no podía y que lo dejáramos para otro día. Le respondí que podíamos merendar. No teníamos por qué hablar de Mateo.

La niña se acercó con una mochila sobre un hombro y la misma nariz pequeña de la fotografía. El pelo le caía por la espalda, mucho más largo. Llevaba las uñas pintadas de azul, una mano mejor que la otra.

—Soy Clara —dije.

—Ya lo sé.

Eva abrió la boca para corregirla, pero yo sonreí.

—Pues llevas ventaja.

Lucía me miró con atención. Después se sentó y pidió un zumo.

No hablamos de la casa ni del hombre que había llamado.

Hablamos del colegio, de una profesora que confundía los nombres y de si un perro podía aprender a abrir una nevera.

Lucía tenía una manera de razonar que empezaba por la conclusión y luego buscaba ejemplos.

Me cayó bien antes de que yo decidiera qué hacer con aquella simpatía.

Eva la observaba sin intervenir demasiado. De vez en cuando comprobaba el móvil.

Al levantarnos, la niña se quedó mirando mis dedos.

—Tienes tinta.

Me miré las manos. Había recargado una impresora y no conseguido limpiarme del todo.

—Es mi uniforme de trabajo.

Lucía se rio. Abrió la mochila para sacar una libreta y una hoja doblada cayó al suelo. Se agachó tan deprisa que chocó con la mesa.

—Es un dibujo —dijo Eva, ayudándola—. Se lo lleva a todas partes.

La niña alisó el papel. Era una casa de piedra con contraventanas azules, una higuera enorme y un perro que ocupaba casi todo el camino.

Me quedé callada.

Lucía lo notó.

—Vivimos allí una vez —dijo—. Pero yo era pequeña.

—Lo dibujas muy bien.

Miró el árbol.

—El perro era de la vecina. Mi madre no me dejó traerlo.

Eva sonrió con una tristeza que la niña no parecía ver.

—Porque el perro ya tenía casa.

Lucía dobló la hoja por las mismas marcas.

No añadió nada sobre Mateo. Yo tampoco pregunté.

Mientras esperábamos el coche, la niña se alejó dos metros para mirar un escaparate de material escolar. Eva se quedó a mi lado.

—Ha estado dibujando la casa desde que volví a hablar de aquello —dijo—. Le he preguntado si le daba miedo. Dice que no. Que allí aprendió a montar sin ruedines.

Miré las manos de Eva. La quemadura de la derecha se veía más pálida con el frío.

—¿La llamada…? —empecé.

Ella negó despacio.

—Lo estamos viendo con la inspectora. No quiero preguntarle cada día lo mismo hasta que diga lo que yo espero. La pobre ya cree que tiene que acordarse mejor.

Me callé.

Pensé en todos los adultos de aquella historia intentando hacer útiles los recuerdos de los demás.

Nos despedimos con un abrazo torpe. Lucía se subió al coche y me saludó desde dentro. Antes de arrancar, Eva bajó la ventanilla.

—El dinero que nos dio Mateo… Estoy buscando cómo devolverte una parte.

Negué.

—No te he pedido eso.

—Ya. Pero era tuyo también.

Apoyé una mano sobre la puerta sin acercarme demasiado a la niña.

—Primero averigüemos qué pasó con todo. Después hablamos del dinero.

Eva asintió. Pareció aliviada y avergonzada a la vez.

Volví a San Román por la carretera de la costa. Paré junto a una playa vacía y caminé hasta la orilla con los zapatos en la mano. El agua estaba demasiado fría para quedarme, pero metí los pies unos segundos.

Había en aquella casa más recuerdos que el mío y más cosas que una última noche.

Esa idea no la limpiaba. Me permitía verla entera.

Al regresar al coche tenía un mensaje de Nicolás.

«Mi madre ha puesto el retrato en el salón. Ha quitado el de la primera comunión de mi hermana. Se anuncia conflicto».

Me reí sola.

Le envié una fotografía del mar.

«He venido a probar si todavía existe».

Respondió enseguida.

«¿Y?».

«Está frío».

Tardó unos segundos.

«Si te quedas un rato, llego».

Miré la carretera, la luz de la tarde, mis pies llenos de arena.

Le envié la ubicación.