La última noche que te vi Capítulo 21
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Capítulo 21

El hombre que se fue

El café se había enfriado.

No sé por qué recuerdo ese detalle. Mateo seguía hablando y yo miraba la pequeña película de grasa sobre la superficie, un círculo pálido que se deshacía cuando movía la taza sin querer.

—Tenía miedo —dijo.

No levanté la cabeza.

—Todos lo teníais.

—Tú no sabes cómo fue.

Lo miré entonces.

Mateo retiró la mano que había acercado hacia la mía.

—Por eso estoy preguntando.

Se frotó la cicatriz junto a la boca. El gesto era nuevo. Me resultó casi insoportable que en algún momento, lejos de mí, hubiera tenido una herida que ahora sabía tocar sin pensar.

—Daniel cayó. Yo bajé dos escalones, pero Rubén se volvió hacia mí. Me golpeó. —Señaló la cicatriz—. No sé con qué. Me levanté y corrí hacia delante de la casa.

—¿Y dejaste el coche?

—Rubén tenía las llaves. Las había cogido de la mesa al entrar.

Permanecí callada.

—Me metí entre los árboles. Conocía el camino hasta la carretera. Pensé en ir a buscar ayuda, pero cuando llegué arriba los vi salir por el acceso del embarcadero. Llevaban mi coche. Y detrás, el suyo.

—¿Viste a Daniel?

—No. Solo las luces. Me escondí otra vez.

—¿Llamaste a una ambulancia?

Mateo me miró como si quisiera volver a contar el principio.

—No.

—¿A la policía?

—No.

Las dos respuestas quedaron entre nosotros, pequeñas y definitivas.

Durante años había pensado que mi peor frase era vete. La había repetido hasta quitarle cualquier matiz. Ahora escuchaba a mi marido y comprendía que él había tomado sus propias decisiones después de cerrar mi puerta.

—Llegué andando hasta una gasolinera —continuó—. Pagué a un camionero para que me acercara a la capital. Tenía efectivo. Me quedé en una pensión y empecé a pensar que volver era peor. Había papeles con mi firma. Me iban a implicar en todo.

—Estabas implicado.

Se quedó inmóvil.

—Yo no maté a nadie.

—No he dicho eso.

Mateo me miró por encima de su taza. La voz se le endureció antes de que pudiera ocultarlo.

—No puedes hacerte una idea con lo que te cuenten ellos.

—He oído tu grabación.

Vi cómo cambiaba de cara.

Aquel fue el primer momento en que dejé de buscar una señal de amor y empecé a observarlo como había observado a Valdés en mi taller.

—¿Qué grabación?

—La que guardaste en el depósito de tu padre.

Se echó hacia atrás.

—¿Han abierto eso?

No respondí. No necesitaba hacerlo.

Mateo miró la puerta, la barra, mi bolso.

—¿Estás grabando?

—No voy a contestarte eso.

—Clara, por favor.

Era el mismo por favor con el que me pidió que no llamara al banco aquella última noche. Su voz me encontró una parte antigua del cuerpo, una que todavía quería evitarle problemas para poder cenar tranquilos.

Me enderecé en la silla.

—Dijiste que yo tenía instrucciones.

Él dejó de mirar alrededor.

—Era una forma de mantenerte a salvo.

—No sabía nada. No tenía con qué defenderme de alguien que te creyera.

Mateo apoyó los codos en la mesa.

—Si pensaban que tú sabías dónde estaban las copias, no podían tocarte.

Lo miré sin hablar.

Él empezó a explicar algo más y se detuvo. Por primera vez pareció escuchar su propia lógica desde mi lado.

—Creí que funcionaría —dijo.

Pensé en los primeros meses sola. En el uniforme de los agentes en mi recibidor. En cada persona a la que abrí porque creía que podía traer una noticia.

—¿Y Nicolás? —pregunté.

Mateo bajó los ojos.

Sentí el golpe antes de que respondiera.

—Lo vi contigo. Después. En una foto de una actividad del pueblo. Comprendí que se había acercado.

—¿Le escribiste tú?

—Solo para advertirle de algunas cosas.

La cafetería perdió de pronto todos sus sonidos pequeños.

—¿Desde cuándo sabías que estaba en mi vida?

—Hace tiempo.

—Sabías que había ido al médico. Y lo de la caldera. ¿Cómo?

Mateo bajó la mirada hacia mi bolso.

—El calendario que compartíamos. Seguía teniendo acceso. A veces apuntabas citas allí.

Me quedé mirándolo. Había pasado años cambiando de sitio sus cosas sin pensar en aquella otra forma de seguir dentro de mi casa.

—¿Lo leías?

—Quería saber si estabas bien.

No respondió a lo que le había preguntado. Por una vez no necesité que lo intentara de nuevo.

Me levanté.

No fue una señal ensayada. Necesité estar de pie porque sentía que me faltaba aire. Fui hacia la barra y pedí agua aunque ya tenía un vaso sobre la mesa.

Mateo se levantó detrás de mí.

—No hagas esto.

Dos personas se acercaron antes de que él pudiera tocarme. Una mujer le habló en voz baja y le mostró algo con la mano. El hombre se colocó a su otro lado.

Mateo me miró.

No gritó. Aquello me dolió más de lo que esperaba. Solo pronunció mi nombre, una vez, como si aún pudiera hacerme sentir responsable de lo siguiente.

Yo sujeté el vaso.

La mujer le pidió que los acompañara. El camarero dejó de secar una copa. Alguien bajó el volumen de una conversación.

Inés llegó hasta mí cuando Mateo ya se alejaba entre los dos agentes.

—Míreme un momento.

Lo hice.

—¿Está herida? ¿Le ha tocado?

Negué.

La inspectora me condujo a una zona apartada. Me preguntó si necesitaba sentarme. Esta vez dije que sí.

Me temblaban tanto las piernas que me enfadé con ellas.

Desde allí no vi a Mateo salir. Vi su taza sobre la mesa, el sobre del azúcar abierto y una cucharilla colocada encima del plato con un orden que reconocí enseguida.

Había vuelto a encontrarlo.

No me había devuelto nada.

Volví a declarar aquella tarde. Repetí lo que había dicho, distinguí lo que yo sabía de lo que Mateo afirmaba y escuché la lectura antes de firmar.

La inspectora no me dejó salir con la idea de que yo había mandado a mi marido a la cárcel con una conversación.

Había diligencias, documentación y cuestiones que él debía responder ante otros. Su situación la decidirían después.

Asentí sin pedir pronósticos.

Julia vino a recogerme. No quise que condujera de noche tanto camino y protesté durante unos minutos. Ella me escuchó, metió mi bolso en el coche y me preguntó si necesitaba pasar por el baño.

A mitad de viaje paramos en un área de servicio. Había bocadillos envueltos en plástico y una máquina de café que no aceptaba monedas. Compré dos botellas de agua y unas galletas.

Nos sentamos dentro del coche.

—No es culpa tuya —dijo Julia.

La miré.

—No iba a decir eso.

—Lo sé. Pero yo lo llevaba esperando desde que me llamaste hace tres años.

Le cogí una mano. Tenía el pulgar manchado de tinta de la oficina.

—Se fue después de salir de casa —dije—. Podía haber hecho muchas cosas.

Mi hermana asintió. Se quedó mirándome sin intentar mejorar la frase.

Cuando llegamos, Nicolás esperaba junto a la puerta de mi taller. Lo había llamado yo antes de salir de Bilbao. Solo le dije que había visto a Mateo, que la policía lo tenía y que quería contarle en persona lo que afectaba a su hermano.

Me bajé del coche.

Nicolás no se acercó enseguida.

—¿Lo has visto? —preguntó.

Asentí.

—¿Qué ha dicho de Daniel?

Miré a Julia. Mi hermana se quedó junto al coche.

Abrí el taller. Encendí la lámpara grande y señalé las sillas, pero Nicolás permaneció de pie.

Le conté lo que había oído. Sin ahorrarle la llamada de auxilio. Sin convertir las palabras de Mateo en una certeza que aún necesitaba pruebas.

Cuando terminé, él estaba mirando el suelo.

—Dice que lo dejó allí —repitió.

—Sí.

Nicolás se acercó a la puerta. Pensé que iba a marcharse. En cambio, apoyó las manos sobre el marco y se quedó quieto.

No lo toqué.

Al cabo de un rato se volvió.

—Gracias por no esperar a que me lo contara otro.

El agradecimiento no contenía ninguna lección. Me dio más pena por eso.

Le conté también lo de los mensajes.

Nicolás escuchó con los ojos cerrados.

—Lo sabía —dijo al final—. No quién era. Pero sabía que cada vez que me escribía yo volvía a pensar en lo que podía pasaros. A ti. A mi madre. Siempre encontraba una manera de mantenerme cerca.

Se sentó por fin.

Le di agua. No hablamos de nosotros.

Antes de irse me preguntó si quería quedarme con Julia. Dije que sí. Él cogió la chaqueta.

—No quiero que esto se convierta en que tú tengas que cuidarme a mí —dijo.

Lo miré.

—Hoy puedo escucharte. Mañana ya veremos qué puede cada uno.

Asintió.

Me besó la frente y salió.

La misma puerta se había cerrado aquella noche detrás de dos hombres muy distintos. Yo había elegido a quién llamar para que regresara.