Capítulo 20
El hombre de la estación
Mateo había perdido peso.
Fue lo primero que pensé al verlo. No que estaba vivo, ni que llevaba tres años faltándome a todas las horas del día. Pensé que la chaqueta le quedaba grande.
Estaba sentado en una cafetería de la estación de autobuses de Bilbao, junto a una ventana empañada. Tenía el pelo más corto, canas detrás de las orejas y una pequeña cicatriz junto a la boca. La había tocado dos veces antes de que yo llegara a la mesa.
Mi cuerpo reconoció su postura antes que mi cabeza: una pierna algo adelantada, el hombro derecho más bajo, los dedos alrededor de una taza como si la estuviera calentando.
Me detuve a un metro.
Mateo se levantó.
—Clara.
No me moví cuando abrió los brazos.
Los dejó caer.
Detrás de él una mujer apartaba del asiento una mochila de niño. En la barra, un hombre discutía por el cambio. La estación seguía funcionando alrededor de algo que para mí había necesitado tres años de espera.
Me senté.
Mateo volvió a su sitio con cuidado. Me miró la cara, el pelo, las manos.
—Estás distinta.
—Tú también.
Habíamos recibido la ubicación a las ocho de la mañana. Inés me explicó el dispositivo, las señales y la manera de salir si yo no quería continuar. No iba a registrar la cafetería para que Mateo me viera llegar con ella. Tampoco iba yo sola, aunque él necesitara creerlo.
Sabía que había agentes cerca. No intenté reconocerlos.
El teléfono estaba guardado donde me habían indicado. Si lo tocaba de cierta forma o me levantaba hacia la barra, la conversación terminaba.
Mateo miró hacia la entrada.
—¿Has venido con alguien?
—Te dije que no prometía venir sola.
Apretó los labios.
—Esto puede salir muy mal.
—Ya ha salido muy mal.
Bajó la vista.
La camarera se acercó. Pedí café y un vaso de agua. Mateo pidió la cuenta, después se corrigió y dijo que no, que todavía no.
Lo observé mientras hablaba. Seguía siendo guapo de una forma que no había sabido recordar sin herirme.
El cuello más delgado, la piel seca junto a la cicatriz.
Yo había amado aquel rostro. Lo había buscado entre las caras de las estaciones, en terrazas de otras ciudades, en coches detenidos en un semáforo.
Ahora estaba delante y no encontraba un lugar para mirarlo sin que me doliera.
—¿Por qué no llamaste? —pregunté.
Mateo se frotó las manos.
—No era seguro.
No respondí. Lo dejé escucharse.
—Al principio no sabía cuánto sabían de mí. Creí que si me acercaba a ti…
—¿Dónde estabas?
—En varios sitios.
Lo miré hasta que entendió que no iba a aceptar esa respuesta.
—Primero en Francia. Unos meses. Después volví. He trabajado en almacenes. En un taller. Conocía a alguien en Barakaldo. Me llamaban de otra manera.
—¿Tenías documentos falsos?
Desvió la mirada.
—No siempre los necesitaba.
La respuesta no aclaraba nada, pero por primera vez no sentí la obligación de hacerle las preguntas que debía responder a la policía.
La camarera dejó el café. Esperé a que se fuera.
—¿Fuiste tú quien escribió lo de la caja?
Mateo asintió.
Me agarré al borde de la mesa.
—¿Cómo?
—Con el teléfono viejo. Conservé la cuenta de la aplicación. No necesitaba la línea para escribir si tenía conexión. Casi nunca lo encendía.
Me quedé mirándolo. Durante años había marcado aquel número como si una llamada normal pudiera encontrarlo. Él había tenido otra puerta abierta todo el tiempo.
—¿Por qué esa noche?
—Vi lo del coche. Pensé que registrarían la casa.
—¿Y qué querías que hiciera con la caja?
Mateo me miró a los ojos.
—Que la guardaras hasta que pudiera explicártelo.
—Sin explicarme antes por qué.
No respondió.
Bebí agua.
—¿Quién entró en mi taller?
Su mano se detuvo junto al plato.
—¿Han entrado?
No supe si se sorprendía de verdad. Había vivido demasiado tiempo esperando una verdad que me permitiera reconocer todas las demás.
—Se llevaron una fotografía de la casa de tu padre.
Mateo se inclinó hacia mí.
—¿Cuál?
Lo observé.
Él debió de darse cuenta de la rapidez de su pregunta porque volvió a sentarse recto.
—Necesito saberlo para ayudarte.
—¿La fotografía era lo importante?
—Clara.
Su voz de antes. La que convertía mi nombre en una petición de que dejara de complicar las cosas.
Apoyé las dos manos sobre la mesa.
—Daniel Leal está muerto.
Mateo cerró los ojos.
No preguntó quién era Daniel.
Tampoco preguntó cómo había muerto.
Yo miraba su cara con una atención tan fija que empezaron a dolerme los ojos.
—Estaba dentro de tu coche —añadí.
La taza tintineó cuando Mateo la dejó sobre el plato.
—Lo sé.
Me quedé quieta.
—¿Desde cuándo?
Él miró hacia la ventana. Un autobús pasaba despacio por el andén, demasiado grande para el hueco entre dos columnas.
—No lo vi dentro.
—No te he preguntado eso.
Volvió hacia mí.
—Aquella noche fui a la casa. Después de irme de la nuestra.
Oí una cuchara caer en la barra. Nadie en nuestra mesa se movió.
—Daniel tenía algo para mí. Iba a ayudarme a salir de aquello. No imaginé que…
Se interrumpió.
La cicatriz junto a su boca se había puesto blanca.
—Sigue —dije.
—Valdés llegó con un hombre. Rubén. Lo habrás visto alguna vez con él.
Pensé en la ceja partida, en las puntas de los zapatos junto a la verja de la iglesia.
Mateo se pasó la mano por la frente.
—No tenía que haber sido así.
Sentí una náusea lenta.
—¿Qué hiciste?
Él miró hacia la puerta de nuevo.
—Tenemos que irnos de aquí.
Negué.
—No.
—Te lo explicaré, pero no aquí.
—Aquí.
Las dos sílabas lo dejaron mirándome como si hubiera aparecido otra persona en mi silla.
Yo seguía viendo su chaqueta gris colgada detrás de una puerta. La había encontrado. Había llegado allí. Ahora quería saber lo que hizo después de quitársela.
Mateo bajó la voz.
—Discutimos en la parte de atrás. Daniel dijo que no iba a devolver lo que había cogido sin una garantía de que dejaran en paz a su familia. Rubén lo agarró. Yo intenté…
Se calló.
—¿Qué intentaste?
Sus ojos se humedecieron. Me sorprendió lo poco que aquello me decía.
—Cayó por la escalera.
Vi las hojas, la barandilla nueva, la marca que alguien había señalado junto al marco.
No había estado imaginándolo allí. Había estado pisando su última noche.
—¿Murió al caer?
Mateo abrió la boca y volvió a cerrarla.
Yo no respiraba.
—Mateo.
Él me miró por fin.
—No —dijo—. Cuando me fui, todavía lo oí pedir ayuda.