La última noche que te vi Capítulo 19
54%

Capítulo 19

La fotografía sin recortar

El lunes envié a Inés una idea que me dio vergüenza al escribirla.

No quería responder al mensaje de Mateo. El consejo de la inspectora seguía pareciéndome sensato, aunque me costara aceptarlo. Pero había otra cosa que no había intentado: dejar de hablarle como a una mujer abandonada y dirigirme a él de la forma en que había aprendido a reconocerme.

Le expliqué que llevaba años publicando restauraciones y fotografías antiguas en la página del taller. Mateo conocía la cuenta. Había hecho él mismo algunas gestiones del negocio antes de desaparecer.

—¿Cree que la consulta? —preguntó Inés cuando me llamó.

—No lo sé. Pero alguien sabía cuándo fui al médico.

La inspectora guardó silencio.

—He hablado con Nicolás —añadí—. Me ha contado dos de los mensajes.

—Lo sé. Me llamó para decirme qué le había explicado.

Me quedé callada un instante. Aquel cuidado con la verdad seguía siendo nuevo entre nosotros.

—No quiero publicar nada de la investigación —dije—. Solo una fotografía que él reconozca.

—¿Qué espera que haga?

—Escribir. Llamar. Decir algo que no sea una orden.

Inés me pidió que no publicara todavía. Le envié la imagen y el texto, y esperamos hasta la tarde.

La fotografía era de nuestra boda.

No había elegido una en que saliéramos abrazados. Estábamos sentados en el borde de un muro, al final del banquete, con los zapatos de tacón junto a mis pies. Mateo tenía la corbata aflojada. Yo me había vuelto hacia la cámara con una expresión impaciente.

El fotógrafo nos había pedido otra.

Una más.

Mateo convirtió aquella frase en una broma que duró años. Una excursión de más, una cuenta que no podíamos pagar, una conversación aplazada hasta después de cenar. Una más, decía, y yo sabía que me estaba pidiendo quedarme un poco en algo.

Debajo de la foto escribí: «Hay imágenes que no necesitan restaurarse. Una más».

La inspectora autorizó que la publicara sin añadir detalles ni responder a comentarios sobre Mateo. No me prometió que funcionara. Me pidió que la avisara de cualquier contacto y que no interpretara el silencio como una respuesta.

Publiqué a las seis.

Durante los siguientes cuarenta minutos miré el teléfono tanto que tuve que guardarlo en un cajón.

No pasó nada.

Una clienta dejó un corazón. Un hombre preguntó qué cámara se había utilizado. Leonor me llamó y no contesté hasta terminar el trabajo que tenía delante.

—¿Por qué has puesto eso? —preguntó.

—Porque es una fotografía mía.

Se quedó sin una protesta inmediata.

—Parecíais felices.

Miré el muro, los zapatos, la mano de Mateo apoyada cerca de mi rodilla.

—Ese día lo fui.

Pude decirlo sin sentir que estaba defendiendo a mi marido. No necesitaba negar lo que había sentido para entender lo que él había hecho después.

El martes no hubo noticias.

Fui al taller, hice encargos, vi a Nicolás durante media hora al salir. Me besó en la esquina donde la luz del bar llegaba menos. No intentamos ocultarnos. Solo nos gustó tener un trozo de calle sin testigos atentos.

—¿Te arrepientes? —preguntó al apartarse.

Lo miré.

—De algunas cosas de mi vida, sí. De esto, no.

Me rozó el pulgar contra la muñeca.

—Vale.

Estuvo a punto de decir algo más. Lo vi desistir.

—Puedes hablar —le dije.

Bajó la vista un momento.

—Me cuesta no preguntarte lo que estás haciendo. No para vigilarte. Para saber si puedo ayudarte.

—Si necesito algo, te lo pediré.

Asintió.

—Estoy aprendiendo.

Lo besé antes de irme.

El mensaje llegó el miércoles a las seis y siete de la mañana.

No procedía de la conversación antigua. Era un correo enviado a la dirección pública del taller desde una cuenta que yo no conocía. El asunto decía: «No era esa».

Dentro había una sola frase.

«La que a mí me gustaba era la siguiente. Tú estabas mirándome».

Me incorporé en la cama.

Busqué la carpeta de la boda en el portátil. Abrí la secuencia. La siguiente fotografía no había sido publicada nunca: el fotógrafo se había movido y yo estaba mirándole la boca a Mateo, distraída, con una mano apoyada en su rodilla.

Me quedé sin aire.

Hice lo que habíamos acordado. No contesté. Reenvié el correo completo, conservé el original y llamé al número que me habían dado para localizar a Inés si era urgente.

Me devolvió la llamada a las siete menos veinte.

—¿Solo ustedes tenían esas fotos? —preguntó.

—El fotógrafo, nuestras familias si les pasamos la carpeta. No puedo asegurar que nadie más la viera.

Me alegró recordar por mí misma que certeza y deseo no eran lo mismo.

La inspectora me pidió que la acompañara a revisar el contacto. Fui sin desayunar. A mitad de camino paré en un bar y pedí un café con una tostada. Necesitaba llegar a aquello con un cuerpo que no estuviera a punto de caerse.

Trabajamos durante la mañana con un agente que sabía mucho más que yo sobre cuentas y conexiones. No me explicaron cada comprobación. Lo que acordamos fue una respuesta breve, sin mencionar los documentos ni pedir una ubicación inmediata.

Escribí: «Puedes llamarme. Quiero oírte».

El correo salió de mi cuenta.

Esperamos.

A las doce y dieciocho sonó el teléfono desde un número oculto. El agente me indicó dónde colocarlo. Yo lo cogí con las dos manos antes de dejarlo sobre la mesa.

—¿Sí?

Hubo un ruido de calle. Un motor, una voz lejos.

—Clara.

No cerré los ojos. Miré a Inés, la carpeta, una pequeña rozadura en el borde de la mesa.

—Estoy aquí —dije.

Mateo respiró.

—No podía llamar antes.

Pude haber gritado. Durante tres años había preparado las palabras que diría al encontrarlo. Ninguna llegó a mi boca.

—Has llamado ahora —respondí—. Habla.

—Por teléfono no.

Me quedé mirando a la inspectora. No movió la cabeza. Esperaba que yo siguiera el acuerdo, no que le pidiera cada sílaba.

—No voy a ir a ningún sitio donde me mandes sin saber para qué.

—Estoy intentando protegerte.

Noté que algo dentro de mí dejaba de temblar.

—Entonces empieza por decirme la verdad.

Mateo guardó silencio.

Al otro lado alguien anunció la salida de un autobús. Él cubrió el micrófono demasiado tarde.

—Quiero verte —dijo.

Miré a Inés.

Ella anotó una palabra en su libreta y la giró hacia mí.

PÚBLICO.

—En un lugar con gente —dije—. Y no pienso prometer que vaya sola.

Mateo soltó aire por la nariz. Conocía ese ruido: estaba eligiendo la parte de una conversación en la que aún podía tener el control.

—Mañana —respondió—. Te escribo dónde.

Colgó antes de que yo pudiera añadir nada.

Me quedé con la mano cerca del teléfono.

La inspectora esperó hasta que la retiré.

—¿Necesita un momento?

Negué.

Después asentí.

Salí al pasillo y llamé a Julia.

—Está vivo —dije.

Mi hermana no respondió enseguida.

—¿Has hablado con él?

—Sí.

Hubo un ruido al otro lado. Una silla, quizá su bolso cayendo de una mesa.

—¿Cómo estás?

Miré mi reflejo en el cristal de una puerta. Tenía las mejillas encendidas y una calma que no reconocía.

—No lo sé todavía.