La última noche que te vi Capítulo 18
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Capítulo 18

Un beso pendiente

El viernes cené con Nicolás en un restaurante donde no nos conocía nadie.

La invitación fue mía. La escribí tres veces antes de enviarla y al final quedó tan escueta que podía confundirse con una cita para revisar un presupuesto.

«¿Cenamos mañana? Fuera del pueblo».

Él contestó que sí.

Elegí un sitio junto a la carretera de la costa. Mesas pequeñas, manteles de papel, una carta sin promesas. Quería hablar con él sin que Celia tuviera que fingir que no escuchaba ni su madre necesitara preguntar si yo iba a quedarme a comer.

Nicolás llegó antes. Se levantó cuando entré y después pareció arrepentirse de la formalidad. Me hizo sonreír.

—Parecemos dos personas que han venido a hablar del colegio de su hijo —dije.

—Yo no he traído notas.

Me senté.

La camarera nos dio las cartas. Pedimos pescado, patatas y una botella de agua. Nicolás miró el vino y luego a mí.

—Si quieres, pide. Yo conduzco.

Negué.

No quería atribuirle al vino nada de lo que decidiera aquella noche.

Durante unos minutos hablamos de trabajo. Yo le conté lo de la oreja equivocada. Él se rio con tanto alivio que me dolió haber echado de menos ese sonido.

Después la conversación se quedó donde los dos sabíamos que estaba.

—No puedo hacer como si no hubiera pasado —dije.

Dejó el vaso.

—No te lo estoy pidiendo.

—Ya. Pero tampoco quiero que cada vez que nos vemos tengas que demostrarme algo.

Nicolás miró hacia una mesa donde un niño doblaba el mantel en forma de barco.

—No sé cómo se hace esto.

—Yo tampoco.

Nos trajeron la comida. Esperé a que la camarera se alejara.

—Lo que más me duele no es que vinieras buscando a Daniel. Puedo entender que estuvieras desesperado. Es lo de después. Cuando ya sabías que yo no tenía respuestas.

Él asintió despacio.

—Pensé que si te lo contaba te irías.

—Y decidiste por mí.

—Sí.

No intentó convertir la frase en una explicación más aceptable.

Comí un poco. El pescado estaba demasiado caliente. Me quemé y tuve que beber agua mientras Nicolás fingía no darse cuenta.

—Puedes reírte —dije.

—No me atrevo.

Yo sonreí primero.

La cena avanzó sin resolverlo todo. Le pregunté por los mensajes. Me dijo que algunos señalaban nombres, lugares, gestiones de Mateo. Otros solo le pedían que no me dejara sola determinados días. No eran continuos. Precisamente por eso los había tomado más en serio de lo que debía.

—¿Venías a verme por eso?

—Alguna vez.

Me dolió. Lo había preguntado para saber, no porque creyera que podía escuchar cualquier respuesta sin sentir nada.

—¿Cuándo?

—La tarde que no te funcionó la caldera. Y una vez en agosto, cuando volviste tarde del médico.

Miré el plato.

—Ese día me recogiste.

—Sí.

Había querido aquel gesto. Todavía recordaba el coche caliente, una botella de agua abierta, él sin hacerme preguntas hasta que yo hablé.

—Lo que hice no dejaba de importarme porque hubiera recibido un mensaje —dijo Nicolás—. Pero tendrías que haberlo sabido.

Asentí.

Nos quedamos callados un rato. Al fondo, la camarera recogió el barco de papel antes de limpiar la mesa.

—Hoy he venido porque quería —dije.

Él levantó los ojos.

—Yo también.

No fue una gran declaración. Me gustó que pudiera sostenerse sin más palabras.

Pagamos a medias. Nicolás protestó apenas, lo suficiente para que yo levantara una ceja y él se rindiera. Al salir, la carretera estaba mojada y olía a sal.

A unos metros había un paseo con bancos. Caminamos hasta el primero sin tocarlo. La luz del restaurante llegaba débil a las losas y el mar se oía más de lo que se veía.

Nicolás se detuvo junto a la barandilla.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

No se quitó la chaqueta para ponérmela. Se acercó lo suficiente para que yo pudiera elegir el resto.

Lo hice.

Apoyé una mano en su pecho. Debajo de la tela noté el ritmo rápido de su respiración. No era yo sola.

Nicolás me apartó del rostro un mechón que el viento me había pegado al labio. Dejó los dedos un instante junto a mi mejilla.

—Clara.

—No me preguntes si estoy segura de todo —dije—. De esto sí.

Lo besé.

Al principio apenas me devolvió el beso, como si aún esperara que yo me apartara. Lo cogí de la chaqueta y me acerqué más. Entonces su mano se cerró en mi cintura y dejó de tener tanto cuidado.

Sentí el frío de la barandilla detrás y el calor de su boca.

Llevaba demasiado tiempo imaginando algo que al ocurrir no se parecía a mis ensayos.

Nicolás besaba sin prisa hasta que yo lo acercaba de nuevo.

Se rio contra mi boca cuando se nos golpearon las narices y la pequeña torpeza me permitió respirar.

—Llevas esperando mucho —murmuré.

Me rozó la frente con la suya.

—No sabes cuánto.

Lo besé otra vez. Su mano subió por mi espalda, firme sobre el abrigo, y yo metí los dedos en su pelo. Me gustó que se quedara sin palabras. Me gustó reconocer lo que le provocaba sin tener que adivinarlo.

Un coche pasó despacio por el aparcamiento. La luz nos alcanzó y me separé unos centímetros.

Nicolás dejó caer las manos, pero no se alejó.

—Ven —dije.

Volvimos hacia mi coche. Ya dentro, antes de abrocharme el cinturón, me incliné hacia él. Su beso me encontró a mitad de camino. Lo cogí por la nuca y durante unos segundos olvidé dónde tenía las llaves.

Después apoyé la frente en su hombro.

—Quiero ir despacio —dije.

Noté su respiración junto a mi pelo.

—Podemos.

—Pero no porque no quiera lo demás.

Se rio muy bajo. Me aparté para mirarlo y encontré una expresión suya que aún no conocía: deseo sin la protección de una broma.

—Eso ha quedado bastante claro —dijo.

Le di un golpe suave en el brazo.

Arranqué cuando los dos fuimos capaces de mirar hacia delante.

Lo dejé junto a su furgoneta, donde habíamos quedado al salir del pueblo. Bajó, rodeó el coche y se inclinó por mi ventanilla.

—Buenas noches.

Esta vez no hubo una pregunta al final.

Lo besé una última vez y esperé a que se apartara.

En casa dejé el bolso sobre la mesa y me quité el abrigo. Tenía los labios sensibles y una alegría que me daba miedo tocar demasiado.

El mensaje de Mateo seguía en mi teléfono.

No lo abrí.

Me lavé la cara, apagué la luz y me dormí recordando unas manos que no habían intentado quedarse cuando yo dije despacio.