La última noche que te vi Capítulo 17
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Capítulo 17

La puerta de atrás

Aquella tarde tardé casi una hora en advertir que faltaba una fotografía.

El taller no estaba revuelto. La persiana subió con el ruido de siempre y el ordenador arrancó sin darme problemas.

Había un sobre de un cliente bajo la puerta, un aviso del repartidor y una cuenta pendiente sobre la mesa.

Dejé el abrigo, me lavé las manos y preparé una copia que debía entregar a las cinco.

Fue al buscar el papel cuando vi el marco.

Estaba apoyado contra la pared, detrás de la impresora. Vacío.

Yo lo tenía sobre el archivador. Contenía una fotografía del patio de la casa de Augusto: la higuera, una silla azul y el borde de una ventana. La había puesto allí hacía años, antes de que la casa significara otra cosa. Me gustaba la luz.

Miré debajo del mueble. Detrás. Dentro de la papelera.

Me incorporé despacio.

En la puerta del patio había una marca clara junto al cierre. No la recordaba.

Cogí el teléfono y salí a la calle antes de llamar a Inés.

La inspectora me pidió que no volviera a entrar. Me quedé frente al escaparate, con el móvil en una mano y un pañuelo de papel en la otra. No sabía cuándo había cogido el pañuelo.

Celia me vio desde la plaza. Vino sin preguntar y se quedó a mi lado.

—¿Hay alguien dentro?

Negué.

—No lo sé.

Fue la primera vez que tuve miedo del taller. Mi casa había tenido demasiadas puertas que yo no controlaba, pero aquel lugar lo había elegido yo. Las mesas, las estanterías, la lámpara con un tornillo distinto de los demás. Allí sabía dónde estaba cada cosa.

Ortega llegó con otro agente. Revisaron el interior antes de dejarme pasar.

La puerta trasera daba a un pasillo compartido con dos locales.

El cierre estaba forzado. La cámara había dejado de grabar de madrugada, al cortarse la corriente.

Alguien había desconectado el automático desde el cuarto común de contadores.

—¿Quién tiene llave del pasillo? —preguntó Ortega.

Le di nombres. La librera, un propietario que vivía fuera, el hombre que arreglaba la caldera. Un montón de personas que nunca habían sido una amenaza hasta que tuve que enumerarlas.

El cajón donde guardaba la recaudación del taller estaba intacto. Tampoco faltaban ordenadores ni objetivos.

Solo la fotografía.

—¿Era única? —preguntó el agente.

—Tengo el archivo.

Me pidió que lo localizara cuando terminaran. No mientras estuvieran tomando huellas.

Inés llegó media hora más tarde. Le mostré el marco sin tocarlo. Lo observó desde los dos lados.

—¿Se veía desde la calle?

—Desde la puerta sí. Si alguien entraba, la tenía enfrente.

Pensé en Valdés mirando las paredes. Me enfadé conmigo por no recordar exactamente dónde había detenido los ojos.

—No puedo asegurar que la mirara —añadí.

Inés asintió.

—Eso está bien dicho.

El elogio me hizo sentir como una niña. Pero esta vez no me molestó.

Busqué el original cuando me lo permitieron. Era de la misma tarde que la imagen de perfil de Mateo, cuatro años atrás. Había imprimido una versión recortada: en el archivo completo se veía también una esquina del camino y, al fondo, un coche blanco.

Un coche tan pequeño que solo era una forma entre árboles.

—No puedo convertirlo en una matrícula —dije antes de que nadie lo pidiera.

Inés miró la pantalla.

—No iba a hacerlo.

Le copié la carpeta completa, tal como se había guardado en la cámara. Firmé la entrega y cerré el ordenador.

Durante el resto de la tarde vinieron dos clientes. Los atendí con Celia sentada junto a la puerta. Uno preguntó por la policía. Dije que habían intentado entrar. No añadí nada.

Al cerrar, la librera vino a disculparse por tener el pasillo lleno de cajas. Se había asustado al ver el cierre. Le cogí las manos para que dejara de atribuirle al cartón algo que había hecho una persona.

Después llamé al propietario. La reparación quedaría hecha a la mañana siguiente.

Nicolás me escribió a las siete.

«Celia me lo ha dicho. ¿Estás con alguien?».

Miré hacia el bar. Celia hablaba por teléfono debajo del toldo. Me saludó al verme mirar.

«Sí. Estoy bien».

Él respondió que estaba en su taller si necesitaba algo. No añadió que iría. Me dejó elegir.

Fui.

Su taller ocupaba una nave pequeña junto a la carretera vieja. Había visitado el sitio otras veces, siempre con un motivo. Recoger una balda. Llevar unas llaves. Aquella noche no tenía nada que entregar ni que llevarme.

Nicolás abrió al oír el coche.

Llevaba una camiseta sobre otra de manga larga. Había serrín en el pelo, pegado a una sien.

—¿Te han hecho algo?

Negué.

Se apartó para que entrara.

La nave estaba caliente. Olía a madera recién cortada y a café. Había un armario sin puertas junto a la pared, una silla invertida y una mesa donde descansaba una pieza larga cubierta con un paño.

Me senté en un taburete.

—No quiero que arregles nada —dije.

Él dejó de mirar hacia la puerta.

—Vale.

—Solo quería estar aquí un rato.

—Puedes.

Apoyó las manos sobre el banco de trabajo. Esperó.

Yo miré el serrín de su pelo.

—Tienes…

Le señalé la sien. Se pasó la mano por el lado equivocado. Me levanté y se lo quité con dos dedos.

La pequeña cercanía nos dejó callados.

Nicolás bajó la vista hasta mi boca. Después volvió a mirarme a los ojos.

Podía haberlo besado. El deseo seguía allí, intacto y absurdo después de todo lo demás. Me enfadó que mi cuerpo no pidiera las mismas pruebas que yo.

Retiré la mano.

Él no se movió.

—Me han quitado una fotografía —dije.

Se apoyó en la mesa, dejando espacio entre los dos.

Le conté qué faltaba. Que era una imagen del patio, que el archivo seguía conmigo, que no habían tocado el dinero.

Nicolás apretó los labios.

—¿Crees que buscaban algo en ella? —pregunté.

—No lo sé.

Esta vez la respuesta no me hizo daño.

—Podrían haber querido que supieras que han entrado —añadió—. O pensar que tú guardabas algo detrás. No hay manera de adivinarlo desde aquí.

Asentí. Había pasado la tarde intentando hacer precisamente eso.

Él se agachó junto a una nevera pequeña.

—Tengo agua, cerveza y un yogur que no recomiendo.

—Agua.

Me dio una botella. Bebí de pie, con las manos todavía frías.

Nicolás cogió un cepillo de madera y lo dejó junto a una pieza a medio lijar.

—¿Te importa si sigo con esto?

Negué.

Trabajó sin poner música. Yo lo observé ajustar una bisagra, comprobarla, desmontarla y repetir. El movimiento tenía algo tranquilizador, pero no de la manera que él podía haber planeado. Se equivocó dos veces, se enfadó con el tornillo y tuvo que ir a buscar otra herramienta.

Me quedé hasta las nueve.

Al marcharme, Nicolás apagó las luces del fondo y me acompañó al coche.

—¿Quieres que te siga hasta casa?

Lo pensé.

—No. Voy a la de Julia.

Asintió.

Estaba junto a la ventanilla cuando bajé el cristal.

—Nicolás.

Se inclinó.

—Gracias por no decirme que todo va a salir bien.

Me miró durante un segundo.

—Me gustaría saberlo.

—A mí también.

Puse el motor en marcha. Él se apartó, pero no volvió al taller hasta que yo salí a la carretera.

En el asiento de al lado estaba mi bolso. Dentro, las llaves nuevas de una casa donde quería volver a sentirme segura.

Conduje hasta la de mi hermana sin mirar a cada coche que aparecía detrás. Me conformé con mirar a algunos.