La última noche que te vi Capítulo 16
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Capítulo 16

La parte que faltaba

En la mesa de Inés había un paquete de galletas abierto y un ordenador portátil.

Me fijé en las galletas porque no parecían pertenecer al lugar. Una estaba partida dentro del plástico y las migas se habían acumulado junto al cierre.

—¿Ha desayunado? —preguntó.

—Sí.

No me ofreció ninguna. Se sentó, cerró la libreta y me pidió que apagara el teléfono o lo dejara en silencio.

Lo hice.

—Voy a enseñarle algunos documentos. No necesito que los interprete. Solo que me diga si reconoce lo que le pregunto. Si no está segura, dígalo.

Asentí.

Abrió una carpeta y me mostró la copia de un contrato.

El nombre de Mateo aparecía en la última página. Reconocí su firma antes de leer el resto: una M larga, el apellido que se iba encogiendo, el punto final que él añadía aunque no formara parte de nada.

—Parece la suya.

—¿Lo vio firmar este documento?

—No.

Inés lo anotó.

—¿Conoce esta empresa?

Leí el encabezado. Hábitat de la Ribera, S.L.

Negué.

Pasó a otra hoja. Un poder de representación. Una dirección en una calle de la capital. Un nombre de mujer que no me resultó familiar.

—¿Lo comentó alguna vez en casa?

—No lo recuerdo.

Respondí lo mismo cuatro veces más.

La quinta me enfadó conmigo misma.

—¿De verdad no era yo quien tenía que saber todo esto?

La inspectora me observó.

—Estamos comprobando si lo sabía. No suponiendo que tenía que saberlo.

Me acomodé en la silla.

Sobre una de las copias había una anotación a mano, junto al margen inferior. «Pendiente aprobación T.V.».

No pregunté qué significaba.

Inés volvió a cerrar la carpeta.

—La llave de la caja abre un depósito de efectos personales alquilado por Augusto Rivas. Su hijo mantuvo el contrato después de la muerte del titular. En ese edificio había muchos arrendamientos antiguos que se fueron prorrogando. Hemos accedido al depósito con la autorización correspondiente.

La miré sin respirar del todo.

—¿Qué había?

—Documentación y dos dispositivos de almacenamiento. Uno contiene archivos que estamos verificando. El otro es una grabadora digital.

Me agarré al borde del asiento.

—¿La voz de Mateo?

—Quiero que escuche un fragmento y me diga si la reconoce. Su respuesta por sí sola no va a determinar la autenticidad del archivo. Haremos las comprobaciones técnicas.

Levantó la tapa del portátil.

—Antes necesito preguntarle si su marido le dio alguna instrucción sobre esos documentos. Aunque fuera de una forma indirecta.

—No.

—¿Le pidió que guardara una copia, que enviara algo si no regresaba, que contactara con algún medio?

Negué.

La inspectora me miró un segundo más de lo necesario.

—De acuerdo.

Abrió un archivo. En la pantalla no vi un título, solo una serie de letras y números. Me alegré de que no se llamara la última conversación ni nada parecido. Era un sonido guardado en una máquina. Todavía podía prepararme para eso.

Al pulsar, se oyó un roce.

Después mi marido respiró.

Lo reconocí antes de que hablara.

El cuerpo hizo una cosa humillante: se inclinó hacia la voz.

Durante tres años había conservado un mensaje donde Mateo me preguntaba si quedaba pan.

Lo escuché tanto al principio que acabó por sonar como un actor imitando a mi marido.

Aquella respiración, en cambio, me devolvió sin aviso a una cocina, a una cama, al interior de un coche donde él tenía demasiado calor.

—No me sirve una promesa —dijo Mateo.

La voz era un poco más hueca que en persona, pero era suya.

Se oyó el golpe de un objeto sobre una mesa.

—Ya hemos hablado de esto.

La segunda voz era más baja. Recordé a Valdés junto al escaparate, limpiándose las gafas.

Inés no me miró.

—No —respondió Mateo—. Has hablado tú. Yo he escuchado.

Hubo una pausa de cuatro segundos. Los conté después, sin querer.

—¿Cuánto quieres?

Me quedé inmóvil.

Mateo respondió con una cifra.

Setenta mil euros.

Miré a la inspectora. Seguía con una mano junto al teclado, dispuesta a detener la reproducción.

—Eso no arregla el problema —dijo el otro hombre.

—Para ti, sí. Te devuelvo los originales y no vuelves a verme. Ni a mí ni a la contable.

Se oyó una silla.

—¿Ahora hablas por ella?

—Hablo por mí.

Mateo lo dijo sin elevar la voz. Yo conocía esa forma de hablar. La utilizaba cuando quería que una discusión pareciera resuelta porque él había llegado antes a una conclusión.

—No tienes lo que crees que tienes —dijo el otro.

—Prueba a no pagarme.

Inés detuvo el archivo.

La habitación quedó llena de un silencio distinto al de antes.

—¿Reconoce alguna de las voces?

Me humedecí los labios.

—La primera es Mateo.

—¿Está segura?

—Sí.

Lo apuntó.

—La segunda me parece Valdés. No lo he oído hablar tantas veces.

—De acuerdo.

Miré el portátil.

—¿Estaba vendiendo los documentos?

Inés cerró un poco la pantalla, sin bajarla del todo.

—Eso es parte de lo que estamos investigando.

No discutí con la frase. Acababa de escuchar a mi marido poner un precio. No necesitaba que ella lo repitiera por mí.

—¿Cuándo se grabó?

—La fecha interna del archivo lo sitúa tres días antes de la desaparición. Estamos contrastándola con otros datos.

Me llevé una mano a la boca.

Tres días antes. El martes en que habíamos cenado pescado congelado porque yo había salido tarde del taller. Mateo comió de pie y dejó el plato en el fregadero. Me preguntó cuánto teníamos en la cuenta de ahorro.

Yo se lo dije.

—¿Quiere parar? —preguntó Inés.

Negué.

Ella no reanudó el audio.

—Hay otro fragmento que le afecta directamente. Por eso quería preguntarle primero si había recibido instrucciones.

Sentí la silla contra la parte de atrás de las rodillas.

—Póngalo.

La inspectora buscó un punto de la grabación.

El sonido volvió con un ruido de tela. Alguien parecía haber acercado el dispositivo a un bolsillo o haber apoyado una mano junto a él.

—Tienes una casa —dijo la segunda voz—. Una mujer. Un negocio que ella ha levantado con mucho esfuerzo. No hagas una estupidez.

Mateo soltó una risa breve.

Yo me agarré las muñecas para que no me temblaran las manos sobre la mesa.

—Con Clara no —dijo mi marido.

Durante un instante lo quise.

La vergüenza de ese instante me llegó después, cuando escuché lo que añadió.

—Ya está todo preparado. Si me ocurre algo, Clara sabe dónde buscar. Tiene instrucciones.

La grabación siguió. Se oyó agua corriendo en algún lugar, quizá un grifo, quizá fuera de una ventana.

—¿Se lo has contado?

—Lo suficiente.

Inés detuvo la reproducción.

Yo seguía oyéndolo.

Tiene instrucciones.

Miré a la inspectora. Supe por la manera en que esperaba que no necesitaba que yo fingiera sorpresa de otra forma.

—No me dijo nada.

—Lo sé.

—No —insistí—. No me dijo nada. Ni dónde buscar ni a quién llamar. No me dejó una carta. No me dio una copia.

Inés acercó la libreta hacia mí, pero no para que leyera. Solo apartó las manos del teclado.

—Su declaración ya consta. Y vamos a dejar también lo que acaba de decir.

Pensé en las semanas posteriores a la desaparición. Mi número en los carteles. El horario del taller publicado en internet. Yo contando a desconocidos dónde vivía por si alguien había visto a Mateo cerca de casa.

Él había dicho que yo sabía.

Alguien podía haberme creído.

—Valdés vino al taller —dije.

La inspectora asintió.

—Tenemos la grabación de la cámara y su relato de la visita.

—¿Creía que yo…?

No pude terminar.

—Es una posibilidad que estamos teniendo en cuenta. Por eso no quiero que hable con él ni con nadie de su entorno. Si vuelve, llama. No negocia, no discute y no intenta averiguar qué sabe.

Me quedé mirando mis manos.

Hasta entonces había imaginado a Mateo escondiendo cosas para proteger una parte de su vida de mí. Acababa de oírlo hacer lo contrario: abrir mi vida y ponerla sobre la mesa para que otro hombre supiera dónde podía golpear.

—¿Y el mensaje? —pregunté.

Inés esperó.

—Si el jueves dijo que no era él… Si sabía que habían encontrado el coche…

—No hemos podido atribuir el envío a una persona todavía.

Volví a mirar el portátil.

—Pero alguien sabía lo de la caja.

—Sí.

—Y alguien llevaba meses escribiendo a Nicolás.

La inspectora no respondió.

Levanté la cabeza.

—Me lo dijo él. Que había recibido mensajes. Se los entregó.

—Los estamos examinando.

Me acordé de Nicolás esperando en la acera, con mis herramientas dentro de una bolsa. «No quiero darte otra versión que mañana se caiga».

Por primera vez entendí el esfuerzo que podía costarle no venir a pedirme algo.

Inés me ofreció agua. Bebí dos sorbos. Le pregunté qué debía hacer si Mateo volvía a llamar.

—Escucharlo si se siente capaz. No concertar una cita por su cuenta. No prometerle silencio. Y avisarme en cuanto pueda.

—¿Quiere que lo engañe?

La inspectora me sostuvo la mirada.

—Quiero que usted pueda decidir sin que él vuelva a decidir por usted.

Asentí.

Al salir de comisaría no llamé a mi hermana. Caminé hasta un banco que daba a un pequeño aparcamiento y me senté con el abrigo abierto. Hacía frío. No me di cuenta hasta que me empezaron a doler las manos.

En el teléfono había un mensaje de una clienta preguntando si podía cambiar el tamaño de una copia. Otro de Julia: «Cuando salgas, dime».

Le escribí: «He salido. Estoy bien. Necesito un rato».

Después abrí la conversación de Mateo.

El último mensaje seguía esperando una respuesta que yo no había sido capaz de escribir.

«No soy yo. No dejes que abran la caja del dormitorio».

Durante varios minutos miré la fotografía pequeña, la mano levantada, la sonrisa. La había elegido él. Siempre le había gustado cómo salía en ella.

Puse los dedos sobre el teclado.

No pregunté dónde estaba.

No pregunté si me había querido.

Escribí: «La caja ya no está. Si quieres decirme algo, tendrás que hablar conmigo».

Antes de enviarlo recordé la voz de Inés. Hice una captura, le mandé el texto y le pregunté si podía perjudicar algo. Contestó que prefería que esperara y que la llamara.

Borré el mensaje.

No porque la inspectora hubiera decidido por mí. Porque yo acababa de pedir ayuda antes de darle a Mateo lo que podía estar esperando.

La llamé desde el banco.

Cuando terminamos, guardé el teléfono y me cerré el abrigo. Había gente entrando y saliendo de un supermercado al otro lado de la calle. Una mujer dejó caer una bolsa y un hombre se agachó para recoger las manzanas. Ella se rio. Él le tendió una con la mano abierta.

Me quedé mirándolos más de lo necesario.

Después me levanté y volví a mi taller.