Capítulo 15
Las manos en los bolsillos
Imprimí tres versiones del retrato de Daniel.
En la primera conservé el encuadre original, con la niña dormida y la mano de Teresa entrando por un borde. En la segunda acerqué el rostro sin cortarle el hombro. En la tercera eliminé el fondo de ladrillo y dejé un gris suave que no parecía estar en ninguna parte.
La tercera era técnicamente la mejor.
La aparté.
A veces una fotografía demasiado limpia empezaba a mentir de otra manera.
Le envié las dos primeras a Nicolás y le pedí que eligieran con su madre. Respondió por la tarde con un mensaje de voz que escuché dos veces antes de darme cuenta de que no necesitaba hacerlo.
—La primera. Mi madre quiere que salga la niña. Dice que no hay que quitar a la gente para que se vea mejor a él.
No mencionó lo que había ocurrido en la cocina.
Yo tampoco.
El viernes llevé el retrato a la casa y volví al taller. El sábado terminé el encargo del hombre al que le faltaba media cara. Su hija observó la copia durante tanto tiempo que empecé a enumerar mentalmente todos los cambios que podía hacer si no le gustaba.
—Esa oreja no es suya —dijo al fin.
Me acerqué.
—He utilizado la referencia que me trajo.
Ella rebuscó en el bolso y sacó otra fotografía, más pequeña.
—Le traje la de su hermano. Me equivoqué. Se parecían muchísimo.
Nos miramos. La mujer empezó a disculparse y yo solté una risa que no pude contener.
Me tapé la boca.
Ella me observó un momento, desconcertada, y después también se rio.
Corregí la oreja sin cobrarle más.
Durante el fin de semana recuperé mi casa. Julia se quedó el viernes, pero el sábado cené sola, vi una película que no tenía muertos ni maridos desaparecidos y me dormí antes de que terminara. La ventana del dormitorio seguía sin cerrar bien. Puse una toalla enrollada en la rendija.
El armario continuaba separado de la pared.
Me había acostumbrado a rodearlo.
El lunes llamé a un montador de muebles que me recomendó el cerrajero. Le pedí que lo colocara, que revisara la pared y que no cerrara el registro con algo que después no pudiera retirarse. Vino a última hora.
Antes de que moviera el mueble, fotografié el hueco vacío.
No para buscar nada. Quería acordarme de cómo era ahora, sin la caja.
Cuando el armario volvió a su sitio, el dormitorio pareció más pequeño. Dormí mejor.
El entierro de Daniel fue el martes siguiente.
Habían pasado casi dos semanas desde la primera llamada de Inés, pero al vestirme tuve la sensación de que aquel jueves seguía ocurriendo en alguna habitación de mi casa.
Elegí un abrigo oscuro y unos zapatos que no hacían ruido al caminar. Julia me recogió. No quise entrar sola, y tampoco quise situarme junto a la familia como si el dolor me concediera un parentesco.
La iglesia estaba a medio llenar.
Reconocí a Celia, a la panadera, a dos clientes del taller. Vi hombres que no conocía apoyados junto a una columna. Algunos miraban la fotografía que yo había preparado; otros mantenían los ojos fijos en los bancos de delante.
Teresa se sentaba entre Nicolás y su hija. Tenía un bolso negro sobre las rodillas y lo sujetaba con las dos manos, muy recta, como si esperara que alguien la llamara para hacer un trámite.
Nicolás no miró hacia atrás.
Me alegré. No quería que tuviera que decidir qué expresión poner al verme.
El sacerdote habló de Daniel como si hubiera sido un hombre al que le gustaba arreglar cosas. No sabía si era verdad o una conclusión fácil a partir de su trabajo. Miré sus manos en la fotografía: una sujetaba a la niña y la otra había quedado escondida detrás de su espalda.
Pensé en Teresa diciendo que no era un santo.
Aquel pequeño desorden me pareció más digno de conservar que una lista de virtudes.
Al salir, el aire estaba muy frío. La gente se agrupó en el atrio y empezó a hablar con el alivio culpable de quien vuelve a encontrar palabras fuera de un lugar donde no sabía usarlas.
Julia me tocó el codo.
Tomás Valdés estaba junto a la verja.
No llevaba la carpeta. Llevaba un abrigo negro, una corbata oscura y la expresión seria de una fotografía institucional. A su lado había un hombre más joven, ancho de hombros, con el pelo cortado casi al ras. Tenía una cicatriz pequeña que le atravesaba un extremo de la ceja.
Me detuve.
El hombre sacó un mechero y encendió un cigarrillo protegiéndolo del viento. Valdés le dijo algo sin mirarlo. El otro apagó la llama.
No sabía quién era. Aun así, cuando se volvió hacia las personas que salían de la iglesia, sentí el mismo impulso de buscar mi teléfono que en el taller.
Teresa apareció detrás de nosotros.
Valdés avanzó.
—Teresa. Lo siento mucho.
Ella se quedó quieta.
Nicolás se colocó a su lado, no delante. Me fijé en eso. Tenía las manos dentro de los bolsillos y los hombros tensos.
Valdés extendió una mano.
Teresa no la cogió.
La pausa fue tan larga que varias personas dejaron de hablar.
—Mi hijo ya no trabaja para usted —dijo ella.
Valdés bajó la mano despacio.
—He venido a darle el pésame.
—Pues ya me lo ha dado.
Nicolás no dijo nada. Vi cómo se le movía un músculo junto a la mandíbula.
El hombre de la ceja dio un paso y después se detuvo. Valdés le rozó el brazo con dos dedos, un gesto casi imperceptible.
Se apartaron.
Julia me apretó el codo.
Yo miraba al acompañante. La forma en que tenía el peso adelantado sobre las puntas de los pies. El pequeño gesto con que obedeció. No había hecho nada que yo pudiera denunciar y, sin embargo, me costó darles la espalda.
Nicolás acompañó a su madre hacia el coche. Al pasar junto a mí me miró por primera vez.
Yo no había preparado una frase.
Él miró mis zapatos, el abrigo, mi cara.
—Has venido.
Asentí.
Su hermana lo llamó desde la puerta del vehículo. Nicolás volvió la cabeza.
—Luego te llamo —dijo.
Se corrigió enseguida.
—Si te parece bien.
—Sí.
Aquella sílaba nos sostuvo un momento en la acera.
Después siguió andando.
Antes de subir al coche, Teresa se volvió y me saludó con la mano. La fotografía estaba sobre el asiento, apoyada contra su bolso. No iban a dejarla allí.
Julia y yo caminamos hacia el aparcamiento.
—No me gusta ese hombre —dijo.
—¿Valdés?
—El otro.
Saqué el móvil y escribí a Inés. No dije que me diera miedo por su cara ni por la forma de andar. Escribí lo que había visto: Valdés había acudido al entierro con un acompañante, Teresa había rechazado su saludo y no se había producido ningún incidente.
Describí al acompañante.
La respuesta llegó cuando estábamos entrando en el coche.
«Gracias. No contacte con ninguno de ellos. ¿Puede venir mañana a las diez?».
Contesté que sí.
A las nueve de la noche sonó el teléfono.
Nicolás.
Contesté en el salón, con la luz pequeña encendida y una taza de té que se había enfriado.
—¿Puedes hablar?
—Sí.
Al otro lado oía un ruido de agua. Durante un segundo me asusté.
—Estoy fregando —dijo, como si hubiera notado que yo escuchaba—. Mi hermana ha hecho comida para cuarenta. Somos cuatro.
—Puedes congelarla.
—Lo he propuesto. Parece que es una ofensa.
Sonreí contra el borde de la taza.
Después nos quedamos callados.
—¿Cómo está tu madre?
—Ha cenado. Ahora está con mi hermana. Han encontrado un programa de preguntas y están discutiendo si una respuesta es correcta.
De fondo llegó una voz de mujer, débil a través de una pared.
—¿Y tú? —pregunté.
El agua dejó de sonar.
Nicolás tardó en contestar.
—He estado a punto de llamarlo.
Cerré los ojos.
—¿A Daniel?
—Cuando mi madre ha dicho que el hombre de la televisión se parecía al del taller donde trabajó mi padre. He cogido el móvil para contárselo.
Permanecí quieta.
—Luego me he acordado —añadió.
Oí el roce de una silla.
—No tienes que encontrar algo que decir, Clara.
Apoyé la taza en el suelo.
—Me gustaría poder hacerlo.
—Ya.
Respiró despacio. Yo escuché sin tratar de llenar el hueco.
Hablamos veinte minutos. De Daniel, de la receta que Teresa no encontraba, de una clienta que seguía llamando para preguntar por una cómoda que Nicolás había dejado de barnizar al empezar aquella semana. No me pidió volver. No me dijo que me echaba de menos.
Yo lo notaba en el lugar que dejaba antes de colgar.
—Gracias por el retrato —dijo.
—No me lo agradezcas otra vez.
—Vale.
Esperé.
—Buenas noches, Clara.
—Buenas noches.
Dejé el teléfono sobre el sofá. Aún tenía la sensación de su voz junto al oído.
No sabía si podría volver a confiar en él. Pero aquella noche, por primera vez desde que me devolvió la llave, no me avergoncé de querer escucharlo.