La última noche que te vi Capítulo 14
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Capítulo 14

Lo que queda del nombre

La llamada llegó el jueves a las diez y cuarenta y dos.

A veces me pregunto por qué recuerdo ciertas horas y no otras cosas que me habrían servido más. El número de una matrícula. La cara del conductor que dejó a Mateo una vez en casa. El día en que guardó una caja detrás de nuestro armario.

Pero recuerdo las diez y cuarenta y dos porque estaba intentando poner en hora el reloj del ordenador. Se había retrasado cuatro minutos y eso me molestaba de una manera absurda.

Inés dijo mi nombre y supe, antes de que continuara, que no iba a pedirme una dirección.

—Hemos podido identificar a la persona del vehículo.

Me senté.

Ella dejó un pequeño espacio entre aquella frase y la siguiente.

—No es su marido.

Apoyé la mano sobre la mesa.

No hubo alivio limpio. Hubo un golpe de aire y después vergüenza. Alguien seguía muerto al otro lado de la noticia.

—¿Daniel?

—Es Daniel Leal.

Miré la puerta del taller.

—¿Lo saben?

—Sí. Ya se lo hemos comunicado a la familia. Nicolás ha pedido que pudiera informarla.

Me incliné hacia delante hasta apoyar la frente en la mano.

Inés siguió hablando. Dijo que la investigación continuaba, que quería reunirse conmigo en los próximos días para repasar algunos documentos, que no había ninguna prueba que permitiera concluir dónde estaba Mateo en ese momento.

La escuché, pero otra parte de mí estaba en una cocina con cortinas amarillas.

—Gracias por llamarme —dije al final.

Colgué y cerré la persiana a medias.

Una clienta se detuvo en la acera y me miró a través del cristal. Levanté la mano. Ella señaló el reloj del escaparate, que indicaba el horario de apertura. Negué. Comprendió algo y se marchó sin llamar.

Cogí el móvil.

Escribí el nombre de Nicolás y lo borré de la barra de búsqueda, porque no necesitaba buscarlo: su conversación seguía entre las primeras.

«Ya lo sé. Estoy aquí si necesitas algo».

La envié sin volver a leerla.

Pasaron doce minutos.

«Gracias».

Me quedé mirando esa palabra.

No fui a su casa. No llamé a Teresa. No quise convertir mi necesidad de hacer algo en otra cosa que ellos tuvieran que atender.

Llamé a Julia, que se quedó callada antes de decir mi nombre.

—No es Mateo —repetí.

—Ya.

—Es su hermano.

—Voy en cuanto salga.

—No hace falta que salgas antes.

Lo dije de verdad. Por primera vez desde el jueves anterior, el dolor no me pertenecía de una forma que me diera derecho a pedirlo todo.

Seguí trabajando dos horas. No avancé mucho. Abrí archivos, contesté correos, preparé tres presupuestos demasiado bajos y tuve que corregirlos antes de enviarlos. A la una me di cuenta de que tenía hambre.

Fui al bar de Celia.

Ella me miró y dejó el paño sobre el mostrador.

—¿Mateo?

Negué.

Se quedó quieta.

—Daniel —dije.

Celia bajó la cabeza.

—Ay, Teresa.

No preguntó cómo lo sabía. Me puso un plato de arroz y una botella de agua. Después atendió a un hombre que llevaba varios minutos agitando una moneda junto a la máquina de tabaco.

Comí mirando una esquina del mantel de papel que no conseguía quedarse plana.

A las cuatro Nicolás me escribió.

«¿Tienes la foto que te enseñó mi madre? No la encuentro. Ella cree que la dejasteis en la cocina, pero yo no la veo».

No la tenía. Se lo dije.

Los puntos de escritura aparecieron y desaparecieron varias veces.

«No pasa nada».

Le pregunté si quería que fuera a ayudar a buscarla.

Tardó más en responder.

«Sí».

Crucé el puente con las manos metidas en los bolsillos. No llevaba comida ni flores ni una frase preparada. En la puerta, una vecina sostenía una cazuela tapada. Nicolás la recibió, le dio las gracias y la dejó pasar antes que a mí.

La casa estaba llena de voces bajas.

Teresa se encontraba en el salón, sentada en un sillón con un chal sobre las rodillas. Una mujer que debía de ser su hija le sujetaba una mano. Cuando me vio, Teresa hizo un gesto pequeño para que me acercara.

Me arrodillé junto al sillón porque no quería hablarle desde arriba.

—No sé qué decir —admití.

Ella me puso una mano en el pelo.

—No digas nada.

Permanecimos así unos segundos. Me levanté cuando su hija me ofreció una silla.

Nicolás estaba en la puerta del salón, sosteniendo una taza vacía. Tenía la cara de quien llevaba todo el día respondiendo preguntas que no escuchaba.

Le señalé la taza.

—¿Te la cojo?

Miró lo que tenía en la mano.

—Sí. Gracias.

Fui a la cocina. En la mesa había cuatro platos de galletas, dos termos y una fuente cubierta con papel de aluminio. Me ocupé de aclarar tazas porque era una tarea que no exigía que nadie me agradeciera demasiado.

La fotografía apareció detrás del frutero.

Nicolás la había puesto de pie el domingo, apoyada en un bote, y después alguien había movido las cosas al limpiar. Se había deslizado por la pared hasta quedar casi plana.

La saqué con cuidado. Tenía una esquina húmeda.

Lo llamé desde la puerta.

Entró, la vio entre mis dedos y cerró los ojos.

—Aquí estaba —dijo.

Me señaló una marca sobre la mesa.

—Lo sé. Está bien. Solo se ha mojado un poco.

Le mostré la esquina sin dejar de sujetarla.

—Puedo hacer una copia. De esta o de otra. La que queráis.

Nicolás cogió la fotografía por los bordes, como me había visto hacer tantas veces.

—Esta.

Su voz se rompió en la última sílaba.

Dejó la imagen en la mesa y se giró hacia el fregadero. Vi su espalda tensarse debajo del jersey. Me quedé quieta, sin saber si acercarme empeoraría aquello.

Él apoyó las manos sobre la encimera.

—Mi madre ha preguntado si pasó frío.

No respondí.

—Le han dicho que murió antes de entrar en el agua. No saben explicarlo todo todavía, pero eso sí. Y mi madre ha dicho: entonces no pasó frío.

Se le doblaron las rodillas apenas. Me acerqué y puse una mano sobre su espalda.

Bajo la tela noté una respiración que no encontraba sitio.

—No sé qué hacer con eso —dijo.

Me quedé a su lado.

No lo abracé hasta que él se volvió y apoyó la frente en mi hombro.

Entonces lo sujeté.

Lloró sin palabras, agarrado a mi abrigo, con la vergüenza de quien había pasado años sosteniendo a otra persona y no sabía cómo devolverle el cuerpo a alguien. Yo apoyé la mejilla junto a su pelo y miré la pequeña grieta de un azulejo sobre el fregadero.

No pensé en besarlo.

Tampoco pensé en perdonarlo.

Pensé en Daniel sosteniendo a una niña dormida durante dos horas y en que ya no tendría que cambiarla de brazo.

Nicolás se apartó primero. Se secó la cara con la manga y buscó algo en el suelo para no mirarme.

—Perdona.

Negué.

Le tendí un trozo de papel de cocina. Lo cogió y casi sonrió al darse cuenta de lo áspero que era.

—En el baño hay pañuelos de verdad —dije.

Asintió y salió.

Me quedé junto a la mesa. La fotografía había empezado a curvarse en la esquina mojada. La apoyé entre dos hojas limpias, sin peso encima, y le pedí a la hermana de Nicolás una carpeta donde transportarla sin doblarla.

Cuando me despedí de Teresa, ella me cogió de la muñeca.

—No dejes que lo pongan como era al final —dijo.

Tardé un momento en entender.

—La fotografía.

Asentí.

—Lo pondremos como en esta.

Teresa me soltó despacio.

Nicolás me acompañó hasta el portal. Había dejado de llover. En la calle olía a leña y a pan recién hecho de un horno cercano.

—Gracias por venir.

—Mañana te traigo unas pruebas.

Asintió. Después bajó la mirada hacia mis manos.

La esquina mojada de la fotografía había dejado una pequeña mancha de papel sobre mi pulgar.

Él la vio, levantó un dedo como si fuera a quitármela y se detuvo.

Yo me la limpié contra el abrigo.

Nos despedimos sin tocarnos.