La última noche que te vi Capítulo 13
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Capítulo 13

Lo que se guarda

Había tres cajas de Mateo en la habitación pequeña.

Yo recordaba dos. La tercera estaba detrás de la bicicleta que había comprado con la idea de salir al embalse los domingos y que llevaba dos años sin aire en las ruedas. Al moverla dejé una marca negra en la pared.

No traté de limpiarla.

Puse las cajas en el suelo del salón y llamé a Inés antes de abrirlas. Me dijo que no tirara nada, que separara los documentos sin alterar su orden si podía y que le avisara si encontraba algo relacionado con las empresas o con los días anteriores a la desaparición.

—No se pase todo el día haciéndolo —añadió.

Miré el reloj.

—Eso no puedo prometérselo.

La inspectora suspiró de una forma que me hizo pensar que quizá sonreía.

—Pare para comer, al menos.

Empecé a las nueve y cuarto.

La primera caja contenía manuales de aparatos que ya no teníamos, facturas de la reforma y una carpeta con los análisis de mi último tratamiento. Me quedé mirándola sin abrirla. En la portada Mateo había escrito nuestra referencia con su letra ordenada.

La aparté.

La segunda olía a tabaco viejo, aunque él no fumaba. Eran papeles de su padre: seguros, escrituras, garantías. Una vida entera convertida en instrucciones para que otra persona pudiera cancelarla.

En la tercera había fotografías, una cámara analógica de Augusto y una bolsa de negativos.

La cámara era una Olympus pequeña, con la tapa del objetivo unida a la correa por una cuerda demasiado gruesa. Yo la había visto en casa de su padre. Mateo quiso tirarla después del entierro porque el disparador se atascaba. Le dije que podía arreglarse. Él la metió en una caja y yo dejé de verla.

Me senté en el suelo.

Los negativos estaban en fundas de varios laboratorios. Algunos sobres tenían el sello de Foto Arce.

Sentí que las piezas iban a encajar. Abrí el primero demasiado deprisa y tuve que detenerme antes de rasgar el papel.

No había una revelación.

Había un perro junto a una piscina de plástico, Leonor adolescente y Mateo con un flequillo que yo no le había conocido. El mundo seguía conteniendo cosas anteriores a mí.

Aparté los sobres y llamé a Inés para decirle lo que había encontrado. Le pregunté si quería llevárselos.

—¿Las fotografías de la caja tienen negativos entre esos sobres? —preguntó.

—Todavía no lo sé.

—Compruébelo sin manipular las tiras directamente. Usted sabe hacerlo mejor que yo. Si localiza algo, me avisa. Y no haga cambios sobre los originales.

No iba a hacerlos. Aun así agradecí que por una vez me encargara una tarea que podía cumplir.

Llevé las cajas al taller en dos viajes. Julia vino a mediodía y se sentó a mi lado con un bocadillo envuelto en papel de aluminio.

—No he encontrado nada —le dije.

—Mejor para las cosas que no tienen culpa.

La miré.

—¿Eso qué significa?

Ella mordió el pan.

—No sé. Lo he dicho y parecía que significaba algo.

Me reí.

Trabajamos hasta las tres. Ella numeraba los sobres tal como los sacaba; yo observaba las tiras sobre la mesa de luz. Me impresionó lo fácil que mis manos recordaban la distancia a la que debían sujetar una película sin que yo tuviera que pensarlo.

No encontré a Eva ni a Lucía.

En cambio, encontré la casa llena de gente que ya estaba muerta. Un cumpleaños de Augusto. Una comida en el patio. Hombres con camisas de manga corta sentados alrededor de una mesa. Al fondo, junto a la higuera, alguien había apoyado una escalera sobre la pared.

—Ese es el padre de Valdés —dijo Julia.

Señaló una de las figuras.

La miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Estaba en la foto del escaparate. La del mercado. ¿No es él?

Acerqué la lupa. Misma cabeza pequeña, mismas orejas. Podía ser.

No era extraño que las familias se conocieran.

San Román no era grande. Aun así, al ver juntas aquellas personas comprendí por primera vez cuánto había existido antes de que yo llegara.

Mateo no solo tenía secretos: tenía una red de relaciones en la que yo había ocupado un sitio sin conocer los demás.

Guardé la tira. No quería convertir una comida familiar en un delito.

En el fondo de un sobre encontré un recibo de un guardamuebles. Lo había utilizado alguien como papel para anotar dos teléfonos. El membrete decía DEPÓSITOS VARELA. En una esquina había un dibujo de dos llaves cruzadas dentro de un rectángulo verde.

Lo miré un momento.

La ficha de la llave era verde, pero eso no significaba nada. Muchos plásticos eran verdes. Había empezado a repetirlo mentalmente cada vez que algo parecía una pista.

—¿Conoces este sitio? —pregunté a Julia.

Ella se limpió las manos con una servilleta.

—Los de la carretera del polígono. Guardaban muebles cuando se inundaban los bajos. Creo que ahora también alquilan pequeños almacenes.

La factura estaba a nombre de Augusto Rivas y tenía más de diez años.

Le hice una fotografía sin moverla del sobre y se la envié a Inés. Añadí que no sabía si tenía relación con la llave.

Después volví a guardar los negativos.

Mi hermana me miró como si acabara de hacer algo difícil.

—¿Qué?

—Nada.

A las seis y cuarto, la inspectora llamó.

—¿Recuerda haber acompañado alguna vez a su marido a Depósitos Varela?

—No.

—¿Él le habló de guardar allí muebles de su padre?

—No que yo recuerde.

Hubo un ruido de tráfico al otro lado.

—La llave coincide con el modelo que utilizaban para unas taquillas de documentación y efectos personales. Al cerrar uno de sus edificios trasladaron los depósitos a una nave. Estamos comprobando los contratos.

Me senté.

—¿Hay uno a nombre de su padre?

—Hay documentación antigua vinculada a la familia. Necesitamos aclararla antes de acceder a nada.

No pregunté cuándo. Me costó un esfuerzo físico, como mantener quieta una pierna que quería moverse.

—Nicolás también nos ha hablado de ese local —añadió Inés—. Ha hecho trabajos allí. Puede ayudarnos con la cronología de algunos cambios.

La noticia me produjo una punzada que no tuve derecho a convertir en sospecha. Nicolás era carpintero en un pueblo pequeño. Podía haber trabajado en una nave sin que el mundo estuviera organizado para mentirme.

—¿Ha ido a declarar? —pregunté.

—Sí.

Esperé algo más. La inspectora no me lo dio.

Al cerrar el taller encontré a Nicolás en la acera de enfrente.

No se acercó hasta que lo miré. Llevaba una bolsa de tela y tenía el abrigo mojado en los hombros.

Mi primer impulso fue enfadarme. El segundo, cruzar hacia él. Me quedé donde estaba.

—Tengo esto —dijo, levantando la bolsa—. Son tuyos. Los cogí del taller el día que arreglé la estantería.

Eran mi destornillador pequeño, una cinta métrica y el nivel azul con el que había intentado colgar un espejo antes de conocerlo. Los había dejado en su caja de herramientas para que no se perdieran.

—Podías habérselos dado a Celia.

Asintió.

—Podía.

No avanzó.

Crucé la calle. Una furgoneta de reparto esperó a que pasara y el conductor levantó la mano. Le devolví el gesto sin reconocerlo.

Nicolás me entregó la bolsa.

—Gracias.

Se metió las manos en los bolsillos.

—He dado a la inspectora mi teléfono. Se lo he dejado para que lo revisen.

—No tenías que venir a contármelo.

—Ya.

Miré la bolsa. El nivel asomaba por un lado.

—¿Hay más cosas que yo no sepa?

Él sostuvo mi mirada.

—Hay cosas que no sé cómo interpretar. Se las he dado a ella antes de intentar explicártelas yo.

Sentí una mezcla de alivio y rabia.

—¿Mensajes?

—Sí.

Di un paso atrás.

—¿De Mateo?

—No lo sé.

Esta vez, antes de que yo protestara, continuó:

—De un número que no conocía. Nunca llamó. Solo enviaba cosas. Pensé que era alguien del trabajo de Daniel. Ya no sé qué pensar. No quiero darte otra versión que mañana se caiga.

Me aparté el pelo mojado de la cara.

—¿Desde cuándo?

—Empezaron hace unos meses. No cuando te conocí.

Agradecí la precisión y me odié un poco por necesitarla.

Una mujer salió de la panadería con dos barras bajo el brazo. Pasó entre nosotros y pidió perdón sin mirarnos.

—Mi madre me ha contado que te llevó a casa —dijo él.

—Me enseñó una foto de Daniel.

Nicolás miró hacia el puente.

—La del bautizo.

—Sí.

Asintió, casi sonriendo.

—La niña no se dormía con nadie. Él estuvo paseándola dos horas. Luego no podía mover el brazo.

Vi al hombre de la fotografía quejándose, haciendo reír a su madre sin soltar a la niña. No tenía recuerdos suyos, pero empezaba a tener un sitio donde colocar lo que me contaban.

—¿Por qué lo ocultaste tanto tiempo? —pregunté.

Nicolás respiró antes de hablar.

—Al principio quería saber dónde estaba. Después me di cuenta de que tú tampoco sabías nada. Y me había quedado.

—Podías haberte ido.

—Sí.

—Podías habérmelo contado.

—También.

Lo miré con cansancio.

—No necesito que me des la razón en todo.

Por primera vez levantó un poco la voz.

—No sé qué otra cosa hacer, Clara. Si intento explicarlo parece que busco una excusa. Si me callo, parece que estoy guardándome algo. Y las dos cosas se parecen demasiado a lo que ya hice.

Se pasó una mano por la cara.

—Perdona. Eso no es problema tuyo.

La lluvia caía más fuerte. Yo tenía agua dentro del cuello del abrigo y él un mechón pegado a la frente.

—No quería que fueras perfecto —dije—. Quería saber con quién estaba eligiendo quedarme.

Nicolás bajó la mano.

Me dolió ver cuánto había entendido la frase. No me alivió.

—Ahora no puedo estar contigo —añadí.

El ruido de los coches llenó el espacio entre nosotros.

—Lo sé.

—No te estoy pidiendo que me esperes.

—Tampoco voy a pedirte que decidas nada más hoy.

Asentí.

Pude despedirme. En cambio señalé el coche, aparcado a unos metros.

—¿Puedes sujetarme esto mientras busco las llaves?

Cogió la bolsa sin tocarme la mano.

Yo tardé demasiado en encontrarlas.