Capítulo 12
El hombre de la plaza
Tomás Valdés entró en mi taller el martes a las once y media.
Yo lo reconocí antes de que dijera su nombre.
Había visto su cara en el periódico local, detrás de una mesa con botellas de agua, entregando un cheque al equipo de remo.
También lo había saludado en una cena con Mateo, años atrás.
Recordaba que me preguntó si trabajaba por mi cuenta y, antes de que respondiera, empezó a hablar de lo difícil que era encontrar empleados.
Llevaba un abrigo oscuro y una carpeta de piel. En persona parecía más corpulento que en las fotografías. El pelo gris, cortado muy corto, dejaba a la vista el enrojecimiento de la nuca sobre el cuello de la camisa.
No traía fotografías.
—Clara. Lamento mucho todo esto.
Me levanté despacio. La puerta seguía abierta detrás de él. Valdés la cerró con la mano sin apartar la mirada.
Miré el teléfono sobre la mesa. Lo tenía a un brazo de distancia.
—¿En qué puedo ayudarle?
La frase profesional volvió antes que el miedo.
Él observó el taller. Las estanterías, el ordenador, los sobres numerados. Se detuvo en una foto de la plaza que yo había restaurado para el aniversario del mercado.
—Mi padre aparece ahí —dijo, señalando a un hombre junto a una furgoneta—. O eso decía mi madre. La verdad es que yo no lo veo.
No respondí.
Valdés dejó de mirar la fotografía.
—He hablado con Leonor. Está muy afectada.
Sentí que algo se endurecía dentro de mí.
—¿Por qué ha hablado con ella?
—Conozco a la familia desde hace mucho.
Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió el borde de las gafas. Tenía las uñas bien cuidadas, la piel enrojecida junto a un anillo grueso.
—Mateo trabajó conmigo. No siempre estuvimos de acuerdo, pero estas cosas pasan en los negocios. Si puedo ayudar a aclarar algo, quiero hacerlo.
Lo escuché sin moverme.
Sabía por Eva que había trabajado para él. Sabía que estaba asustada. No sabía todavía qué parte de su miedo podía demostrar nadie. Ver al hombre de pie ante mi mesa redujo todas aquellas distancias a tres metros.
—La inspectora Salcedo lleva el caso —dije—. Puede hablar con ella.
—Por supuesto.
Lo dijo como si yo acabara de recordarle una cita de peluquería.
Después bajó un poco la voz.
—Quería advertirle también de que hay personas dispuestas a aprovecharse de una situación así. Gente que lleva años esperando una ocasión para resolver asuntos pendientes.
Pensé en Nicolás. Me enfadó que Valdés pudiera haberlo previsto.
—¿Se refiere a alguien concreto?
Él se puso las gafas.
—No creo que sea prudente hablar de terceros sin que estén presentes.
—Entonces no lo haga.
Se quedó mirándome.
Durante un segundo su cara perdió la amabilidad. No fue un gesto violento. Apenas el tiempo que tardó en decidir qué expresión debía poner después.
—Entiendo que está pasando un mal momento.
Me apoyé en la mesa, con una mano junto al teléfono.
—Tengo trabajo. Si no necesita restaurar una fotografía…
Valdés abrió la carpeta. Vi un sobre blanco, un contrato o una carta. No pude leerlo.
—Conservamos documentación de algunas gestiones que llevó su marido. Si aparecen papeles de empresa entre sus cosas personales, quizá se confunda lo que pertenece a cada uno. Mi abogado puede encargarse de separarlo.
Me miró a la cara al decirlo.
La respiración se me hizo pequeña.
—Lo que encuentro se lo doy a la policía.
—Naturalmente.
Cerró la carpeta.
En la calle pasó Celia con una bolsa de pan. Me vio a través del escaparate, levantó la mano y después miró a Valdés. Hice un gesto que podía ser un saludo o una petición de que no siguiera andando.
Celia se detuvo.
Valdés lo notó.
—No quería molestarla —dijo—. Solo que supiera que puede contar conmigo.
Sacó una tarjeta y la dejó sobre el mostrador. No sobre mi mesa de trabajo. Agradecí absurdamente esa diferencia.
—No hace falta —respondí.
Él retiró los dedos, pero no la tarjeta.
Al abrir la puerta se encontró con Celia.
—Tomás —dijo ella.
Su voz no contenía sorpresa.
—Buenos días.
Se apartó para dejarlo salir. Valdés pasó junto a ella con una inclinación breve de cabeza.
Celia entró y esperó hasta que el coche se alejó.
—¿Qué quería?
Me di cuenta de que tenía las rodillas dobladas. Me senté antes de que lo decidieran solas.
—Documentos.
Ella miró la tarjeta sin tocarla.
—¿Te ha amenazado?
Repasé la conversación. Mi padre aparece ahí. Conozco a la familia. Personas dispuestas a aprovecharse. Papeles que pertenecen a cada uno.
—No sé cómo escribirlo para que parezca lo que ha sido.
Celia sacó su móvil.
—Escríbelo como lo ha dicho.
Llamé a Inés. Le relaté la visita con Celia a mi lado. La inspectora preguntó a qué hora había entrado, qué llevaba, si había tocado algo, si había preguntado por una caja o por una llave.
—No. Por papeles.
—Voy a mandar a un compañero. ¿Tiene cámara en el local?
—Solo una dentro. Enfoca la entrada.
La había instalado para el seguro después de que rompieran un escaparate en la calle de al lado. Durante semanas me molestó verla en la pantalla cuando iba al fondo a buscar un sobre. Aquel día quise besar al hombre que me la vendió.
—No borre ni sobrescriba nada —dijo Inés.
Guardé el tramo completo en una memoria y dejé que el agente que llegó después comprobara la grabación. Se veía a Valdés entrar, hablar y salir. No tenía sonido. Mi cámara no podía demostrar cómo había dicho mi nombre.
Aun así, verlo desde arriba, pequeño dentro del taller, hizo que ocupara menos sitio en mi cabeza.
Cuando el agente se fue, Celia pidió dos cafés en su bar y nos los trajeron. Se sentó frente a mí.
—¿Lo conoces bien? —pregunté.
Sopló sobre la taza.
—Lo bastante para pagarle lo que le deba antes de que tenga que venir a pedírmelo.
—¿Le debes algo?
—No.
Me miró por encima del borde.
—Y por eso lo sé.
Dejé mi café sin beber.
Celia apoyó la taza.
—No voy a inventarte nada. Ha ayudado a mucha gente. También ha hecho negocios con gente que no ha salido contenta. Lo que haya hecho en tu caso lo tendrán que averiguar ellos.
Agradecí que no me ofreciera un catálogo de rumores.
Cuando me quedé sola, llamé a Leonor.
Contestó con la voz distraída de quien ya había empezado a pensar en otra cosa.
—¿Has hablado con Tomás Valdés? —pregunté.
El silencio fue inmediato.
—Me llamó para preguntar por Mateo.
—¿Qué le contaste?
—Lo del coche. Nada que no sepa ya todo el mundo.
—¿Lo de la caja?
No respondió.
Cerré los ojos.
—¿Le dijiste que había una caja en mi dormitorio?
—Me preguntó si habían encontrado algo en casa. Dije que sí. No sabía que fuera un secreto.
Me llevé una mano a la frente.
—No es un secreto. Es una investigación.
—No me hables como si hubiera querido hacer daño.
Respiré despacio. Sabía distinguir la intención del resultado. No sabía cuál de las dos cosas podía permitirme atender en aquel momento.
—Desde ahora —dije—, antes de contarle a alguien cosas de mi casa, me preguntas.
Leonor empezó a protestar. La interrumpí.
—Esto no es una discusión. Es lo que te estoy pidiendo.
Hubo un ruido de papeles.
—De acuerdo.
Colgamos sin despedirnos bien.
Recogí la tarjeta de Valdés con un sobre y la guardé donde me había indicado el agente. Después abrí un documento y escribí la conversación entera, incluso lo del padre en la fotografía. Cada vez que recordaba una palabra distinta, la anotaba al lado en vez de sustituir la anterior.
A las dos y media salí a comprar una cerradura nueva para mi casa.
El ferretero me preguntó si Nicolás no iba a encargarse. Dije que contrataría a un cerrajero. Me ofreció el número de uno que conocía.
Aquella tarde cambiaron el bombín y ajustaron la puerta del patio.
Le di una copia a Julia. Guardé las otras en el bolso.
La vieja llave de Mateo se quedó sobre la mesa de la cocina, entre un folleto de la luz y el recibo del cerrajero.
Durante años había oído aquella llave abrir mi puerta y me había levantado para darle un beso.
La tiré al cajón de las herramientas.