La última noche que te vi Capítulo 11
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Capítulo 11

Una casa vacía

El lunes abrí el taller a las nueve.

No había dormido bien, pero sí lo suficiente para notar que el sueño podía empeorar algunas cosas sin inventarlas.

Mateo seguía desaparecido cuando me lavé la cara.

Nicolás seguía habiéndome mentido cuando elegí unos pendientes.

La niña de la fotografía no era hija de mi marido.

Repetí ese último dato mientras desayunaba, avergonzada por el alivio que todavía me producía.

Julia trabajaba de mañana en la oficina de una empresa de transportes. Antes de irse me recordó que tenía una llave de su casa y que había arroz en el frigorífico. Llevaba tanto tiempo resolviendo comidas y camas que tuve que preguntarle si también estaba durmiendo ella.

—Lo normal —dijo.

—Eso no significa nada.

—Exacto.

La abracé en el pasillo. Se quedó inmóvil un segundo antes de rodearme con los brazos.

En el taller encendí la calefacción, puse agua a la orquídea de plástico que una clienta me había regalado sin decirme que era de plástico y me reí sola al darme cuenta. Llevaba tres meses regándola. Debajo había una mancha circular sobre la madera.

Fotografié la planta y se la envié a Julia.

«Soy un peligro».

Respondió con seis caras llorando de risa.

Necesitaba conservar pruebas de que aún podía pasar algo completamente idiota.

A media mañana vino la mujer del medallón. Se llamaba Amalia. Yo había repasado su ficha antes de abrir, decidida a no llamarla otra vez la madre del muchacho.

Le enseñé las pruebas. Sostuvo las tres imágenes junto a la luz del escaparate y eligió la que tenía menos contraste.

—Aquí se le ven los ojos como eran —dijo.

No lloró. Me pidió que hiciera dos copias más, pagó sin regatear y me preguntó si podía recomendarle una joyería que colocara la fotografía sin doblarla.

Se lo apunté en un papel.

Al llegar a la puerta se volvió.

—Lo he visto en las noticias. Lo de su marido.

Me preparé para las preguntas.

—No crea todo lo que cuentan de alguien porque usted ya no pueda preguntárselo —dijo.

Esperó un momento, como si temiera haber sido indiscreta.

—A mi hijo lo llamaron irresponsable. Conducía el otro.

No supe qué decir.

Ella asintió, agradeciéndome quizá que no lo intentara, y se fue.

A las doce recibí una llamada de Inés. Había revisado con su equipo la casa del embalse. No había encontrado a nadie viviendo allí.

—¿Puedo ir? —pregunté.

—Necesito que venga a identificar algunos objetos. Si puede ser, esta tarde. No vaya antes.

Me apoyé en la mesa.

—¿Qué objetos?

—Los verá aquí. Un compañero la recogerá en el desvío. Le enviaré el punto.

—¿Hay algo de Mateo?

—Hay pertenencias de su marido. Por eso la llamo.

Me dio una hora. Colgué, escribí tres líneas a Julia y después llamé a Leonor.

Me sorprendió hacerlo sin sentir que le debía una explicación.

—Van a enseñarme cosas de la casa de tu padre —dije—. ¿Hay algo que deba saber antes de entrar?

Leonor tardó en responder.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que he dicho.

Oí papeles al otro lado.

—Había herramientas de mi padre. Una mesa con una quemadura en una esquina. Dos arcones. No sé qué habrá hecho Mateo con ellos.

—¿Ibas allí?

—No desde antes de que mi padre muriera.

Me senté.

—La niña de las fotos no es su hija.

No sabía por qué necesitaba decírselo.

Leonor dejó de mover papeles.

—Ah.

Me escuchó contar que Eva había estado escondida en la casa. No le hablé de los documentos ni de la llamada. Eso tendría que preguntarlo a la policía, no a mí.

—¿Entonces la ayudaba? —preguntó.

La esperanza en su voz me hizo cerrar los ojos.

—No lo sé todo todavía.

—Pero eso es bueno.

Miré la fotografía del padre de una clienta, todavía incompleto sobre mi pantalla.

—Una cosa buena no explica las demás, Leonor.

No discutió.

A las cuatro dejé el coche donde me indicaron. Ortega me esperaba junto a un vehículo sin distintivos. Me ofreció ir con él el resto del camino para no aparcar en el arcén. Acepté.

La carretera había cambiado desde mi última visita.

Había un quitamiedos nuevo y una señal amarilla advertía de un desprendimiento que nadie había retirado.

Más abajo, el embalse dejaba ver una franja de tierra desnuda, demasiado ancha.

Parecía que alguien hubiera vaciado una bañera sin limpiarla después.

No vi el lugar donde habían encontrado el coche. Ortega no lo señaló.

La casa estaba detrás de la higuera. Las contraventanas azules habían perdido casi toda la pintura. Había ortigas junto a los escalones y una cinta en la verja que un agente apartó para dejarnos pasar.

Inés esperaba en la entrada, con una chaqueta impermeable y fundas de protección sobre los zapatos. Me dio un par antes de entrar.

—No toque nada. Si reconoce algo, me lo dice.

Asentí.

La primera habitación olía a cierre y a yeso mojado. Reconocí la mesa con la quemadura y un sillón que había estado en nuestro salón durante unos meses. Mateo dijo que lo regalaría. Yo no volví a preguntar.

—Ese sillón era nuestro.

Inés lo anotó.

Había un vaso en el fregadero, una cazuela boca abajo y tres platos desconchados. En la pared de la cocina quedaba la sombra rectangular de algo retirado hacía tiempo. Pensé en la caja de cereales de mis fotos.

—Yo estuve aquí hace cuatro años —dije—. Tengo fotografías de aquella tarde. Puedo enviar los originales. Las fechas están en los archivos.

—Envíelos sin modificarlos.

—No los he tocado.

Entramos en un dormitorio pequeño. Una cama individual, un armario de puertas correderas y una cómoda sin espejo. Sobre el colchón había una tela gris. En el alféizar, una ficha de dominó.

No había juguetes.

Yo esperaba encontrar a la niña de las fotos impresa en la casa de alguna forma: marcas de lápiz, una horquilla, un dibujo abandonado. Verla tan vacía me hizo comprender lo poco que dura una vida cuando alguien tiene que llevársela dentro de una maleta.

En el cuarto siguiente estaba la ropa de Mateo.

No mucha. Un pantalón, dos camisas y una chaqueta gris colgada de un clavo detrás de la puerta.

Me detuve.

La inspectora lo notó.

—¿Qué reconoce?

Señalé la chaqueta.

—Esa.

Era la que llevaba cuando se marchó. La había descrito de memoria en mi primera declaración. Lana gris, cuello corto, el forro de una manga descosido. Había pensado en arreglarlo aquella misma semana.

El técnico que nos acompañaba levantó la prenda sin sacarla de su protección. Me mostró el interior.

La costura abierta estaba allí.

Tuve que apoyar la espalda contra la pared sin llegar a tocarla del todo.

—Es suya —dije.

Inés esperó antes de preguntar si me encontraba bien.

Yo asentí porque quería seguir.

—¿Estaba aquí desde entonces?

—Todavía no podemos fechar cuándo llegó.

La miré.

—Pero vino después de salir de casa.

—Sabemos que la chaqueta está aquí. Para afirmar lo demás necesitamos más datos.

La precisión me enfureció hasta que comprendí que también me estaba protegiendo de mí.

En la habitación había una mesa estrecha con manchas de tinta. Le faltaba un cajón. Sobre ella habían dejado una carpeta de documentos dentro de una funda transparente.

La inspectora me enseñó la portada de una libreta de tapas verdes.

—¿La reconoce?

—Usaba de esas en el despacho. Las compraba por cajas.

—¿Puede decir si esta es suya?

Negué.

Había escrito algo en la esquina. M.R. Aquellas iniciales me parecieron insuficientes incluso para mí.

—No solo por eso.

Inés asintió y retiró la carpeta.

Antes de salir pasamos junto a una puerta que daba a la parte de atrás. Vi los primeros escalones de una escalera exterior, cubiertos de hojas. Descendían hacia una explanada y más allá se insinuaba el agua.

La barandilla tenía una sección más nueva que las otras.

—No salga por ahí —dijo Ortega.

Me había acercado sin darme cuenta.

Volví hacia el pasillo. Junto al marco había una marca oscura, del tamaño de una mano, que alguien había rodeado con una señal pequeña. No pregunté. El miedo me había quitado por fin la curiosidad.

En la puerta, Inés me devolvió el abrigo.

—Necesitamos que repase si su marido tenía algún lugar donde guardar documentación fuera del despacho y de su vivienda.

Pensé en trasteros, cuentas, cajones que nunca había abierto.

—No conozco ninguno.

—Puede tomarse su tiempo.

Iba a decirle que no. Que ya me había tomado tres años.

Entonces miré la llave del coche entre mis dedos y recordé la ficha verde de la caja.

El dieciocho.

Una llave demasiado pequeña para una puerta.

—¿Han averiguado qué abre?

Inés no necesitó preguntarme a cuál me refería.

—Lo estamos comprobando.

En el coche de vuelta, Ortega puso la calefacción sin preguntarme. Miré la casa por la ventanilla hasta que la higuera la ocultó.

No había encontrado a mi marido.

Había encontrado su chaqueta. Por primera vez tenía una prueba de que, después de que yo le pidiera marcharse, llegó a algún sitio.