Capítulo 10
El lado del río
El domingo mi madre llamó a las ocho y diez.
Julia había conseguido mantenerla al margen de algunos detalles, pero no de la hora a la que yo debía despertarme para demostrárselo.
—Estoy bien —dije antes de que preguntara.
—Eso dice tu hermana.
—Entonces somos dos.
Hubo un silencio. Escuché el sonido de una taza sobre un plato.
—¿Has comido algo?
—Me acabo de levantar.
—Pues desayuna.
Me senté en la cama y apoyé los pies sobre una baldosa helada. Mi madre no preguntó por Nicolás. Quise a Julia un poco más.
—Si necesitas que vaya…
—De momento no, mamá.
—Puedo coger el autobús.
—Lo sé.
La dejé hablar del horario durante unos minutos. Al final prometí llamarla por la tarde y cumplir la promesa me pareció una tarea posible.
A las once salí a caminar.
Julia quiso acompañarme, pero necesitaba estar sola sin el dormitorio de Mateo alrededor.
Le dije adónde iba, llevé el teléfono cargado y elegí la senda del río, donde siempre había corredores y gente con perros.
Agradecí no tener que discutir que una persona pudiera querer aire y seguir siendo prudente.
El pueblo se dividía a ambos lados de un puente de piedra. En la orilla vieja estaban mi taller, la plaza y la iglesia. En la otra, las casas bajas, el instituto y los huertos que los propietarios se empeñaban en conservar aunque los bajos se inundaran cada dos inviernos.
Nicolás vivía en el lado del río que yo apenas pisaba.
Lo pensé al llegar al puente. Seguí hacia los huertos, enfadada conmigo por haber escogido aquel camino y después atribuirle intención a cada paso.
Me detuve junto al kiosco cerrado para atarme una zapatilla. Al incorporarme vi a una mujer de pelo blanco intentando cerrar un carro de compra. Se le había enganchado una bolsa entre el marco y la tela.
La reconocí antes de que ella me viera.
Había acompañado a Nicolás una vez a dejarle una estantería. Su madre me había dado un tarro de mermelada y había insistido en devolverme la bolsa donde llevaba las mandarinas. Se llamaba Teresa.
Podía seguir de largo.
Di dos pasos en otra dirección. Después volví.
—Espere, se lo sujeto.
Ella levantó la cabeza.
Vi cómo me reconocía y cómo ese reconocimiento le complicaba la cara.
—Clara.
—La bolsa está pillada.
Sostuve el carro mientras ella tiraba del plástico. Olía a puerros. Al quedar libre, lo cerró de un golpe más fuerte de lo necesario.
—Gracias.
Me limpié las manos en el abrigo.
No me preguntó cómo estaba. Tenía los ojos hinchados y una marca roja en el puente de la nariz, de llevar gafas que ahora no tenía puestas.
—Nicolás me lo ha contado —dijo.
Miré hacia el agua.
—Ya.
—No voy a disculparlo.
Asentí sin saber si debía agradecerlo.
—Era usted… —Empecé de nuevo—. ¿Lo sabía usted desde el principio?
Teresa apretó la mano sobre el asa del carro.
—Que se acercó a ti buscando información, sí.
Sentí el calor subir hasta las mejillas.
El tarro de mermelada estaba todavía en mi cocina. Había devuelto el cristal limpio con una nota de gracias.
—Cuando fui a su casa…
—Sí.
Respiré hondo. Ella no trató de agarrarme del brazo.
—Creo que debería irme.
—Lo entiendo.
Aquella facilidad para dejarme marchar me detuvo más que una súplica.
Al otro lado del puente, un perro ladró a una bicicleta. Nos quedamos mirando el mismo punto sin verlo.
—¿Cómo era? —pregunté al fin.
Teresa se volvió hacia mí.
—Daniel —aclaré.
Su cara cambió. No se alegró. Pareció que la pregunta le quitaba una obligación que había estado sosteniendo con los dientes.
—Era muy gracioso cuando no debía —dijo.
Me miró para comprobar si la respuesta servía.
—En el colegio me llamaban porque hacía reír a los demás cuando alguien estaba castigado. Su hermano se callaba hasta para estornudar. Daniel, no.
Sonreí apenas.
—Nicolás no parece muy callado ahora.
—Lo era.
Teresa se apartó del carro y se sentó en un banco. Yo permanecí de pie, con las manos en los bolsillos.
—Tenía deudas —continuó—. Ya te lo habrá dicho. Y malas compañías. Hubo temporadas en que yo escondía el dinero cuando venía a comer. No quiero que creas que estoy hablando de un santo.
La miré.
—No lo creo.
—La policía me preguntó si podía haberse ido por voluntad propia. Dije que sí porque era verdad. Después me pasé tres años pensando que, si hubiera dicho que no, lo habrían buscado de otra manera.
Se le dobló el labio y lo sujetó con los dientes.
Yo me senté.
Desde el banco se veía un tendedero con ropa de niño en una galería. Una manga roja giraba a cada ráfaga.
—A mí me preguntaron si Mateo podía haberse marchado con otra mujer —dije—. También dije que sí.
Teresa me miró de reojo.
—¿Lo pensabas?
—No. Pero podía. ¿Cómo iba a saberlo?
La mujer asintió despacio.
No volvimos a hablar durante un rato.
Antes de levantarnos me preguntó si había desayunado. Me dio risa, una risa breve que no esperaba.
—Mi madre también lo ha preguntado.
—Entonces no lo has hecho.
Me invitó a tomar un café en su casa. Miré el teléfono. Julia acababa de enviarme una foto de dos tostadas quemadas y un mensaje: «He desayunado por ti y ha sido terrible».
Le dije dónde estaba y que tardaría un poco más.
La casa de Teresa era pequeña y estaba caliente. En el recibidor había un paragüero lleno y un zapato solitario bajo un banco.
—Es para que no cojee el banco —explicó—. Iban a arreglármelo.
No dijo quién.
Me condujo a una cocina con cortinas amarillas. Sobre la mesa había una carpeta azul, cerrada. Teresa la cogió y la guardó en un cajón.
—No hace falta que hagas nada —dijo al verme mirar—. Son cosas de Daniel.
Yo no había ofrecido ayuda. Agradecí que tampoco me la pidiera.
Puso café y dos rebanadas de pan. Mientras esperaba buscó una fotografía en el aparador.
Daniel estaba apoyado contra una pared de ladrillo, con una niña pequeña dormida sobre el hombro. No era Lucía. Llevaba un vestido de bautizo y tenía los puños cerrados.
—Su sobrina —dijo Teresa—. La hija de mi hija.
Estudié el rostro. Se parecía a Nicolás en la frente y en la distancia entre los ojos, pero la sonrisa ocupaba más sitio. Tenía una oreja algo despegada. Aquello me permitió verlo como alguien distinto de su hermano.
—¿Le importa que le pregunte una cosa?
Teresa asintió.
—¿Por qué no vino usted a buscarme? Si pensaban que sabía algo.
La mujer dejó el cuchillo junto al pan.
—Fui al taller. Un martes. Estabas con una señora que lloraba por un retrato. Te vi desde fuera.
Yo no recordaba aquel día. Había habido muchas señoras.
—Pensé que después de atenderla saldrías —continuó—. Me quedé en la plaza. Luego vi a Nicolás bajar por la calle con una bolsa de la ferretería y entrar contigo. Cuando volvió a casa me dijo que no sabías nada. Quise creerle.
Me miró con una franqueza que me obligó a no apartar los ojos.
—Quise creerle porque ya no podía ir yo también a preguntarte dónde estaba mi hijo.
El café empezó a salir. Teresa se dio la vuelta para apagar el fuego.
En el pasillo sonó una llave.
Me quedé rígida.
—Mamá, he comprado…
Nicolás apareció en la puerta con una bolsa de fruta. Se detuvo al verme. La bolsa le rozó una pierna y una naranja cayó al suelo, rodando hasta la pata de la mesa.
Nadie se movió para recogerla.
—No sabía que estabas aquí —dijo.
—Yo tampoco sabía que ibas a venir.
Teresa cogió la cafetera con un paño.
—Clara me ha ayudado con el carro. La he invitado a desayunar.
Él asintió. Miró la fotografía que estaba junto a mi taza y después a su madre.
—Voy a dejar esto.
Desapareció por el pasillo.
Yo me levanté.
—No te vayas por él —dijo Teresa.
No supe cómo explicarle que necesitaba irme por mí.
Me puse el abrigo. Nicolás salió del cuarto donde había dejado la fruta y se apartó para dejarme pasar.
Tenía peor cara que la última vez. Me enfadó haberlo notado.
—¿Estás bien? —preguntó.
Pude haber dicho no, que parecía ser la respuesta que todo el mundo esperaba.
—Estoy en casa de Julia.
Asintió una vez.
—Bien.
—No necesito que te parezca bien.
Él bajó la cabeza.
—Quería decir que me alegro de que no estés sola.
Me abroché el abrigo demasiado deprisa. Un botón entró en el ojal equivocado.
Nicolás lo vio. No extendió las manos para corregirlo.
Esa contención me dolió más que si me hubiera tocado.
—Tu madre me ha enseñado una foto de Daniel —dije.
Volvió la cabeza hacia la cocina.
—Tenía otras mejores.
—A mí me gusta esa.
Nos quedamos un momento frente a frente. Hasta entonces yo había pensado en su hermano como la razón de su mentira. En aquella casa, con el olor del pan caliente y una naranja bajo la mesa, empecé a entender que era también la razón de muchas otras cosas.
Entenderlo no me acercó a él. Me quitó el derecho a simplificarlo.
Al salir encontré a Teresa junto a la puerta. Me tendió una bolsa con dos tostadas envueltas.
—Para tu hermana —dijo.
La cogí.
Bajé hacia el río sin volverme. No quería comprobar si Nicolás seguía mirándome desde la entrada.