Capítulo 9
La voz prestada
—¿Quién llamó? —pregunté.
Eva recogió el vaso con ambas manos, pero no bebió.
—No dijo su nombre.
Inés se levantó.
—Clara, espere fuera con su hermana. Después hablaremos.
—Acaba de decir que alguien llamó de parte de mi marido.
—La he oído.
No levantó la voz. Aun así, me quedé callada. Julia me cogió el bolso del respaldo y lo puso en mi regazo. El peso me devolvió a la silla, a mis piernas, al suelo de linóleo donde una raya negra había resistido todas las fregonas.
Miré a Eva. Tenía los ojos fijos en el borde del vaso.
—¿Por qué no lo has contado antes?
—Porque esta mañana no sabía si aquella llamada tenía relación con esto.
Inés abrió la puerta.
Me levanté. Al pasar junto a ella tuve ganas de pedirle perdón por algo, aunque no sabía por qué. No lo hice.
En el pasillo había dos sillas de plástico y una máquina de bebidas que emitía un zumbido agudo. Julia me tendió el abrigo. Me lo puse sin meter un brazo en la manga.
—Arréglate eso —dijo, tirando un poco del cuello.
Me senté. Ella se quedó de pie.
—¿Me estaban buscando? —pregunté.
—No sabemos.
—Otra persona dijo que yo lo sabía. Hace tres años, hace dos semanas. Yo sigo sin saber nada.
Julia apoyó la espalda en la pared.
—Ahora sabemos más que ayer.
Me tapé la cara con las manos. Julia había sido profesora de primaria durante siete años antes de cambiar de trabajo. Aún utilizaba, cuando estaba asustada, aquella voz con la que explicaba a un niño que una resta no podía resolverse contando lo que le gustaría tener.
—No me hables como a un alumno.
—Pues no me preguntes cosas que tampoco sé.
Nos miramos. Ella fue la primera en apartar la vista.
—Voy a traerte agua.
—No quiero.
—Para mí, entonces.
Volvió con dos botellas.
Esperamos cuarenta y tres minutos. El reloj de la máquina iba siete minutos adelantado. Miraba alternativamente las dos horas como si una pudiera correr más que la otra.
Vi pasar a un hombre con una bolsa transparente que contenía un cinturón. Vi salir a una mujer joven limpiándose la cara con el dorso de la mano. Me pregunté cuánto de la vida de los demás ocurría en lugares a los que yo solo había aprendido a llegar porque Mateo había desaparecido.
Cuando la puerta se abrió, Eva salió sola. Se detuvo al verme.
Julia dejó de mover la botella entre las manos.
—Lo siento —dijo Eva.
Tenía el abrigo sobre un brazo. Dentro del bolso le sonó un móvil con una melodía infantil. Lo silenció sin mirar.
—No sé lo que me estás pidiendo que perdone —respondí.
Ella asintió, despacio.
—Tienes razón.
Quiso añadir algo. La inspectora apareció en el umbral y Eva se marchó por el pasillo, con los hombros encogidos. La vi responder al teléfono antes de doblar la esquina. Su voz cambió al decir cariño. No sonaba menos asustada, pero encontró sitio para que una niña no tuviera que saberlo.
Inés nos dejó entrar de nuevo.
Había retirado los vasos. Sobre la mesa solo quedaban su libreta y un bolígrafo que no era el de antes.
—La persona que llamó no habló con Eva —dijo—. Habló con su hija. La niña estaba usando el teléfono de casa. Eva oyó parte de la conversación desde otra habitación, cogió el auricular y la llamada se cortó.
—¿Y no lo denunció?
—Ahora estamos documentando lo que pasó. Según lo que nos ha contado, no hubo una amenaza explícita. La llamada se presentó como una gestión pendiente de una época en que su marido la había ayudado.
—¿Qué gestión?
La inspectora sostuvo mi mirada.
—Preguntaban si su madre conservaba unas cosas que el señor Mateo había dejado a su cuidado.
Pensé en la caja.
—¿La niña reconoció la voz?
—No vamos a pedirle a una menor que adivine quién habló con ella. Comprobaremos lo que podamos con los datos de la línea.
—¿Y por qué dijo mi nombre?
—No dijo su nombre. Dijo su mujer.
Aquello fue peor. Yo me había agarrado a la idea de un desconocido pronunciando Clara Vidal en algún lugar. Dos palabras concretas que podían conducir hasta él. Su mujer era apenas un papel que cualquiera podía entregarme sin preguntar.
—No he autorizado a nadie a hablar por mí —dije.
Inés lo apuntó. Me preguntó si había notado llamadas extrañas en las últimas semanas, visitas al taller, personas interesadas en los papeles de Mateo. Traté de recordar. Un comercial de alarmas. Un hombre que preguntó si vendía carretes. Una clienta nueva que quería digitalizar diapositivas.
Nada se sostenía más de unos segundos.
—No rellene los huecos —me recordó.
Miré sus manos. Tenía tinta en el lateral del dedo corazón.
—¿Usted no lo hace nunca?
La pregunta la sorprendió.
—Sí —dijo—. Por eso procuro que lo que imagino no se mezcle con lo que puedo comprobar.
Se recostó un poco en la silla.
—Quiero que me escuche. No tiene que resolver esto para que nosotros sigamos trabajando. Necesito que me dé los datos que conoce, no que se ponga a obtener otros.
—Era mi marido.
—Lo sé.
—Todo el mundo me dice que espere, pero nadie me dice a qué.
La inspectora me miró un momento antes de responder.
—A que podamos decirle algo que no le obligue a vivir otras tres semanas con una conclusión equivocada.
Me dolió porque era razonable.
Antes de irnos me pidió que mantuviera las rutinas en compañía si me sentía insegura y que avisara ante cualquier contacto relacionado con Mateo. No me recomendó desaparecer de mi casa ni me prometió que todo estuviera controlado. Lo agradecí y lo detesté a la vez.
En el coche, Julia encendió la calefacción y dirigió las dos salidas de aire hacia mí.
—¿Te vienes a dormir a mi casa?
—Mañana tengo que trabajar.
—Mañana es domingo.
Me quedé mirando el parabrisas. Un limpiaparabrisas dejaba una raya de agua frente a mis ojos.
—Ya.
—No te estoy llevando a una residencia. Puedes volver cuando quieras.
Asentí.
Fuimos a recoger ropa. Mi casa olía a café frío. Mientras llenaba una bolsa, Julia se puso a sacar platos del lavavajillas, que llevaba limpio desde el jueves. Encontré el botón blanco en la papelera del dormitorio y lo miré un instante antes de anudar la bolsa de basura.
Dejé un jersey dentro del armario. No supe por qué ese gesto me importó hasta que cerré la puerta: no me estaba mudando. Podía irme una noche y volver.
Abajo, mi hermana me llamó desde la cocina.
Sobre la mesa había un papel doblado que yo no había visto al entrar. Sentí un golpe de miedo antes de reconocer mi propia letra.
Era la dirección de Foto Arce.
—Vamos —dije.
En casa de Julia dormí en la habitación de invitados, entre una bicicleta estática y un tendedero plegado.
Mi hermana, dos años mayor que yo, tenía cuarenta y vivía sola desde que Sergio se marchó con una mujer que vendía cocinas.
Durante meses llamó a aquella relación la exposición, como si convertirla en un chiste la hiciera más fácil de guardar.
Aquella noche no bromeó.
Me dejó unas sábanas limpias, una toalla y un vaso de agua. Después se sentó en el borde de la cama.
—Voy a decirte una cosa y no hace falta que contestes.
Me quité un calcetín.
—Cuando lo de Sergio, me preguntaste si no había visto señales. No dijiste nada malo. Pero yo estuve medio año buscándolas para darte la razón.
La miré.
—Julia…
—No. Déjame terminar. Me he acordado hoy. No voy a hacértelo a ti.
Se levantó y alisó con la mano un pliegue de la colcha.
—Si sabes algo, me lo cuentas. Si no, no tienes que demostrarme que has sido lista.
La vi salir sin encontrar palabras.
Dejé el móvil sobre la mesilla. No había mensajes de Nicolás.
Quise escribirle. No para perdonarlo ni para preguntarle nada. Quise que supiera que aquella noche no estaba en casa, porque durante casi tres años había sido a él a quien le decía dónde estaba.
Abrí su conversación.
Me quedé mirando la última frase que yo le había enviado: «Ven. Pero esta vez no me digas solo lo que yo pregunte».
Apagué la pantalla.
En la cocina, Julia dejó caer una cuchara y la oí insultarla en voz baja. Aquel ruido, tan suyo y tan ajeno a Mateo, me permitió cerrar los ojos.