La última noche que te vi Capítulo 8
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Capítulo 8

La mujer que no era yo

El sábado por la mañana recuperé los originales de aquella fotografía.

Los tenía en un disco duro etiquetado como CASA Y VIAJES, dentro de una caja de zapatos en el taller. Julia me acompañó. No quiso dejarme sola y yo no tuve ganas de discutir.

Llevamos café en vasos de cartón. Ella barrió el suelo mientras yo conectaba el disco. Mi hermana siempre había necesitado una tarea para soportar la preocupación.

Las carpetas estaban ordenadas por años. Cumpleaños, una escapada a Lisboa, la reforma del baño. Abrí miniaturas de una vida que había dejado de consultar porque conocía demasiado bien la sensación que venía después.

Encontré la fotografía en una carpeta de junio, cuatro años atrás.

Mateo estaba sentado en el embarcadero de la casa de su padre, con una camisa azul y el pelo demasiado largo. Aquella tarde habíamos ido a recoger unas sillas. Yo había llevado la cámara porque esperaba fotografiar la niebla sobre el agua al anochecer.

Recordé un bocadillo de tortilla. Recordé que él se enfadó porque manché el asiento del coche.

No recordé haber sido feliz. Aquello me dio más miedo que acordarme de una discusión.

Abrí las imágenes anteriores.

La higuera. Un muro. Mateo de espaldas, hablando por teléfono junto a la casa. Una cortina corrida en una ventana del piso de arriba.

Me acerqué a la pantalla.

La casa estaba vacía, decía él. Pero la ventana tenía una cortina blanca que no recordaba de nuestra primera visita. En la cocina, visible a través de la puerta abierta, había una caja de cereales encima de la mesa.

Nada de eso era una prueba de nada. Lo sabía. Aun así, guardé copias de la serie completa.

—¿Qué buscas? —preguntó Julia.

—No lo sé.

Dejó la escoba.

—Entonces para un momento.

No paré. Abrí los datos de las fotografías. La hora, la fecha, el objetivo. Necesitaba una certeza aunque fuera tan pequeña como saber que yo había estado allí a las diecinueve y doce.

El teléfono vibró junto al teclado.

Un número desconocido.

Julia lo miró antes que yo.

—Pon el altavoz.

Contesté.

—¿Clara Vidal?

La voz era de un hombre joven, o al menos más joven que la mujer de la tienda.

—Sí.

—Soy Andrés Arce. Mi madre me ha dicho que llamó ayer.

Julia se acercó a la mesa.

—Sí. Ya he hablado con la policía.

—Lo sé. Han contactado esta mañana. Les he explicado lo que recordaba.

Esperé.

—Tengo que pedirle una cosa —continuó—. Mi madre se ha asustado. No sabía quién era usted. No se lo tome como algo personal.

—No lo he hecho.

—Y no vuelva a llamarla para preguntar por la mujer de las fotografías. Si necesita algo, hable conmigo o con la inspectora.

Me agarré al borde de la mesa.

—¿Sabe quién es?

El hombre vaciló.

—No puedo hablar de eso.

—¿Mateo iba con ella a su tienda?

—Señora Vidal…

—Solo dígame si la niña era suya.

Lo dije de una vez, sin darme tiempo a retirar la pregunta.

Al otro lado oí una respiración. Después, una voz distinta, más lejos:

—Déjame.

Hubo un roce contra el micrófono.

—Clara.

La mujer que pronunció mi nombre no era la de la tienda. Tenía una voz más baja, cansada.

Me quedé quieta.

—No es hija de Mateo —dijo—. La niña es mía.

Julia apoyó la mano sobre mi hombro.

—¿Quién eres?

—Eva.

Miré la pantalla del ordenador, a mi marido sentado junto al agua.

—¿Dónde está Mateo?

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?

Eva no respondió enseguida.

—No estuvimos juntos de la forma que piensas.

Cerré los ojos.

Aquella frase había aparecido demasiadas veces en las películas, en las conversaciones de otras mujeres, en mis propias pesadillas. Quise colgar antes de tener que escucharla entera.

—Clara —dijo Eva—. Me han llamado esta mañana porque la policía ha preguntado por mí. He venido a la tienda para entender qué estaba pasando. Andrés es mi primo. No quiero hablar de esto delante de su madre.

—No tienes que hablar conmigo.

La voz me salió dura.

—Creo que sí.

Se oyó una puerta. La llamada cambió de sonido, como si Eva hubiera entrado en una habitación más pequeña.

—Quiero hablar contigo delante de la inspectora —dijo—. No a solas. Si ella está de acuerdo.

No había pensado en esa posibilidad. Había imaginado un portal, un enfrentamiento, una mujer que me miraba desde el otro lado de una vida que yo desconocía. No una cita con una policía presente.

—¿Por qué?

Eva tardó en responder.

—Porque si has recibido un mensaje suyo, necesito saber exactamente qué decía.

Se me contrajo el estómago.

—¿Cómo sabes lo del mensaje?

Julia me apretó el hombro.

Esta vez la pausa duró demasiado.

—Me lo ha dicho la inspectora al preguntarme si tenía algún contacto con él —respondió Eva—. Nada más. No sé el contenido.

Era posible. No sabía si era cierto.

Le dije que llamaría a Inés. Colgamos sin despedirnos.

La inspectora contestó enseguida. Confirmó que había hablado con Eva, que le había preguntado por el mensaje y que estaba tomando declaración a varias personas. No me dio detalles. Le repetí la propuesta de la mujer.

—No tiene obligación de verla —dijo.

—Quiero hacerlo.

—Voy a hablar con ella antes.

Esperamos dos horas.

Julia salió a comprar bocadillos. Yo cerré las carpetas y trabajé en la fotografía para el medallón de la clienta. Recorté al muchacho sin borrar la mano de su madre. El resultado quedó mejor de lo que esperaba. Lo guardé en tres tamaños distintos y preparé una copia en papel.

A veces el trabajo era lo único que todavía respondía a lo que yo hacía.

Inés llamó a la una y media. Nos recibiría a las cinco.

Eva había pedido que la conversación no sustituyera su declaración formal y que su hija no estuviera presente.

La inspectora me explicó que no sería un interrogatorio ni podría contarme todo lo que sabía.

Si yo quería acudir con mi hermana, podía hacerlo.

Dije que sí.

Pasamos la tarde en mi casa. Julia hizo una tortilla que se le pegó y después se enfadó con la sartén, conmigo y con el precio de los huevos, en ese orden. Casi me reí.

A las cuatro y cuarto me cambié de ropa.

Saqué una camisa negra, la dejé sobre la cama y elegí un jersey gris. No quería vestirme para conocer a la mujer de una fotografía. Después comprendí que eso era exactamente lo que estaba haciendo y me senté un momento en el colchón.

El armario seguía separado de la pared.

No lo moví.

Eva ya estaba en la sala cuando llegamos.

La reconocí por la forma de recoger el pelo detrás de las orejas, aunque en las fotografías lo llevaba largo y ahora apenas le rozaba la mandíbula.

Era casi negro, más oscuro de lo que parecía en las copias.

Bajo la luz de la sala se le veían unas pecas finas sobre la nariz.

Tenía ojeras, las manos pequeñas y una quemadura antigua en el dorso de la derecha.

No era especialmente joven. Quizá treinta y cinco.

La niña de las fotos tendría ahora nueve o diez años.

Se levantó al verme.

Ninguna de las dos supo si debía ofrecer la mano.

Inés cerró la puerta y nos señaló las sillas. Julia se sentó junto a mí. Eva se quedó enfrente, con un vaso de agua entre las manos.

—Antes de empezar —dijo la inspectora—, si alguna no quiere responder a algo, puede decirlo. Y si necesito detener la conversación, lo haré. ¿De acuerdo?

Asentimos.

Miré a Eva.

—¿Vivías en la casa del embalse?

—Durante unas semanas.

—¿Con mi marido?

—No. Con mi hija.

—¿Él iba?

—Sí.

Sentí a Julia moverse a mi lado.

—¿Por qué?

Eva miró el agua. La superficie temblaba aunque tenía el vaso apoyado sobre la mesa.

—Trabajaba para Tomás Valdés. Llevaba la contabilidad de dos de sus empresas. Encontré cosas que no debía y guardé copias.

—¿Qué cosas?

Inés intervino antes de que Eva respondiera.

—Algunos detalles forman parte de su declaración. Ahora no vamos a entrar en ellos.

Me volví hacia la inspectora.

—Entonces, ¿de qué podemos hablar?

—De lo que necesita aclarar sobre la relación con su marido, siempre que no interfiera en las comprobaciones.

Miré de nuevo a Eva.

—¿Te amenazaron?

Ella asintió.

—Una tarde alguien entró en mi piso. No se llevó el televisor, ni un sobre con dinero que estaba dentro de un cajón. Solo mis carpetas y un ordenador viejo. Al día siguiente me enviaron una fotografía de Lucía saliendo del colegio.

La niña tenía nombre.

Lucía.

Eva soltó el vaso.

—Mateo era abogado de la empresa. Yo ya había hablado con él de lo que estaba pasando. Me ofreció la casa hasta que pudiera irme.

—¿Y por qué no fuiste a la policía?

La pregunta salió con un reproche que no había previsto.

Eva me miró por primera vez sin bajar los ojos.

—Porque estaba asustada. Y porque yo había firmado algunos papeles. Mateo me dijo que tenía que ordenar las pruebas antes de denunciar. Después comprendí que también necesitaba tiempo para protegerse él.

No defendía a mi marido. Aquello me obligó a escuchar de otra manera.

—¿Sabías que estaba casado?

—Sí.

Me retorcí las manos debajo de la mesa.

—¿Y no te pareció raro que yo no fuera nunca a esa casa?

Eva miró a Inés, luego volvió hacia mí.

—Me dijo que no querías venir.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué iba a decirte eso?

—Porque dijo que lo sabías.

En el pasillo alguien se rio, una carcajada breve que se cortó al otro lado de una puerta.

No entendí a Eva a la primera. O quizá la entendí y necesité que lo dijera de otra forma.

—¿Qué sabía?

—Todo. Lo de la empresa, lo de mi hija. Que estábamos allí. Mateo me dijo que lo habíais hablado y que tú preferías mantenerte al margen.

Abrí la boca y no dije nada.

Mi marido me había colocado en una conversación que nunca había tenido. Había tomado mi nombre, mi silencio y mi casa, y había hecho con ellos una versión de mí que servía para tranquilizar a otra persona.

—Yo no sabía nada —dije.

Eva se llevó una mano al cuello.

—Ahora lo sé.

La inspectora empujó hacia mí una caja de pañuelos. No la cogí.

—¿Cuándo lo viste por última vez? —pregunté.

—El miércoles anterior a que desapareciera. Me dio dinero y me dijo que tenía que marcharme antes del fin de semana. Yo creí que el dinero era suyo.

Pensé en nuestra cuenta, en la pantalla del móvil, en Mateo pidiéndome que bajara la voz.

—Era nuestro —dije.

Eva bajó la cabeza.

—Lo siento.

No supe qué responder. Aún estaba demasiado cerca de necesitar que alguien tuviera la culpa de una forma sencilla.

Bebí agua. La inspectora nos dejó unos segundos.

—¿Conociste a Daniel Leal? —pregunté.

Eva levantó la cabeza con tanta rapidez que el pelo se le quedó enganchado en un pendiente.

Inés apoyó una mano sobre su carpeta.

—Clara, eso…

—Solo si lo conoció.

Miré a Eva.

Ella se desenganchó el pelo con unos dedos que temblaban.

—Sí —dijo.

Esperé.

—Venía a la casa algunas veces. Arregló una persiana y una tubería de fuera.

No pregunté por Nicolás. No podía soportar otro nombre todavía.

—¿Lo viste aquella semana?

Inés se incorporó en la silla.

—Vamos a dejarlo aquí.

Eva no la miraba. Seguía mirándome a mí.

—Clara, lo que te haya dicho Mateo…

—No he hablado con él.

Ella se quedó callada.

Vi el instante en que comprendió que quizá acababa de equivocarse.

—¿Por qué crees que he hablado con él? —pregunté.

Inés cerró la carpeta.

—Necesito hablar con Eva a solas.

Julia me tocó el brazo. Yo no me moví.

—Eva.

La mujer tenía la boca entreabierta. Miró a la inspectora y después a mí, como si calculara demasiado tarde el daño de una frase.

—Porque hace dos semanas —dijo— alguien llamó a mi casa preguntando por Lucía.

La inspectora pronunció su nombre, pero Eva siguió.

—Dijo que era de parte de Mateo. Y que su mujer ya estaba al corriente.