Capítulo 7
El nombre de su hermano
—El mismo fin de semana —dijo.
No recuerdo haberme sentado, pero la silla estaba debajo de mí cuando miré hacia la mesa. Entre nosotros había una taza vacía con una pequeña grieta junto al asa.
—¿El mismo fin de semana que Mateo?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Daniel.
Me agarré a ese nombre. Daniel era alguien que yo podía imaginar sin conocer todavía lo demás. Un hombre con zapatos, una dirección, una forma de reírse. No una pieza colocada de pronto dentro de mi vida.
—¿Cuántos años tiene?
Nicolás tragó saliva.
—Tenía treinta y cuatro cuando… Tiene treinta y siete.
La corrección me hizo mirarlo.
Él tenía cuarenta y dos. Una vez me había enseñado una fotografía de niño con una bicicleta roja. Detrás aparecía un brazo que yo no identifiqué. Pensé en aquel brazo sin saber por qué.
—¿Lo buscó la policía?
—Mi madre denunció la desaparición. Yo también declaré. Daniel se había ido otras veces. Había pasado temporadas sin llamar. Debía dinero.
—Mateo también.
Nicolás asintió sin intentar corregirme.
Me levanté. Necesitaba moverme, pero al llegar al fregadero no supe qué hacer. Abrí el grifo y lo cerré inmediatamente.
—¿Se conocieron ese día?
—No lo sé.
Me volví.
—Habíamos dicho que no ibas a contarme solo lo que te preguntara.
Él se pasó una mano por la cara.
—Daniel me llamó el viernes por la tarde. Dijo que iba a ver a un abogado. A Mateo. Que tenía un problema en el trabajo y quería arreglarlo.
—¿Qué problema?
—No quiso decirlo por teléfono. Quedamos en hablar al día siguiente.
—Y no llamó.
—No.
Apoyé las manos en el respaldo de una silla.
—¿Por qué no viniste a preguntarme?
Nicolás me miró y después bajó los ojos.
Sentí que algo se desplazaba dentro de mí. No una revelación limpia, sino varias escenas empujándose para ocupar un sitio distinto.
La ventana que no cerraba.
Su primera visita al taller.
La facilidad con que me dejó hablar.
—Viniste —dije.
Él cerró los ojos.
—Clara.
—No viniste a preguntarme. Viniste a arreglar una ventana.
Me oí respirar por la boca.
—Vi tu anuncio en el tablón de la ferretería —dijo—. Necesitabas a alguien y pensé…
No terminó.
—Pensaste que era una forma de entrar.
—Sí.
La palabra me golpeó más que una excusa.
Me aparté de la silla. Quería estar al otro lado de la cocina y al mismo tiempo no quería dejar de verlo. Como si en cuanto apartara la mirada él pudiera convertirse en otra persona por completo.
—¿Qué creías que sabía?
—No estaba seguro. Que Mateo se había puesto en contacto contigo. Que podías saber dónde estaba.
—¿Y la policía no podía preguntármelo?
—Lo hicieron. Tú dijiste que no sabías nada.
Me reí una vez. El sonido me resultó ajeno.
—Y tú no me creíste.
No respondió.
Recordé una tarde de lluvia, el primer invierno. Yo había hablado durante casi una hora de las llamadas que recibía de vendedores y de cómo, cada vez que sonaba el móvil, pensaba que podía ser Mateo. Nicolás me había escuchado sentado en el borde de aquella misma silla.
—¿Cuándo empezaste a creerme?
Él se quedó mirando la taza.
—No lo sé. Fue poco a poco.
—¿Cuántas cosas de las que hablamos eran preguntas?
—No todo fue…
Se calló al verme.
—No te he preguntado si fue todo. Te he preguntado cuántas.
Nicolás juntó las manos. Tenía una astilla oscura debajo de una uña.
—Al principio, muchas.
Me apoyé en la encimera.
Hasta aquel momento había estado enfadada. El enfado me mantenía de pie. Entonces recordé el cumpleaños que él me había ayudado a pasar sin Mateo, la sopa que me llevó cuando tuve gripe, una noche en que me quedé dormida en el sofá mientras él arreglaba el interruptor del pasillo.
No sabía qué hacer con tantas cosas buenas que ahora necesitaba examinar.
—Ayer ibas a besarme.
Él levantó la cabeza.
—Sí.
—¿Cuándo pensabas contármelo?
No encontró una respuesta.
Me llevé una mano al pecho porque me dolía al respirar.
—¿Cuándo, Nicolás?
—He intentado hacerlo.
—No. Has pensado en hacerlo. No es lo mismo.
Asintió.
Esa aceptación tan quieta me exasperó. Quise que discutiera, que me ofreciera algo contra lo que pudiera luchar sin tener que recordar la ternura de su mano en mi cintura.
—¿Abriste la caja?
—No.
—¿Antes? ¿Cuando moviste el armario?
—Vi la tapa. No la abrí.
—¿Por qué tendría que creerte?
Me miró. Tenía los ojos húmedos, pero no lloró.
—No tienes por qué.
Me habría sido más fácil odiarlo si se hubiera defendido peor.
Fui al recibidor y abrí la puerta. El aire frío entró por debajo de mi jersey. Nicolás se levantó. Durante unos segundos no se movió de la cocina.
—Quiero que me dejes la llave —dije.
Sacó el llavero. Le costó separar la pequeña anilla. Sus dedos, tan seguros siempre, se torcieron alrededor del metal. Finalmente dejó la llave en el cuenco azul.
—Lo que siento por ti…
—No termines esa frase.
Se quedó inmóvil.
—Hoy no —añadí.
Asintió. Cogió la chaqueta y salió.
Lo dejé bajar dos escalones antes de hablar otra vez.
—¿Mateo sabía que eras su hermano?
Nicolás se volvió.
—Sí.
—¿Lo amenazaste?
El silencio fue breve.
—Fui a buscarlo al despacho. Antes de que desaparecieran. Daniel me había contado que estaba metido en algo, pero no sabía en qué. Pensé que Mateo podía ayudarme a entenderlo.
—No te he preguntado si fuiste al despacho.
Bajó la mirada.
—Discutimos. Lo agarré de la chaqueta. Le dije que si le pasaba algo a Daniel iba a venir a buscarlo.
Me abracé a mí misma.
—Gracias por decírmelo antes de que tuviera que averiguarlo por otra persona.
La frase fue cruel. Lo supe al decirla. No la retiré.
Nicolás miró un momento la puerta abierta y después se alejó.
Cerré. Eché la llave y el cerrojo.
Me quedé junto al cuenco. Había dos llaves muy parecidas, la mía y la suya. Las cogí y volví a dejarlas porque no podía distinguirlas.
Llamé a Julia.
—¿Puedes venir?
No preguntó para qué.
—Estoy saliendo.
Mientras la esperaba, marqué el número de Inés. Le conté lo que acababa de saber. Mi voz se había vuelto plana, profesional, como cuando explicaba a una clienta que una fotografía estaba demasiado dañada para recuperar lo que pedía.
Inés me escuchó sin interrumpir.
—Conocemos la denuncia de Daniel Leal —dijo al final—. Estamos revisando las posibles conexiones.
—¿Desde cuándo lo saben?
—Clara…
—¿Desde cuándo?
—Al recuperar el vehículo comprobamos las desapariciones de la zona. Aún no tenemos una identificación que pueda comunicarle.
Me senté en el último peldaño de la escalera.
—¿Podría ser él? ¿El cuerpo?
La inspectora no contestó con una negativa.
—Estamos trabajando para saberlo.
Me apreté el teléfono contra la oreja.
—Nicolás estaba en mi casa cuando usted llamó.
—Lo sé.
—Se fue a la ventana. Preguntó si sabían quién era. Yo creí…
Me detuve.
Había creído que su cara era miedo por mí.
Inés me pidió que no siguiera reconstruyendo aquella noche sola. Me dijo que anotar recuerdos podía ayudar, pero que no los rellenara con cosas que ahora parecían evidentes. Quise preguntarle cómo se hacía eso.
En vez de preguntarlo dije:
—Me siento estúpida.
—Confiar en alguien no la hace estúpida.
No respondí. Aquel día había aprendido que una frase podía ser cierta y no servir de consuelo.
Cuando Julia llegó, yo estaba todavía en la escalera.
Vio mi cara, dejó el bolso en el suelo y se sentó a mi lado sin quitarse el abrigo.
—¿Quién? —preguntó.
No necesitó añadir nada.
—Los dos —dije.
Ella me rodeó con un brazo. Esta vez no me aparté.
Pasamos la noche en el salón. Julia se quedó dormida en el sofá pequeño y yo en el grande, a ratos, con la televisión sin sonido. A las cinco y media me despertó una notificación del teléfono. Era un correo automático de la compañía de luz.
Lo borré y abrí la conversación de Mateo.
Miré su fotografía.
Por primera vez me fijé en lo que había detrás de él: una barandilla oxidada, la esquina de una mesa de plástico y un borde de agua muy oscuro.
Había hecho yo aquella foto.
No recordaba cuándo.