Capítulo 6
Una silla vacía
Nicolás me llamó antes de que llegara a casa.
No contesté.
Siguió un mensaje: «Eso ha sonado fatal. Quiero explicártelo en persona».
Yo también quería una explicación, pero empezaba a sospechar que no todas las cosas que quería me convenían. Guardé el teléfono y continué andando bajo la lluvia.
En la puerta encontré a Leonor.
Llevaba un abrigo camel que yo le había visto en una Navidad y un bolso demasiado grande apoyado sobre el brazo. Su coche estaba aparcado en mitad de la calle, con las luces de emergencia encendidas.
—Podrías haberme llamado —dijo.
No supe si se refería al coche, al mensaje o a los tres años anteriores.
—¿Cuánto llevas aquí?
—Diez minutos.
Le pedí que aparcara bien y abrí la puerta.
Mientras esperaba en el recibidor, me miré en el espejo.
Tenía el pelo pegado a las sienes y una pequeña mancha de lentejas en la manga.
La luz amarillenta acentuaba mis pómulos y el tono miel de los ojos; debajo, las ojeras parecían de otra cara.
Me pasé un dedo bajo una pestaña, donde se había corrido el rímel, y solo conseguí extenderlo.
Leonor siempre había sabido parecerse a Mateo de un modo que me irritaba.
Tenía sus mismos ojos oscuros y el pelo negro, cortado en una línea recta bajo la barbilla.
La misma forma de apretar los labios cuando consideraban innecesaria una explicación.
El mismo gesto al quitarse las gafas, sujetándolas por una patilla.
Esa tarde, sin embargo, la vi entrar y reconocí el miedo antes que a su hermano.
—¿Qué han encontrado? —preguntó.
La llevé a la cocina.
Le conté lo del coche. La llamada. El cuerpo sin identificar. No sabía cuánto le habría explicado la policía. Ella escuchó de pie, con el bolso aún colgado del brazo.
—¿Y el mensaje?
Se lo enseñé.
Sujetó mi móvil con las dos manos. Lo acercó, lo alejó y volvió a leer.
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque ese número…
Se interrumpió.
—¿Lo diste de baja?
Asintió.
—Me lo pidió su gestor. Había varios recibos pendientes y tú no querías ocuparte de nada.
La frase llegó acompañada de una culpa antigua, pero no la recogí.
—¿Guardaste la tarjeta?
—No tenía la tarjeta, Clara. El teléfono se lo llevó él.
Era verdad.
—¿Cuándo lo diste de baja?
—No sé. Tendría que buscarlo.
—Búscalo, por favor.
Me devolvió el móvil y se sentó. Por primera vez dejó el bolso en el suelo.
—¿Tienes café?
Puse agua. Mientras llenaba la cafetera le pregunté si sabía algo de la mujer y de la niña.
Leonor me observó sin pestañear.
—¿Qué mujer?
Describí las fotografías.
—¿Las tienes?
—La policía.
—Entonces deberías dejar que averigüen quiénes son.
—Eso estoy haciendo.
—No parece.
Apagué el fuego antes de que el café empezara a salir.
—No he ido a buscarte para interrogarte, Leonor. Estabas en mi puerta.
Ella se quitó las gafas.
—No quiero que conviertas otra vez todo en una cosa horrible.
Me volví tan deprisa que golpeé el asa de la cafetera.
—¿Otra vez?
—No he querido decir…
—¿En qué lo convertí la otra vez?
Se frotó el puente de la nariz.
—Cuando se fue. Todo lo que dijiste del dinero. De que podía estar con alguien. Mi hermano tenía problemas, pero tú hablaste de él como si…
—Tu hermano sacó veintitrés mil seiscientos euros de nuestra cuenta y desapareció. No lo inventé yo.
Ella miró hacia la ventana.
—Ya.
El fuego estaba apagado. Volví a encenderlo, más bajo.
Oí a Leonor mover la silla.
—Me pidió dinero —dijo.
No me giré.
—¿Cuándo?
—Un mes antes. Quizá algo más.
Agarré el borde de la encimera.
—¿Cuánto?
—Ocho mil.
Me volví despacio.
—¿Se los diste?
—Una parte.
—¿Cuánto, Leonor?
—Cinco mil.
Me quedé mirándola. Ella empezó a ordenar las gafas y el estuche, alineándolos sobre la mesa.
—Dijo que era para una operación. Una operación financiera —aclaró enseguida—. Que iba a recuperarlo en unas semanas.
—¿Se lo dijiste a la policía?
No respondió.
El café comenzó a subir con un borboteo demasiado fuerte. Aparté la cafetera.
—¿Se lo dijiste?
—No pensé que tuviera relación.
Solté una risa sin querer.
—Claro. Un hombre pide dinero, se lleva los ahorros de su mujer y desaparece. ¿Qué relación podría tener?
—No me hables así.
—Tú me has dejado creer durante tres años que yo era la única que no sabía lo que le pasaba.
Leonor bajó los ojos.
Aquello hizo más daño que cualquier respuesta.
Cogí el móvil y llamé a Inés. Contestó al segundo tono. Le dije que estaba con la hermana de Mateo y que había recordado un préstamo anterior a la desaparición. Leonor levantó la cabeza, indignada. Le tendí el teléfono.
No lo cogió.
—Díselo tú —murmuró.
—No. Esto lo vas a contar tú.
Nos miramos unos segundos.
Finalmente aceptó el teléfono.
Salí al recibidor mientras hablaba. Encontré tres llamadas de Nicolás y un mensaje de Julia preguntando si había comido. Le respondí que sí. Añadí: «Está Leonor».
Julia escribió: «Dios te dé paciencia».
Por primera vez desde la mañana sonreí.
Cuando volví a la cocina, Leonor había terminado. Me devolvió el móvil y cogió el bolso.
—Voy mañana a declarar.
—Bien.
Nos quedamos de pie, una a cada lado de la mesa.
—Yo también estaba asustada —dijo.
Me fijé en sus ojos enrojecidos. Supe que era cierto. No supe qué hacer con eso.
—Podrías habérmelo contado.
—Sí.
Asintió una vez, con dificultad.
Le puse el café en un termo pequeño porque no había bebido nada y tenía que conducir de vuelta. Aceptó el termo sin comentar el gesto.
Antes de salir preguntó:
—¿Sigue viniendo ese hombre?
—¿Nicolás?
—Sí.
Sentí una irritación inmediata.
—Se llama Nicolás.
—Sé cómo se llama.
—Entonces úsalo.
Se abrochó el abrigo.
—Mi hermano no se fiaba de él.
La seguí hasta el umbral.
—¿Por qué?
Leonor sacó las llaves.
—Nunca me lo explicó.
—¿Cuándo te lo dijo?
—No lo sé, Clara. Hace mucho. Yo no guardo un registro de cada conversación.
Quise detenerla, obligarla a distinguir un recuerdo de una impresión. Pero ella ya bajaba el escalón y yo estaba cansada de perseguir finales de frases.
La vi marcharse.
Después llamé a Nicolás.
—Ven —dije cuando contestó—. Pero esta vez no me digas solo lo que yo pregunte.
Llegó veinte minutos después. Había oscurecido. Desde la cocina escuché sus pasos en el recibidor, el tintineo del cuenco cuando dejó las llaves, un movimiento que hasta el día anterior me habría resultado familiar y tranquilizador.
—No dejes la llave ahí —dije.
Apareció en la puerta con la mano todavía cerrada sobre el llavero.
—Vale.
Lo guardó.
No le ofrecí café. Él miró las dos tazas que yo había puesto sin pensar y después a mí.
—Mi hermano trabajaba para Tomás Valdés —dijo.
Esperé.
—Mateo llevaba asuntos de sus empresas. Se conocían por eso. Yo había ido algunas veces a la casa de su padre a hacer reparaciones.
—¿Tu hermano también?
—Alguna vez.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
Nicolás se sentó despacio, como si la silla pudiera romperse.
—Porque al principio no quise hablarte de él.
—¿De tu hermano?
Asintió.
Lo conocía desde hacía casi tres años. Sabía que su madre vivía al otro lado del río, que su padre había sido conductor de autobús, que tenía una hermana casada en Burgos. De su hermano solo recordaba una frase: ya no estaba.
Yo había entendido que estaba muerto.
—¿Dónde está? —pregunté.
Nicolás apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No lo sé.
Se me enfriaron las piernas.
—¿Qué quieres decir?
Él levantó la vista.
—Desapareció.
Me quedé mirándolo.
—¿Cuándo?
Nicolás no respondió enseguida.
Y antes de que lo dijera, lo supe.