Capítulo 5
Los negativos
El primer resultado fue una tienda de Valladolid que ya no existía. El segundo, un hombre que fotografiaba bodas en México. El tercero mostraba una fachada verde en una calle estrecha de Laredo.
Amplié la imagen hasta que las letras perdieron definición.
El mismo tipo de letra del sello.
Apunté la dirección en el reverso de una factura. Después abrí otra pestaña, busqué la distancia y calculé el tiempo de viaje. Una hora y cuarenta minutos si no había tráfico. Podía salir al terminar de comer y estar de vuelta antes de la noche.
El móvil sonó sobre la mesa.
Inés.
Miré la pantalla hasta el cuarto tono antes de contestar.
—¿Cómo se encuentra?
—Bien.
No fingió creerme.
—Me han informado de lo que han localizado. Quiero aclararle que las fotografías no nos permiten concluir qué relación tenía su marido con esas personas.
—Claro.
—Sé lo que está pensando.
—Hoy todo el mundo lo sabe.
Hubo una pausa.
—Tiene razón. No puedo saberlo. Pero sí puedo pedirle que no contacte con nadie relacionado con ellas antes de que lo comprobemos.
Miré la dirección que acababa de escribir.
—¿Han ido a la casa?
—Estamos trabajando en ello.
—Eso significa que no.
—Significa que no voy a darle detalles de diligencias en curso por teléfono. Necesito que entienda algo: si alguien cree que usted tiene información o documentos que le interesan, ponerse en contacto con esa persona puede exponerla.
—Yo no tengo nada. Se lo han llevado todo.
—Esa persona puede no saberlo.
Doblé el papel.
Inés me preguntó por el dinero, si reconocía el sobre, si Mateo había llevado alguna vez a niños de visita a casa. Respondí. Al despedirse dijo que podía llamar al número directo, no a la centralita.
—Y, Clara, si recuerda algún detalle, aunque parezca pequeño, dígamelo.
Tenía la dirección entre los dedos.
—Había un sello en una foto. De una tienda de revelado. Creo que la he encontrado.
Se lo dicté.
—Gracias. Lo comprobaremos.
—¿Cuándo?
—En cuanto podamos.
Colgué y me quedé mirando el papel. Haberlo dicho debería haberme tranquilizado. En cambio, la idea de que otra persona supiera el nombre de la mujer antes que yo me resultaba insoportable.
Fui al taller.
Necesitaba una tarea que tuviera un principio y un final.
Abrí la persiana a medias y dejé apagada la luz del escaparate.
Había un sobre esperando bajo la puerta: una comunión de 1964, cinco copias solicitadas, entrega la semana siguiente.
En una esquina, escrito con una letra temblorosa, el cliente había añadido: «No le quite la mancha del vestido. Es helado».
Lo leí dos veces y me senté.
A las dos, Celia llamó con los nudillos en el cristal.
Le abrí apenas un palmo.
—Estoy trabajando.
—Ya lo veo.
Llevaba un plato tapado con otro plato y un trozo de pan envuelto en papel.
—No tengo hambre.
—No he preguntado.
Entró de lado, se abrió paso entre dos sillas y dejó la comida en la mesa auxiliar. Olía a lentejas. Aquella constatación tan sencilla casi me desarmó.
Celia llevaba el bar de la plaza desde antes de que yo llegara a San Román.
Era baja y ancha de caderas; se había cortado el pelo rubio casi al ras para no tener que recogérselo al trabajar.
Tenía cincuenta y siete años y una manera de tratar a todo el mundo como si fuera un cliente que podía desmayarse de un momento a otro por no haber desayunado.
—¿Quién te lo ha dicho? —pregunté.
—¿Lo del coche? Mi cuñada. Su marido ha visto el despliegue. Lo demás, nadie. Y no he venido a que me lo cuentes.
Se quitó el abrigo mojado.
—Come mientras está caliente.
Me senté frente al plato. Ella se puso a ordenar los catálogos del mostrador sin mirar las páginas.
—¿Conocías bien a Mateo? —pregunté.
Celia dejó un catálogo en su sitio.
—Lo conocía del pueblo.
—Antes de conocerme a mí.
—Algo.
—¿Iba al bar con mujeres?
Se volvió despacio.
—Clara.
—Es una pregunta.
—Y te voy a contestar. No lo vi hacer nada que yo no le contara a mi marido si me lo preguntaba. Eso no significa que supiera qué hacía a todas horas.
Hundí la cuchara en las lentejas.
—¿Con niños?
—¿Qué ha pasado?
Negué. No quería ver en su cara la misma operación que yo había hecho delante de la fotografía.
Celia se sentó en la otra silla.
—Mírame un momento.
Lo hice.
—Cuando encuentres algo feo de él, si lo encuentras, no empieces a contarte que todo el pueblo lo sabía y se reía de ti.
Me quedé con la cuchara suspendida.
—Yo no he dicho eso.
—Lo sé.
Comí cuatro cucharadas más. Ella me habló de una discusión con el proveedor de cerveza. Al principio pensé que intentaba distraerme, pero luego comprendí que de verdad necesitaba contarle a alguien lo de las cajas vacías que le habían cobrado dos veces.
Se lo agradecí.
Cuando se fue me dejó también una naranja y me pidió que abriera la persiana del todo.
No lo hice.
En cambio, llamé a la tienda de Laredo.
Mi intención era preguntar si el sello era suyo, nada más. Esa fue la explicación que me di mientras escuchaba los tonos.
—Foto Arce, buenas tardes.
La voz era de una mujer mayor.
—Hola. Trabajo restaurando fotografías. Tengo una copia con su sello y quería consultarles…
Me detuve. Había usado mi voz profesional sin decidirlo. La voz con la que pedía una factura corregida o explicaba que una imagen desenfocada no contenía detalles que yo pudiera recuperar.
—Dígame.
—Es un sello azul. Las palabras Foto Arce y debajo una línea con la dirección. ¿Lo usaban hace tres años?
—Lo usamos desde que mi suegro abrió esto.
Miré el marco de la pantalla.
—Necesitaría identificar un encargo antiguo.
—¿Tiene el número?
—No.
—Entonces está difícil.
Le describí la casa. La niña. El cuenco.
La mujer tardó en responder.
—¿Quién dice que llama?
Noté el cambio.
—Me llamo Clara Vidal.
Silencio.
—¿Tiene relación con Mateo Rivas?
Se me secó la boca.
—Soy su mujer.
La mujer dejó escapar aire junto al auricular.
—Mire, yo no puedo dar datos de clientes. Además, tendría que hablar con mi hijo.
—¿Lo conoce?
—No he dicho eso.
—Ha dicho su nombre.
—Porque lo he visto en las noticias. Hace años.
No era una explicación suficiente. Las fotografías no habían salido en ninguna noticia que yo conociera.
—Por favor. No quiero causar problemas a nadie. Solo necesito saber…
—Lo siento mucho.
Colgó.
Me quedé con el teléfono pegado a la oreja.
Después llamé a Inés.
No contestó. Dejé un mensaje y escribí lo ocurrido con tanto detalle como pude. Incluí que la mujer había mencionado a Mateo antes de que yo lo hiciera.
Estuve a punto de llamar otra vez a la tienda. En vez de eso abrí el archivo del hombre sin cara.
Trabajé veinte minutos. Le devolví el borde de la oreja, un pliegue de la chaqueta, la sombra que separaba el cuello del fondo. Cuando me alejé de la pantalla, había creado una expresión que no me gustó. Parecía desconfiar de mí.
Deshice los últimos cambios.
A las cuatro y media entró una clienta. Quería una fotografía de su hijo para un medallón. Se había muerto en febrero. Me enseñó seis imágenes del móvil y me preguntó cuál serviría mejor.
La atendí durante cuarenta minutos.
Mientras me hablaba me avergoncé de haber pensado que aquel día nadie debía pedirme nada.
Elegimos una foto tomada en una cocina. El muchacho estaba riéndose de algo que no aparecía en el encuadre. Ella me pidió que mantuviera un trozo de la mano que se veía junto a su hombro.
—Es la mía —dijo.
Asentí y lo apunté.
Cuando cerré el taller eran casi las seis. Tenía un mensaje de Inés: «He recibido la información. No vuelva a llamar a la tienda. Hablaremos».
También tenía uno de Nicolás.
«Estoy en casa de mi madre. ¿Necesitas algo?».
Miré esas palabras. Después escribí «No» y lo borré.
Le envié otra cosa.
«¿Has visto alguna vez a Mateo en la casa del embalse?».
Apareció el aviso de que estaba escribiendo.
Desapareció.
Esperé con el teléfono en la mano.
«Sí. Hace años. Antes de conocerte».
La plaza se había quedado casi vacía. Alguien levantó una persiana al otro lado de la calle y el ruido me hizo sobresaltarme.
«¿Por qué nunca me lo dijiste?».
La respuesta llegó enseguida.
«No sabía que tuviera que hacerlo».
Me apoyé contra el escaparate cerrado. Busqué en la memoria todas las veces que habíamos hablado de Mateo. Nicolás escuchando, Nicolás asintiendo, Nicolás preguntándome cómo era vivir con alguien que necesitaba tener razón en todo.
Yo había hablado durante horas.
Él nunca había dicho: lo conocía.