La última noche que te vi Capítulo 4
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Capítulo 4

La niña de la fotografía

No abrieron la caja sobre mi cama.

El técnico la fotografió dentro del hueco, al sacarla y después apoyada sobre una superficie que cubrió con un papel. Llevaba guantes azules y una paciencia que me obligó a esconder las manos entre las rodillas.

—¿La reconoce? —preguntó Ortega.

Negué.

La caja tenía un cierre sencillo, sin candado. En la tapa se distinguía la huella rectangular de una etiqueta arrancada. El técnico levantó el pestillo y yo dejé de respirar.

Había dos fajos de billetes, un sobre marrón y una llave pequeña unida a una ficha de plástico verde.

Ortega me pidió que no me acercara más.

—Desde aquí veo bien —mentí.

El sobre contenía fotografías. Seis, quizá siete. En la primera había una casa de piedra con contraventanas pintadas de azul. Reconocí la higuera del lateral antes que la puerta.

La casa de su padre.

Mateo decía que estaba vacía. La había heredado junto con una parcela estrecha que bajaba hacia el embalse, una propiedad demasiado apartada para venderla bien y demasiado deteriorada para alquilarla.

Fuimos una vez, al principio del matrimonio.

El baño no tenía luz y había ratones en la despensa.

Mateo se enfadó porque yo quise abrir unas ventanas.

En la segunda foto, una niña estaba sentada en los escalones de la entrada. Tenía las rodillas sucias y llevaba una diadema amarilla torcida sobre la frente. Sostenía un cuenco que podía contener moras.

Detrás de ella, en el umbral, había una mujer joven.

Me acerqué sin darme cuenta.

—Un momento, por favor —dijo el técnico.

—Esa casa es de Mateo.

Ortega me miró.

—¿Dónde está?

Le expliqué el camino. El desvío después del puente viejo, la carretera de grava, el cartel de prohibido bañarse medio caído. No sabía la dirección exacta. Recordaba que su padre la llamaba la casa de la presa, aunque quedara bastante lejos de la presa real.

—¿La mujer? —preguntó.

—No la conozco.

Me escuché responder con demasiada rapidez.

El técnico colocó las fotografías una junto a otra. En otra aparecía la misma niña, esta vez de espaldas, dando de comer a un perro. En la última, la mujer estaba sentada en una mesa con una mano levantada a la altura de la cara, como si quisiera impedir que la fotografiaran.

Conocía aquel gesto.

Mateo lo hacía siempre.

El pensamiento no tenía sentido, pero me clavó en el sitio.

—¿Hay algo escrito? —pregunté.

El técnico giró una copia con unas pinzas. Una fecha y dos letras. La fotografía estaba fechada dos semanas antes de que Mateo desapareciera.

Me incliné para verla mejor. En el borde inferior había un sello pequeño, azul, del laboratorio de revelado.

FOTO ARCE.

Supe que lo recordaría.

—¿La niña podría ser hija de su marido? —preguntó Ortega.

Me quedé mirándolo.

El técnico detuvo las manos.

—Ortega —dijo, muy bajo.

El agente apretó la mandíbula.

—Quiero decir si reconoce a alguna menor de la familia.

—No —respondí—. No la reconozco.

Nicolás se movió en el pasillo. Oí sus pasos alejarse.

Miré de nuevo a la niña. Seis años, tal vez siete. El cabello oscuro, la nariz pequeña. Intenté encontrar a Mateo en su cara y me avergoncé de la insistencia con que buscaba.

Durante dos años habíamos intentado tener un hijo.

Lo llamábamos intentarlo porque era una palabra limpia.

Servía para cubrir los calendarios guardados en el móvil, las pruebas escondidas en el fondo del cubo y las veces que Mateo preguntaba si hacía falta que fuera esa noche.

Después dejamos de hablar del tema. Yo dije que necesitaba descansar.

Él dijo que le parecía bien con un alivio tan rápido que todavía me dolía recordarlo.

—Clara —dijo Ortega.

Levanté la cabeza.

—Vamos a llevarnos esto para examinarlo. Necesitaremos que nos detalle quién tenía acceso a la habitación.

—Ya lo dije ayer.

—Lo sé. Algunas preguntas tendremos que repetirlas.

Asentí. La niña seguía mirándome desde el papel.

El técnico contó el dinero sin separarlo de su vista ni de las fotografías que iba tomando. Doce mil euros, casi todos en billetes de cincuenta. Me pidió que confirmara si la llave de la ficha verde me resultaba familiar.

El número era 18.

—No.

La introdujo en una bolsa. Yo pensé en los veintitrés mil seiscientos euros de nuestra cuenta. Hice la resta sin querer. Me pregunté cuánto costaba sostener otra vida.

Al terminar me permitieron mirar las fotografías de nuevo, desde el otro lado de la mesa. No tocarlas. Pregunté si podía tener una copia y Ortega dijo que lo consultaría con la inspectora.

—No vaya a esa casa —añadió.

Me quedé callada.

—Se lo digo porque sé que la conoce. Tenemos que comprobarla nosotros primero.

—¿Y si hay alguien?

—Precisamente.

Bajamos al recibidor. Nicolás estaba junto al cuenco de las llaves, con los brazos cruzados.

Ortega le pidió sus datos y le preguntó por la reparación. Nicolás respondió que la tarima se había hinchado por una filtración de la ventana. Había retirado parte del zócalo para secar y sustituir una pieza. Al trabajar vio la tapa, pero no la abrió.

—¿No se lo comentó a la propietaria?

—No me pareció importante.

—¿Movió el armario?

—Un poco. Lo suficiente para trabajar.

Miré sus manos. Tenía la herida del nudillo abierta otra vez.

—¿Trabajó solo?

—Sí.

Ortega anotó la respuesta. Le explicó que quizás volvieran a llamarlo. Nicolás asintió sin preguntar para qué.

Después se llevaron la caja.

La casa quedó demasiado quieta. Oía el motor del vehículo alejarse y el roce de mi propia manga contra la pared.

—¿Quieres que coloque el armario? —preguntó Nicolás.

—No.

—Han dicho que ya podemos…

—He dicho que no.

Se detuvo.

Yo seguía mirando la puerta de la calle.

—¿Por qué no me hablaste de la tapa?

—Era un registro en una pared, Clara.

—En mi dormitorio.

—Pensé que lo sabías.

—Esta mañana no parecías pensar eso.

Me volví. Él se había quedado junto a la escalera, sin chaqueta, como si no supiera si podía volver a cogerla del perchero.

—Cuando has dicho que buscaban una caja, me he acordado.

—¿Lo sabías anoche?

—Sabía que había una tapa. No sabía lo que guardaba.

Aquella respuesta era precisa. Demasiado precisa para la pregunta que yo había hecho.

Me froté la frente.

—Hay una mujer.

Nicolás no respondió.

—En las fotos. Una mujer y una niña. En la casa de su padre.

—Lo he visto.

—¿Las conoces?

—No.

Lo dijo mirándome, sin vacilar.

Quise creerlo con una fuerza que me asustó.

—¿Cuántos años crees que tiene la niña?

Él respiró hondo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Buscarle parecido.

Me tapé la boca con una mano. No había dicho que lo estuviera haciendo.

Nicolás dio un paso y yo retrocedí.

Se paró inmediatamente.

—Perdona.

—No quiero que me mires así.

—¿Cómo?

—Como si supieras lo que va a pasar y estuvieras esperando a que me dé cuenta.

Se le tensó la cara. Durante un segundo pensé que iba a enfadarse. Me habría aliviado. Una discusión normal, algo que pudiera entender.

Pero solo bajó la vista.

—No sé lo que va a pasar.

—Entonces deja de parecerlo.

Salió de casa unos minutos después. Antes me preguntó si quería que llamara a Julia. Le dije que yo podía llamar a mi hermana.

Cerré la puerta y subí.

El armario había quedado separado de la pared. Detrás, el hueco abierto era poco más grande que una caja de zapatos. Me arrodillé frente a él. Había polvo, una telaraña seca y el rectángulo limpio donde había descansado el metal.

Metí la mano sin tocar el fondo. El aire olía a yeso.

Mateo había dormido a dos metros de aquel escondite. Yo me había desnudado delante de él, me había puesto crema en las piernas, había hablado de clientes y de facturas sin saber que había doce mil euros y una niña al otro lado de la madera.

Fui al baño y vomité.

Después me lavé los dientes y bajé a la cocina. Abrí el ordenador y escribí: Foto Arce.