Capítulo 3
Lo que se pregunta a una esposa
A las nueve de la mañana descubrí que no sabía cuántos empastes tenía mi marido.
La inspectora me lo preguntó sentada al otro lado de una mesa gris.
Había una carpeta abierta ante ella y un vaso de café que no tocaba.
No llevaba uniforme. Su pelo, oscuro y corto, estaba aplastado en un lado como si hubiera dormido unas horas sin quitárselo de detrás de la oreja.
Tenía la piel muy clara y una nariz prominente que ladeaba al escucharme, acercando un poco la cara sin invadir mi espacio.
—No necesito que lo recuerde ahora —dijo—. Nos vale el nombre de su dentista.
Se lo di. Después el de su médico, el de su última aseguradora y la dirección del despacho donde había trabajado.
Había visto los ojos oscuros de Mateo a pocos centímetros de los míos, tan marrones que en las habitaciones sin luz apenas se distinguía la pupila.
Le había quitado una espina del pie con unas pinzas de depilar.
Conocía la cicatriz junto a su ombligo y el pequeño lunar de su espalda delgada que él nunca conseguía localizar en las fotografías.
Sin embargo, Inés me pedía datos útiles y yo respondía no lo sé a demasiadas preguntas.
—¿Puedo verlo?
Ella levantó la mirada.
—¿El coche?
—Lo que hayan encontrado.
Cerró despacio el bolígrafo.
—Ahora mismo una identificación visual no sería fiable ni recomendable. Estamos trabajando con otros procedimientos.
Me froté las manos debajo de la mesa.
—Ya.
—Sé que necesita respuestas.
No añadió que las tendría pronto. Me gustó que no lo hiciera.
A mi lado, mi hermana movió la rodilla. Julia había llegado a casa a las siete y media con ropa limpia, pan y la expresión de quien había decidido que aquel día no podía permitirse enfadarse conmigo.
Se había recogido detrás de las orejas el pelo castaño, liso en ella y siempre empeñado en ondularse en mí.
Nos parecíamos menos de lo que decía mi madre: Julia tenía la mandíbula más ancha y me sacaba unos centímetros, suficientes para buscarme el beso en la frente cuando quería tratarme como a una niña.
Yo la había llamado al amanecer, después de pasar tres horas sin dormir.
—¿El mensaje puede ser una broma? —preguntó.
—Es una posibilidad. Estamos averiguando qué ha ocurrido con la línea y de dónde procede el envío.
—Una broma de muy mal gusto.
—Sí.
La inspectora volvió hacia mí.
—Necesitamos conservar el mensaje original. Un compañero le explicará cómo facilitar la extracción de los datos sin perder sus fotografías ni sus contactos. ¿Su marido usaba ese número antes de desaparecer?
—Siempre.
—¿Lo dio de baja usted?
—No. Creo que su hermana. Hubo cosas que hizo ella.
Inés tomó nota.
—¿Había hablado de esa caja alguna vez?
—Nunca.
—¿Guardaba documentos en casa?
—En el despacho pequeño. Pero la policía se llevó el ordenador cuando desapareció. Después me lo devolvieron.
—¿Y papeles?
—Facturas. Cosas de su padre. No lo revisé todo.
Julia me miró. No dijo nada, pero reconocí la pregunta que llevaba tres años haciéndome: por qué no había tirado de una vez todas aquellas cajas.
Inés buscó una hoja en la carpeta.
—¿Cuándo supo que faltaba dinero de la cuenta?
Tragué saliva.
—La noche que se marchó.
—¿Lo comprobaron juntos?
—Yo lo comprobé. Él ya lo sabía.
—¿De cuánto hablamos?
—Veintitrés mil seiscientos euros. Había hecho varias transferencias. Cuando le pregunté, me dijo que lo había invertido.
—¿En qué?
—No me lo dijo.
—¿Se lo creyó?
Me enfadé antes de comprender la pregunta.
—No era idiota.
Inés dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—No he dicho eso.
El silencio me obligó a escucharme.
—Perdone.
—No tiene que disculparse. Necesito distinguir lo que su marido le explicó de lo que usted pudo confirmar.
Miré el vaso de café. En el borde había una mancha de pintalabios.
—No le creí —dije—. Discutimos. Le pedí los papeles de esa inversión. Me dijo que no podía enseñármelos todavía.
—¿Y luego?
—Le dije que se fuera.
Julia me puso la mano en el brazo. Yo la retiré con cuidado. No quería que me consolara por una frase que seguiría siendo cierta aunque me acariciara.
Inés repasó conmigo el resto de aquella noche.
La hora a la que Mateo llegó, la bolsa azul, su chaqueta gris.
El golpe de la puerta. Yo había contado la misma historia tantas veces que algunas imágenes empezaban a parecer fotografías ajenas.
Ya no sabía si recordaba el ruido del coche o lo había añadido después, al tratar de explicar por qué no salí detrás de él.
—No estoy segura de haberlo oído arrancar —dije.
La inspectora levantó la vista.
—En la primera declaración figura que sí.
—Lo sé. Pero no estoy segura.
Lo anotó sin reprocharme nada. Aquella corrección me produjo una vergüenza inesperada.
Antes de dejarnos ir pidió autorización para revisar el dormitorio y los espacios comunes de la casa. Me explicó qué buscarían y me dijo que yo podía estar presente. Firmé.
—¿Mi marido se tiró al agua? —pregunté, con la mano todavía sobre el papel.
Inés no apartó los ojos.
—Aún no sabemos cómo llegó el coche al embalse.
—¿Pero lo creen?
—No quiero que una hipótesis se convierta en una respuesta que después tengamos que quitarle.
Julia se levantó conmigo. En el pasillo, mientras esperábamos a que un agente me devolviera el teléfono, me ofreció una pastilla de menta. La envoltura hizo un ruido absurdo entre las paredes desnudas.
—No tienes que ir hoy al taller —dijo.
—Tengo que entregar unas fotos.
—Pueden esperar.
—La gente lleva esperando dos semanas.
Julia rompió el papel por la mitad.
—Clara, han encontrado un cadáver en el coche de tu marido.
Un hombre que venía hacia nosotras se volvió al oírla. Mi hermana bajó la voz.
—Perdona. Pero no puedes seguir limpiando manchas de fotos como si nada.
—Precisamente por eso quiero hacerlo.
El agente me llamó antes de que ella respondiera.
Al salir a la calle vi a Nicolás junto a su furgoneta, aparcada enfrente. No recordaba haberle dicho a qué hora terminábamos.
Julia cruzó hacia él con una decisión que me hizo apretar el bolso.
—Llévala tú —dijo—. Tengo que entrar a trabajar. Yo vuelvo por la tarde.
—Estoy aquí —dije.
—Pues decide tú. Pero alguien te lleva.
La abracé antes de que siguiera. Ella tardó un momento en devolverme el abrazo.
—No desaparezcas tú también —susurró.
Me separé.
—Voy a casa.
Asintió con los labios apretados. Se marchó sin despedirse de Nicolás.
Él abrió la puerta de la furgoneta y esperó.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Me lo dijo Julia. La llamé al no localizarte.
Comprobé el teléfono. Tenía dos llamadas suyas, una de mi madre y un mensaje de Leonor que no abrí.
Me senté. La furgoneta olía a serrín, café y cáscara de mandarina. En el salpicadero había una factura doblada y un muñeco de goma al que le faltaba un ojo.
—¿Qué te han dicho? —preguntó Nicolás.
Le resumí las preguntas. Cuando mencioné las pruebas para identificar el cuerpo, se quedó mirando la carretera sin asentir.
—¿Tú crees que quería matarse? —pregunté.
—No lo sé.
—No sabes nada últimamente.
Apreté los dedos contra el cinturón. Él encajó la frase sin responder.
—Perdona.
—No pasa nada.
—Sí pasa. No tienes por qué aguantarme todo.
Paró en un paso de peatones. Una mujer cruzó arrastrando un carrito de compra con una rueda rota.
—No estoy aguantándote —dijo.
Lo miré de perfil. Tenía una barba de dos días y una pequeña marca roja junto al cuello de la camiseta. Parecía no haber dormido.
—¿Por qué estabas en el taller anoche?
Las manos se le movieron sobre el volante.
—Tenía trabajo.
—A la una.
—Hay cosas que prefiero hacer cuando nadie llama.
El coche de atrás pitó. El paso estaba libre.
Seguimos hasta mi casa sin hablar.
Los agentes llegaron a las once y veinte. Inés no vino; envió a Ortega y a un compañero de paisano que se presentó como técnico. Revisaron primero el cuarto donde yo guardaba los papeles. Nicolás se quedó en la cocina, haciendo café que nadie había pedido.
Cuando entramos en el dormitorio, sentí vergüenza por el desorden. Las sábanas seguían sobre la cama. En la papelera, el botón blanco parecía un ojo.
—He buscado en los cajones —dije—. Y debajo de la cama.
Ortega asintió.
El técnico se agachó junto al armario, alumbró con una linterna y miró los laterales. Nicolás apareció en la puerta.
—Ahí detrás hay un registro —dijo.
Los tres nos volvimos hacia él.
—¿Qué registro? —pregunté.
Nicolás señaló la pared con la barbilla.
—Una tapa. La vi al arreglar el rodapié.
—¿Cuándo arreglaste el rodapié?
Él miró al técnico y después a mí.
—Cuando se levantó la tarima junto a la ventana. En invierno.
Recordaba la tarima. Recordaba haberle dado una llave para que pudiera trabajar mientras yo estaba en el taller.
No recordaba que hubiera movido el armario.
Ortega le pidió que esperara fuera. Lo hizo sin discutir.
El técnico retiró las puertas, sacó un cajón y, entre los dos, desplazaron el mueble lo suficiente para llegar a la pared. Bajo el papel pintado había una tapa rectangular del mismo color que el zócalo. La cabeza de uno de los tornillos reflejó la luz de la linterna.
El técnico la fotografió antes de tocarla.
Dentro del hueco apareció una caja metálica, gris, del tamaño de un libro grande.
Sentí un golpe de alivio tan intenso que tuve que apoyarme en la cama.
Existía.
Quien había escrito el mensaje sabía algo que yo no sabía de mi propia casa.
Entonces miré hacia la puerta.
Desde el pasillo, Nicolás también miraba la caja.