La última noche que te vi Capítulo 2
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Capítulo 2

La casa por dentro

Cogí del cajón el cuchillo de cortar el pan.

Era una estupidez. Lo pensé al mirarlo: la hoja dentada, las migas pegadas junto al mango, mi mano húmeda. Pero lo llevé conmigo hasta el pie de la escalera.

—¿Hola?

Mi voz sonó pequeña. La casa respondió con el zumbido del frigorífico.

Encendí todas las luces que pude alcanzar sin subir.

El tramo de escalera terminaba frente a una ventana estrecha; detrás del cristal solo se veía mi reflejo y el negro del patio.

Arriba estaban el baño, el dormitorio y la habitación donde había almacenado las cosas de Mateo que no sabía si guardar o tirar.

Una noche de viento, muchos años antes, él me había encontrado en el mismo lugar con una linterna y un zapato en la mano.

—¿Vas a pegarle al ladrón con eso?

—Es de tacón.

Se había reído. Yo también. Después subió, cerró una contraventana y bajó haciendo una reverencia.

Recordarlo me enfadó más de lo que me asustaba la oscuridad.

Subí con el cuchillo pegado a la pierna. Cada peldaño hizo el ruido que llevaba haciendo desde que compramos la casa. El cuarto, más agudo. El séptimo, dos golpes. Reconocerlos me ayudó a llegar arriba.

No había nadie.

Revisé el baño, el dormitorio, la habitación pequeña. Abrí las puertas de los armarios y me odié un poco por hacerlo. La ventana del baño estaba entreabierta. El aire movía una botella vacía de champú sobre el alféizar.

La cerré. Dejé el cuchillo en el lavabo y volví a la escalera.

Antes de bajar miré el dormitorio.

Durante los primeros meses de la desaparición dormía en el lado de Mateo.

Creía que su olor duraría más si yo no abría la ventana.

Más tarde cambié el colchón y pinté una pared.

La mujer de la tienda me preguntó si prefería un blanco cálido o uno frío.

Estuve a punto de llorar allí mismo, con dos muestras de pintura en la mano, porque ninguna de las dos cosas resolvía lo que necesitaba resolver.

Ahora la habitación era mía. Un libro boca abajo en la mesilla, una crema que siempre olvidaba usar, la chaqueta que había dejado sobre la silla. Hacía unas horas me había preguntado si Nicolás llegaría a verla aquella noche.

Me acerqué al armario.

Era de nogal oscuro y ocupaba casi toda la pared opuesta a la cama. Había pertenecido a la madre de Mateo. Pesaba tanto que los hombres de la mudanza se habían negado a subirlo entero y tuvieron que desmontar las puertas. Yo lo detestaba, pero nunca encontraba un motivo suficiente para cambiarlo.

Empecé por el cajón de abajo.

Saqué sábanas, fundas, una manta azul. Metí las manos hasta el fondo. Nada.

Vacié las mesillas. Encontré tres horquillas, el cargador de un móvil que ya no tenía y un sobre con la garantía de un secador. En el lado que había sido de Mateo quedaba un botón de camisa. Lo puse sobre la cama y después lo tiré a la papelera.

Me arrodillé y alumbré debajo del somier.

La caja del dormitorio.

No decía mi caja. Ni una caja. La caja. Como si yo debiera saber de qué estaba hablando.

Volví a leer el mensaje. La hora seguía allí: 23:17.

El número era el mismo que había marcado cientos de veces.

Durante el primer mes, una operadora me había explicado que no podían decirme si otra persona usaba la línea.

Después el servicio dejó de estar disponible.

Nunca supe qué había hecho su familia con el contrato.

Su hermana había asumido algunos trámites que yo no era capaz de afrontar.

Abrí el contacto de Leonor.

Eran las doce menos diez.

Escribí: «¿Sigues despierta?».

No lo envié. Si se lo contaba, tendría que explicarle lo del coche. Imaginé su silencio, luego la voz afilada preguntando por qué la policía me había llamado a mí y no a ella. Habíamos competido por el derecho a sufrir sin admitirlo nunca. Aún no tenía fuerzas para empezar de nuevo.

Hice capturas del mensaje y de las dos llamadas. Las envié a mi correo. Después escribí al número que me había dado la inspectora: «Soy Clara Vidal. Acabo de recibir un mensaje desde el antiguo teléfono de mi marido. Dice que no es él y que hay una caja en el dormitorio. Le adjunto captura».

Pulsé enviar antes de arrepentirme.

El teléfono sonó menos de un minuto después.

—¿Está usted en casa? —preguntó Inés.

—Sí.

—¿Hay alguien con usted?

—Se ha ido hace un rato.

—¿Ha entrado alguien? ¿Ha visto algo extraño?

Miré hacia el baño.

—He oído un ruido. La ventana estaba abierta. Creo que era eso.

—Cierre la puerta de su habitación y no siga buscando. Voy a mandar una patrulla. No borre nada ni vuelva a llamar a ese número por ahora.

Obedecí, aunque la palabra patrulla me hizo sentir ridícula. Me senté en la cama entre las sábanas del armario, con el móvil conectado al cargador. Había manchado una funda con la suela de las zapatillas.

La inspectora me mantuvo al teléfono mientras esperaba. Me preguntó si Mateo conservaba llaves, si alguien más tenía copias, si había recibido otros mensajes.

—Mi hermana tiene una. Y Nicolás.

—¿Nicolás qué?

—Leal. Es amigo mío.

Me escuché elegir aquella palabra y me dio vergüenza sin saber de quién.

—¿Su marido tenía familia cerca?

—Una hermana en Santander. Su madre murió antes de que nos casáramos. Su padre, después.

—¿La puerta suele quedarse sin llave?

—A veces, cuando estoy abajo. Pero hoy la cerré al llegar.

La patrulla tardó dieciocho minutos. Los conté mirando la pantalla.

Bajé cuando me lo indicó Inés. Un agente de unos cincuenta años se presentó como Ortega.

La mujer que lo acompañaba era más joven y llevaba el pelo recogido tan tirante que me dolió mirarla.

Revisaron las entradas, el patio, las habitaciones.

El agente miró el cuchillo del lavabo y no hizo comentarios.

—La ventana da a un tejadillo —dijo ella al volver—. No vemos marcas recientes. ¿La deja abierta habitualmente?

—Después de ducharme.

—¿Se duchó hoy?

—Esta mañana.

Asintió.

Me pidieron ver el mensaje. Fotografiaron la pantalla con mi permiso y hablaron con la inspectora desde el recibidor. Yo recogí el cuchillo y lo dejé de nuevo en el cajón, debajo de un paño, como si ocultarlo pudiera corregir la escena.

Antes de irse, Ortega comprobó el cierre del patio.

—Esta puerta tiene holgura. Conviene arreglarla.

—Lo sé.

Él señaló una marca vieja en el marco.

—¿Esto?

—El perro de los anteriores dueños. Nunca la lijamos.

—De acuerdo.

No encontraron una caja. Tampoco desmontaron nada. La orden que recibieron fue comprobar que yo estaba segura y pedir que no alterara más la habitación hasta hablar con Inés por la mañana.

Cuando cerré detrás de ellos eran casi la una.

Llamé a Nicolás.

Contestó en el primer tono.

—¿Clara?

—Ha pasado una cosa.

Se lo conté sin mencionar la caja al principio. Dije mensaje, número, policía. Al hablar más deprisa empezaron a castañetearme los dientes.

—Voy —respondió.

—No. Espera. La policía acaba de irse. No hay nadie. No quiero que salgas otra vez.

—Me da igual.

—A mí no.

Oí sus llaves. Luego dejaron de sonar.

—¿Qué ponía?

Miré la captura.

—Que no es él. Y algo de una caja.

Al otro lado quedó un silencio tan breve que en otro momento no lo habría notado.

—¿Qué caja?

—No lo sé. Del dormitorio, dice.

—No toques nada.

—Eso ya me lo han dicho.

—Hazles caso.

Me apoyé en la encimera. El recipiente de las croquetas seguía fuera del frigorífico.

—¿Crees que es él?

Nicolás tardó en contestar.

—No lo sé, Clara.

—Pero podría ser.

—También podría ser alguien que quiera que lo creas.

No era lo que necesitaba oír. Precisamente por eso agradecí que lo dijera.

Hablamos hasta que fui capaz de subir. Dejé la luz del pasillo encendida y me tumbé sobre la colcha. Nicolás se quedó al teléfono. A ratos oía su respiración; otras veces un coche pasaba cerca de donde estaba él. Le pregunté si había salido de casa.

—Estoy en el taller.

—¿A estas horas?

—No podía dormir.

Quise preguntarle por qué, pero me pareció injusto. Yo había recibido la noticia. Él también había tenido que escucharla.

Cerca de las dos le dije que intentaría descansar.

—¿Me llamas al levantarte? —preguntó.

—Sí.

—Aunque sea temprano.

Colgué. Me quedé mirando el techo.

El armario tenía una puerta ligeramente abierta. Desde la cama veía el borde de una manga blanca y, debajo, el hueco oscuro del cajón que no había vuelto a llenar.

Pensé en Mateo vivo en algún sitio. Comiendo, pagando una cuenta, esperando a que se pusiera verde un semáforo. Pensé en él conociendo a otra mujer y no diciéndole mi nombre.

Por primera vez desde la llamada de la inspectora, lloré.

No por el cuerpo del coche. Todavía no sabía a quién llorar.

Lloré porque, si Mateo había escrito aquel mensaje, durante tres años me había dejado dormir con el teléfono bajo la almohada pudiendo marcar mi número.