La última noche que te vi
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Capítulo 1
La ventana abierta
La primera vez que estuve a punto de besar a Nicolás había un hombre sin cara sobre mi mesa.
Le faltaba la mitad izquierda de la cabeza.
La humedad había levantado la emulsión de la fotografía, y yo llevaba cuarenta minutos intentando decidir dónde terminaba su ceja.
Su hija, una mujer de sesenta y tantos años que olía a jabón de lavanda, me había pedido que lo dejara como estaba antes de enfermar.
—Era guapo —me había dicho—. En las otras fotos no se nota.
Yo podía recuperar una ceja. Lo demás no estaba en mis manos.
A las ocho y veinte del jueves guardé el archivo y apagué la lámpara de aumento.
Me saqué del moño el lápiz que había usado de pasador.
El pelo castaño me cayó hasta los hombros, con las puntas dobladas de llevar toda la tarde recogido.
Entonces escuché dos golpes en el cristal del escaparate.
Nicolás esperaba fuera con una bolsa de papel bajo el brazo.
Llovía poco, esa lluvia que en San Román no bastaba para abrir un paraguas y acababa empapándote igual.
Le abrí.
—Vienes tarde.
—No sabía que hubiéramos quedado.
—Entonces vienes pronto.
Entró sonriendo, con el pelo oscuro húmedo y revuelto sobre la frente. Se limpió las botas en el felpudo y dejó la bolsa sobre la única esquina de la mesa donde no había sobres de fotografías.
—Croquetas.
—¿Cuántas?
—Las que te comes tú, las que me como yo y dos para que digas que no quieres más.
Aparté la bolsa del retrato.
—Como manches a este señor, te toca explicárselo a su hija.
Nicolás se inclinó para mirar la pantalla apagada.
La luz le descubrió unas canas junto a las sienes que apenas se notaban cuando estaba erguido.
La camisa se le tensó sobre los hombros al apoyar una mano en la mesa.
Tenía una pequeña herida en el nudillo, una raya oscura de barniz junto a la muñeca.
Nunca conseguía lavárselo todo. Cuando me ayudó a cambiar las estanterías del taller, meses atrás, dejó la forma de un dedo en la pared.
Yo la veía cada mañana al encender la luz.
—¿Te falta mucho?
—Por hoy he terminado.
Lo dije sin mirar el montón de encargos.
Miércoles y jueves habían sido malos días de trabajo.
Había rehecho la misma esquina de una foto cinco veces, repasado las cuentas y abierto una página de viajes que cerré sin escoger destino.
A veces pensaba que me había acostumbrado tanto a esperar noticias que cualquier otra actividad me parecía una distracción.
—¿Subimos? —preguntó.
Mi casa estaba al otro lado del pueblo, pero él usaba aquel verbo porque la calle subía desde el taller hasta la plaza y después seguía por la cuesta del cementerio. Aquella forma de hablar, como si el camino lo hiciéramos juntos desde siempre, me había empezado a gustar demasiado.
Cerré la persiana. Cuando me agaché para echar la llave, Nicolás sostuvo el paraguas sobre los dos.
—Mañana puedo pasar a ver lo de la ventana —dijo.
—La ventana lleva sin cerrar bien desde agosto.
—Y tú llevas desde agosto diciéndome que no corre prisa.
—No corre prisa.
—Estupendo. Entonces puedo venir pasado mañana.
Le di un golpe suave con el hombro. Seguimos caminando.
En la plaza estaban recogiendo las mesas del bar de Celia. Al vernos, ella levantó una silla y nos señaló con una pata, una amenaza que no necesitaba palabras. Nicolás le contestó con la mano. Yo fingí interesarme por el cartel de una excursión del centro de mayores.
—Ya está —dijo él.
—¿Qué?
—Mañana nos casa.
—Celia nos casó en febrero. Lo que quiere ahora es organizar el divorcio.
Él se rio, y yo también. Me sorprendió lo fácil que resultaba reírme cuando no tenía tiempo de pensarlo.
Llegamos a mi casa a las nueve menos cuarto. En el recibidor olía a madera húmeda y al detergente con el que había fregado por la mañana. Dejé las llaves en el cuenco azul de la entrada. Nicolás se quitó la chaqueta y esperó, sin avanzar hacia la cocina hasta que yo lo hice.
Siempre esperaba un segundo. Aquella pequeña cortesía se había convertido en una de las cosas que más me gustaban de él.
Puse las croquetas en un plato. Saqué dos vasos, una botella de vino que llevaba demasiado tiempo reservada para alguna ocasión y el pan de la comida. Nicolás encontró el sacacorchos en el segundo cajón.
—Lo has cambiado de sitio —dije.
—Lo cambiaste tú. El otro día.
Era verdad. Me acordé de haberlo dejado allí después de abrir una lata con una herramienta que no servía para eso. Él se había reído durante cinco minutos antes de traerme un abrelatas nuevo.
Cenamos en la cocina. Hablamos de su clienta de la calle Ancha, que quería conservar el color original de una cómoda, pero más claro; del tejado del mercado; del hombre que había entrado en mi taller preguntando si podía borrar de una foto a su cuñado sin dejar un hueco entre las otras personas.
—¿Y podías? —preguntó Nicolás.
—Sí.
—¿Lo hiciste?
—Le cobré un suplemento por hacerlo abrazado a su hermana.
Se atragantó con el vino. Me reí tanto que tuve que apartarle la copa.
Más tarde recogimos sin hablar. Él lavaba; yo secaba. Por la ventana se veía el patio vecino, con una bombilla encendida sobre una bicicleta cubierta de plástico. El ruido del agua llenaba los silencios. Ninguno de los dos parecía tener ganas de terminar.
Al pasarme el último plato, sus dedos se cerraron un momento sobre los míos.
No fue un roce accidental. Lo supe por la manera en que dejó de moverse.
—Clara.
Levanté la vista.
Para sostenerle la mirada tuve que levantar un poco la barbilla.
Era bastante más alto que yo; hasta entonces casi siempre lo había mirado desde el otro lado de una mesa.
De cerca, sus ojos grises tenían un borde oscuro alrededor del iris.
Me descubrí mirándole la boca y volví a sus ojos.
Habíamos estado cerca otras veces. En el coche, cuando se inclinaba para sacar algo de la guantera; en el taller, entre dos estanterías; una tarde de enero en que me acompañó hasta la puerta y estuvo a punto de decir algo que finalmente convirtió en una broma.
Siempre había existido una razón para apartarse.
Aquella noche no encontré ninguna.
Dejé el paño sobre la encimera. Me acerqué medio paso y él apoyó una mano en mi cintura, con tanta cautela que me dieron ganas de decirle que podía tocarme de verdad.
Sonó mi móvil.
Los dos miramos hacia la mesa.
—Déjalo —dije.
La palabra salió casi en un susurro. Nicolás volvió a mirarme y sonrió de una forma que todavía no le conocía.
El teléfono dejó de sonar.
Después empezó otra vez.
Vi el número. No estaba guardado. Llevaba el prefijo de la capital.
—Puede ser mi madre —dije, aunque mi madre siempre llamaba desde su móvil y antes enviaba un mensaje anunciando que iba a llamar.
Nicolás apartó la mano.
Contesté junto a la mesa. Aún tenía el paño entre los dedos. No recordaba haberlo cogido de nuevo.
—¿Clara Vidal?
—Sí.
—Soy la inspectora Inés Salcedo. Lamento llamarla a estas horas. ¿Puede hablar?
Miré a Nicolás. Debió de reconocer algo en mi cara porque dejó el vaso que acababa de coger.
—¿Qué ha pasado?
La mujer no respondió enseguida. Al otro lado se oyó una puerta, luego unos pasos.
—Han localizado un vehículo en el embalse de Valdeagua. La matrícula corresponde al coche de su marido.
Me senté. Había agua en el suelo junto al fregadero y pensé que Nicolás se iba a mojar los calcetines. Esa fue mi primera idea. No el coche. No Mateo. Los calcetines.
—¿Dónde?
—En la zona del antiguo embarcadero. El descenso del nivel del agua ha permitido que quedara visible una parte.
—¿Está él?
La inspectora respiró antes de responder.
—Hemos encontrado restos humanos dentro del vehículo. Todavía no tenemos una identificación.
Nicolás se acercó. Me puso una mano en el hombro, pero no preguntó nada.
—Entonces no saben si es él —dije.
—No. Quería que lo supiera por nosotros. Mañana necesitaremos hablar con usted y confirmar algunos datos. Si prefiere que vaya alguien ahora…
—No estoy sola.
La mano de Nicolás se retiró de mi hombro.
Acordamos una hora. La inspectora me dio otro número y me pidió que la llamara si necesitaba algo. Repetí las últimas cuatro cifras como si de eso dependiera comprender la conversación.
Cuando colgué, Nicolás estaba junto a la ventana.
—Han encontrado el coche —dije.
Me miró.
—¿El de Mateo?
Asentí.
—En el embalse. Hay alguien dentro.
No dijo lo siento. No me abrazó enseguida. Se quedó quieto con una mano apoyada en el respaldo de la silla, y vi cómo los nudillos se le aclaraban.
—Nicolás.
—¿Han dicho quién es?
—Todavía no lo saben.
Él cerró los ojos un instante. Después apartó la silla, se sentó frente a mí y me cogió las manos.
—Vale —dijo—. Vale. Vamos a llamar a tu hermana.
—No quiero.
—A alguien.
—Estás tú.
Bajó la cabeza. Tenía los dedos fríos.
Nos quedamos en la cocina hasta que el reloj del horno marcó las once.
Hice preguntas que él no podía responder.
Si el coche estaba allí desde el principio.
Si alguien lo había visto caer. Si una persona podía salir de un vehículo bajo el agua.
Si los restos significaban que llevaba mucho tiempo muerto.
Nicolás solo respondió lo que sabía.
Me calentó una taza de leche que no bebí. Cerró la persiana del salón y recogió las llaves que se me habían caído al sacar el móvil del bolso. Cuando me preguntó por tercera vez si quería que se quedara, dije que necesitaba estar sola.
Me arrepentí en cuanto lo dije, pero no lo detuve.
En la puerta me besó la frente. Fue un beso breve, sin nada de lo que habíamos estado a punto de hacer en la cocina.
—Llámame. A la hora que sea.
—Sí.
Lo vi alejarse por la calle hasta que dobló la esquina. Después cerré con llave y apoyé la espalda en la puerta.
Había pasado tres años imaginando aquella llamada. En todas mis versiones yo sabía qué hacer al recibirla. Lloraba, gritaba o llamaba a mi madre. En alguna, salía corriendo hasta el embalse.
Lo que hice fue volver a la cocina y meter las croquetas que sobraban en un recipiente.
Puse la tapa. La abrí porque se había quedado torcida. Volví a ponerla.
A las once y diecisiete vibró el teléfono.
Pensé que sería Nicolás.
En la aplicación de mensajes apareció una conversación que no había borrado, aunque llevaba mucho tiempo sin abrirla.
Encima del último mensaje había una fotografía pequeña: Mateo, sonriendo al sol, con la mano levantada para impedir que yo lo retratara.
El pelo negro, la cara estrecha, un lado de la boca un poco más alto que el otro.
Conocía tan bien aquella sonrisa que podía verla incluso en una imagen del tamaño de una uña.
Leí una vez.
Luego otra.
«No soy yo. No dejes que abran la caja del dormitorio».
Llamé antes de permitirme pensar.
Una voz grabada me dijo que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.
Volví a llamar.
En el piso de arriba crujió una tabla.
Me quedé inmóvil, escuchando mi propia respiración y aquella voz amable que me invitaba a intentarlo más tarde.
No había ninguna caja en mi dormitorio.