Capítulo 35
La caja abierta
Vendimos la casa en septiembre.
No fue una decisión de una tarde ni un gesto que resolviera el pasado.
Hubo abogados, cuentas que separar y papeles que revisé antes de firmar.
Parte de lo que correspondía a Mateo quedó sujeta a las responsabilidades que tenía pendientes.
Yo recibí lo que me pertenecía después de pagar lo que aún debíamos.
El dinero no me hizo otra persona.
Me permitió elegir un piso pequeño encima del taller cuando el propietario decidió reformarlo y alquilarlo. Tenía una cocina estrecha, un salón que recibía el sol de la tarde y una ventana desde la que se veía un extremo de la plaza.
No había espacio para el armario de nogal.
Lo vendí a una mujer que restauraba muebles en un pueblo de la costa. Vino con su hijo y lo examinó con una linterna, abriendo cada cajón.
—Es bueno —dijo.
Asentí.
Lo era.
Le expliqué que había que desmontarlo para sacarlo por la escalera y le di las medidas. No le conté lo que había guardado detrás. Aquella historia no pertenecía a la madera.
El día de la mudanza, Julia llegó con un coche que apenas podía cerrarse. Había traído más cajas vacías de las que yo tenía cosas para guardar.
—Por si acaso —dijo.
Celia apareció con bocadillos y una bolsa de vasos de plástico. Nicolás trajo herramientas, aunque yo le había dicho que contrataba a una empresa.
—No pienso estorbar a los que saben —prometió.
A los veinte minutos estaba sujetando una barandilla para que los otros pudieran bajar el sofá.
Me quedé en el dormitorio vacío mientras desmontaban la cama. En la pared, detrás del armario, habían quedado las marcas de las patas y el borde del registro.
Me acerqué.
La tapa seguía allí, accesible, con los tornillos en su sitio.
No la abrí.
Al volver al pasillo, encontré a Leonor en la escalera.
Traía una bolsa de tela. Dentro llevaba el termo pequeño que yo le di la tarde en que supimos lo del coche.
—Lo tenía desde entonces —dijo.
Lo cogí.
Nos quedamos un momento sin hablar.
Leonor tenía más canas. Ya no las teñía todas. Las gafas seguían apoyándose en el mismo punto de la nariz, pero había dejado de quitárselas para preparar cada desacuerdo.
—¿Quieres ver lo que queda de tu padre? —pregunté.
Asintió.
Le enseñé la cámara, las fotografías y una caja de papeles que mi abogada había revisado antes de que yo decidiera qué conservar. Leonor se quedó con la Olympus entre las manos.
—Nunca supe usarla.
—Puedo enseñarte.
Levantó la vista.
—¿Lo harías?
—Sí.
No nos abrazamos por haber encontrado una frase amable. Nos sentamos en el suelo, junto a una pared donde todavía se veía un rectángulo más claro, y le expliqué cómo se abría la parte de atrás.
Antes de irse me pidió perdón.
No por Mateo. Por las cosas que ella había dicho y por el dinero que no contó cuando debía.
La escuché sin interrumpir.
—No sé cómo habríamos hecho aquello mejor —dije al final—. Pero podríamos habernos tratado mejor.
Leonor asintió con los ojos húmedos.
Se llevó la cámara y una caja de fotografías. Yo conservé las copias que me importaban. No había necesidad de decidir qué familia tenía derecho a todos los recuerdos.
Por la tarde, la casa quedó vacía.
El ruido de mis pasos era distinto sin muebles. Fui de la cocina al recibidor una última vez y comprobé que las ventanas estuvieran cerradas. La del dormitorio también: el montador la había ajustado tiempo atrás y ya no necesitaba la toalla enrollada.
Dejé las llaves sobre la encimera para entregarlas al día siguiente.
Nicolás me esperaba fuera.
No me preguntó si estaba segura.
Cerré la puerta y me guardé en el bolso la llave que aún necesitaba para volver a entrar durante los trámites.
Después bajamos la cuesta hacia mi nuevo piso.
La primera semana dormí entre cajas.
La segunda descubrí que tenía menos sartenes de las que recordaba y más libros de los que podía colocar. En la tercera, Julia vino a cenar, vio la planta de verdad junto a la ventana y comprobó la tierra con un dedo.
—Está viva —dijo, impresionada.
Le ofrecí el peor vaso que encontré.
Nicolás seguía teniendo su casa. A veces se quedaba tres noches seguidas. Otras yo iba al piso de la nave. Habíamos dejado de medir la relación por el número de cepillos de dientes que cada uno tenía en el baño del otro.
Cuando me propuso hacer una estantería para el salón, le enseñé tres dibujos y le pedí un presupuesto.
Se rio.
—¿En serio?
—En serio. Después ya discutiremos si me haces descuento.
Me miró con una ternura que no intentó protegerse de mí.
—De acuerdo.
La estantería quedó un poco más alta de lo que yo había imaginado. Lo hablamos antes de montarla. La rebajó unos centímetros sin convertir mi preferencia en un problema que debíamos resolver a su favor.
Dejé ese detalle guardado en alguna parte tranquila de mí.
Una tarde entró en el taller una mujer con el sobre de una fotografía entre las manos. No la reconocí hasta que sacó la copia de la niña con el perro.
Era la mujer de Esteban.
—No llegó a recogerla —dijo.
La ampliación seguía en mi archivador. Había preguntado a su abogado si debía conservarla y, al saber que no tenía relación con las pruebas, la guardé junto a los encargos que nadie recogía. No quise tirarla.
Se la enseñé.
La mujer la miró durante unos segundos sin tocarla.
—Era para su cumpleaños. El de la niña.
No intenté calcular cuántos habían pasado.
—Está aquí —respondí.
Ella asintió y buscó el monedero.
Le dije el precio que había apuntado en la ficha. Ni más ni menos. No quería convertir un encargo en un gesto que la obligara a darme las gracias de otra manera.
Pagó y guardó el recibo con cuidado.
—Nos hemos ido a casa de mi madre —dijo—. Mi hija no quería cambiar de colegio, pero al final ha sido mejor.
Me quedé al otro lado del mostrador.
Había oído hablar de ella en declaraciones que no tenían su voz. La mujer que no sabía, la madre de la niña, la familia que hubo que proteger. Ahora llevaba un abrigo al que le faltaba un botón y trataba de decidir cómo sacar del taller una fotografía sin doblarla.
Fui a buscar un cartón rígido.
—No he venido a pedirle que lo entienda —añadió cuando volví.
La miré.
—No he pensado que lo hiciera.
Se humedeció los labios.
—Hay gente que me pregunta por qué no me di cuenta. Si no vi el dinero. Si no me pareció raro que saliera de noche.
Esperó, como si yo tuviera derecho a hacerle la misma pregunta antes de entregarle la copia.
Metí el cartón detrás de la fotografía.
—A mí me preguntaron muchas cosas parecidas.
Ella bajó la cabeza. No sonrió. Tampoco necesitábamos encontrarnos una semejanza que hiciera más sencillo lo que su marido había hecho.
—¿Cómo está su hija? —pregunté.
Miró el retrato.
—Hay días. Va a ver a su padre cuando quiere. Otros no quiere saber nada. Estoy intentando no decirle cómo tiene que sentirse.
Asentí.
Le ofrecí dos copias pequeñas más. Le expliqué el precio antes de hacerlas. Quería una para la niña y otra para enviársela a Esteban.
Mientras la impresora trabajaba, hablamos del perro. Había envejecido mucho, dijo. Ahora dormía atravesado en la puerta de la cocina y protestaba cuando le pedían pasar.
La mujer se rio al contarlo. Se tapó la boca enseguida.
Yo seguí ajustando la imagen como si la risa pudiera quedarse donde estaba, sin disculparse.
Al marcharse me dio las gracias por guardar el encargo.
Cerré la ficha y la archivé con las demás.
No le había devuelto nada de lo que ella había perdido. Había terminado una fotografía. Aquel día fue suficiente para saber qué parte de las cosas seguía queriendo hacer.
En octubre, Eva y Lucía vinieron a San Román.
La niña quería aprender a escanear sus dibujos. Ya no tenía que subirse a un taburete para mirar la pantalla. Se sentó muy recta, escuchó mis instrucciones y tocó el cristal con toda la mano en cuanto le dije que procurara no hacerlo.
Nos reímos las tres.
Eva había encontrado trabajo en una empresa pequeña donde, según dijo, el mayor peligro era que el dueño imprimiera correos y los perdiera antes de leerlos. Seguía atendiendo las consecuencias de lo que había firmado. No todo había terminado para ella cuando terminó el juicio.
Pero Lucía discutía por sus deberes, tenía una amiga nueva y ya no preguntaba quién iba a recogerla del colegio.
Me enseñó un dibujo de una casa que no era la del embalse.
Tenía una ventana grande y una mujer pintando en una mesa. Sobre la mesa había un perro.
—Es tu taller —explicó—. El perro es por si cambias de idea.
Lo colgué en la pared donde había estado la fotografía robada.
La otra la guardé en una carpeta. Había suavizado el pliegue sin borrarlo del todo.
Pude haberlo hecho mejor. No lo necesitaba.
Teresa vino a ver el piso una tarde de noviembre.
Subió las escaleras despacio, rechazando la mano de Nicolás hasta el último tramo. En el salón vio la fotografía que yo había hecho de Daniel para la familia. No la había puesto a la vista sin preguntar: ella misma me trajo una copia para que la conservara.
Se quedó mirándola un rato.
—Así está bien —dijo.
Yo asentí.
Después examinó la cocina y preguntó dónde guardaba las patatas. Aquello me hizo sonreír más de lo que habría sabido explicarle.
No todo se había vuelto fácil. Nicolás tenía días en que una canción le devolvía a su hermano con la fuerza de una llamada inesperada.
Yo aún me despertaba alguna vez al oír un motor detenerse en la calle y tardaba unos segundos en recordar que nadie tenía que regresar para que la noche estuviera completa.
Lo hablábamos.
A veces bastaba. Otras necesitábamos ayuda de fuera, una cita, una conversación que no se resolvía entre los dos. Había aprendido a pedirla sin sentir que mi vida se suspendía mientras alguien me explicaba cómo seguir.
Una tarde de lluvia, después de cerrar el taller, preparé cena para Nicolás.
No era una fecha especial.
Había comprado pescado, una botella de vino y pan que no pensaba tostar. Abrí la ventana unos minutos para que saliera el olor de la cocina y la cerré antes de que entrara demasiado frío.
Llamaron a la puerta a las nueve menos cuarto.
Nicolás tenía llave. Se la había dado unas semanas antes, una mañana en que lo decidí sin ceremonia y él la cogió sin hacer de aquello una victoria.
Aun así, llamó.
Abrí.
Tenía el pelo húmedo, un mechón pegado a la frente y una bolsa de papel bajo el brazo.
—Vienes pronto —dije.
—Hemos quedado a las nueve.
—Eso te digo.
Sonrió.
Lo cogí de la chaqueta y lo besé antes de dejarlo entrar. Su mano encontró mi cintura con una familiaridad que ya no tenía que ganarse cada noche desde cero. Me atrajo hacia él y yo tuve que apartarme riendo para que no se nos enfriara la cena.
Dejó la bolsa sobre la mesa.
Dentro había una caja de madera clara.
Me quedé mirándola un instante. Nicolás lo vio.
—Para las fotos que tienes sueltas —dijo—. Si no te gusta, la cambio.
La cogí.
Era ligera. La tapa no llevaba iniciales ni cierre. Pasé los dedos por la veta, por una unión tan fina que tuve que buscarla para verla.
La abrí delante de él.
Dentro no había nada.
La dejé abierta sobre la estantería, junto a unas fotografías que todavía no había decidido ordenar.
Nicolás esperaba a mi lado.
—¿Me ayudas con la mesa? —pregunté.
Fue a la cocina a buscar los platos.
Yo saqué dos vasos, el pan y la botella que ya no estaba guardando para otra ocasión.
Al sentarse, Nicolás me buscó la mano por encima de la mesa. Se la di y dejamos que la lluvia llenara un silencio en el que los dos estábamos a gusto.
Después se inclinó para besarme. Dejé la copa y lo acerqué un poco más.
La cena podía esperar. Teníamos toda la noche.