EPÍLOGO
Después de Diez Años, Se Descubre al Verdadero Asesino de Melo
El brutal crimen dejó a toda la comunidad consternada, cuando a pesar de los esfuerzos iniciales de la policía y la presión mediática, el caso se enfrió rápidamente cuando el primer sospechoso desapareció.
Durante una década, la familia de Kaczka vivió con el dolor de no tener respuestas, mientras el nombre de su asesino permanecía en las sombras.
Sin embargo, nuevos avances en la investigación, motivados por la aparición de un testigo clave y pruebas forenses reevaluadas, llevaron a la policía a reabrir el caso el año pasado.
Durante años, la participación de Da Rosa en el círculo íntimo de la víctima le permitió ocultar sus huellas, mientras la investigación seguía otros caminos.
«Este es un momento de alivio para la familia de Eva y para toda la comunidad de Melo», declaró el comisario Ignacio Santos en una conferencia de prensa. «Queremos agradecer a todos los que colaboraron para que hoy podamos dar esta noticia».
El arresto ha traído una mezcla de emociones a los residentes de Melo.
Algunos expresan alivio de que, tras tantos años, se haya hecho justicia, mientras que otros se preguntan cómo fue posible que el asesino viviera entre ellos durante tanto tiempo sin ser descubierto.
Sin embargo, la familia del culpable está siendo investigada y sufrirán las consecuencias correspondientes por su encubrimiento.
La familia de la víctima, quien ha mantenido una lucha incansable por la verdad, emitió un comunicado en el que expresan su gratitud a la policía y a aquellos que nunca perdieron la esperanza de resolver el caso.
«Nada nos devolverá a Eva, pero saber que su asesino enfrentará las consecuencias nos da un poco de paz», declaró su hermana menor, Chiara Kaczka (22) quien también había sufrido un altercado con el culpable, en el pasado y en la actualidad.
Da Rosa enfrenta ahora cargos de homicidio, y se espera que el juicio comience en las próximas semanas.
Las autoridades locales han pedido respeto y privacidad para la familia durante este difícil proceso.
Mientras tanto, la comunidad de Melo respira un poco más tranquila, sabiendo que, tras una década de incertidumbre, la verdad ha salido finalmente a la luz.
Podrían decir muchas cosas de mí, pero todas se entrelazaban y definían en el absoluto gozo que sentía al volver a tener enmarcada en una de las paredes de mi casa la noticia del diario donde daban por terminado, por fin, el misterio del asesinato de mi hermana.
Sentía que la casa no podía darse por lista hasta que ese cuadro colgaba de la pared.
—Ya está —dije, en alto, dando unos pasos atrás para asegurarme de que no me había quedado torcido—. ¡Dios, al fin ya está! Voy a abrir una birra, ¿querés?
Una carcajada retumbó en la casa semivacía, logrando que lo volviera a ver.
—¿Y las cajas de ahí qué, Kiki? ¿Están de adorno?
Estaban todas cerradas con cinta pato, esperando pacientemente que alguien les prestara atención, mientras que solo una, aquella que tenía la palabra «frágil» escrita con fibrón negro estaba abierta, ya que contenía el cuadro que estaba buscando.
Más allá de eso, usábamos una caja grande como mesa y las manos para comer hasta que me dignara a buscar en cuál de todas estaban los cubiertos.
—¡Detalles, ta! ¿Querés o no?
Marcos puso los ojos en blanco al escucharme, pero negó:
—Una Coca, que tengo que manejar.
La heladera llevaba enchufada lo suficiente como para enfriar, y ya que Javier (el amigo de mi padre y dueño de el que solía ser su bar predilecto) nos había mandado cajas de cervezas y refrescos como regalos de bienvenida al pueblo, podíamos agradecer el tenerlas disponibles en un calor tan abrasador como el de Melo en febrero.
Le pasé una botella a Marcos, quien me dejó un beso en la sien en respuesta.
—¿Ahora sí la sentís tu casa?
Había impreso y enmarcado la noticia apenas había sido publicada, cinco años atrás, y la llevaba conmigo a donde fuera, permanente o indefinido, como un recordatorio constante de que, al final, la verdad siempre iba a perseverar ante todo lo demás.
Era un poco inconveniente porque el cristal ya se me había roto dos veces cuando habían revoleado mi valija en el aeropuerto de Ezeiza hacía tres años, y una en El Prat en Barcelona, pero alguno de nosotros dos siempre lo reemplazaba.
A su lado, una foto de Catalina Castro con su nena, María Eva, su novio Diego y nosotros adornaba la pared, haciendo sido tomada hacía cuatro años en Montevideo.
También había otra nuestra la primera vez que había visitado la iglesia de la Sagrada Familia en Barcelona, con Marcos mirándome más a mí que al monumento, pero capaz eso era porque se la habíamos pedido a un turista irlandés con un inglés complicadísimo; pero a mí me encantaba.
Además, teníamos una de las últimas fotos que tenía con Eva, las dos de espalda, arrodilladas en el pasto y tratando de tocar el agua del lago de la estancia sin caernos dentro.
Y una de su madre, Gisela, que había fallecido el año pasado, presa del cáncer haciendo metástasis.
Pero había muerto en su casa, de vuelta en Melo, con sus hijos en la misma habitación y un cura rezando por ella, exactamente como ella quería.
Después de eso habíamos pasado todo el resto del año en Barcelona, porque los recuerdos eran más leves allá y así Hugo podía conocer España.
Esta era la primera vez que volvíamos desde entonces.
Pero, por supuesto, la primera página del primer borrador que había hecho Marcos sobre su primer libro también cubría nuestra pared con La verdad no, no hace ruido , no solo las cartas que nunca me había enviado:
El niño yo vio la luna a Kiki y de pronto supo que su vida tenía sentido.
Y cuando se fue, esperó toda su vida a que volviera porque buscarla era imposible.
Era más que un simple astro por lo que trajo a su vida: dirección, belleza, sentido y desesperación.
Había muchos que no podían entenderlo y, a veces, él caminaba entre ellos y ahora más, porque ella ya no estaba.
Él se moría de vergüenza cada vez que lo señalaba, pero yo me moría de amor.
—¿Nos encontramos en el centro con tu viejo?
—Creo que sí —dije, tratando de hacer memoria, porque entre tanta cosa con la mudanza estaba un poco confundida todavía, pero al sacar el celular del bolsillo tenía su mensaje confirmándolo—.
Ramiro y Floren llegan directo, también.
El bondi los deja media hora antes en la terminal, como mucho, y no querían perder tiempo de por medio.
—Deben estar haciendo un live de toda la vuelta, tampoco va a ser difícil saber dónde están… —dijo Marcos, con una media sonrisa, encogiéndose de hombros—. Vení, vamos a buscar dónde mierda está el destapador, ¿ta?
Bufé, pero terminé riéndome, pasándole la tijera para que continuara abriendo cajas.
Yo pensaba preguntarle si acaso había desarrollado la habilidad de abrir una tapa con un encendedor o con la punta de la mesa, pero parecía que habíamos llegado a un punto de conocimiento en nuestra relación que hacerle esa clase de pregunta era una pérdida de tiempo, porque alguien como Marcos siempre trataría de encontrar el destapador de la situación.
Me senté en el piso mientras abría cajas, encontrándome con nuestra ropa mezclada entre sí, otra con solamente cables y una que, por supuesto, tenía libros. Algunos eran suyos, otros míos, y algunos nuestros, sobre todo los dos que había escrito él.
Dos años atrás había sacado otro libro de misterio de literatura juvenil, esta vez sobre una chica que dibujaba retratos hablados para la policía y tenía que ayudar a un delincuente a adaptarse a la sociedad por estar en un programa de protección a testigos, llamado El color del pino .
Había usado como base una historia real, pero para variar, una que no era mía.
Y el podcast de Cómo No Ser Una Víctima había sido uno de los principales medios de comunicación que habían llevado el minuto a minuto del proceso del libro, siempre y cuando tuvieran las primicias.
Me distraje con sus libros entre mis manos, tomándome mi tiempo para ponerlos en la biblioteca que habíamos terminado de armar esa mañana. Dejé solo esos dos, los que tenían su nombre como autor, y sonreí.
Para Kiki, mi persona,
a pesar de todos y todo, en esta vida y en las demás,
te encuentro cada día del otro lado de la almohada.
Me había enamorado de él mucho antes de leer sus palabras, pero volvía a hacerlo desde el principio cada vez que abría uno de sus libros.
—¡Acá está! —exclamó, para luego llevarse un dedo a la boca, como si se hubiera cortado con el destapador y quisiera calmar el área—. Joder…
—Hablá bien.
Celebré su felicidad de haber encontrado el destapador, y le dejé la cerveza que antes había apoyado sobre la mesa para que la abriera.
Después, di un largo trago mientras observaba nuestra casa y lo que había implicado; a pesar de que la antigua estación de trenes del Cerro de las Cuentas estaba obsoleta hacía años, había sido difícil conseguir que vendieran el terreno para edificar una casa, pero no imposible.
Y, por fin, teníamos nuestra casita ahí, lista para habitar, en un terreno limpio y seguro, alejado del desastre, pero cerca del corazón.
De la estructura original solo habíamos dejado la madera sobre la nueva estufa a leña, con las iniciales «e&h» talladas por encima.
—¿Estás segura de que querés ir? —me preguntó Marcos, dejando su botella de lado—. Ya sé que te lo pregunto todos los años, pero por las dudas.
El primer año que había asistido a la celebración en nombre de Eva había sido horrible, todavía con la traición de los Da Rosa a flor de piel, con Hugo apenas en libertad y temblando como una hoja en otoño cada vez que solía a la calle.
Pero, desde entonces había sido mucho más fácil ir, reconectar con las fiestas del campo y observar el desfile sin angustia en el alma.