La última noche de carnaval EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Tratábamos de volver ambos en esas fechas, aunque no siempre había sido posible. El primer año de nuestra relación había sido a distancia, resolviendo cosas entre Montevideo, Buenos Aires y Barcelona, para luego decidir tomar la decisión definitiva de irme con él a España.

Mi tía Ana, contra todo pronóstico, había sido la más feliz al respecto.

A pesar de lo mucho que le tardó entender la cantidad de información que tenía para darle de mi semana en Melo en 2024, nada superaba la emoción que la había envuelto una vez le había contado de lo que significaba Marcos para mí.

Me parecía que la pobre siempre había tenido miedo de que me muriera sola, de que nunca me permitiera querer a alguien; pero no contaba con lo fácil que era quererlo a él.

Separarme de nuestro departamento en Buenos Aires y, por supuesto, de ella, había sido difícil, pero era un paso natural para las dos.

Ahora la veía cada vez que volvía a Latinoamérica. Siempre iba a verla.

Pero, ahora, Marcos y yo habíamos decidido echar raíces de forma permanente en el pueblo que nos había visto nacer, en Melo, Cerro Largo, Uruguay, de una vez por todas y, si la vida me dejaba, capaz para siempre.

Había pasado esos años formándome a distancia sobre Gestión Ambiental, porque una vez que Susana Da Rosa nos había vendido la estancia por chirolas, para deshacerse de todo lo que la atara al desastre, mi padre había vuelto a estar al mando, con Hugo como capataz.

Y, aunque yo no podía deshacerme del negocio, podía reorganizarlo completamente para centrarme en agricultura regenerativa vegana y un santuario de animales, proporcionando refugio seguro para los animales rescatados del maltrato de la industria agropecuaria.

Tenía planeado, en unos años, incorporar el turismo ético, porque la estancia familiar no dejaba de ser una insignia de todo Cerro Largo, pero primero quería asegurarme de que los animales estuvieran a salvo.

Pero ahora sería la primera vez que lo supervisara presencial, por un largo periodo de tiempo, ya que tenía mi propia casa en Melo para hacerlo.

Y la estancia ahora llevaba el nombre de «estancia luna», en honor a mi oveja.

—Estoy segura —dije, terminándome la cerveza y dejándola de lado—. ¿Vamos yendo?

Sacamos la basura mientras salíamos a la calle, subiéndonos en una versión algo más moderna del fusquita azul, con unos cuantos años menos, antes de arrancarlo para conducir hacia el centro de la ciudad, donde debía terminar el desfile.

Con el paso de los años dolía menos ir, la presión se disipaba.

Y tener a Marcos a un lado, siempre a mi costado, ayudaba inmensamente.

Sin embargo, para el carnaval parecía que no había pasado un solo día: el lugar que solía usarse como vigilia, pidiendo por justicia por mi hermana, ahora era más un homenaje a su persona y a las fechas de febrero en general, antes de que llegara todo el tumulto de emociones que acarreaba marzo con lo que se consideraba el inicio simbólico real del año.

Catalina nunca se lo perdía, siempre con su nena a un lado, que ya corría con la cara pintada y los pulmones de acero, mientras su pareja trataba de alcanzarla para que no se rompiera la nariz en algún escalón.

A lo lejos, los flashes de Ramiro y Floren hacían presencia.

Habían abierto su audiencia a la comunidad lgbt+ cuando él había salido del closet, y dedicaban una gran parte del contenido a cubrir historias importantes uruguayas relacionadas con eso, pero siempre se tomaban el tiempo para aparecer por Melo en la última noche de carnaval.

Kamil Da Rosa y Leopoldo Delgado habían sufrido uno y tres años de cárcel, respectivamente.

Una pena vergonzosa, pero yo no hacía las reglas.

Ellos habían dejado Cerro Largo apenas pudieron.

A ese punto, no sabía dónde se encontraban, pero sabía que no estaban causándome problemas y para mí eso era suficiente.

A Alejandro Da Rosa todavía le quedaban veinticinco años en el Instituto Nacional de Rehabilitación, Unidad N.o 15. Y probablemente iba a morir ahí.

Nicole Da Rosa nunca había pasado un día en una penitenciaría, y después de un vergonzoso divorcio y juicio por su familia, se había mudado con su madre a Montevideo para descubrirse a sí misma por primera vez en su vida, sin restricciones.

Ahí, había descubierto una novia. Se llamaba Sofía y parecía simpática, al menos siempre que me veía, que no era mucho.

Ellas iban siempre a la antigua vigilia de Eva.

No me molestaba; había tenido que volver a meter la cabeza en terapia para entender que la situación en la que Nicki había estado en su juventud era imposible, aislada de todos y acorralada en una pared, y no podía culparla por sus decisiones.

Capaz nunca seríamos amigas cercanas, ni más, pero podíamos coexistir en el mismo espacio y siempre iba a recordarla como la persona que me había salvado la vida a los doce años.

Ahora entendía que había muchas más tonalidades de grises que las que me había permitido ver durante mi niñez y adolescencia, y el blanco y negro no eran tan definitorios como creía.

—¡Papá!

El cuerpo robusto de mi padre me abrazó al verme llegar, su olor a chicle de menta y hierba fresca dándome a entender que estaba cerca incluso antes de que mis ojos lo reconocieran.

—¿Cómo terminó la mudanza, princesa?

A pesar de que no era mi apodo favorito, lo apreciaba como si lo fuera.

Detrás de él, Hugo aparecía con una amplia sonrisa, yendo directamente a saludar a su hermano, que lo recibía con la misma dicha.

Ambos habían recuperado músculos y sus rostros ya no eran cadavéricos, consumidos por la pena.

Volver a vivir cerca de ellos significaba mucho para Marcos y para mí, era la pieza que nos faltaba para recomponer la familia que podríamos haber sido, todos juntos, en el mismo lugar.

—Nadie salió herido, solo Marcos usando el destapador —dije, encogiéndome de hombros—. Después te cuento todo, pero, en resumen, tenemos diez millones de cajas por abrir, ¡son bienvenidos a ayudar, eh!

Mi padre y Hugo rieron, a pesar de que yo, claramente, hablaba en serio.

Me acerqué al altar improvisado que habíamos armado.

Fotografías de mi hermana, flores que sus amigas habían traído, cartas que sus compañeros de facultad le habían escrito en su memoria y la última careta que había pintado.

Coloqué una flor blanca frente a su foto.

En el reflejo de la luz tenue de las velas, pude ver su sonrisa, esa que solía iluminar cualquier habitación.

Pero esta vez, no sentí el dolor agudo que me había acompañado desde su muerte.

En su lugar, sentí una calma, como si ella me estuviera diciendo que estaba bien, que finalmente podía descansar.

Y yo también.

Me había vuelto a cambiar el nombre en el Registro Civil de Uruguay a Chiara Kaczka. Y mi hermana siempre iba a ser Eva Kaczka, estuviera a mi lado o no. Mi madre Teresa Díaz y mi padre Jorge Kaczka. Esa era mi familia.

Marcos encontró mi mano entre la gente, como siempre lo hacía, y me besó la coronilla.

El silencio a nuestro alrededor no era uno de dolor, sino uno de cierre, de aceptación.

Las velas parpadearon y el viento suave se llevó nuestros suspiros.

Y susurré:

—Los que nos quieren nunca nos dejan, Eva.

fin