CAPÍTULO TREINTA Y UNO HABLÁ BIEN #3
—¡Porque pensé que era así! No sería la primera vez que mi papá tenía…
, no sé, amoríos con chicas más jóvenes, enterarme de una fue lo que me hizo volverme de Montevideo a Melo cuando estaba en facultad.
Es que no tenía toda la historia — continuó, a media voz—.
No sabía nada de mi hermano y los libros contables, ni de las cámaras…
Solo había encontrado uno de los collares artesanales que compraba mi padre en tu casa, entre las cosas de ella, y pensé que…
, no sé…, que tenían algo y por eso la había matado, porque ella quería dejarlo o…
, no sé. Ni podía averiguarlo, era demasiado peligroso para mí, pero vos…
Torcí el rostro, mirándola como si fuera la primera vez.
—¿Pero no te importó ponerme en esta posición a mí?
—¡No! —chilló, azorada—. Nunca pensé que mi padre fuera capaz de todo eso, ni mucho menos de… de querer hacerte daño otra vez. Me dijo que había sido un accidente, cosas de grandes, que no podía entenderlo y…, y no sé, Chiara. Tenía doce años, no sabía lo que pasaba.
—Y te dejaste usar , casar … ¿sin saber nada?
—Yo quiero a Polo, tenemos un matrimonio precioso, aunque no es el que hubiera elegido en primer lugar. Y mi padre era mi héroe, que me pidiera un favor, por la familia, no me parecía gran cosa, yo…
—Querer no es amar, Nicki. ¿Vos lo amás a Polo?
¿Estás enamorada de él? —Ella cerró la boca, formando una perfecta línea recta.
Suspiré, pasándome las manos por la cara, sacándome las lagañas de los ojos—.
Podrías haber sido más directa, podrías habérmelo dicho de otra forma, en secreto, y no jugar conmigo tanto tiempo…
Ella formó una sonrisa triste, mientras una solitaria lágrima salía de su ojo derecho.
—¡No quería que te fueras tan pronto! —murmuró, de una forma que apenas era audible.
Parecía costarle horrores seguir, pero todavía quedaba más—: Marcos no era la única persona que no sabía lo que sentía por vos cuando éramos chicos, Chiara.
Me tomó un segundo de volverte a ver por la calle esa noche para confirmar lo que debí haber sabido desde que te conocí.
Contuve la respiración, mi cerebro tratando de procesar todo lo que escuchaba.
Pero me dolía la cabeza, la espalda y un pie. Eso era demasiado para mí.
—Nicole…
—¿Podrás perdonarme algún día?
No quería mentirle, por más que nos estaba rompiendo el corazón a ambas.
Me llevé la mano al pecho, a la bala, y ahí sentí que todavía colgaba el collar que ella me había comprado en la feria de artesanías del carnaval, para perpetuar una tradición que la persona que había puesto un arma en mi cuerpo había empezado.
—No sé, Nicki. La posta es que no lo sé.
Ella asintió y vi como tragaba saliva con dificultad, para luego ver a mi padre y a Marcos, que la observaban con una atención renovada. Podría jurar que un «perdón» se formó en sus labios, sin verbalizarlo, antes de volverse al policía y dejar la habitación.
Había vivido tanto tiempo atrapada en el misterio, consumida por preguntas que nunca parecían tener respuesta.
Y ahora, aunque el dolor seguía ahí, al menos ya no estaba a oscuras.
Había una claridad, y con ella vino un extraño consuelo.
Por fin, podría dejar de preguntarme, de torturarme.
Ahora, por primera vez, podría empezar a sanar, sabiendo que el responsable no quedaría impune.
Silencio.
—Voy a resolver los papeles en la entrada si ya se te pasó el patatús, ¿dale? Ahora que los dos revivimos.
Yo, despertando de un sedante enchufado en mi cuello a la fuerza. Él, de una bruma de alcohol que casi le había arrebatado todo; menos mis gritos pidiéndole que por favor me avisara cuando mi padre, el verdadero, revivía por mí.
Y, al final, lo había hecho.
Acto seguido, mi padre me miró, con la sonrisa más suave que me había dado nunca, mirando las manos de Marcos y mías entrelazadas otra vez, antes de irse y cerrar la puerta detrás de él.
—Ni siquiera sé qué hacer ahora.
—Nadie espera que lo sepas, Kiki. Es… demasiado.
En el fondo lo sabía, pero oír la confirmación de su boca era como el aire fresco que me merecía, entrando a mis pulmones de una vez.
—¿Y vos? ¿No tenías que irte a…, no sé, firmar libros a otro lado?
—No me voy a ir a ningún lado, obviamente.
Tragué saliva, tratando de normalizar los latidos de mi corazón.
—¿Y Barcelona?
—¿Y Buenos Aires?
Sonreí, aceptando la ternura de sus ojos.
No había tenido un instante para parar en toda la semana, cada día descubriendo algo nuevo que me obligaba a doblegarme ante el miedo y el reloj. Mi propio corazón había sido una pieza más del peor juego que alguna vez se podría estrenar, cuando nadie me había leído las reglas en primer lugar.
Y seguía con preguntas y dudas, pero, ahora, esas eran todas mías.
Sobre un futuro que nunca había visualizado antes, de pronto apareciendo frente a mí con un abanico de posibilidades que me dejaba sin aliento.
Pero, al final, había algo que sí tenía claro, entre tanta bruma y poca luz.
Marcos se inclinó, dejando un beso en mi frente y así, sin sus ojos observándome, susurré:
—Buenos Aires solo era conveniente . No era mi casa. Vos sos mi casa.